viernes, 30 de abril de 2021

Ávila a través del espejo

Ya son siete los libros de relatos que han visto la luz gracias a la Asociación cultural de novelistas La Sombra del Ciprés. El de este año se titula Ávila a través del espejo, haciendo alusión a la novela de Lewis Carroll «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí», que es continuación de su conocida: «Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas». Por tanto, en el título está expuesta la filosofía que han guiado la construcción de los 24 relatos que lo componen: la deformación de la realidad, en este caso de la ciudad de Ávila, su historia, sus gentes, su pasado y su futuro. Apelando a cualquiera de estas acepciones tendremos relatos en los que predomina la fantasía, la distopía, la ucronía o el «qué hubiera pasado si…».

Nuestra ciudad es referente siempre para la ubicación de los relatos de todos nuestros libros, así, en este, los autores dejamos volar nuestra imaginación en la construcción de otras Ávilas, aunque todas tienen mucho que ver con la que conocemos. Su deformación es consecuencia de traspasar el espejo y encontrarnos en ese mundo fantástico.

A continuación, haré una breve reseña del contenido, clasificando los textos en temáticas con las que puedan sentirse emparentados, que sirvan al curioso para saber qué es lo que puede encontrar en el libro. ¡Que, sí, tienes la necesidad de comprarlo o te lo vas a perder!

Comenzaré por la adaptación de nuestra ciudad al imaginario colectivo. Tempus fugit, de Lorena Rodríguez Herrero, es la continuación de una de las más famosas leyendas de la ciudad. Y Blade Runner 2121: como lágrimas en la lluvia, de Juan Pedro Fernández Blanco, tiene sus analogías con la película distópica del mismo nombre; su ubicación futurista recorre las calles que conocemos con una ambientación muy distinta.

Hablando de imaginación y ciencia ficción, no podemos obviar a los OVNIS, los extraterrestres y contactos con otras civilizaciones. Así tenemos relatos como: Xuan, de Claudia Andrea la Jara Niño de Guzmán, Ávila, la otra historia, de Óscar de Blas, Un cerro de altura, de Julián Miranda y Esferas al pie de la muralla, de Carlos Alameda.

Hay relatos con futuros poco halagüeños debido a algo tan actual como son los virus. De eso trata El embalse, de Moisés González Muñoz y Sonata para piano número 14, de Isabel Martín. Sin olvidar futuros apocalípticos o post apocalípticos: Guerra Mundial A, de César Díez Serrano, Menudo bicho, de Guillermo García Jiménez, Augurio de Daniel Bores, Tierra en las uñas, de Pablo Garcinuño y Vuelta al origen, firmado con el pseudónimo de Lola Bellavida.

Además de prever el futuro también miramos un pasado diferente, al que viajamos con intención de modificarlo. José Manuel Blázquez Alonso nos propone una historia titulada: Paco, fontanero, cuñado y viajero a destiempo. Oscar Hernández escribe La misión. Tomás Sánchez Salinero nos presenta Tryfánico. Paula Velasco escribe una historia intimista y bella titulada Tránsito. Y Toño García nos ofrece El plan Comadreja.

El último grupo de relatos podríamos agruparlos en torno a una pregunta: ¿Qué pasaría si…? O ¿qué hubiera pasado si no…? Guillermo Buenadicha nos habla de un personaje abulense importante, que tal vez pudiera haber sido futbolista y no presidente del Gobierno, Fito, el tahúr. Un acontecimiento de la historia reciente ocurrió de otra forma y Ávila se convirtió en una ciudad libertaria, así nos lo cuenta la guía de viajes escrita Ánzoni Martín Alonso y Ángeles Jiménez Soria Avilania, el último refugio. Y Julio Veredas se retrotrae a unos personajes a los que pudo hacer desaparecer la historia y habernos quedado sin una de nuestras figuras más icónicas, Orejitas de mártires.

En este grupo estarían también esos relatos en los que nuestra ciudad sería notablemente distinta si algunos sucesos del pasado hubieran sido diferentes. Como en la propuesta de María Eugenia Hernández Grande: 20th Ávila Fox o la de Ramón Lozano: Tan cierto como te lo cuento. He dejado para el final mi relato titulado El próximo año visitamos marte, ¿Ávila capital de una Europa Unida y con 20 millones de habitantes? Tal vez.

Que no se me olvide mencinar que las magníficas ilustraciones de portada y contraportada las ha realizado, como en anteriores ocasiones, la excelente artista Gris Medina.

lunes, 12 de abril de 2021

Operación Chamusquina

Advierto que esto no es una reseña al uso, ya que la va a hacer el autor. Por tanto, hay que olvidar cualquier atisbo de objetividad. Es más bien como una pequeña presentación, ya que me dispongo a explicar de qué va mi última novela para aquellos que quieran valorar si merece la pena leerla. ¡Que sí la merece, caramba!

Operación Chamusquina está planteada como novela policíaca, o sea de género negro. Hay unos crímenes y una investigación. Tiene como particularidad el tono humorístico, que la desnaturaliza un poco, aunque en mi intención era que la hiciera más atractiva.

En 2017 hice una pequeña publicación Operación Caipiriña, cuyo objetivo principal era divertirme al escribir. Entonces creé unos personajes para una trama policíaca que quería desmitificar la novela negra. Gustó mucho a los que la leyeron, según me ha llegado el retorno de comentarios, así que me planteé algo así como una saga; pero ¿cómo se me ocurría adentrarme en una saga con autoediciones de tirada limitada? Con ello no podría llegar más que a los amigos de mi círculo más próximo. Mas, como Elicio Iborra me pareció un personaje peculiar, digno de escalar otros ámbitos, escribí una nueva trama con los mismos personajes para enviarla a las editoriales tradicionales. Mi alegría fue grande cuando la Editorial Fanes quiso apostar por mí y ya tenemos el resultado, acaba de salir a la calle Operación Chamusquina. De momento no me planteo continuar la saga detectivesca, pero quién sabe.

Operación Chamusquina tiene el humor como ingrediente principal y esto genera una doble consecuencia. Por un lado, agradará al lector y, por otro, puede ser considerado como un producto menor o más ligero. A los que piensan así, quiero recordarles que muchas de las grandes obras de la literatura fueron concebidas como obras netamente de humor y ahí está el hidalgo que enloquece leyendo libros de caballerías y se lanza al mundo a desfacer entuertos. O el pobre lazarillo que se busca la vida sirviendo a personajes poco recomendables. El humor no desvaloriza las obras donde aparece —no digo que las haga mejores—, pero sí que las hace más agradables.

Elicio Iborra es un personaje un poco peculiar, para algunos será un simple o un tonto, pero yo no me quiero reír de sus desvaríos, es más, quiero reivindicarlo y para ello le he creado una biografía atormentada, con un pasado en el que sufrió y que puede explicar su personalidad. El lector decidirá si he triunfado en mi intento de humanizarle. A su alrededor hay otros semejantes y algunos a los que se les puede llamar serios. Y todos juntos pondrán su vida en peligro, intentando esclarecer un crimen.

Por otro lado, siguiendo la tradición de las novelas negras, he querido tratar un tema social de fondo, como es la crisis económica de 2008. Mi intención no es tomar partido y explicar por qué ocurrieron esas cosas, sino dejar una foto de cómo estaba la situación. Se ambienta en el momento posterior al pinchazo de la burbuja inmobiliaria, con todas sus consecuencias: el paro, los desahucios, las preferentes y algo peculiar, muy visible en la ciudad donde se desarrollan los hechos, Ávila: grandes extensiones de zonas que iban a ser urbanizadas y se quedaron a medias. O más bien en el inicio. El plano de Ávila tiene más de la mitad de su territorio con viales construidos y parcelas vacías, donde estaban proyectadas edificaciones que nunca llegaron a levantarse y, si lo hicieron, no se habitaron, quedando desmanteladas por el vandalismo. La novela lo enseña, que luego cada uno saque sus conclusiones. Porque aquí a lo que hemos venido es a reírnos.

Recomiendo que el que esté interesado busque el libro en su librería de barrio, es una de las mejores acciones que podemos hacer para mantener las ciudades, apostar por el comercio de proximidad. Otra opción es acudir directamente a la editorial y comprarlo online: Operación Chamusquina - EDITORIAL FANES

LIBRO RECOMENDADO:

-        Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina (este me suena) 

lunes, 29 de marzo de 2021

A cara de perro


¡GUAUG! (A CARA DE PERRO)
es el título que Ánzoni Martín (Madrid, 1971) ha dado a su segunda novela. Este autor merece figurar en la más selecta antología de los autores españoles del siglo XXI por su anterior obra El largo viaje del LSD AL ADSL. Y, siendo totalmente diferente, ¡GUAUG! dialoga directamente con ese título, pues tiene similitudes formales y de contenido. Por ejemplo, en la primera novela el protagonista es un escritor, Toni Tonelada, trasunto de Ánzoni, y en ella se cuenta que su primer libro se titula Guaug, ¡qué casualidad! O no.

En cuanto a la forma, podríamos decir que la novela está compuesta por un conjunto de historias y cuentos. Luego todo lo unifica con un argumento aglomerante. Con esto ha creado un género nuevo, que él denomina capicuentos, porque es una novela donde cada capítulo es un cuento. Si sumamos esto a la poesía rudimentaria, que dio a conocer en su anterior novela, tenemos en él a un auténtico innovador literario.

En cuanto al contenido, debe advertirse que este libro, como el anterior, solo lo pueden consumir mentes abiertas. El autor no es nada amigo de lo políticamente correcto y, es más, ama lo todo aquello que pueda espantar al lector. Lo gore, los asesinatos, el sexo salvaje, lo feo, lo absurdo y lo ridículo pueblan sus pequeñas historias. Y con esta receta consigue hacernos reír.

¿Dónde está el humor en una obra con tales ingredientes? Pues en la sublimación de lo que ocurre. En no tomárselo en serio. Las barbaridades que cuenta no son verídicas, no pueden serlo, tan solo son exageraciones de la realidad, reflejo de algo inconfesable que llevamos todos dentro, nos guste o no nos guste. El contenido de la novela son dislates que nos hacen reflexionar sobre la condición humana. Exagera nuestros miedos y da vida a lo más perverso. Su literatura no deja a nadie indiferente. Si no te espanta, te gusta.

Pero si el contenido es atractivo, lo que de verdad importa es la forma. La forma literaria de Ánzoni es brillante, le gusta redondear las oraciones, jugar con las palabras, repeticiones, sin sentidos, metáforas, alusiones veladas, palíndromos… Es divertido entretenerse en encontrar alguna broma que, si no prestamos atención, puede pasarnos desapercibida. Cuando hice una reseña de su anterior libro, le comparé con Cervantes y con Unamuno, ahora disfrutaré comparándolo con Francisco Ibáñez, sin desmerecer los anteriores. El genial autor de Mortadelo y Filemón, disfruta dibujando pequeños detalles al margen del argumento de la historieta, pudiendo pasar desapercibidos. Pero que, si te topas con alguno por casualidad, entonces te entretienes en mirar con detenimiento cada viñeta para descubrirlos. Así, por ejemplo, dibuja en una esquina una araña fumando o un gato martirizando a un perro. Pues, si no estás atento, con Ánzoni te perderás juegos de palabras como: «un perro ciego siempre está bien visto», «sabor auténtico de Ávila saliva —palíndromo—», «perro condecorado […] con el título can laude», «el alarido cupidog, el ladrido del amor», «el portero que desde hace 666 días no encaja un tanto (un tanto sospechoso, algo no encaja)», «trabaja como un perro por cuatro perras»… Bueno, no sigo, no están todos, faltan Eloy Ayer, la patrulla Can Avis y muchos otros que tendrá que descubrir cada lector.

Para no perderse en el entramado de historias, indicaré que el hilo conductor es la estupidez humana, enmascarada en las actitudes y etiología canina. Y de perros sabe mucho Ánzoni pues él es paseante Wifi —su mascota y su muso, como él confiesa—. Le cuida, alimenta, pasea, lleva al veterinario e incluso le limpia la mierda. Aquí cabe una confidencia, que espero que Ánzoni sepa excusarme: él es tan perro que a veces lleva de paseo a Wifi montado en su coche, mientras el chucho corre feliz al lado. Es que es un fumador empedernido, un Toni Tonelada, poeta rudimentario de considerable corpulencia física, que solo gusta de los deportes por la tele —es del Getafe—. Wifi lo sabe y le perdona, pues Ánzoni es fiel cumplidor en el resto de sus tareas. ¡Ah! y Wifi también es personaje de sus novelas.

Del argumento es mejor no contar mucho, para que el lector vaya de sorpresa en sorpresa, sin saber dónde va a ir a parar el relato. Digamos solo que un laboratorio militar investiga en la creación de micro perros y nano perros, como arma para futuras guerras. La humanidad está tan idiotizada que llega a estos extremos de utilizar seres adorables como los perros para la guerra. Y esto no es exageración del autor, es algo que cuentan los libros de historia. En lo que exagera es en el logro científico de perros cada vez más diminutos, que acaban siendo microscrópicos, lo cual solo es hipérbole porque no puede hacerlo la ciencia, no porque no quisiera llevarlo a cabo.

Gran conocedor de la materia canina, no deja de nombrar una sola raza. Dentro de la novela están todas las variantes perrunas, las reales y las que devienen en ciencia ficción. Partiendo de los perros de capricho hasta los perros entrenados como guarda espaldas, y otros guarda espaldas de los guarda espaldas. Perros que huelen la lascivia, perros que huelen la maldad, hombres que comen perros, perros que destrozan hombres, niños que quieren ser perros, ejércitos de garrapatas que se alimentan de perros, caviar de garrapatas para bebedores de sangre…

Por último, hay que advertir que el libro no tiene un prólogo, como sería lo normal: tiene tres. Y que estos prólogos están al final, como su nombre no indica, y además están descartados, a pesar de lo cual figuran en el libro. Uno puede dejar de leer este libro, pero no sus prólogos.

Primera presentación en el café Estudio de Ávila

Ya estáis advertidos, ¡GUAUG! ha salido de imprenta. No os diré que lo leáis, pero si no lo hacéis, peor para vosotros. Os invito a visitar ¡GUAUG! (A CARA DE PERRO). Si decidís comprarlo por la web, os cuento que la editorial responde muy rápido y envía el libro enseguida —y advierto que yo no cobro nada por la publicidad—. También podéis encargarlo en vuestra librería favorita. De nada.

LIBRO RECOMENDADO:

-        El largo viaje del LSD AL ADSL, de Ánzoni Martín

lunes, 15 de marzo de 2021

El aire que mece la vida

Soy una mujer normal y esta historia que voy a contar parecerá fantástica, pero no lo es. Es algo que me sucedió sin haber nunca podido imaginar que me podría ocurrir algo así. La relataré tal y como la recuerdo, sin inventar nada y sin añadir todo lo que ahora sé. Algunas cosas se me confunden en la memoria, pero otras las tengo nítidas.

Pues resulta que un día me encontraba tendiendo unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y me levantó del suelo. Me estaba reponiendo del susto cuando otra ráfaga me elevó aún más. Tenía que haber soltado las sábanas, pero no lo hice. Pensaba que aterrizaría de manera suave. Al contrario, viendo cómo me elevaba cada vez más, lie los cabos de la tela en las muñecas para estar sujeta a algo, ya que temí que la caída podría romperme algún hueso, cuando menos. Entonces me vino a la mente el caso de la mujer de Macondo, que nos cuenta García Márquez en el libro ese inverosímil, aunque genial, que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en el que su padre lo llevó a conocer el hielo. Yo siempre me he preguntado si en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse que de su infancia y de algo tan insustancial como el momento de conocer qué era el hielo. Pero claro, que la ciudad de Macondo se encontraba en los trópicos y en esas latitudes el hielo no es algo demasiado común.

 El caso es que, según iba diciendo, a una mujer de Macondo, cuando estaba tendiendo unas sábanas, la arrebató un viento y ascendió a los cielos. A partir de entonces todos la consideraron santa. Pues a mí me ocurrió algo parecido. El viento me arrebató y me llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Y esto que estoy contando no es realismo mágico, como la historia del genial Gabo. Es algo que sucedió y podríamos definirlo como realismo real y no como mentira literaria. Como ese otro cuento que hay escrito en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Absurdo. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

Ilustración de Julio Veredas Batlle


El caso es que me asusté mucho en el vuelo y no solté las sábanas, como digo, sino que aseguré los picos con varias vueltas en las muñecas. No fuera a ser que lo único que me sostenía, aunque fuese en el aire, me desamparara, dejándome a merced de la ley de la gravedad. Que ¡menuda ley de las narices! Por el mismo precio se podría haber inventado la ley de la flotabilidad en el aire y así volaríamos libres como pájaros.

En principio pensé que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se me presentaban a la vista, pero, cuando los rebasé, advertí que ascendía más. Tanto remonté el cielo que los prados a mis pies se me antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas y vacas para mí eran como figuritas de un belén.

Me resigné a volar y quité de mi mente los pensamientos funestos. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y me estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores momentos de mi vida. «¡Que me quiten lo bailao!», pensé, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire me removía las faldas, enfriándome la tripa. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Crucé varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesé carreteras, ennegrecidas a la vista desde esas alturas; rebasé montañas de picos pardos y otras de cumbres borrascosas, pasé por serranías de romas lomas. Llegué a unos suburbios urbanos y escuché cómo unos niños me señalaban con el dedo: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde la distancia las palabras se confunden.

Sobrevolé luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y todos me saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y otro tipo raro, una especie de loco con sombrero. «¡Que le corten la cabeza!», repetía una reina chiflada, una y otra vez.

Me las vi muy difíciles ante una torre infiel que me cortaba el paso. Pero no fue más que un horror ortográfico, ya que en realidad la torre no era infiel sino Eiffel, por el nombre del que la construyó, parece ser. ¿Habré llegado a París? Pensé. Pero no lo pensé mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarme. La fatalidad me llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsara la sábana, ya fuese la providencia, el viento o la maldita mala suerte mía. Con desesperación giré el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logré desviar la trayectoria, evitando chafarme las narices con las vigas de la impresionante torre herrada. Hubiera sido un horror errar y dar contra los hierros.

Pero ahí no acabó todo. Cuando pude reconducir el vuelo, visité varias ciudades más, de las cuales me llegaron ecos sonoros. Una con una torre inclinada —felice di stare lassù—, otra con dos torres inclinadas —cuando llegues a Madrid, chulona mía voy a hacerte emperatriz de Lavapies—, otra más con una noria enorme al lado de un gran río —London Bridge is Falling Down—, otra llena de rascacielos —New York, New York I want to wake up in a city that never sleeps— y una más con edificios que no rascaban nada —¡Ay qué murallas tan altas…!—. En fin, observé todo aquello que el azar me puso delante de los ojos y lo disfruté.

E incluso mi ascensión llegó a la estratosfera donde descubrí un planeta chiquitito, habitado únicamente por un niño rubio y una planta. «¡Hola!». Lo saludé y él me devolvió el saludo enviándome un beso con una mano. «¡Adiós, guapo! Volveré pronto».

El caso es que, sin saber cómo, me encontré volando de nuevo por prados conocidos. Distinguí mi pueblo, mi casa, el arroyo donde había estado lavando y las cuerdas donde tendía la ropa. En ese momento el viento parecía más calmado y comencé a descender.

Aterricé suavemente, muy cerca de donde los vientos me habían arrebatado, justo en el lugar donde mi hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire, según me explicó más tarde.

—¿Dónde te has ido, mamá? —me dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondí con una sonrisa—. Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

Pero algo no cuadraba. Mi hijo tiene más de ocho años, muchos más, cuarenta cumplidos. A pesar de lo cual lo vi congruente y lo acepté como lógico. Era mi hijo adulto, que no había dejado de ser un niño. Para mí nunca será otra cosa. Siempre tuvo unos carrillos carnosos que gustosamente me habría comido más de una vez. Pero no llegué a hacerlo.

Fue entonces cuando sentí ese dolor tan profundo. Tenía la garganta en carne viva y me moría de sed. Intenté abrir los ojos y contra mí tenía una almohada húmeda de mi sudor, que olía muy mal. Estaba boca abajo. Intenté levantarme y no lo conseguí. Me costaba respirar. Me ahogaba. Noté, rozándome las caderas con el dorso de las manos, que estaba desnuda.

Menos mal que la sensación desapareció enseguida. Otra vez el bienestar se apoderó de mí. Pasé a encontrarme sentada plácidamente en un sillón de mi casa. Tan solo vestía una blusa y noté que mis piernas eran de nuevo jóvenes y tersas. «Tengo que depilarme, que llega el buen tiempo», pensé. Me miré los pies, con las uñas pintadas, que relucían por el ramal de sol que se colaba por la persiana del balcón y me llegaba a los muslos. Estaba entrando en calor. Nunca me había sentido tan bien.

Pero el calor iba en aumento. Al poco me vi resoplando. «¡Uf, qué calor!». No sabía en qué época del año me encontraba, aunque sí que recordaba el frío del invierno, que ya era agua pasada. ¿Quién iba a decir que después del largo invierno y la irregular primavera iba a venir este calor de repente? Ya parecía que estuviésemos en verano, pero no puedo asegurar que así fuese.

Y yo, además, sin aire acondicionado y sin un triste abanico que me refrescase, que ya tenía arrugadas todas las revistas y papeles de propaganda que había por casa, de sudarlas con las manos en un intento de abanicarme.

Pensé en tomarme un helado. Pero, ¡qué diantre!, lo saqué de la nevera y se me derritió al momento. Estaba tan licuado que cuando lo llevé a la boca me pareció un café con leche. ¡Diablos, cómo puse el suelo de chorretones! Tuve que irme de la cocina porque se me pegaban los pies desnudos en el suelo.

Volví al salón y no te digo cómo me quedé al ver un bolígrafo: se estaba deshaciendo el plástico y se pegaba a la mesa. Esto ya era inaguantable. Parecía que me encontrase dentro del famoso cuadro de Salvador Dalí, ese de los relojes blandos que se derraman flácidos por el borde de los objetos donde se apoyan. Hasta ahora nunca llegué a pensar que todo podría ser debido al efecto del calor. Esa debe ser otra de las leyes de la física, la química o lo que quiera que sea el que dicte las leyes, ya sea María Santísima o el sursum corda.

Recorrí desnuda toda la casa y no encontré una sola brisa que me refrescase. El aire estaba más calentorro que el vapor de una infusión recién hecha.

Increíble, se estaba deshaciendo también la botella de plástico que contenía el único agua que me quedaba envasada. ¡Si parecía que hirviese! Podría haber cocido garbanzos con ese agua sin ponerla al fuego.

¡La ducha! Se me ocurrió de repente, pero ni esa pude usar, ya que su alcachofa debía ser también de plástico y se estaba deshaciendo. No tenía intención de ponerme bajo el chorro que saliera por ese trasto. Me abrasaría.

¡Qué podía hacer! Me puse a gritar incongruencias: «¡Socorro! Esto es un infierno. ¿Estoy despierta o soñando? ¿Pero esto qué es? ¿El sueño de una noche de verano…? ¿Pesadilla antes de Navidad? ¿La vida es sueño?».

En todo caso no soportaba tanto calor, me daba la sensación de que yo también me disolvía. Pronto estaría en el sillón con el cuerpo colgando desleído en sus ángulos suaves.

De repente quedé desconcertada. ¡Era imposible! No podía creer lo que estaba viendo, el calendario de la cocina se derretía… Pero si era de papel. Lo lógico es que se incendiara y se estaba licuando. ¡Ahí iba el mes de julio, hecho crema sobre el suelo de la cocina! Y agosto también…

Septiembre se fundió más despacio, pero en un momento se me liquidó todo el verano. Me quedé sin verano. Aunque, para sorpresa mía, el mes de octubre aguantaba, se mantenía entero. «A ver si con suerte…», pensé.

¡Qué bien, octubre venía fresquito! ¡Qué gusto! Otra vez el bienestar me poseyó.

Pero no fue mucho tiempo, ya que de nuevo me vinieron los dolores. Ese malestar y esa falta de aire. Luchaba por respirar, pero sufría demasiado. No podía moverme. Confirmé que estaba boca abajo, con la cabeza de lado sobre la almohada y unos tubos me salían de la boca. Me dolía el pecho. Abrí los ojos y no podía ver nada más que luz. Había mucha luz. Quise cerrar los ojos de nuevo, quise volar, quise sentirme bien.

Entonces escuché voces incomprensibles. No entendía lo que me decían. Aunque entre ellas podía distinguir mi nombre, que repetían una y otra vez con dulzura, pero ¿quién? «Mi garganta, por Dios, mi garganta, ¡qué dolor!»

Me dieron la vuelta, pues efectivamente estaba boca abajo. «Hay que quitarla ya del decúbito prono», escuché. Me incorporaron un poco. Vi seres extraños, enfundados en trajes cerrados de color azul, con mascarillas, guantes y mucha parafernalia de hospital. Pero a través de esas viseras plásticas que usaban encontré unos ojos amables que me tranquilizaron. No dejaban de repetir mi nombre y me decían que ya había pasado todo.

Más tarde me enteré, cuando me llevaron a una habitación de planta, que había estado treinta y siete días en coma inducido. Que casi no lo supero. Que estaba sola y nadie pudo acompañarme en el padecimiento.

Ahora, que apenas puedo levantarme de esta silla de ruedas y que estoy aprendiendo de nuevo a andar, a comer, a hablar, se me escapan lágrimas por ser consciente de que la vida me da una nueva oportunidad.

Este fatídico año 2020 se me va a quedar grabado para siempre en la memoria.


(Este relato se publicó en el Diario de Ávila el 2 de agosto pasado, en una sección de relatos de verano que nos cedió el periódico a la Asociación la sombra del ciprés. Ahora que se cumple un año del inicio del confinamiento por la pandemia, quiero con él homenajear a todas aquellas personas que han vivido en primera persona esta desventura y a aquellos profesionales que han estado a su lado)

LIBRO RECOMENDADO:

-        El plan de Albano 3ª edición, de Julio Veredas (Juan Palomo Autoedicciones)



sábado, 27 de febrero de 2021

La quinta ola

Llevamos siglos a vuestro lado y aún no os habéis dado cuenta. Cuando en nuestro sistema solar la vida se hizo inviable, buscamos un destino donde poder subsistir. Y lo encontramos. Así llegamos a la Tierra hace 10.000 años, aproximadamente. El problema era que estaba habitado por seres «inteligentes». Quisimos acabar con vosotros para sustituiros, pero no de una forma rápida, aún teníamos tiempo. Decidimos vigilaros y controlaros para indagar la mejor forma de exterminio. O, si acaso, ver la posibilidad de compartir planeta. Ya estamos seguros de que esto último no es posible y hemos iniciado el proceso de extinción. Si esperamos un poco más, desapareceríais vosotros mismos de forma infecunda.

La humanidad se ha hecho a sí misma a base de guerras. Lo sabemos, porque hemos sido notarios de ello. Desde las primeras civilizaciones hasta las más avanzadas, la guerra ha sido vuestro motor de desarrollo. Os ha posibilitado tanto avances médicos, para curar heridas, como avances tecnológicos que lesionan y matan. Primero flechas y más tarde misiles. Y no curáis las heridas por piedad, sino para que el soldado siga en activo. Matando. Y no se fabrican los proyectiles y dirigibles para el avance de la ciencia, sino que la ciencia avanza para poder teledirigir misiles con los que destruir al enemigo.

Esa es vuestra historia. Lo sabemos. Y la conocemos muy bien porque llevamos siglos observándoos. Sois salvajes, insubordinados y prestos a responder a la violencia con más violencia. No merecéis seguir habitando este planeta hermoso. Debéis ser erradicados de la Tierra, sepultados en la tierra. Ya ha comenzado la aniquilación. Pero no lo sabréis nunca. Vuestras crónicas están llamadas a desaparecer, enterradas con vuestros cuerpos.

El proceso está en marcha. Lleva siglos en prácticas, pero lo anterior no eran más que pruebas. La peste negra y otras pandemias, tan solo nos sirvieron de material de ensayo. Lo de ahora sí que va en serio, lo habéis llamado COVID19, pero es el arma letal definitiva que acabará con vosotros.

Con la primera oleada habéis muerto miles, cientos de miles, millones, y parece que sois ajenos a lo que os sucede. Se os hunde la economía, mueren vuestros familiares y amigos, pero no habéis entendido nada. Seguís de fiesta, os vais de vacaciones, continuáis vuestra vida. Todo sigue igual que si no pasara nada.

Esto no es nuevo. En los siglos medievales, con otras pandemias, hacíais carnavales, os poníais máscaras con picos de cuervo, donde ocultabais perfumes que pensabais que os protegían. Cantabais, bailabais, os divertíais, mientras algunos afligidos se dedicaban a quemar cadáveres.

Ocultad a vuestros ojos la realidad, esconded la cabeza como el avestruz para no enteraros de nada. Ha llegado el momento de pararos los pies, porque si no, acabaríais con lo que queda de este hermoso planeta. Quemando petróleo, ensuciando los mares, contaminando el aire, destruyendo la diversidad de especies. Pensáis que las vacunas os van a proteger, pero las mutaciones del virus serán tan letales, que cada ola será mucho peor que la anterior.

Después de la primera ola pandémica, vinieron la segunda y la tercera. No seréis conscientes de que se acerca vuestro fin y eso será con la quinta ola. Ni sabréis quién lo ha causado, por más que hemos estado a vuestro lado en todo momento. No somos más que enviados y hemos encontrado el mejor de los disfraces. Yo mismo os he hecho mimos, me he rozado con vuestras piernas, me habéis metido en vuestras casas, me habéis acariciado y he ronroneado en vuestras rodillas.

¿No os habéis dado cuenta de cómo os miraba a los ojos? ¿No habéis entendido que mi mirada era más inteligente que la vuestra?

LIBRO RECOMENDADO:

-        Miau, de Benito Pérez Galdós

sábado, 13 de febrero de 2021

El asunto de los cuernos

La fiesta de San Valentín se dedica a celebrar a los enamorados y, en un principio, la impuso la iglesia católica como contrapeso a la fiesta pagana de las lupercales. Hoy en día, es una fiesta comercial que no podemos obviar, ya que machaconamente nos la recuerdan con objeto de que gastemos dinero en regalos. Nos incitan a consumir o, en caso contrario, chantaje emocional, no demostraremos nuestro amor a la pareja.

En el contexto de las modas actuales, como el poliamor o las relaciones abiertas, no se observa el sometimiento tradicional a la fidelidad, que hasta hace poco era algo preceptivo. Aun así, la fidelidad sigue siendo muy importante para muchas parejas, pero se ha reducido a un pacto de lealtad, que ya nunca tendrá las trágicas consecuencias folletinescas de siglos pasados. O no debería.

Cuando en otros tiempos se trataba la infidelidad, se usaba una curiosa imagen: se hablaba de «poner los cuernos». Normalmente era la traición que la mujer hacía al marido y este el cornudo, desatándose la tragedia en cuanto se enteraba. Menos grave solía ser si la cornuda era ella, por la dependencia económica que soportaba. El caso es que el asunto de los cuernos dio para mucha literatura desde el Siglo de Oro.

Saliéndonos del tema moral y tomando su lado folklórico resulta curiosa la imagen de identificar la infidelidad con la cornamenta. ¿De dónde viene? ¿Por qué se utiliza este símil? Que yo sepa, los mamíferos cornudos no son más promiscuos que otras especies.

Si indagamos en la historia y en la literatura descubriremos que es algo muy antiguo. Cuestión de siglos. No voy a plantear una tesis, pero sí quiero traer aquí un texto que, en la primera mitad del siglo XIV, podría explicar el origen de esta asociación de la cornamenta con la infidelidad. Y, si no es el origen, al menos demuestra su antigüedad.

Se trata del Libro de buen amor (1330 y 1343), del Arcipreste de Hita. La historia en concreto es la de «Don Pitas Payas, pintor de Bretaña». En ella se cuenta que un pintor, llamado Pitas Payas, recién casado, decide iniciar un viaje a Flandes. Antes de partir, y para cuidar la «virtud» de su mujer, decide pintarle bajo el ombligo un cordero. Piensa tardar dos meses en regresar, pero se retrasa dos años y a la esposa cada mes se le hacía un año. Así que, necesitada de aquello que esperaba del reciente casamiento, toma un amante con el que se prodiga en encuentros. Cuando recibe la noticia de que su marido está a punto de volver, ella se da cuenta de que se le ha borrado el cordero y le solicita a su amante que le dibuje otro en el mismo lugar. Este, muy deprisa, le pinta un carnero con una crecida cornamenta. Cuando llega el marido, le solicita a su mujer que le muestre la seña que él le había dejado, comprobando que donde pintó un cordero, había un carnero. Exige explicaciones y ella le responde que en dos años ¿cómo no se iba a convertir en carnero?, que si hubiese llegado antes lo hubiera encontrado aún cordero.

Dada la belleza y la gracia del texto, lo transcribo para cerrar este artículo:

EXIEMPLO DE LO QUE CONTESÇIÓ A DON PITAS PAYAS, PINTOR DE BRETAÑA

   Del qu’ olvida la muger te diré la fazaña:

sy vieres que es burla, dyme otra tan maña.

Eran don Pitas Pajas un pintor de Bretaña;

casó con muger moça, pagávas’ de conpaña.

   Antes del mes cunplido dixo él: «Nostra dona,

»yo volo yr a Frandes, portaré muyta dona.»—

Ella diz: «Monsener, andés en ora bona;

»non olvidés casa vostra nin la mía persona.»—

   Dixol’ don Pitas Payas: «Doña de fermosura,

»yo volo fer en vos una bona figura,

»porque seades gardada de toda altra locura.»—

Ella diz’: «Monssener, fazet vuestra mesura.»—

   Pyntol’ so el onbligo un pequeño cordero.

Fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero.

Tardó allá dos anos, muncho fue tardinero,

facias’ le a la dona un mes año entero.

   Como era la moça nuevamente casada,

avie con su marido fecha poca morada;

tomó un entendedor e pobló la posada,

desfízos’ el cordero, que dél non fynca nada.

   Quando ella oyó que venía el pintor,

muy de prisa enbió por el entendedor;

díxole que le pintase, como podiesse mejor,

en aquel logar mesmo un cordero menor.

   Pyntóle con gran priessa un eguado carnero

complido de cabeça, con todo su apero;

luego en ese día vino el menssajero:

que ya don Pypas Pajas desta venía çertero.

   Quando fue el pintor ya de Frandes venido,

ffue de la su muger con desdén resçebido;

desque en el palacio ya con ella estido,

la señal que l’ feziera non la echó en olvido.

   Dixo don Pytas Pajas: «Madona, sy vos plaz’

»mostratme la figura e ¡aiam’ buen solaz!»—

Diz’ la muger: «Monseñer, vos mesmo la catat:

»fey y ardidamente todo lo que vollaz.»—

   Cató don Pytas Pajas el sobredicho lugar,

e vydo grand carnero con armas de prestar.

«¿Cómo, madona, es esto o como poder estar,

»que yo pynté corder, e trobo este manjar?»—

   Como en este fecho es siempre la muger

sotil e malsabyda, diz’: «¿Cómo, monsseñer,

»en dos anos petid corder non se fer carner?

»Veniésedes tenplano: trobaríades corder.»—

[…]

El texto está tomado de la decimoctava edición del Libro de buen amor, Espasa Calpe, Madrid, 1984.

LIBRO RECOMENDADO:

-        Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

viernes, 29 de enero de 2021

Ligero de equipaje

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Vida, de Antonio Machado

En el bachillerato tenía un profesor excepcional. Ya he hablado de él en alguna ocasión (¡Oh, capitán, mi capitán! (tribunaavila.com); http://lodemasescosavana.blogspot.com/2013/12/homenaje-postumo-jacinto-herrero.html). Jacinto Herrero me abrió los ojos al mundo fascinante de la literatura castellana y también a su historia, desde las glosas Emilianenses hasta la Generación del 27. Nos solía presentar los autores más representativos de cada etapa, glosando su biografía. Y lo hacía por orden cronológico, ¿de qué otra forma? Así hablaba de su nacimiento, sus padres, su educación, su formación literaria, sus obras primerizas, la plenitud e, indefectiblemente, concluía con su muerte. Uno tras otro. Siempre el mismo patrón.

El último tránsito de cada autor me producía desasosiego. Todos todos terminaban muriendo. ¿De qué les servía la gloria literaria alcanzada si no podían disfrutarla eternamente? Con ese desenlace habían fracasado como escritores. Su carrera había sido inútil.

Un adolescente tiene conocimiento de que la vida es finita, está claro, pero solo es un conocimiento formal, no es capaz de entenderlo en toda su dimensión. A los adolescentes —o a los niños— les parece que la vida es eterna. No recuerdan su nacimiento, pero saben que viven y tienen la sensación de que siempre lo harán. Por tanto, para ellos la muerte es una terrible desgracia que les acontece a otros y no piensan que le ha de suceder a todo el mundo. Es algo así como que, «si tuvieras suerte, no pasaría».

Cuando se llega a una edad provecta, es cuando se ve con claridad que la muerte está ahí y que ya solo queda la incógnita del momento en que se producirá. Hay que asumirlo, por mucho que cueste hacerlo.

La sociedad de consumo, para la que no somos más que elementos útiles o inútiles, nos pide que ganemos dinero y que lo gastemos. Nos ofrece coches, vacaciones y cenas románticas. «Trabaja, gasta y no pienses». Nos incita a no tener en cuenta que moriremos, a cerrar los ojos a la evidencia. Así nos privan de tener presente que un día todo se acabará. No nos preparan para morir.

Tampoco lo hace la religión, que solo nos dice que si obedecemos seremos eternos. Sin entrar a valorar si existe o no el mundo inmaterial, la transcendencia no la puede garantizar nadie. La fe es un gigante con los pies de barro, pues para creer tan solo hace falta tener voluntad, no razón. Así puedo creer que Elvis Presley está vivo, solo porque me da la gana. Igual pasa con Dios, Alá o Visnú.

El único consuelo racional que nos queda es ser conscientes de que se nace y se muere, por tanto, lo demás no importa. Solo hay nacer y morir, lo demás es cosa vana —mis disculpas por la cuña publicitaria improcedente—. Quien comprende esto se deja de zarandajas, de peleas, de rencores, de ideas dogmáticas. Nada importa, pues estamos aquí y vamos a dejar de estarlo. Disfrutemos, mientras, todo lo que podamos.

Saber que vas a morir y asumirlo te hace libre, pues una vez cruzada esa puerta lo único seguro es que ya no sufrirás, como no sufrías antes de nacer. Lo inteligente, pues, es aprovechar el momento, disfrutar, tener la satisfacción de ayudar a los demás, amar, sucumbir con moderación a los pequeños y grandes placeres; es decir, vivir con plenitud.

Por ello, brindo con todos vosotros que estáis vivos con un Ribera del Duero —o con una cerveza artesana—. Espero que podamos abrazarnos y reír juntos lo antes posible. Nunca vamos a ser tan jóvenes como ahora mismo. Carpe diem, quam minimum credula postero*, que diría Horacio.

* Abraza el día y confía mínimamente en el futuro

LIBRO RECOMENDADO:

-        Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

jueves, 14 de enero de 2021

La conspiración de los idiotas

«En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira», escribió en una célebre cuarteta Ramón de Campoamor. Esta relatividad en la mirada, que se basa en la duda como método de conocimiento, parece que hoy en día no tiene muchos seguidores. Al menos son demasiados los que de forma intransigente quieren imponer su verdad, porque estiman que, sin duda alguna, es la única verdad. Y para ello están dispuestos a matar o morir.

Son muchos los ejemplos, pero uno muy penoso lo acabamos de vivir en el mes que inaugura este año 2021. Una parte de los seguidores de Donald Trump creen con los ojos cerrados que ha habido fraude electoral y que a su líder intachable le han arrebatado la presidencia de los Estados Unidos un grupo pérfido de pederastas y criminales. Tienen fe en su palabra, porque quieren tenerla, ningún argumento contrario les hará cambiar de parecer. Así han intentado boicotear la designación como presidente de su contrincante, Joe Biden, realizando un asalto al Capitolio, armados hasta los dientes, que ha tenido como balance cinco muertos.

Cuando no se puede demostrar algo, se apela a la fe de los demás, «creedme, porque lo digo yo», punto. Aznar pidió que lo creyeran, que había armas de destrucción masiva en Irak. Él sabía que era mentira y que no podía ofrecer pruebas, pero logró que muchos tuvieran fe en él y apoyaran la guerra de 2003, con la que además el mundo iba a prosperar, según nos explicaba también. Las nefastas consecuencias, por no hablar de todo el sufrimiento que provocó, aún las estamos padeciendo casi veinte años más tarde.

De la fe de los incautos se aprovecharon muchos de los gobernantes de todos los tiempos. Desde el mismo Hitler, prometiendo la superioridad de su raza imaginaria, a Kim Jong-un, de Corea del Norte, pidiendo ser visto como un prodigio de la naturaleza.

Todo lo que no es susceptible de ser demostrado —y por algo será— es requerido a través de una fe ciega. Y no hay más ciego que el que no quiere ver, según el dicho español. Así los terraplanistas, por más fotos de la Tierra que vean sacadas desde el espacio no creerán a los astronautas y vivirán en un mundo plano. Esto puede parecer inocuo, pero la historia nos ha demostrado con creces todo el sufrimiento que ha provocado la fe. Cuántas hogueras se han encendido en su nombre y cuántas guerras han asolado a la humanidad porque «mi dios es más dios que tu dios».

El último ejemplo del daño que ocasiona la fe ciega lo tenemos en los anti vacunas. Siempre intento ser correcto, no me gusta insultar gratuitamente a nadie, pero aquí no puedo evitar pensar en ellos como idiotas. Ofrecen muchos argumentos pseudo científicos que «demuestran» su verdad; pero esa verdad es solo suya y se necesita fe para creerla, ya que no contrastan su teoría con la ciencia y su método. Al menos si tuvieran un poco de cultura histórica sabrían cómo las vacunas nos libraron de la viruela o cómo cada año nos evitan la gripe. La COVID-19 es una terrible pandemia que se ha llevado por delante a cientos de miles de personas. La vacuna se ha demostrado eficaz, existen las suficientes garantías y es el único remedio para acabar con ella. No lo digo yo ni ningún iluminado, lo dicen los científicos y las experiencias que han llevado a cabo. Pero la fe de algunos en paparruchas les pone a salvo de que con la vacuna les inoculen un chip. En este caso no puedo decir «allá ellos», sino «pobres de nosotros» que compartimos vecindad con los idiotas.

Resulta que los anti vacunas creen que existe una conspiración y que nos manipulan. Si se parasen a pensar —algo ajeno a su idiosincrasia—, se darían cuenta de que no hay nadie más manipulable que quien tiene fe. Las sectas son la prueba evidente de esta afirmación, ya que han logrado en casos extremos incluso suicidios masivos de sus adeptos, entre otras muchas aberraciones.

En fin, para acabar, no crean nada de lo que he dicho, no tengan fe en mis palabras ni en las de nadie. Piensen e infórmense.

LIBRO RECOMENDADO:

-        La conjura de los necios, de John Kennedy Toole