viernes, 30 de julio de 2021

El encuentro casual

—¿Julia?

—¡Paula! ¡Qué alegría verte! ¿Qué haces por aquí?

—He venido al centro a comprarme algo de ropa. Para vuestra boda, claro; que quiero ir bien guapa.

—Pero, si no hace falta… Es decir, que tú vas guapa con cualquier cosa.

—Para mí es un día importante y quiero destacar… Vamos, tú me entiendes, el día importante es para Roberto y para ti, pero yo quiero ir bien guapa. Todo el mundo sabe que él y yo fuimos pareja muchos años y tengo que estar a la altura de lo elegantes que iréis los dos.

—No dudes que iremos muy elegantes, pero no puedo darte detalles de mi vestido, ja, ja. Muchas gracias por apuntarte en la lista de bodas el robot de cocina, que nos hace ilusión. A propósito, ya hemos hecho la distribución de las mesas y me tienes que decir el nombre de tu pareja.

—Iré sola, no te preocupes.

—No puede ser, querida. Te hemos puesto en una mesa donde todos son parejas. Si vas sola estarás muy incómoda.

—Incómoda seguro. Es decir, entiéndeme, para mí no va a ser un trago agradable asistir a la boda de mi ex.

—Paula, querida, pues no te lo pienses. No es necesario que vengas, no pases un mal rato.

—Bueno, no te preocupes de cómo lo pasaré o la dejaré de pasar, que es cosa mía.

—Si digo por ti, boba. Sabes que te aprecio y no quiero que en un día tan feliz haya nadie pasándolo mal. Mira, haremos una cosa, le diré a Roberto que te he visto y que me has contado que no puedes venir. Inventaré cualquier excusa, una abuela enferma o algo así. ¿Qué te parece?

—Que mi abuela tiene una salud de hierro y que con esas cosas no se juega.

—No te lo tomes así, si yo solo pienso en evitarte un mal trago. No vengas, de verdad, no te veas forzada a estar en una mesa rodeada de parejas y tú más sola que un seto en una rotonda. Mira, haremos una cosa, para mostrar tu buena disposición, el robot de cocina lo dejas como regalo, pero no pases el mal rato de asistir a la boda de tu ex.

—¡Y un cuerno! Si no voy a la boda, no hay regalo. Es más, como veo que te molesta que vaya, te aseguro que iré. Roberto me ha invitado personalmente y sé que se alegrará de verme, como siempre se alegra cuando nos encontramos. Le conozco de sobra. Y no te preocupes por el robot, que como voy sin pareja os regalaré otra cosa más sencilla, un juego de vasos de wiski. Así, cuando estéis a solas por la noche, él podrá emborracharse a gusto y no tendrá que soportarte.

—Oye, guapa, eso sí que no te lo aguanto. Ya no me apetece nada que vayas a mi boda. Y el robot bien podías dejarlo pagado, para no quedar como una guarra.

—Mira, te guste o no, iré a la boda de mi ex, porque me sale de los ovarios, ¿te enteras? Y ya te he dicho que te olvides del robot de cocina. ¡Ni lo sueñes!

—Irías, si a mí me pareciese bien y que no me lo parece.

—Pero no te casas con el aire, que es lo que merecías; así que, mientras quiera Roberto que yo vaya, tú te callas la boca, que la tienes muy grande.

—Es igual, despídete, Roberto hará lo que yo diga.

—¡Ja, ja, ja! Lo que tú digas, sí, lo que tú digas. Si yo te contara…

—¿Qué quieres insinuar, pedazo de perra?

—Perra tú, que se te da muy bien ladrar.

—Y morder también se me da bien, guapa. Y que sepas que lo de guapa es un decir, que nada tiene que ver con la realidad: ¡guapa!

—Morder como una perra, no dudo que lo sepas hacer. Pero ser cariñosa como un gato, eso ni de lejos, que lo sé de sobra. Que Roberto bien se ha arrepentido de estar contigo. Pero, claro, ¿cómo se va a echar ahora para atrás con tu familia de mafiosos guardándote las espaldas?

—¡Asquerosa!

—¿Quieres que te lo cuente? ¿Sabes con quién estuvo ayer por la tarde tu Roberto?

—Con su hermano, comprándose unos zapatos.

—Ja, ja. Su hermano, sí. Ayer estuvo conmigo, llorando.

—Mentira, solo quieres meter mierda por medio para separarme de él, so guarra.

—Sí, mentira. Y también es mentira que luego subió a mi casa. Y que en mi casa nos acostamos.

—Púdrete, asquerosa, que no lo vas a conseguir. Nos casaremos y vivirá conmigo y no contigo. Es a ti a quien ha dejado y es conmigo con quien quiere estar. Nos vamos a casar y no se te ocurra aparecer por allí. Les diré a mis hermanos que estén pendientes y que si te ven aparecer te echen a patadas.

—No te preocupes, que ya no quiero ir. No voy a presenciar cómo mi Roberto comete el error de su vida. Ya volverá a buscarme para llorar en mi hombro. ¡Y después echaremos un polvo!

—Si tus falsedades te consuelan, mejor para ti, que a mí no me engañas. Todo lo que dices es mentira. Al fin lo conseguí: no vendrás a mi boda.

—No iré, no. Pero vigila a MI Roberto, que estará buscándome con los ojos.

—Sueña, guapa, que es gratis. Lo que sé es que, por la noche, lo tendré en mi cama. Y ya pagaste la lista de boda, así que el robot es mío. No pienso devolvértelo. 

viernes, 16 de julio de 2021

Café amargo

 —¿Qué va a tomar el señor? —le dijo el camarero a un joven que acababa de sentarse a una de las mesas de la terraza que, a esas horas caniculares, estaba casi vacía.

—Un café solo, cargado y sin azúcar, para disfrutar de su amargor —respondió el cliente—. ¡Coño, Julio, no te había conocido!

—Ni yo a ti, Borja.

—¡Qué casualidad! No sabía que trabajabas de camarero.

—Ya ves, algo tenía que hacer.

—He quedado aquí con Ana —dijo con precaución y, al ver la reacción neutra de su amigo, intentó sacarle una sonrisa—, así que me lo tomaré con calma, ya conoces su impuntualidad. Sabías que estamos juntos, ¿no?

—Sí, lo sabía —respondió Julio intentando mostrar seguridad—, pero no te preocupes, que nosotros lo dejamos hace más de un mes. ¿Quieres algún bollo u otra cosa?

—No, el café solo. Pero, no te vayas, que te noto distante. En serio, no quisiera que te hubieras mosqueado porque salga con Ana.

—Somos adultos y ella te eligió a ti. No hay más que decir.

—Siempre fuimos muy amigos durante toda la carrera.

—Lo fuimos, tú lo has dicho. Pero las vidas se separan y cada uno sigue la suya, la que le corresponde. Por cierto, que debo felicitarte, al final te dieron a ti la plaza.

—Sé que tú tienes mucho mejor expediente que yo, Julio, que la merecías más. Siempre fuiste un alumno brillante.

—Pues ahora me dedico a sacar brillo a los vasos.

—Te lo tomas mal, me lo temía. No quisiera que nuestra amistad se rompiese por algo así. Tú vales mucho, Julio, seguro que sales adelante.

—Adelante… —repitió Julio, dejando la mente en blanco.

—Fuimos amigos y espero que lo sigamos siendo —añadió Borja—, sabes que te echaré una mano en lo que necesites. La suerte me ha puesto donde estoy, no es mérito mío, pero soy capaz de apreciar una amistad y tienes la mía de forma incondicional. Julio, sabes que te debo mucho, tus apuntes fueron fundamentales para mí. Nunca estuve muy centrado en los estudios, las fiestas me perdían. No como tú, que tanto provecho les sacaste.

—Sí, ya ves para qué me ha servido todo.

—Entiéndeme, sé que esa plaza la merecías tú, sé que es injusto que me la dieran a mí, pero no puedo rechazarla, no sirvo para otra cosa. Tú sabes defenderte, has demostrado tu fuerza de voluntad y tu valía. Por ejemplo, yo no serviría para hacer lo que tú haces, sería incapaz de llevar un café a una mesa sin volcarlo. Soy un inútil para cargar en la mente dos pedidos a la vez. Ni siquiera para dar las vueltas de una cuenta. No valgo para nada, por eso no puedo renunciar a lo que me ha regalado la suerte, Julio. Si quieres que te pida disculpas de rodillas, lo hago.

—Ya, lo que te ha regalado la suerte… O las influencias de tu padre. Y su dinero.

—Sin rencores, Julio, te lo ruego. El mundo es injusto, la vida es injusta, pero la amistad no tiene límites. No debe tenerlos.

—Nunca te pediría que renunciaras a tu —hizo hincapié en esta palabra— plaza para que me la dieran a mí. Entiendo que no vales para nada y que yo puedo servir cafés y poner ladrillos en una obra.

—Me apena que te lo tomes así, amigo. De todas formas, no cambio de parecer, quiero dejarte claro que siempre estaré para echarte una mano en lo que necesites.

—Bueno, que ya entra gente en el local. Voy a por tu café.

Julio le dio la espalda y se marchó rápido. Borja negó con la cabeza en un gesto de culpabilidad. Se restregó los ojos y se echó el pelo suelto y largo hacia atrás, peinándoselo con los dedos. En eso llegó una chica joven, rubia, que lucía una falda corta y una amplia sonrisa. Se acercó a Borja por detrás y le besó en una mejilla. A continuación, se sentó a su lado.

—Perdona el retraso, cariño.

—Ana, no te vas a creer quién trabaja de camarero en este antro.

—¿El papa de Roma? —bromeó ella.

—No, el gilipollas de tu ex. Pobre desgraciado. Casi es mejor que no pidas nada, que me tomo mi café de un trago y nos vamos pitando. Creo que me va a saber más amargo que de costumbre. No quiero que aproveche el infeliz para pedirme alguna recomendación, buscando las influencias de mi padre.

miércoles, 30 de junio de 2021

Siete años y medio después

El 7 de noviembre de 2013, fue para mí un día muy especial. No he tenido que buscar la fecha, ya que quedó grabada en la memoria y lo estará hasta que mi mente se haga papilla. Aquel día presenté en público mi novela «Lo demás es cosa vana», en el Auditorio de lo que antes se llamaba Fundación Caja de Ávila, con notable asistencia de público.

Era mi primera vez, mi estreno como novelista y mi iniciación para hablar en público. Recuerdo que los días previos tuve los nervios agarrados al estómago y en el acto en sí la voz me tembló de forma incontrolada. A pesar de lo cual, salí satisfecho, fui capaz de enhebrar mi discurso, gracias en gran parte a que la mayoría de los asistentes eran amigos que fueron a arroparme.

Por entonces, acababa de estrenar también este blog y redacté una entrada contando mis sensaciones. Luego todo ha pasado muy deprisa. Junto a César Díez Serrano y Alfredo Rodríguez, fundamos una asociación de escritores, La Sombra del Ciprés, que me ha puesto en el brete repetidamente de hablar en público: ser entrevistado para la prensa la radio y la televisión, moderar y participar en mesas redondas, clubs de lectura, presentar a compañeros escritores, tanto da si era poesía, novela o relato, organizar y participar en varias ediciones de los premios «La Sombra del Ciprés» e incluso impartir alguna conferencia. A pesar de mis limitaciones, ya que tengo miedo escénico, he logrado una soltura que algún amigo me acaba de recordar diciendo que ya tengo muchas tablas. Ganadas con el esfuerzo y alguna dosis de inconsciencia.

Sigue asustándome y poniéndome nervioso hablar en público, pero es un reto que acepto y al que ya no tengo miedo. Desde ese 2013 no había llegado a presentar otra novela mía, aunque sí que había publicado alguna más. Al menos no había hecho una presentación a lo grande, en un espacio amplio y con gran difusión en las redes.

El pasado 22 de junio, en el Auditorio Municipal de San Francisco, las condiciones se daban para reunir gran cantidad de público, debido a la expectación que estaba generando en las redes mi última novela «Operación Chamusquina», pero los elementos se confabularon en contra. Una hora antes del inicio de la presentación, una tormenta descargó un enorme aguacero, acompañado de rayos y truenos, que echaron para atrás a muchas personas que tenían pensado asistir al acto.

A pesar de todo, hubo aún muchos valientes que se desplazaron al Auditorio, presentando una entrada respetable. Creo que pasaron un rato agradable, puedes juzgarlo, si te apetece, con la grabación que hizo Bruno Coca, cuyo enlace pondré al final de este artículo.

Quisiera dejar aquí un recuerdo de este día, que también marca un hito en mi experiencia como escritor, y a la vez que quede por escrito mi agradecimiento a todos los que contribuyeron para que todo saliese bien y fuese ameno. Comienzo por mi entrañable amigo César Díez Serrano, artífice de la pequeña película que no me quiso hacer Alejandro Amenábar y conductor hábil del acto. Al concejal de Cultura, Ángel Sánchez, a Alquimia, a Bruno Coca, a los actores de la Película: Begoña Jiménez Canales, Ángeles Jiménez Soria, Sergio Sánchez, Gemma Orgaz y Ánzoni Martín. De igual forma estoy agradecido a los que leyeron fragmentos del libro: Gemma, Ismael, Ángeles y Begoña; a los que se prestaron a la broma de decir que mi novela era muy mala y a todos los que, a pesar de las dificultades, estuvieron en San Francisco un martes de junio a las ocho de la tarde, después de una pequeña réplica del Diluvio Universal.

Las fotos que acompañan las he tomado de las que me hicieron algunos amigos, Paula Velasco, Víctor Rodríguez, J.F. Fabián y Gris Medina.

Presentación de «Operación Chamusquina»

 

miércoles, 16 de junio de 2021

El ascensor

—Siento mucho tener que pisar en lo mojado —dijo el hombre a la limpiadora que sacaba la fregona del cubículo.

—No se preocupe —respondió la mujer—, es un ascensor y no queda más remedio. Cuando baje, lo pasaré de nuevo.

—¡Espere! —gritó una joven que se acercaba a la carrera.

—No corra —respondió él, sujetando la puerta hasta que ella entró y se lo agradeció con una sonrisa—. ¿A qué piso va?

—Al último.

—Como yo. Subiendo, que es gerundio.

—Parece que empeora el tiempo —indicó ella, mirando distraída las luces altas de la cabina.

—Eso parece, sí. Mi móvil dice que mañana lloverá —corroboró él.

—Acabaremos convertidos en ranas con tanta agua.

De manera inesperada, la joven se giró y apretó el botón de alarma, haciendo que el ascensor se detuviera de forma brusca entre dos plantas.

—¿Qué hace? —protestó él.

—Bueno, majo, vamos a dejar de disimular —dijo ella, sacando una pistola que llevaba colgada en unos arneses bajo su chaqueta.

—¿Pero, qué cojones pasa? —se alarmó el hombre.

—No llevo uniforme —respondió ella, apuntándolo—, pero soy personal de seguridad de esta empresa.

—¿Y a mí qué?

—Que ya te he visto varias veces en el edificio. La mujer de la limpieza me ha asegurado, además, que sueles venir fuera de horario. Date la vuelta que te espose.

—Y una leche. Yo no he hecho nada, vengo a hablar con el gerente.

—Ya, a horas en las que el gerente no está.

—Lo esperaré.

—¡Que te des la vuelta!

—Aparta, idiota, que pongo el ascensor en marcha.

El hombre intentó quitarle la pistola y forcejearon, pero ella no se arredró y probó a trabarle las piernas para hacerlo caer.

—¡Suelta, desgraciado! —gritó ella. Entonces se escuchó una detonación y el hombre cayó al suelo.

—¡Imbécil! Ha sido culpa tuya… —dijo, agachándose para comprobar que no respiraba—. ¡Dios, está muerto! ¡Maldito desgraciado!

La joven hurgó en la ropa del hombre y sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón. Extrajo un carnet y se levantó alarmada.

—Virgen santa, es el hijo del gerente. ¿Pero por qué no me lo ha dicho? Respira, respira, idiota... ¡Está muerto! ¡Jesús, Jesús, Jesús! ¿Qué hago ahora? ¿Quién me va a creer? Soy una estúpida, no hay remedio. Dios mío, ¿qué hago? Me van a meter a la cárcel y se acabó el trabajo, la familia, mi hija... ¡Susanita, perdona a tu madre!

La joven, totalmente fuera de sí, comenzó a golpearse la cabeza con la pared del ascensor. En un arrebato se llevó la pistola a la cabeza y sonó una segunda detonación. Todo quedó en silencio por un instante. Luego ambos se pusieron en pie y comenzaron a sacudirse la ropa.

—Sí, algo así debió ocurrir —dijo el hombre—. Dale al botón para bajar de nuevo.

—Pero no me cuadra, inspector —respondió la joven—. Si ella se pega un tiro y él está muerto, ¿quién puso en marcha de nuevo el ascensor? La de la limpieza no lo hizo, porque nos contó que se encontró los dos cadáveres abajo, con la puerta abierta.

—Tuvo que ser ella, la segurata —afirmó el hombre—, que dio al botón y luego se pegó el tiro.

—¿Pero qué interés tenía en que el ascensor bajara, si la desesperación la llevó a quitarse la vida? Fue un arrebato fuera de todo cálculo, sin duda, porque, si le hubiera dado tiempo a pensar, no se hubiera matado. Habría encontrado otra solución. Le bastaba con contar la verdad o inventarse una agresión.

—A veces ocurre lo más irracional. El caso es que desbloqueó el ascensor antes de pegarse el tiro, porque en esos momentos no había nadie más en el edificio que la de la limpieza. Y ella nos ha asegurado que encontró el ascensor abajo.

Entonces llegaron a la planta inferior, se abrió la puerta y la chica gritó:

—¡Señora! ¿Está por ahí?

—Sí, ya voy —dijo la limpiadora—. No se preocupen que lo friego de nuevo. Pueden salir. El recibidor ya está seco.

—¿Se han escuchado bien las detonaciones de fogueo desde aquí abajo? —preguntó la joven.

—Perfectamente —respondió la mujer—. Estaba en el cuarto de los trastos y sonaron como truenos. Ya le digo, igual que el otro día. Fue lo que me alertó. Vine corriendo y me encontré el panorama. Santo Dios, cómo estaba todo de sangre. Y no consigo hacerla desaparecer.

—Le doy mi pésame —dijo la joven y a continuación besó a la mujer, acercando su mejilla—. Ya me ha contado el inspector que la de seguridad era su nuera, lo siento mucho.

—Una auténtica desgracia para la familia —reconoció, conteniendo la emoción—. Con una preciosa hija de ocho años y, ya ve… ¡La vida es tan injusta!

—No se olvide de ir mañana a declarar —indicó el hombre.

—¿No lo he hecho ya con ustedes ayer? —Frunció el ceño la limpiadora, contrariada.

—Sí, con nosotros sí, pero ahora le van a tomar declaración en el juzgado —la tranquilizó.

—Iré, iré, no se preocupen.

El hombre y la joven abandonaron el recibidor del edificio de oficinas. La limpiadora quedó sola y se puso a pasar la fregona de nuevo dentro del ascensor. Lo hizo con ahínco, apretando con energía, como si quisiera borrar el suelo. Comenzó a hablar para sí, gesticulando, pero sin que apenas le oyera el cuello de su bata.

—Maldita sangre. No acabará de salir la cabrona. Se mete en las ranuras y ahí se queda, como rata en ratonera. ¡Maldita, maldita sangre! Y maldita Susana. Espero que, al menos, mis huellas salieran de la pistola, con todo lo que la froté, y que solo queden las de esa hija de puta. La desgraciada tuvo que cambiar el turno para venir a verse aquí con el hijo del jefe. Y el idiota de mi David sin enterarse de nada. Llórala imbécil, que, si no estuviera tu madre dispuesta a todo por ti, esa zorra hubiera desgraciado a la familia. Ni en su hija pensó. Pobre Susanita, estarás mejor con tu padre y tu abuela que con una mala madre.

sábado, 29 de mayo de 2021

Tormenta sobre Tenoxtitlán

El 12 de agosto de 1521, la gran ciudad del lago de Texcoco, Tenoxtitlán, capital de un imperio mítico, sufrió una terrible tormenta. La oscuridad se iluminó por rayos esporádicos y truenos estremecedores. La lluvia barrió los restos de una cruenta batalla, que llevaba meses incendiando la urbe, a la cual no le quedaba una piedra sobre otra. Los bravos guerreros mexicas nunca se rindieron, dieron la vida a pesar de llevar ya semanas derrotados, hambrientos y sin esperanza. Pensaron que, si se rendían, ya nadie rezaría a sus dioses.

El día siguiente, 13 de agosto, festividad de san Hipólito, amaneció soleada. Esa mañana fue capturado Cuauhtémoc, el último emperador, que huía disfrazado en una barca con unos pocos partidarios, supervivientes del horror. Así se selló la victoria mítica de un sagaz general, don Fernando Cortés, al que historia le reservaría el nombre de Hernán.

Estamos, por tanto, a punto de celebrar el quinto centenario de un hecho transcendental que cambió la historia del mundo, pues después de esta conquista, los castellanos se extendieron por todo un continente, planteando batallas y victorias, que nunca hubieran intentando si esta primera no hubiera tenido semejante éxito. Un éxito inexplicable a primera vista.

¿Cómo pudo un ejército de 400 hombres, cien de ellos marineros que no tenían experiencia militar, conquistar un imperio bien organizado de cientos de miles de guerreros?

Hay que comenzar desmintiendo mitos. No, las armas de fuego no fueron tan destructivas, ni mucho menos decisivas. No, los castellanos no eran tan intransigentes y violentos como se les pinta. No, los mexicas —léase aztecas, nombre posterior de la historiografía— no eran seres inocentes, cultos y en plena armonía con la naturaleza. No, no debemos juzgar al siglo XVI con los parámetros morales del siglo XXI. Toda la historia de la humanidad se ha hecho con violencias, guerras y conquistas que hoy en día nos repugnan, pero que, en otros tiempos, se veían como justas, tanto por los vencedores como por los vencidos.

Intentando resumir, daré las claves de esta sorprendente conquista, que se inició unos meses antes, a primeros de 1519 y concluyó con una derrota total mexica en agosto de 1521.

Las armas castellanas no estaban adaptadas a esas latitudes, la pólvora se humedecía y no tenían forma de reemplazarla. Solo en las pocas ocasiones en que unos aventureros arriesgaron sus vidas, escalando el volcán Popocatépetl, lograron azufre para fabricar una pequeña cantidad de pólvora. Las armaduras metálicas fueron más un impedimento que una ventaja. Los calores de la selva las hacían pesadas e inaguantables y eran excesivas para contener unas espadas de madera y pedernal, como las que usaban los enemigos. Las armaduras de algodón prensado que vestían los indígenas eran mucho más apropiadas al efecto.

Las verdaderas armas de los castellanos, además del invencible acero de las espadas, templado en Toledo, fueron varias. Enumeraré las más significativa, como por ejemplo los perros. Mastines fieros de gran tamaño que eran desconocidos en esas latitudes y sembraron el terror en las batallas. Uno de ellos ha pasado a la historia con nombre propio, Becerrillo. Igual de mortíferos fueron los caballos, desconocidos hasta el punto de que en un principio los indígenas pensaron que animal y jinete eran un solo ser. Sus rápidas cabalgadas, sus bufidos, relinchos y resoplos pusieron en huida a los más bravos guerreros.

También las tácticas de guerra fueron importantes. Los mexicas destacaban a los guerreros más fieros con grandes plumajes, cabezas de animales y banderolas, buscando retar a los capitanes enemigos, cosa que nunca ocurría. Estos utilizaban tácticas de guerra europea y lanzaban cargas a caballo, seguidas de tiros de ballesta y luego infantería con lanzas y espadas, todo muy bien organizado en oleadas sucesivas. Los castellanos pronto entendieron que, acabando con los adalides indios, se dispersaban sus acólitos. Además, estos sufrían la rémora de intentar sacar a sus muertos del campo de batalla, para dar la imagen de que no eran derrotados, dedicando gran cantidad de guerreros a retirar muertos, en lugar de a luchar.

Pero las dos armas más importantes fueron la inteligencia del general castellano y la ayuda de Dios. Entiéndase esto último como metáfora.

Hernán Cortés llevó a unos 400 castellanos en una misión de rescate de unos exploradores que un año anterior habían partido de Cuba, capitaneados por Grijalva. Su expedición era de rescate y de comercio con los naturales, pero sus planes secretos eran otros. Cuando lo vio claro, quebró sus barcos y convirtió a todos en soldados. No había vuelta atrás, sería la victoria o la muerte.

Sobre el terreno conoció cómo un imperio reciente, el de los mexicas, imponía una férrea sumisión a muchas naciones, que llegaron a odiarlos. Algunos eran guerreros aventajados, como los tlaxcaltecas, pero fueron muchos más. Cortés se presentó como su salvador y negoció con ellos entrar en la capital enemiga y les ofrececió la derrota del opresor. Tanto era el odio que tenían a los mexicas, que siguieron al capitán extranjero con entusiasmo. Así los ejércitos castellanos se vieron incrementados en decenas de miles de soldados fieros. Y los castellanos en muchas ocasiones tuvieron que templar los deseos de venganza de sus aliados, que eran los primeros en entrar en combate y en morir. No veían límite en la venganza.

Los cristianos, además, pensaron que Dios estaba de su parte, pues consideraron que envió una grave enfermedad, la viruela, poco mortífera entre los europeos. Mató a muchos más nativos que todas las batallas juntas. Este arma, que nunca supieron los castellanos que llevaban consigo, fue el verdadero artífice de su victoria y muy poco se pone en valor.

La última batalla se libró en Tenoxtitlán. Cortés dio un golpe maestro, después de hacerse invitar por el mismo Motecuhzoma —conocido como Moztezuma— en la inexpugnable capital del imperio, que estaba en medio de un lago, surcada de canales. Cortés se ganó la confianza del emperador y cuando menos se lo esperaba lo secuestró. Después, encabezó una partida de soldados que derrotó a Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba a capturarle; unió a los derrotados a su ejército y, a su regreso, encontró el caos. Los anfitriones se habían rebelado y tenían cercados a los castellanos en el palacio de Axayacált, antecesor de Motecuhzoma. Unos novecientos castellanos quedaron en la mitad tras la denominada Noche Triste, siendo miles los indios aliados que perecieron en esa jornada del 30 de junio de 1520.

Pero Cortés rehízo sus ejércitos y, contando con miles de indios aliados, realizó una contraofensiva. Llegó lago de Texcoco y construyó bergantines para el asalto final. Sin duda una locura, pero la llevó a cabo con éxito. La ciudad nunca se rindió y no le quedó más remedio al ejército asaltante que destruirla, por el sistema bélico de tierra quemada. Hasta que no quedó nada más por destruir. Hernán Cortés lamentó no poder entregar una ciudad tan maravillosa a su rey, pero así es como conquistó uno de los más potentes imperios que ha conocido la historia.

El amanecer del 13 de agosto de 1521 dio a luz una nación nueva. Ahora los gobernantes eran otros, pero se fundieron con los nativos y no les metieron en reservas indias, como harían luego otros europeos con sus vecinos del norte. El destino de México lo deciden los mexicanos desde hace dos siglos. Son una nación orgullosa y su carácter se debe al mestizaje. 

viernes, 14 de mayo de 2021

Pido perdón

El presidente de México, López Obrador, ha pedido perdón a los mayas por los abusos contra ellos a lo largo de la historia. Por otro lado, lleva tiempo solicitando al rey de España que pida perdón a los mexicanos por la conquista y aquí no ha tenido ninguna respuesta positiva. Grave error, desde mi punto de vista.

¿Qué nos cuesta pedir perdón? Son solo palabras, pero cierran heridas; atienden a los afectos y no a la razón.

En cuanto a la razón, podemos considerar que la Castilla post medieval, y no España que no existía, llevó a cabo una expansión imperialista, a través de conquistas. Más tarde las tierras conquistadas se rebelaron contra la metrópoli, logrando su independencia con nuevas guerras. Si, respecto a esto, nos hacemos algunas preguntas, las respuestas son claras. ¿Quiénes fueron los que conquistaron México? Los antepasados de los mexicanos actuales, ya que allí se quedaron a vivir, y no los antepasados de los españoles de hoy. Los míos se quedaron aquí. ¿Quiénes se independizaron? Los mexicanos, es decir los que vivían en México en el siglo XIX, en gran parte capitaneados por los criollos, que eran los descendientes de los españoles, conquistadores o llegados más tarde. ¿Quién tiene que pedir perdón entonces? Atendiendo a la razón, nadie, pero, atendiendo al corazón, debe pedir perdón el país heredero de aquella Castilla del siglo XVI: España. Por más que el país sea otro e incluso su monarquía distinta.

Hoy sabemos, por los hallazgos de Atapuerca, que la península Ibérica se pobló hace unos 900.000 años. Llegaron los «invasores» en varias oleadas, partiendo de África, y evolucionaron hasta los neandertales, por un lado, y los sapiens por otro. Quedaron estos últimos como antepasados de todas las razas humanas. En el 1.000 a.C. y más tarde en el 500 a.C., nos invadieron las oleadas celtas procedentes de las culturas de Hallstatt y La Tène. Desde entonces, celtas e iberos se repartieron el país. En el 800 a.C. llegaron fenicios (semitas) y griegos, de forma un poco más pacifica, con misiones comerciales. No así los cartagineses y los romanos que libraron aquí una guerra cruenta. Los romanos conquistaron Iberia a sangre y fuego en siglo I a.C., erradicando lenguas, costumbres, religiones y culturas. Posteriormente, la Hispania romanizada fue invadida por tribus germanas: suevos, vándalos y alanos, a los que desplazaron los visigodos, los cuales dominaron la península durante más de dos siglos. En el 711 Tariq abrió las puertas de la conquista musulmana. Desde ese mismo momento, varios reinos, unos cristianos y otros musulmanes, llenaron ocho siglos de guerras. Castilla trasladó esas guerras a América a raíz de los descubrimientos de Cristóbal Colón, conquistando el continente en pocas décadas.

Un español de nuestros días, por tanto, tiene la mezcla de todos aquellos que quisieron venir a aquí a vivir y que, desgraciadamente, la mayoría de las veces fueron la guerra y la violencia las que dirigieron esas migraciones. Un español no es un descendiente de los visigodos o los romanos, como quieren inventar los más reaccionarios. Esa idiotez solo se basa en la búsqueda de una pureza de la raza que, cuando menos, sonroja a alguien inteligente. Un español es una mezcla de gentes, religiones y culturas, y no otra cosa. Como todas las naciones.

En el siglo XXI repudiamos las formas de conquista violenta y no las consentimos, pero nada podemos hacer con lo ocurrido siglos atrás. Tan solo conocerlo y amar el latín, el árabe, el náhuatl, los acueductos, las mezquitas, las sinagogas, las catedrales y todo aquello que esté en nuestra tradición. Porque eso es lo que somos en realidad.

Pienso que es hora de decir basta al odio y dejar de culpar a los demás de los avatares propios. Es necesario prestar cuidado y no dejarse engañar. Algunos se empeñan en señalar que la culpa de todos los males de México la tienen unos castellanos que allí llegaron hace cinco siglos y dejaron de gobernarla hace dos. Su objetivo es ocultar que hay una élite rica que se apropia de los bienes económicos en un sistema capitalista, dejando a muchos compatriotas en la indigencia. Y que hay un colonizador económico al norte, que en el siglo XIX se quedó con la mitad del país y ahora levanta un muro de separación.

América latina lleva dos siglos rigiendo su destino. Es hora de que nos demos la mano y compartamos la literatura, la gastronomía y el folklore, entre otras cosas. Somos hermanos de sangre y cultura, no herederos del odio.

Como gesto de buena fe, atendiendo al llamamiento del presidente mexicano, voy a aportar mi granito de arena, insignificante, aunque simbólico. Si mi rey no lo hace, por mi parte, yo, Cristóbal Medina, castellano, republicano de espíritu, hombre libre, pido perdón por las guerras de conquista que llevaron a cabo las gentes que vivían en Castilla en el siglo XVI. 

viernes, 30 de abril de 2021

Ávila a través del espejo

Ya son siete los libros de relatos que han visto la luz gracias a la Asociación cultural de novelistas La Sombra del Ciprés. El de este año se titula Ávila a través del espejo, haciendo alusión a la novela de Lewis Carroll «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí», que es continuación de su conocida: «Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas». Por tanto, en el título está expuesta la filosofía que han guiado la construcción de los 24 relatos que lo componen: la deformación de la realidad, en este caso de la ciudad de Ávila, su historia, sus gentes, su pasado y su futuro. Apelando a cualquiera de estas acepciones tendremos relatos en los que predomina la fantasía, la distopía, la ucronía o el «qué hubiera pasado si…».

Nuestra ciudad es referente siempre para la ubicación de los relatos de todos nuestros libros, así, en este, los autores dejamos volar nuestra imaginación en la construcción de otras Ávilas, aunque todas tienen mucho que ver con la que conocemos. Su deformación es consecuencia de traspasar el espejo y encontrarnos en ese mundo fantástico.

A continuación, haré una breve reseña del contenido, clasificando los textos en temáticas con las que puedan sentirse emparentados, que sirvan al curioso para saber qué es lo que puede encontrar en el libro. ¡Que, sí, tienes la necesidad de comprarlo o te lo vas a perder!

Comenzaré por la adaptación de nuestra ciudad al imaginario colectivo. Tempus fugit, de Lorena Rodríguez Herrero, es la continuación de una de las más famosas leyendas de la ciudad. Y Blade Runner 2121: como lágrimas en la lluvia, de Juan Pedro Fernández Blanco, tiene sus analogías con la película distópica del mismo nombre; su ubicación futurista recorre las calles que conocemos con una ambientación muy distinta.

Hablando de imaginación y ciencia ficción, no podemos obviar a los OVNIS, los extraterrestres y contactos con otras civilizaciones. Así tenemos relatos como: Xuan, de Claudia Andrea la Jara Niño de Guzmán, Ávila, la otra historia, de Óscar de Blas, Un cerro de altura, de Julián Miranda y Esferas al pie de la muralla, de Carlos Alameda.

Hay relatos con futuros poco halagüeños debido a algo tan actual como son los virus. De eso trata El embalse, de Moisés González Muñoz y Sonata para piano número 14, de Isabel Martín. Sin olvidar futuros apocalípticos o post apocalípticos: Guerra Mundial A, de César Díez Serrano, Menudo bicho, de Guillermo García Jiménez, Augurio de Daniel Bores, Tierra en las uñas, de Pablo Garcinuño y Vuelta al origen, firmado con el pseudónimo de Lola Bellavida.

Además de prever el futuro también miramos un pasado diferente, al que viajamos con intención de modificarlo. José Manuel Blázquez Alonso nos propone una historia titulada: Paco, fontanero, cuñado y viajero a destiempo. Oscar Hernández escribe La misión. Tomás Sánchez Salinero nos presenta Tryfánico. Paula Velasco escribe una historia intimista y bella titulada Tránsito. Y Toño García nos ofrece El plan Comadreja.

El último grupo de relatos podríamos agruparlos en torno a una pregunta: ¿Qué pasaría si…? O ¿qué hubiera pasado si no…? Guillermo Buenadicha nos habla de un personaje abulense importante, que tal vez pudiera haber sido futbolista y no presidente del Gobierno, Fito, el tahúr. Un acontecimiento de la historia reciente ocurrió de otra forma y Ávila se convirtió en una ciudad libertaria, así nos lo cuenta la guía de viajes escrita Ánzoni Martín Alonso y Ángeles Jiménez Soria Avilania, el último refugio. Y Julio Veredas se retrotrae a unos personajes a los que pudo hacer desaparecer la historia y habernos quedado sin una de nuestras figuras más icónicas, Orejitas de mártires.

En este grupo estarían también esos relatos en los que nuestra ciudad sería notablemente distinta si algunos sucesos del pasado hubieran sido diferentes. Como en la propuesta de María Eugenia Hernández Grande: 20th Ávila Fox o la de Ramón Lozano: Tan cierto como te lo cuento. He dejado para el final mi relato titulado El próximo año visitamos marte, ¿Ávila capital de una Europa Unida y con 20 millones de habitantes? Tal vez.

Que no se me olvide mencinar que las magníficas ilustraciones de portada y contraportada las ha realizado, como en anteriores ocasiones, la excelente artista Gris Medina.

lunes, 12 de abril de 2021

Operación Chamusquina

Advierto que esto no es una reseña al uso, ya que la va a hacer el autor. Por tanto, hay que olvidar cualquier atisbo de objetividad. Es más bien como una pequeña presentación, ya que me dispongo a explicar de qué va mi última novela para aquellos que quieran valorar si merece la pena leerla. ¡Que sí la merece, caramba!

Operación Chamusquina está planteada como novela policíaca, o sea de género negro. Hay unos crímenes y una investigación. Tiene como particularidad el tono humorístico, que la desnaturaliza un poco, aunque mi intención era hacerla más atractiva.

En 2017 hice una pequeña publicación Operación Caipiriña, cuyo objetivo principal era divertirme al escribir. Entonces creé unos personajes para una trama policíaca que quería desmitificar la novela negra. Gustó mucho a los que la leyeron, según me ha llegado el retorno de comentarios, así que me planteé algo así como una saga; pero ¿cómo se me ocurría adentrarme en una saga con autoediciones de tirada limitada? Con ello no podría llegar más que a los amigos de mi círculo más próximo. Mas, como Elicio Iborra me pareció un personaje peculiar, digno de escalar otros ámbitos, escribí una nueva trama con los mismos personajes para enviarla a las editoriales tradicionales. Mi alegría fue grande cuando la Editorial Fanes quiso apostar por mí y ya tenemos el resultado, acaba de salir a la calle Operación Chamusquina. De momento no me planteo continuar la saga detectivesca, pero quién sabe.

Operación Chamusquina tiene el humor como ingrediente principal y esto genera una doble consecuencia. Por un lado, agradará al lector y, por otro, puede ser considerado como un producto menor o más ligero. A los que piensan así, quiero recordarles que muchas de las grandes obras de la literatura fueron concebidas como obras netamente de humor y ahí está el hidalgo que enloquece leyendo libros de caballerías y se lanza al mundo a desfacer entuertos. O el pobre lazarillo que se busca la vida sirviendo a personajes poco recomendables. El humor no desvaloriza las obras donde aparece —no digo que las haga mejores—, pero sí que las hace más agradables.

Elicio Iborra es un personaje un poco peculiar, para algunos será un simple o un tonto, pero yo no me quiero reír de sus desvaríos, es más, quiero reivindicarlo y para ello le he creado una biografía atormentada, con un pasado en el que sufrió y que puede explicar su personalidad. El lector decidirá si he triunfado en mi intento de humanizarle. A su alrededor hay otros semejantes y algunos a los que se les puede llamar serios. Y todos juntos pondrán su vida en peligro, intentando esclarecer un crimen.

Por otro lado, siguiendo la tradición de las novelas negras, he querido tratar un tema social de fondo, como es la crisis económica de 2008. Mi intención no es tomar partido y explicar por qué ocurrieron esas cosas, sino dejar una foto de cómo estaba la situación. Se ambienta en el momento posterior al pinchazo de la burbuja inmobiliaria, con todas sus consecuencias: el paro, los desahucios, las preferentes y algo peculiar, muy visible en la ciudad donde se desarrollan los hechos, Ávila: grandes extensiones de zonas que iban a ser urbanizadas y se quedaron a medias. O más bien en el inicio. El plano de Ávila tiene más de la mitad de su territorio con viales construidos y parcelas vacías, donde estaban proyectadas edificaciones que nunca llegaron a levantarse y, si lo hicieron, no se habitaron, quedando desmanteladas por el vandalismo. La novela lo enseña, que luego cada uno saque sus conclusiones. Porque aquí a lo que hemos venido es a reírnos.

Recomiendo que el que esté interesado busque el libro en su librería de barrio, es una de las mejores acciones que podemos hacer para mantener las ciudades, apostar por el comercio de proximidad. Otra opción es acudir directamente a la editorial y comprarlo online: Operación Chamusquina - EDITORIAL FANES

LIBRO RECOMENDADO:

-        Lo demás es cosa vana, de Cristóbal Medina (este me suena) 

lunes, 29 de marzo de 2021

A cara de perro


¡GUAUG! (A CARA DE PERRO)
es el título que Ánzoni Martín (Madrid, 1971) ha dado a su segunda novela. Este autor merece figurar en la más selecta antología de los autores españoles del siglo XXI por su anterior obra El largo viaje del LSD AL ADSL. Y, siendo totalmente diferente, ¡GUAUG! dialoga directamente con ese título, pues tiene similitudes formales y de contenido. Por ejemplo, en la primera novela el protagonista es un escritor, Toni Tonelada, trasunto de Ánzoni, y en ella se cuenta que su primer libro se titula Guaug, ¡qué casualidad! O no.

En cuanto a la forma, podríamos decir que la novela está compuesta por un conjunto de historias y cuentos. Luego todo lo unifica con un argumento aglomerante. Con esto ha creado un género nuevo, que él denomina capicuentos, porque es una novela donde cada capítulo es un cuento. Si sumamos esto a la poesía rudimentaria, que dio a conocer en su anterior novela, tenemos en él a un auténtico innovador literario.

En cuanto al contenido, debe advertirse que este libro, como el anterior, solo lo pueden consumir mentes abiertas. El autor no es nada amigo de lo políticamente correcto y, es más, ama lo todo aquello que pueda espantar al lector. Lo gore, los asesinatos, el sexo salvaje, lo feo, lo absurdo y lo ridículo pueblan sus pequeñas historias. Y con esta receta consigue hacernos reír.

¿Dónde está el humor en una obra con tales ingredientes? Pues en la sublimación de lo que ocurre. En no tomárselo en serio. Las barbaridades que cuenta no son verídicas, no pueden serlo, tan solo son exageraciones de la realidad, reflejo de algo inconfesable que llevamos todos dentro, nos guste o no nos guste. El contenido de la novela son dislates que nos hacen reflexionar sobre la condición humana. Exagera nuestros miedos y da vida a lo más perverso. Su literatura no deja a nadie indiferente. Si no te espanta, te gusta.

Pero si el contenido es atractivo, lo que de verdad importa es la forma. La forma literaria de Ánzoni es brillante, le gusta redondear las oraciones, jugar con las palabras, repeticiones, sin sentidos, metáforas, alusiones veladas, palíndromos… Es divertido entretenerse en encontrar alguna broma que, si no prestamos atención, puede pasarnos desapercibida. Cuando hice una reseña de su anterior libro, le comparé con Cervantes y con Unamuno, ahora disfrutaré comparándolo con Francisco Ibáñez, sin desmerecer los anteriores. El genial autor de Mortadelo y Filemón, disfruta dibujando pequeños detalles al margen del argumento de la historieta, pudiendo pasar desapercibidos. Pero que, si te topas con alguno por casualidad, entonces te entretienes en mirar con detenimiento cada viñeta para descubrirlos. Así, por ejemplo, dibuja en una esquina una araña fumando o un gato martirizando a un perro. Pues, si no estás atento, con Ánzoni te perderás juegos de palabras como: «un perro ciego siempre está bien visto», «sabor auténtico de Ávila saliva —palíndromo—», «perro condecorado […] con el título can laude», «el alarido cupidog, el ladrido del amor», «el portero que desde hace 666 días no encaja un tanto (un tanto sospechoso, algo no encaja)», «trabaja como un perro por cuatro perras»… Bueno, no sigo, no están todos, faltan Eloy Ayer, la patrulla Can Avis y muchos otros que tendrá que descubrir cada lector.

Para no perderse en el entramado de historias, indicaré que el hilo conductor es la estupidez humana, enmascarada en las actitudes y etiología canina. Y de perros sabe mucho Ánzoni pues él es paseante Wifi —su mascota y su muso, como él confiesa—. Le cuida, alimenta, pasea, lleva al veterinario e incluso le limpia la mierda. Aquí cabe una confidencia, que espero que Ánzoni sepa excusarme: él es tan perro que a veces lleva de paseo a Wifi montado en su coche, mientras el chucho corre feliz al lado. Es que es un fumador empedernido, un Toni Tonelada, poeta rudimentario de considerable corpulencia física, que solo gusta de los deportes por la tele —es del Getafe—. Wifi lo sabe y le perdona, pues Ánzoni es fiel cumplidor en el resto de sus tareas. ¡Ah! y Wifi también es personaje de sus novelas.

Del argumento es mejor no contar mucho, para que el lector vaya de sorpresa en sorpresa, sin saber dónde va a ir a parar el relato. Digamos solo que un laboratorio militar investiga en la creación de micro perros y nano perros, como arma para futuras guerras. La humanidad está tan idiotizada que llega a estos extremos de utilizar seres adorables como los perros para la guerra. Y esto no es exageración del autor, es algo que cuentan los libros de historia. En lo que exagera es en el logro científico de perros cada vez más diminutos, que acaban siendo microscrópicos, lo cual solo es hipérbole porque no puede hacerlo la ciencia, no porque no quisiera llevarlo a cabo.

Gran conocedor de la materia canina, no deja de nombrar una sola raza. Dentro de la novela están todas las variantes perrunas, las reales y las que devienen en ciencia ficción. Partiendo de los perros de capricho hasta los perros entrenados como guarda espaldas, y otros guarda espaldas de los guarda espaldas. Perros que huelen la lascivia, perros que huelen la maldad, hombres que comen perros, perros que destrozan hombres, niños que quieren ser perros, ejércitos de garrapatas que se alimentan de perros, caviar de garrapatas para bebedores de sangre…

Por último, hay que advertir que el libro no tiene un prólogo, como sería lo normal: tiene tres. Y que estos prólogos están al final, como su nombre no indica, y además están descartados, a pesar de lo cual figuran en el libro. Uno puede dejar de leer este libro, pero no sus prólogos.

Primera presentación en el café Estudio de Ávila

Ya estáis advertidos, ¡GUAUG! ha salido de imprenta. No os diré que lo leáis, pero si no lo hacéis, peor para vosotros. Os invito a visitar ¡GUAUG! (A CARA DE PERRO). Si decidís comprarlo por la web, os cuento que la editorial responde muy rápido y envía el libro enseguida —y advierto que yo no cobro nada por la publicidad—. También podéis encargarlo en vuestra librería favorita. De nada.

LIBRO RECOMENDADO:

-        El largo viaje del LSD AL ADSL, de Ánzoni Martín

lunes, 15 de marzo de 2021

El aire que mece la vida

Soy una mujer normal y esta historia que voy a contar parecerá fantástica, pero no lo es. Es algo que me sucedió sin haber nunca podido imaginar que me podría ocurrir algo así. La relataré tal y como la recuerdo, sin inventar nada y sin añadir todo lo que ahora sé. Algunas cosas se me confunden en la memoria, pero otras las tengo nítidas.

Pues resulta que un día me encontraba tendiendo unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y me levantó del suelo. Me estaba reponiendo del susto cuando otra ráfaga me elevó aún más. Tenía que haber soltado las sábanas, pero no lo hice. Pensaba que aterrizaría de manera suave. Al contrario, viendo cómo me elevaba cada vez más, lie los cabos de la tela en las muñecas para estar sujeta a algo, ya que temí que la caída podría romperme algún hueso, cuando menos. Entonces me vino a la mente el caso de la mujer de Macondo, que nos cuenta García Márquez en el libro ese inverosímil, aunque genial, que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en el que su padre lo llevó a conocer el hielo. Yo siempre me he preguntado si en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse que de su infancia y de algo tan insustancial como el momento de conocer qué era el hielo. Pero claro, que la ciudad de Macondo se encontraba en los trópicos y en esas latitudes el hielo no es algo demasiado común.

 El caso es que, según iba diciendo, a una mujer de Macondo, cuando estaba tendiendo unas sábanas, la arrebató un viento y ascendió a los cielos. A partir de entonces todos la consideraron santa. Pues a mí me ocurrió algo parecido. El viento me arrebató y me llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Y esto que estoy contando no es realismo mágico, como la historia del genial Gabo. Es algo que sucedió y podríamos definirlo como realismo real y no como mentira literaria. Como ese otro cuento que hay escrito en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Absurdo. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

Ilustración de Julio Veredas Batlle


El caso es que me asusté mucho en el vuelo y no solté las sábanas, como digo, sino que aseguré los picos con varias vueltas en las muñecas. No fuera a ser que lo único que me sostenía, aunque fuese en el aire, me desamparara, dejándome a merced de la ley de la gravedad. Que ¡menuda ley de las narices! Por el mismo precio se podría haber inventado la ley de la flotabilidad en el aire y así volaríamos libres como pájaros.

En principio pensé que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se me presentaban a la vista, pero, cuando los rebasé, advertí que ascendía más. Tanto remonté el cielo que los prados a mis pies se me antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas y vacas para mí eran como figuritas de un belén.

Me resigné a volar y quité de mi mente los pensamientos funestos. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y me estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores momentos de mi vida. «¡Que me quiten lo bailao!», pensé, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire me removía las faldas, enfriándome la tripa. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Crucé varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesé carreteras, ennegrecidas a la vista desde esas alturas; rebasé montañas de picos pardos y otras de cumbres borrascosas, pasé por serranías de romas lomas. Llegué a unos suburbios urbanos y escuché cómo unos niños me señalaban con el dedo: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde la distancia las palabras se confunden.

Sobrevolé luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y todos me saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y otro tipo raro, una especie de loco con sombrero. «¡Que le corten la cabeza!», repetía una reina chiflada, una y otra vez.

Me las vi muy difíciles ante una torre infiel que me cortaba el paso. Pero no fue más que un horror ortográfico, ya que en realidad la torre no era infiel sino Eiffel, por el nombre del que la construyó, parece ser. ¿Habré llegado a París? Pensé. Pero no lo pensé mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarme. La fatalidad me llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsara la sábana, ya fuese la providencia, el viento o la maldita mala suerte mía. Con desesperación giré el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logré desviar la trayectoria, evitando chafarme las narices con las vigas de la impresionante torre herrada. Hubiera sido un horror errar y dar contra los hierros.

Pero ahí no acabó todo. Cuando pude reconducir el vuelo, visité varias ciudades más, de las cuales me llegaron ecos sonoros. Una con una torre inclinada —felice di stare lassù—, otra con dos torres inclinadas —cuando llegues a Madrid, chulona mía voy a hacerte emperatriz de Lavapies—, otra más con una noria enorme al lado de un gran río —London Bridge is Falling Down—, otra llena de rascacielos —New York, New York I want to wake up in a city that never sleeps— y una más con edificios que no rascaban nada —¡Ay qué murallas tan altas…!—. En fin, observé todo aquello que el azar me puso delante de los ojos y lo disfruté.

E incluso mi ascensión llegó a la estratosfera donde descubrí un planeta chiquitito, habitado únicamente por un niño rubio y una planta. «¡Hola!». Lo saludé y él me devolvió el saludo enviándome un beso con una mano. «¡Adiós, guapo! Volveré pronto».

El caso es que, sin saber cómo, me encontré volando de nuevo por prados conocidos. Distinguí mi pueblo, mi casa, el arroyo donde había estado lavando y las cuerdas donde tendía la ropa. En ese momento el viento parecía más calmado y comencé a descender.

Aterricé suavemente, muy cerca de donde los vientos me habían arrebatado, justo en el lugar donde mi hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire, según me explicó más tarde.

—¿Dónde te has ido, mamá? —me dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondí con una sonrisa—. Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

Pero algo no cuadraba. Mi hijo tiene más de ocho años, muchos más, cuarenta cumplidos. A pesar de lo cual lo vi congruente y lo acepté como lógico. Era mi hijo adulto, que no había dejado de ser un niño. Para mí nunca será otra cosa. Siempre tuvo unos carrillos carnosos que gustosamente me habría comido más de una vez. Pero no llegué a hacerlo.

Fue entonces cuando sentí ese dolor tan profundo. Tenía la garganta en carne viva y me moría de sed. Intenté abrir los ojos y contra mí tenía una almohada húmeda de mi sudor, que olía muy mal. Estaba boca abajo. Intenté levantarme y no lo conseguí. Me costaba respirar. Me ahogaba. Noté, rozándome las caderas con el dorso de las manos, que estaba desnuda.

Menos mal que la sensación desapareció enseguida. Otra vez el bienestar se apoderó de mí. Pasé a encontrarme sentada plácidamente en un sillón de mi casa. Tan solo vestía una blusa y noté que mis piernas eran de nuevo jóvenes y tersas. «Tengo que depilarme, que llega el buen tiempo», pensé. Me miré los pies, con las uñas pintadas, que relucían por el ramal de sol que se colaba por la persiana del balcón y me llegaba a los muslos. Estaba entrando en calor. Nunca me había sentido tan bien.

Pero el calor iba en aumento. Al poco me vi resoplando. «¡Uf, qué calor!». No sabía en qué época del año me encontraba, aunque sí que recordaba el frío del invierno, que ya era agua pasada. ¿Quién iba a decir que después del largo invierno y la irregular primavera iba a venir este calor de repente? Ya parecía que estuviésemos en verano, pero no puedo asegurar que así fuese.

Y yo, además, sin aire acondicionado y sin un triste abanico que me refrescase, que ya tenía arrugadas todas las revistas y papeles de propaganda que había por casa, de sudarlas con las manos en un intento de abanicarme.

Pensé en tomarme un helado. Pero, ¡qué diantre!, lo saqué de la nevera y se me derritió al momento. Estaba tan licuado que cuando lo llevé a la boca me pareció un café con leche. ¡Diablos, cómo puse el suelo de chorretones! Tuve que irme de la cocina porque se me pegaban los pies desnudos en el suelo.

Volví al salón y no te digo cómo me quedé al ver un bolígrafo: se estaba deshaciendo el plástico y se pegaba a la mesa. Esto ya era inaguantable. Parecía que me encontrase dentro del famoso cuadro de Salvador Dalí, ese de los relojes blandos que se derraman flácidos por el borde de los objetos donde se apoyan. Hasta ahora nunca llegué a pensar que todo podría ser debido al efecto del calor. Esa debe ser otra de las leyes de la física, la química o lo que quiera que sea el que dicte las leyes, ya sea María Santísima o el sursum corda.

Recorrí desnuda toda la casa y no encontré una sola brisa que me refrescase. El aire estaba más calentorro que el vapor de una infusión recién hecha.

Increíble, se estaba deshaciendo también la botella de plástico que contenía el único agua que me quedaba envasada. ¡Si parecía que hirviese! Podría haber cocido garbanzos con ese agua sin ponerla al fuego.

¡La ducha! Se me ocurrió de repente, pero ni esa pude usar, ya que su alcachofa debía ser también de plástico y se estaba deshaciendo. No tenía intención de ponerme bajo el chorro que saliera por ese trasto. Me abrasaría.

¡Qué podía hacer! Me puse a gritar incongruencias: «¡Socorro! Esto es un infierno. ¿Estoy despierta o soñando? ¿Pero esto qué es? ¿El sueño de una noche de verano…? ¿Pesadilla antes de Navidad? ¿La vida es sueño?».

En todo caso no soportaba tanto calor, me daba la sensación de que yo también me disolvía. Pronto estaría en el sillón con el cuerpo colgando desleído en sus ángulos suaves.

De repente quedé desconcertada. ¡Era imposible! No podía creer lo que estaba viendo, el calendario de la cocina se derretía… Pero si era de papel. Lo lógico es que se incendiara y se estaba licuando. ¡Ahí iba el mes de julio, hecho crema sobre el suelo de la cocina! Y agosto también…

Septiembre se fundió más despacio, pero en un momento se me liquidó todo el verano. Me quedé sin verano. Aunque, para sorpresa mía, el mes de octubre aguantaba, se mantenía entero. «A ver si con suerte…», pensé.

¡Qué bien, octubre venía fresquito! ¡Qué gusto! Otra vez el bienestar me poseyó.

Pero no fue mucho tiempo, ya que de nuevo me vinieron los dolores. Ese malestar y esa falta de aire. Luchaba por respirar, pero sufría demasiado. No podía moverme. Confirmé que estaba boca abajo, con la cabeza de lado sobre la almohada y unos tubos me salían de la boca. Me dolía el pecho. Abrí los ojos y no podía ver nada más que luz. Había mucha luz. Quise cerrar los ojos de nuevo, quise volar, quise sentirme bien.

Entonces escuché voces incomprensibles. No entendía lo que me decían. Aunque entre ellas podía distinguir mi nombre, que repetían una y otra vez con dulzura, pero ¿quién? «Mi garganta, por Dios, mi garganta, ¡qué dolor!»

Me dieron la vuelta, pues efectivamente estaba boca abajo. «Hay que quitarla ya del decúbito prono», escuché. Me incorporaron un poco. Vi seres extraños, enfundados en trajes cerrados de color azul, con mascarillas, guantes y mucha parafernalia de hospital. Pero a través de esas viseras plásticas que usaban encontré unos ojos amables que me tranquilizaron. No dejaban de repetir mi nombre y me decían que ya había pasado todo.

Más tarde me enteré, cuando me llevaron a una habitación de planta, que había estado treinta y siete días en coma inducido. Que casi no lo supero. Que estaba sola y nadie pudo acompañarme en el padecimiento.

Ahora, que apenas puedo levantarme de esta silla de ruedas y que estoy aprendiendo de nuevo a andar, a comer, a hablar, se me escapan lágrimas por ser consciente de que la vida me da una nueva oportunidad.

Este fatídico año 2020 se me va a quedar grabado para siempre en la memoria.


(Este relato se publicó en el Diario de Ávila el 2 de agosto pasado, en una sección de relatos de verano que nos cedió el periódico a la Asociación la sombra del ciprés. Ahora que se cumple un año del inicio del confinamiento por la pandemia, quiero con él homenajear a todas aquellas personas que han vivido en primera persona esta desventura y a aquellos profesionales que han estado a su lado)

LIBRO RECOMENDADO:

-        El plan de Albano 3ª edición, de Julio Veredas (Juan Palomo Autoedicciones)



sábado, 27 de febrero de 2021

La quinta ola

Llevamos siglos a vuestro lado y aún no os habéis dado cuenta. Cuando en nuestro sistema solar la vida se hizo inviable, buscamos un destino donde poder subsistir. Y lo encontramos. Así llegamos a la Tierra hace 10.000 años, aproximadamente. El problema era que estaba habitado por seres «inteligentes». Quisimos acabar con vosotros para sustituiros, pero no de una forma rápida, aún teníamos tiempo. Decidimos vigilaros y controlaros para indagar la mejor forma de exterminio. O, si acaso, ver la posibilidad de compartir planeta. Ya estamos seguros de que esto último no es posible y hemos iniciado el proceso de extinción. Si esperamos un poco más, desapareceríais vosotros mismos de forma infecunda.

La humanidad se ha hecho a sí misma a base de guerras. Lo sabemos, porque hemos sido notarios de ello. Desde las primeras civilizaciones hasta las más avanzadas, la guerra ha sido vuestro motor de desarrollo. Os ha posibilitado tanto avances médicos, para curar heridas, como avances tecnológicos que lesionan y matan. Primero flechas y más tarde misiles. Y no curáis las heridas por piedad, sino para que el soldado siga en activo. Matando. Y no se fabrican los proyectiles y dirigibles para el avance de la ciencia, sino que la ciencia avanza para poder teledirigir misiles con los que destruir al enemigo.

Esa es vuestra historia. Lo sabemos. Y la conocemos muy bien porque llevamos siglos observándoos. Sois salvajes, insubordinados y prestos a responder a la violencia con más violencia. No merecéis seguir habitando este planeta hermoso. Debéis ser erradicados de la Tierra, sepultados en la tierra. Ya ha comenzado la aniquilación. Pero no lo sabréis nunca. Vuestras crónicas están llamadas a desaparecer, enterradas con vuestros cuerpos.

El proceso está en marcha. Lleva siglos en prácticas, pero lo anterior no eran más que pruebas. La peste negra y otras pandemias, tan solo nos sirvieron de material de ensayo. Lo de ahora sí que va en serio, lo habéis llamado COVID19, pero es el arma letal definitiva que acabará con vosotros.

Con la primera oleada habéis muerto miles, cientos de miles, millones, y parece que sois ajenos a lo que os sucede. Se os hunde la economía, mueren vuestros familiares y amigos, pero no habéis entendido nada. Seguís de fiesta, os vais de vacaciones, continuáis vuestra vida. Todo sigue igual que si no pasara nada.

Esto no es nuevo. En los siglos medievales, con otras pandemias, hacíais carnavales, os poníais máscaras con picos de cuervo, donde ocultabais perfumes que pensabais que os protegían. Cantabais, bailabais, os divertíais, mientras algunos afligidos se dedicaban a quemar cadáveres.

Ocultad a vuestros ojos la realidad, esconded la cabeza como el avestruz para no enteraros de nada. Ha llegado el momento de pararos los pies, porque si no, acabaríais con lo que queda de este hermoso planeta. Quemando petróleo, ensuciando los mares, contaminando el aire, destruyendo la diversidad de especies. Pensáis que las vacunas os van a proteger, pero las mutaciones del virus serán tan letales, que cada ola será mucho peor que la anterior.

Después de la primera ola pandémica, vinieron la segunda y la tercera. No seréis conscientes de que se acerca vuestro fin y eso será con la quinta ola. Ni sabréis quién lo ha causado, por más que hemos estado a vuestro lado en todo momento. No somos más que enviados y hemos encontrado el mejor de los disfraces. Yo mismo os he hecho mimos, me he rozado con vuestras piernas, me habéis metido en vuestras casas, me habéis acariciado y he ronroneado en vuestras rodillas.

¿No os habéis dado cuenta de cómo os miraba a los ojos? ¿No habéis entendido que mi mirada era más inteligente que la vuestra?

LIBRO RECOMENDADO:

-        Miau, de Benito Pérez Galdós

sábado, 13 de febrero de 2021

El asunto de los cuernos

La fiesta de San Valentín se dedica a celebrar a los enamorados y, en un principio, la impuso la iglesia católica como contrapeso a la fiesta pagana de las lupercales. Hoy en día, es una fiesta comercial que no podemos obviar, ya que machaconamente nos la recuerdan con objeto de que gastemos dinero en regalos. Nos incitan a consumir o, en caso contrario, chantaje emocional, no demostraremos nuestro amor a la pareja.

En el contexto de las modas actuales, como el poliamor o las relaciones abiertas, no se observa el sometimiento tradicional a la fidelidad, que hasta hace poco era algo preceptivo. Aun así, la fidelidad sigue siendo muy importante para muchas parejas, pero se ha reducido a un pacto de lealtad, que ya nunca tendrá las trágicas consecuencias folletinescas de siglos pasados. O no debería.

Cuando en otros tiempos se trataba la infidelidad, se usaba una curiosa imagen: se hablaba de «poner los cuernos». Normalmente era la traición que la mujer hacía al marido y este el cornudo, desatándose la tragedia en cuanto se enteraba. Menos grave solía ser si la cornuda era ella, por la dependencia económica que soportaba. El caso es que el asunto de los cuernos dio para mucha literatura desde el Siglo de Oro.

Saliéndonos del tema moral y tomando su lado folklórico resulta curiosa la imagen de identificar la infidelidad con la cornamenta. ¿De dónde viene? ¿Por qué se utiliza este símil? Que yo sepa, los mamíferos cornudos no son más promiscuos que otras especies.

Si indagamos en la historia y en la literatura descubriremos que es algo muy antiguo. Cuestión de siglos. No voy a plantear una tesis, pero sí quiero traer aquí un texto que, en la primera mitad del siglo XIV, podría explicar el origen de esta asociación de la cornamenta con la infidelidad. Y, si no es el origen, al menos demuestra su antigüedad.

Se trata del Libro de buen amor (1330 y 1343), del Arcipreste de Hita. La historia en concreto es la de «Don Pitas Payas, pintor de Bretaña». En ella se cuenta que un pintor, llamado Pitas Payas, recién casado, decide iniciar un viaje a Flandes. Antes de partir, y para cuidar la «virtud» de su mujer, decide pintarle bajo el ombligo un cordero. Piensa tardar dos meses en regresar, pero se retrasa dos años y a la esposa cada mes se le hacía un año. Así que, necesitada de aquello que esperaba del reciente casamiento, toma un amante con el que se prodiga en encuentros. Cuando recibe la noticia de que su marido está a punto de volver, ella se da cuenta de que se le ha borrado el cordero y le solicita a su amante que le dibuje otro en el mismo lugar. Este, muy deprisa, le pinta un carnero con una crecida cornamenta. Cuando llega el marido, le solicita a su mujer que le muestre la seña que él le había dejado, comprobando que donde pintó un cordero, había un carnero. Exige explicaciones y ella le responde que en dos años ¿cómo no se iba a convertir en carnero?, que si hubiese llegado antes lo hubiera encontrado aún cordero.

Dada la belleza y la gracia del texto, lo transcribo para cerrar este artículo:

EXIEMPLO DE LO QUE CONTESÇIÓ A DON PITAS PAYAS, PINTOR DE BRETAÑA

   Del qu’ olvida la muger te diré la fazaña:

sy vieres que es burla, dyme otra tan maña.

Eran don Pitas Pajas un pintor de Bretaña;

casó con muger moça, pagávas’ de conpaña.

   Antes del mes cunplido dixo él: «Nostra dona,

»yo volo yr a Frandes, portaré muyta dona.»—

Ella diz: «Monsener, andés en ora bona;

»non olvidés casa vostra nin la mía persona.»—

   Dixol’ don Pitas Payas: «Doña de fermosura,

»yo volo fer en vos una bona figura,

»porque seades gardada de toda altra locura.»—

Ella diz’: «Monssener, fazet vuestra mesura.»—

   Pyntol’ so el onbligo un pequeño cordero.

Fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero.

Tardó allá dos anos, muncho fue tardinero,

facias’ le a la dona un mes año entero.

   Como era la moça nuevamente casada,

avie con su marido fecha poca morada;

tomó un entendedor e pobló la posada,

desfízos’ el cordero, que dél non fynca nada.

   Quando ella oyó que venía el pintor,

muy de prisa enbió por el entendedor;

díxole que le pintase, como podiesse mejor,

en aquel logar mesmo un cordero menor.

   Pyntóle con gran priessa un eguado carnero

complido de cabeça, con todo su apero;

luego en ese día vino el menssajero:

que ya don Pypas Pajas desta venía çertero.

   Quando fue el pintor ya de Frandes venido,

ffue de la su muger con desdén resçebido;

desque en el palacio ya con ella estido,

la señal que l’ feziera non la echó en olvido.

   Dixo don Pytas Pajas: «Madona, sy vos plaz’

»mostratme la figura e ¡aiam’ buen solaz!»—

Diz’ la muger: «Monseñer, vos mesmo la catat:

»fey y ardidamente todo lo que vollaz.»—

   Cató don Pytas Pajas el sobredicho lugar,

e vydo grand carnero con armas de prestar.

«¿Cómo, madona, es esto o como poder estar,

»que yo pynté corder, e trobo este manjar?»—

   Como en este fecho es siempre la muger

sotil e malsabyda, diz’: «¿Cómo, monsseñer,

»en dos anos petid corder non se fer carner?

»Veniésedes tenplano: trobaríades corder.»—

[…]

El texto está tomado de la decimoctava edición del Libro de buen amor, Espasa Calpe, Madrid, 1984.

LIBRO RECOMENDADO:

-        Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

viernes, 29 de enero de 2021

Ligero de equipaje

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Vida, de Antonio Machado

En el bachillerato tenía un profesor excepcional. Ya he hablado de él en alguna ocasión (¡Oh, capitán, mi capitán! (tribunaavila.com); http://lodemasescosavana.blogspot.com/2013/12/homenaje-postumo-jacinto-herrero.html). Jacinto Herrero me abrió los ojos al mundo fascinante de la literatura castellana y también a su historia, desde las glosas Emilianenses hasta la Generación del 27. Nos solía presentar los autores más representativos de cada etapa, glosando su biografía. Y lo hacía por orden cronológico, ¿de qué otra forma? Así hablaba de su nacimiento, sus padres, su educación, su formación literaria, sus obras primerizas, la plenitud e, indefectiblemente, concluía con su muerte. Uno tras otro. Siempre el mismo patrón.

El último tránsito de cada autor me producía desasosiego. Todos todos terminaban muriendo. ¿De qué les servía la gloria literaria alcanzada si no podían disfrutarla eternamente? Con ese desenlace habían fracasado como escritores. Su carrera había sido inútil.

Un adolescente tiene conocimiento de que la vida es finita, está claro, pero solo es un conocimiento formal, no es capaz de entenderlo en toda su dimensión. A los adolescentes —o a los niños— les parece que la vida es eterna. No recuerdan su nacimiento, pero saben que viven y tienen la sensación de que siempre lo harán. Por tanto, para ellos la muerte es una terrible desgracia que les acontece a otros y no piensan que le ha de suceder a todo el mundo. Es algo así como que, «si tuvieras suerte, no pasaría».

Cuando se llega a una edad provecta, es cuando se ve con claridad que la muerte está ahí y que ya solo queda la incógnita del momento en que se producirá. Hay que asumirlo, por mucho que cueste hacerlo.

La sociedad de consumo, para la que no somos más que elementos útiles o inútiles, nos pide que ganemos dinero y que lo gastemos. Nos ofrece coches, vacaciones y cenas románticas. «Trabaja, gasta y no pienses». Nos incita a no tener en cuenta que moriremos, a cerrar los ojos a la evidencia. Así nos privan de tener presente que un día todo se acabará. No nos preparan para morir.

Tampoco lo hace la religión, que solo nos dice que si obedecemos seremos eternos. Sin entrar a valorar si existe o no el mundo inmaterial, la transcendencia no la puede garantizar nadie. La fe es un gigante con los pies de barro, pues para creer tan solo hace falta tener voluntad, no razón. Así puedo creer que Elvis Presley está vivo, solo porque me da la gana. Igual pasa con Dios, Alá o Visnú.

El único consuelo racional que nos queda es ser conscientes de que se nace y se muere, por tanto, lo demás no importa. Solo hay nacer y morir, lo demás es cosa vana —mis disculpas por la cuña publicitaria improcedente—. Quien comprende esto se deja de zarandajas, de peleas, de rencores, de ideas dogmáticas. Nada importa, pues estamos aquí y vamos a dejar de estarlo. Disfrutemos, mientras, todo lo que podamos.

Saber que vas a morir y asumirlo te hace libre, pues una vez cruzada esa puerta lo único seguro es que ya no sufrirás, como no sufrías antes de nacer. Lo inteligente, pues, es aprovechar el momento, disfrutar, tener la satisfacción de ayudar a los demás, amar, sucumbir con moderación a los pequeños y grandes placeres; es decir, vivir con plenitud.

Por ello, brindo con todos vosotros que estáis vivos con un Ribera del Duero —o con una cerveza artesana—. Espero que podamos abrazarnos y reír juntos lo antes posible. Nunca vamos a ser tan jóvenes como ahora mismo. Carpe diem, quam minimum credula postero*, que diría Horacio.

* Abraza el día y confía mínimamente en el futuro

LIBRO RECOMENDADO:

-        Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez