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martes, 14 de febrero de 2023

Los propietarios

La justicia social consiste en el reparto equitativo de los bienes y derechos entre los habitantes del planeta Tierra —ya que aún no está demostrado que exista vida inteligente fuera de este pequeño trozo de roca que gira alrededor del Sol—. Es evidente que nunca en la Historia de la Humanidad ha existido justicia social, pero lo peor es que no avanzamos nada en nuestros días, pues se agranda la brecha entre ricos y pobres. Países ricos y países pobres, ciudades ricas y ciudades pobres, barrios ricos y barrios pobres, familias ricas y familias pobres.

Parte de la población se apodera de la propiedad de todo bien material, no dejando ni las migajas a quienes tienen la desgracia de haber nacido en un ambiente desfavorecido. Lo que determina la riqueza es la madre que te parió. Si naces en familia rica, tienes todas las ventajas, las mejores escuelas, los mejores estudios, las estancias en el extranjero para dominar idiomas, los mejores ocios… Y si, por algún motivo, eres vago o torpe, tendrás la ventaja del nepotismo para colocarte y chupar del bote.

Además, como los ricos tienen más poder —es decir, todo el poder—, no solo diseñan este sistema que les favorece, sino que emplean todos los recursos posibles para mantenerlo. Ellos son «los propietarios», porque acaparan todas las propiedades, para que los pobres no puedan sino vivir de prestado.

Nos aleccionan de que es mejor vivir en un piso de alquiler que tenerlo en propiedad. ¿Dónde va a parar? ¿Es que estamos tontos? ¿Por qué insistimos en ser propietarios de la casa en la que vivimos? Mi casa nunca será mi casa. Los propietarios son ellos, los capitalistas, que compran, bien directamente o a través de productos financieros de los fondos buitres, todos los inmuebles existentes. Incluso los políticos de su cuerda les venden aquellos que se construyeron con fines sociales, pasando a tener fines especulativos. Esto quiere decir que un desfavorecido no puede tener la propiedad ni de los setenta metros cuadrados —si llegan— en los que descansa después de ganar el pan con el sudor de su frente. El que tiene esa suerte. Tu casa no es tuya, es del propietario. El propietario es un ser sobrenatural, al que tú no puedes comprender, que posee tu vivienda por la gracia de Dios y solo con lo que le pagáis entre unos cuantos puede llevar una vida de rico. ¿De dónde si no?

Pero con la vivienda no paran, como «somos ignorantes» abusan: tampoco compres tu coche, ¿por qué si puedes alquilarlo —leasing lo llaman—? Bobón, alquílalo y cada cuatro años estrenas. ¿Que no quieres hacerlo? No te preocupes, no te va a quedar más remedio, pues tendrás que alquilar las baterías de tu coche eléctrico —que en breve será obligatorio—. Esas baterías que evitan que se contaminen las ciudades, a cambio de contaminar los campos que producen la electricidad. Más tarde habrá que maravillárselas —como decía Lola Flores— para deshacerse de ellas, igual que ocurre con los residuos de las centrales nucleares. Pero eso lo harán los estados, o sea nosotros, no ellos.

Bueno, pues igual que tu casa y tu coche, alquila también tu teléfono móvil, tu ordenador, lo que ves en tu tele, lava fuera de casa, pide comida en lugar de cocinar, que te traiga la ropa que compres un esclavo —es decir, alguien que trabaja y recibe a cambio poco más que la comida y una habitación en un piso patera—. Luego, págalo todo de forma digital con tu móvil, que la calderilla, el efectivo, va a desaparecer. Así no robas, ladón —entiéndase que ellos «saben» que solo son ladrones los pobres—, que cada uno va a tener a su nombre una cifra nominal «en la nube», donde se apuntarán sus ingresos, que irán mermando según alquila casas y cosas.

Hoy en día lo auténticamente revolucionario —ojo, que no quiero dar ideas a nadie— es no alquilar nada, lo compras, lo fabricas o lo intercambias; hacerse uno la comida, sin encargar a otro esclavo comida basura; negarse a identificarse con un código QR; reparar lo que se te estropea; vestir a tu estilo y así no podrán decirte que tires esos horribles pantalones que ya no se llevan.

Pero lo verdaderamente revolucionario es tu voto y, te advierto, liberalismo, neoliberalismo, nacionalismo y capitalismo piensan lo mismo: los ricos con los ricos y los pobres a alquilar, a pasar hambre o al ejército para defender a los ricos. 

domingo, 15 de mayo de 2022

Banderas, bandoleros y bandidos

El nacionalismo es una enfermedad mental. Tiene efectos en la percepción de la realidad, la distorsiona, ya sea el observador una persona inculta o altamente instruida. El considerar que se trata de una ideología más, o una tendencia política válida, es una aberración que lo blanquea.

Todo nacionalismo parte de ideas preconcebidas y simples, elegidas para demostrar que los que son considerados «habitantes tipo» de un país tienen una misión que transciende la mera convivencia. La verdad se distorsiona, se falsifica, se adapta o se inventa para que concuerde con la ideología nacionalista. Pero todo es creído firmemente, sin asomo de duda, y así es como se produce esa percepción distorsionada. La falsa realidad se afianza de forma tan sólida, que dispone en su defensa a los «creyentes» para utilizar cualquier medio, incluida la guerra y el asesinato, con el fin de imponer su única y clara «verdad», que no necesita ninguna confirmación. Es eterna e invariable. Es algo previo y lo demás deriva de ella.

Existen teóricos que adaptan los acontecimientos históricos al punto de partida previo. Estos teóricos son inteligentes, pero su visión nacionalista les hace retorcer los datos, las evidencias y las fuentes. Luego están los tontos «valientes» que se dedican a repetir lemas, simples y escuetos, que no necesitan demostrar, pues «son verdad» sí o sí.

Entre estos últimos está, por ejemplo, Isabel Díaz Ayuso, que repite la idea falsa y perversa de que solo fueron invasores los musulmanes del siglo VIII y no así los romanos ni visigodos de siglos anteriores. Esta mente iluminada hace pocos días aludió al levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, diciendo que: «El pueblo, es decir, la Nación, organizó el levantamiento para defender la misma causa que hoy, dos siglos después, seguimos defendiendo: España y la Libertad». Y esto lo cree con tozuda intransigencia, sin considerar siquiera cómo esa «Nación», a la que alude, gritaría poco después aquello de: «¡Vivan las ca’enas!».

Por otro lado, asigna una antigüedad al menos de 2000 años a la nación española, cuando esta nación ni siquiera fue un hecho consumado en el siglo XV con los Reyes Católicos, sino cuando, tras la guerra de sucesión del siglo XVIII, se unificaron las administraciones del país, suprimiendo los distintos parlamentos y diversas leyes y haciendas. Y ni siquiera ahí hay clara constancia de ese sentimiento de nación, que será únicamente evidente cuando los nacionalismos camparon por las ideologías europeas en el siglo XIX, forjando naciones nuevas como Italia y Alemania. Y, a finales de ese siglo, cuando el desastre del 98 en España hizo repensarse este país.

Por abundar brevemente en algún ejemplo más, baste citar al nacionalismo catalán y su empeño en hacer creer que alguna vez en la historia existieron como nación independiente, o que figuras como Cristóbal Colón o la abulense Teresa de Cepeda eran catalanes. No se sonrojarán del ridículo y tratarán de forzar las fuentes para que estas les den la razón, acabando por concluir que «España nos roba».

Podríamos poner ejemplos sin parar: el RH negativo de los vascos o su empeño, a pesar de las últimas evidencias, de que nunca fueron conquistados. El tesón de Putin y sus acólitos en insistir que Ucrania es un régimen fascista que quiere acabar con Rusia, lo cual es creído a pie juntillas por los nacionalistas de esas latitudes. O, por concluir, el pensamiento sionista, que insiste en que los judíos son una raza aparte, único pueblo de Dios, que debe erradicar de las tierras que les regalaron los ingleses en 1948 a todos los que no pertenezcan a su nación. Mientras persiguen esa criminal proeza, los regueros de sangre vertida avergüenzan a la humanidad, como avergonzó el holocausto judío de los nazis. Hablando de enfermos mentales no podíamos olvidar a estos últimos y sus ramificaciones mussolinianas y franquistas.

Las banderas, y sus antecesores los pendones, se crearon por la necesidad de diferenciar en los campos de batalla, y en los barcos de guerra, a los combatientes de uno y otro bando. No tienen otro sentido ni otra utilidad.

Hoy en día es totalmente irrealizable el cimentar un país en una raza, en una religión y en una idea de nación que sea excluyente. Además de quimérico, es la mayor estupidez suicida que pudiera plantearse. Los habitantes de un país son, se quiera o no, todos aquellos que viven y quieren vivir en él, sea cual sea su procedencia, raza, cultura y religión. Solo la convivencia pacífica en la diversidad es la que asegura un futuro y puede lograr la realización de la persona y la búsqueda de la felicidad de los ciudadanos, tal y como lo declara la Constitución de los Estados Unidos, que reza así: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Banderas y cordones sanitarios


Intento que este sea un blog literario y de vivencias personales de su autor, aunque de vez en cuando muestre opiniones respecto a temas sociales y políticos. Llevo tiempo con intención de decir algo similar a lo que voy a exponer a continuación y siempre me he reprimido para no molestar a mis amigos. Pero ya no puedo más.

Soy una persona profundamente democrática y me jacto de tener amigos de todas —todas— las ideologías, porque todas las personas son respetables, pero algunas ideologías no lo son, sin lugar a dudas. Existen ideologías criminales, despreciables y a las que merece la pena combatir.

La democracia consiste en dar voz a todas las opciones y en respetar a las minoritarias. Luego hay que buscar consensos para llevar adelante las políticas, permitiendo que cada cual pueda aportar su pensamiento. Serán los puntos comunes los que hagan avanzar la sociedad. Lo contrario es creer que solo existe una verdad verdadera y que el que no es capaz de verla o bien es un ignorante, un enfermo o un criminal, al que hay que perseguir para que no lleve a cabo su pérfido propósito. El pensamiento único no respeta a los demás, los apabulla y trata de callar con todos los medios posibles, considerando legítima la violencia, ya que el objetivo principal es tener razón, se tenga o no.

La democracia, por el contrario, cobija todos las ideas, pero debe cuidarse mucho de aquellas que no son democráticas, porque pueden sumir a todos en la barbarie. Criminales despreciables como Hitler se hicieron con el poder a través de las reglas democráticas, con los resultados que todos conocemos. Por eso hay que tener mucho cuidado con los planteamientos políticos totalitarios y también con los religiosos integristas. Son un peligro latente, que no tardaría en explotar. Hay que hacerles cordones sanitarios y recluirlos en las cloacas a las que pertenecen, pisándolos sus sucias cabezas si intentan sacarlas. Y me refiero a ideologías, claro, no a personas.

Existe una ideología en España que dice abiertamente que quiere ilegalizar a quienes no piensan como ellos, que quiere obligar a todos a compartir su moral estrecha, que prefiere el enfrentamiento a permitir que alguien discuta algo que ellos consideran sagrado, que defiende sin paliativos la atroz dictadura que acabó con el sistema democrático de la II República, que piensa que si en el mundo hay ricos y pobres es porque los pobres son unos vagos, que combate ciegamente la ideología feminista que está revolucionando positivamente nuestra sociedad, que cree que todos debíamos vestir uniforme y ponernos a las órdenes de un líder...

Me da pavor cuando gritan “a por ellos”, ya que yo sería uno de ellos. Y existen precedentes de lo que hicieron cuando llevaron a efecto ese grito en la historia reciente, normalmente en cunetas y tapias de cementerios. Y aquí no me vale el “y tú más”, que cuarenta años sirvieron para que se tomaran revancha suficiente de los desmanes de los vencidos, quedando los suyos impunes.

Esa ideología se llama VOX y me repugna. Enfrente me tenéis. Dicho queda.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los intransigentes


Todos necesitamos seguridades para poder conducirnos por la vida. Cuando comenzamos a andar, titubeamos en los movimientos y, con la práctica, logramos dar pasos firmes. La experiencia nos da ciertas seguridades basadas en lo aprendido. Eso nos pasa también en nuestra vida social y política. 

Debemos tener algunas seguridades que nos permitan seguir adelante, sin replantearnos constantemente las cosas. Aunque de vez en cuando las pongamos en duda. Es más, las debemos poner en duda como método.


Los intransigentes son un caso aparte. Son personas que han hecho una reflexión, más o menos profunda, y han sacado unas conclusiones. Hasta aquí, sin problema. Lo malo viene cuando sacralizan sus conclusiones, pensando que son verdades absolutas y que nada ni nadie las puede discutir. Así, a las personas que piensan de forma diferente a ellos, cuando menos, las tienen por imbéciles y en general por malintencionadas o incluso por criminales.

Los intransigentes son ignorantes. Desconocen que la realidad es poliédrica y no plana. Cuando vemos una imagen de dos dimensiones, podemos afirmar con certeza que bien es un círculo, un cuadrado o cualquier otra forma geométrica, regular o irregular. Y que tiene este o ese color. No hay duda. Pero como la realidad no tiene dos dimensiones, sino tres —o a saber cuántas más—, lo que nosotros, desde nuestro punto de vista, vemos de una forma, los otros, desde otra perspectiva pueden ver de otra. Así, las personas inteligentes sabemos que —humildad ante todo—, cuando menos, los demás pueden tener tanta razón como nosotros. Esto lleva al respeto de las opiniones ajenas y al entendimiento, bases de la convivencia.

Joven-vieja. Versión de W.E.Hill (1915)
Fuente: Biblioteca del Congreso Americano
Los intransigentes son una fracción de un partido político o una religión, cuando no una mayoría en esas organizaciones. Invaden un grupo social, para esconderse detrás de una bandera y dedicar toda su energía a luchar, de la forma que sea, contra esos estúpidos criminales que no ven la verdad. Su ruin verdad. No soportan las críticas a sus ideas y llegan al extremo de declarar la guerra para intentar demostrar que tienen razón, con el propósito de exterminar al contrario. Da igual la sangre que pueda verterse, lo importante es salirse con la suya.

Pobres intransigentes, no saben que los países se formaron por unos reyes que hicieron guerras contra otros y pocas veces coinciden con un pueblo determinado. Y que es absurdo, además de imposible en el mundo globalizado, que cada pueblo tenga su nación. Siempre es más enriquecedora la multiculturalidad. ¿Se imaginan en Estados Unidos a los Siux con un trozo de tierra por su lado, haciendo frontera con los italoamericanos por otro y los irlandeses americanos por otro? ¿Sin mezclarse? Eso se llama racismo, sin paliativos.

Religión - Wikipedia
Los intransigentes ignoran que las religiones son derivaciones dogmáticas de muchos siglos y que consolidan determinadas creencias, que en épocas pasadas pudieran tener sentido y ahora no. Las religiones para ellos tienen que permanecer estáticas, sin acomodarse a los tiempos. Dicen que solo hay un dios, pero magnifican las diferencias que les separan de otros que creen en lo mismo. Solo porque a ese único dios lo llaman de otra forma e hizo pis en esta esquina en lugar de en aquella. Aunque ellos no lo han visto, están seguros que otros sí. Además, en su subconsciente desconfían tanto del poder de su dios omnipotente, que tratan de defenderlo de unos simples mortales que lo ofenden. Son como hormigas protegiendo a una ballena, a la que no han visto nunca, para que otras hormigas no la injurien escupiendo en el mar.

Los intransigentes desconocen que las banderas son convenciones, que nacieron de determinada forma causal y podrían tener por azar colores diferentes. Si me sueno los mocos con un trapo blanco no pasa nada, pero ¡ay si ese trapo tiene colorines!

Los intransigentes se ofenden enseguida. No soportan que los demás se rían de los pilares en los que ellos han basado su existencia. Cuando reírse de uno mismo es la base de la inteligencia y del progreso. Pero eso nunca lo sabrán, porque ni son inteligentes ni esperan ningún progreso. Son conservadores rancios de sus miserias.

Dioses y patrias son las herramientas que a lo largo de toda la Historia han utilizado los poderosos para tener en sus filas a aquellos que no comparten sus intereses y, entre estos, los intransigentes son su mayor conquista. Con ellos forman sus ejércitos de choque. Son los tontos útiles.

Cada uno puede defender sus seguridades, pero es fundamental el respeto al contrario o no habrá convivencia. Para amar hay que desnudarse de las ideas. Y también para hacer el amor. En el fondo las ideas solo sirven para emplearlas en el juego de la democracia, la cual resolverá por el sistema de mayorías y pactos lo que hay que hacer.

Ya lo dijo una persona sabia del siglo XVI, a quien obligaron a abandonar su fe unos intransigentes: solo hay nacer y morir, lo demás es cosa vana.

martes, 14 de agosto de 2018

El parque


No solamente jugamos en los recreos del cole, es más ni siquiera en ellos pasamos el mayor tiempo de ocio. Es en el parque donde perdemos la sensación temporal hasta que nos llaman nuestras madres para comer, para merendar, para cenar, para hacer los deberes, para bañarnos o porque ha llegado nuestra tía y quiere restregarnos los morros por la cara.

Antes, el parque no era más que un descampado. Aparte de unos árboles tan solo había hierba raída, pedregales y mucha tierra suelta. Pero en mi barrio, que está en el norte de la ciudad, nos pusimos de acuerdo toda la chavalería y lo adecentamos. Tanto nos entretuvimos, que lo tomamos por un juego, empleando varios días.

Limpiamos de piedras la tierra, delimitamos la zona de hierba. Restauramos las papeleras rotas y en ellas pusimos toda la basura que encontramos. E incluso reparamos la valla, que en la zona inferior era de piedras y por encima tenía una alambrada deshecha.

Pero nos quedamos sin materiales con los que componer la valla e hicimos una exploración y, en el sur de la ciudad, encontramos otro parque similar al nuestro en un principio, cuando todo estaba manga por hombro. Allí había niños que jugaban, sin importarles que nada estuviera limpio y arreglado.

Nos hicimos con unas carretas para llevamos unas piedras, pero pesaban tanto que obligamos a algunos de los niños del parque del sur a ayudarnos a cargarlas. Luego les hicimos empujar las carretas. No querían, claro, pero nosotros éramos más brutos y teníamos palos. Después de zurrar a algunos de ellos, nos los llevamos, asustados y llorando. Les obligamos a ellos a hacer el trabajo pesado y a colocar las piedras en la valla. También tuvieron que limpiar el césped, adecentar las zonas de tierra, podar los árboles…

Tuvimos que ir a por más niños, ya que no veíamos la forma de acabar. Organizamos otras expediciones y los trajimos a la fuerza. Con su ayuda terminamos todos los trabajos. El nuestro tan solo era controlarlos.

Por fin conseguimos un parque impecable. Con sus canchas de fútbol y baloncesto. Los setos recortados que cerraban el césped, donde podíamos tumbarnos a descansar. Las fuentes con agua, la zona donde se podía jugar a la comba o a las canicas, e incluso los toboganes y columpios restaurados.

Pero algunos de los niños a los que forzamos a ayudarnos, cuando volvieron a su parque, quisieron hacer lo mismo y ya no podían. Les faltaban piedras para completar su valla, y no tenían alambres para cerrarlo. Los columpios estaban desbaratados, porque nos habíamos llevado las piezas para recomponer los nuestros. Ni siquiera tenían agua para regar su césped.

Parte de ellos se fueron entonces del parque del sur al del norte. Al principio ni nos dimos cuenta, pero luego comenzamos a ser conscientes de los intrusos y cerramos las puertas, dejando para vigilarlas a los más brutos del barrio y para que impidieran que siguieran viniendo invasores.

Pero continuaban llegando, cada vez en mayor número, e intentaban saltar la valla, a la que habíamos puesto pinchos, para dificultarles la tarea. Si alguno se colaba y era detectado, después de una paliza era devuelto en caliente. Pero el efecto llamada de los que habían logrado entrar a jugar en nuestro parque fue creciendo y no había manera de pararlo.

Entre nosotros se crearon grupos más extremistas que quería devolver a todos los intrusos a su mísero parque. No había derecho, decían, a la invasión. Pero otros pensábamos que era injusto que unos lo tuviéramos todo y otros nada, sobre todo cuando gran parte lo habíamos robado. La solución no radicaba en impedir el paso, ya que era imposible, sino en ayudar a los niños del parque del sur a tener un área de juegos tan bonita como la nuestra.

—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. Has vuelto a irte por las ramas y a no hacer la redacción como yo había pedido. El tema de hoy era la invasión migratoria.

domingo, 29 de julio de 2018

Los brutos


En el colegio hubo tiempos mejores. Los niños y las niñas jugaban en el patio de recreo a lo que les apetecía. En una esquina se organizaban partidos de fútbol y alrededor de una canasta había torneos de baloncesto. Algunos corrían sin sentido y otros saltaban a la goma o a la cuerda, sin importar que se mezclaran niños y niñas. También los había que simplemente paseaban y hablaban.

Pero llegaron los brutos. No eran muchos pero tenían muy mal carácter. Comenzaron por poner zancadillas a las niñas y por interrumpir las competiciones de baloncesto. Un día decidieron que solo se podría jugar al fútbol y aquellos que no estuvieran entre los elegidos para formar los equipos, deberían hacer de espectadores para vitorear y animar en los partidos. La mayor resistencia la opusieron los que jugaban al baloncesto.

Los maestros les dejaron hacer a los brutos, e incluso los apoyaron, ya que a ellos les gustaba más el fútbol. La situación se tensó tanto que, durante un torneo de baloncesto, se presentaron por sorpresa los brutos y hubo una pelea multitudinaria. La batalla campal se alargó. En principio los bandos estaban equilibrados, pero el resto de niños y niñas se vieron obligados a decantarse por unos u otros.

Los brutos se emplearon a fondo. Organizaron muy bien la estrategia de lucha, ya que estaban acostumbrados a acosar a los demás y terminaron por imponerse. Ganaron los brutos e impusieron su ley. Hubo muchos de ambos bandos que acabaron con hematomas e incluso heridas abiertas, sobre todo de los perdedores.

A partir de aquel momento ya no se podía jugar a otra cosa que no fuera fútbol. Cualquier porción del patio era un campo de fútbol y en todo momento que hubiera un partido el resto de los niños y niñas debían estar como espectadores. Cuando salía alguno que se resistía a participar, lo acosaban un par de brutos y de una paliza lo obligaban a ser espectador.

Aquello se convirtió en algo normal. Se aceptó la situación y, a la hora de salir al patio, durante mucho tiempo el fútbol fue la única actividad permitida.

Uno de los niños, que antes jugaba al baloncesto, se enfrentó valientemente a un grupo de brutos y les dijo que él era más pequeño que ellos y que, en cuanto se marcharan del colegio, todo volvería a ser igual. Cada uno jugaría a lo que quisiera.

Los brutos se juntaron para hablar, después de que unos puñetazos y puntapiés acallaran al que había protestado. Tomaron una decisión. Eligieron a un grupo de antiguos jugadores de baloncesto y les obligaron a trepar a una de las canastas, para que desatornillaran el aro y pintaran con rotuladores un cartel que decía: «En este patio se va a jugar siempre al fútbol».

Esa canasta con el cartel aguantó hasta que los brutos se hicieron mayores y se marcharon del colegio.

Poco a poco el patio volvió a ser un campo de juego multidisciplinar, como había predicho el niño rebelde, aunque nadie se atrevió a quitar el cartel de la canasta de baloncesto. Canasta que  se iba deteriorando paulatinamente y, en poco tiempo, si no se repintaba, acabaría por tener ilegible el cartel.

«Eso es injusto». Pensaron algunos que no había derecho a que fuese el tiempo el que acabara con el recuerdo de esos brutos o que vinieran otros para  repintarlo y así perpetuar su memoria. Así que se organizaron unos cuantos y, atando una cuerda, derribaron la canasta de baloncesto y astillaron el cartel. Los seguidores de los brutos, ahora en minoría, tuvieron que aguantarse.

—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. No has hecho lo que yo había pedido, la redacción tenía que tratar sobre el Valle de los Caídos.

martes, 30 de enero de 2018

Visca Tabarnia lliure

En octubre de 2014, en este mismo blog, publiqué un artículo titulado Visca Catalunya lliure. El título era desde luego una provocación, pero no falto de intencionalidad. En mi artículo defendía que la democracia se hace desde abajo a arriba y que debe ser la gente la que elija su destino. Si los catalanes no se sienten españoles, no hay ningún motivo para obligarles.

Parece ser que no es así, que la mayoría numérica de catalanes se sienten tan españoles como catalanes, pero el miedo a perder la consulta impide que se les pregunte. Este miedo es miedo a la democracia, por lo que algunos están revelando su auténtica ideología. Así se ha conseguido el enfrentamiento de dos posturas intransigentes, que no quieren ver más que su relato, reconstruyendo y falsificando incluso la Historia desde su punto de vista para tener razón.

Yo abogué por una Cataluña libre, que debe elegir si quiere seguir siendo española. De la misma forma y por los mismos motivos ahora abogo por la libertad de Tabarnia para independizarse de Cataluña.

He de hacer hincapié, no obstante, en que en el momento del nacimiento de esta especie de broma llamada Tabarnia, no tengo claro que sea algo positivo o una reacción envenenada del nacionalismo contrario. De momento lo tomaré como una broma que es capaz de sacar a la luz muchas contradicciones.

A pesar de reconocer el derecho tanto a Cataluña como a Tabarnia para decidir sobre su destino, mi posición personal al respecto es contraria a la independencia, por considerar que somos más fuertes y solidarios en una entidad nacional mayor. Pero a nadie se le puede obligar a sentir lo que no siente. Y estamos hablando de sentimientos. Los países se hacen y deshacen mejor por la voluntad popular que por los intereses de las élites privilegiadas, que era como se hacía anteriormente a través de guerras. Las ideas sagradas e inamovibles no han traído más que desgracias a lo largo del tiempo.

Se está demostrando día a día que los independentistas no buscan la cohesión de un pueblo oprimido que se quiere liberar, sino el egoísmo de separarse de tierras a las que consideran más pobres e incultas. No es más que la consabida postura egoísta de los que se creen más ricos que los demás, a los cuales quieren dar la espalda, para que “no les roben”. Obviando que su riqueza es posible porque tienen un mercado de compatriotas en el que pueden levantar su economía. Y a partir de esa idea se construye un argumentario, entre medias verdades y mentiras completas, para adoctrinar a la población, comenzando por la infancia.


Además el veneno del nacionalismo lo llevan a extremos tales que no se cortan de hablar de Països Catalans, anexionándose por la fuerza a los valencianos y baleares, solo porque se les pone en las narices, sin contar con que ellos también tendrían el derecho a oponerse democráticamente, siguiendo sus sentimientos, en expresión de la misma lógica que utilizan.

Hoy en día lo que habría que buscar es el hermanamiento entre los pueblos de la península Ibérica, incluido Portugal, para llegar a organización política más fuerte, que a su vez se integrara plenamente en Europa. Centralización que se compensaría con descentralizaciones administrativas, para que nadie se sienta sometido. (¿Os imagináis una selección de fútbol ibérica?)

El nacionalismo no es más que una enfermedad mental que deforma la realidad para adaptarla a unos intereses. Falsa realidad que luego es creída a rajatabla de forma ingenua, sin el menor atisbo de duda. Esa desviación de la realidad no puede ser sino enfermiza.

Así Tabarnia resulta ser una auténtica pedrada en los dientes para los herederos de Convergencia –o como quiera que se llamen a la hora de publicar esto–. También lo es para la supuesta izquierda, llamada Esquerra Republicana de Catalunya, que abandonó el internacionalismo obrero para caer en el nacionalismo burgués. Y para los ácratas de la CUP, que persiguen una república burguesa catalana, insolidaria y de derechas, apoyándose en los herederos del segundo partido más corrupto de nuestro país, que ya es mucho decir.

Sirva esta parodia para escarnio de cualquier nacionalismo, sin olvidar que no es más que una simple payasada, como el nacionalismo mismo, vamos:


martes, 28 de noviembre de 2017

Mear fuera del tiesto

Hace muy poco me topé con este vídeo anónimo que ha corrido libremente por Facebook y por WhatsApp, son apenas 30 segundos:


Ávila tiene muchas deficiencias, nadie lo puede negar. Somos una ciudad pequeña y de población envejecida, a la que le faltan servicios sanitarios fundamentales, le sobran planificaciones urbanas irrealizadas, escasea en estudios universitarios públicos, no tiene una buena planificación turística, ni infraestructuras culturales destacadas, como el tan prometido Museo del Prado. Es una ciudad deficitaria industrialmente y tiene una agricultura y ganadería precarias. Pero, sobre todo, en lo que es más deficitaria es en comunicaciones con las capitales que nos rodean, especialmente con Madrid, de la cual podríamos ser ciudad dormitorio, al estar a solo 100 kilómetros de distancia. Lo que tenemos, sin embargo, es una autopista de pago y un tren tercermundista. Nos birlaron el AVE los segovianos, pues estuvieron más espabilados. Aún así, nuestros políticos no consiguen que tengamos un tren rápido por vías convencionales que nos acercara a Madrid en 45 o 50 minutos. Y mira que es posible. En lugar de eso, tenemos un tren que tarda dos horas, nada menos, en esos cien kilómetros. Sumado a horarios inapropiados, a los retrasos cotidianos y las reparaciones periódicas de las vías que no están en buen estado.

Ante este panorama, está muy bien que haya quien luche y reivindique.

Al ver un vídeo en este sentido, lo miré con suma atención, ilusionado. La idea planteada era excelente y tenía su puntito de humor. Un documental tipo NODO, retrataba una Ávila del siglo XXI, como si de mediados del siglo pasado se tratara. Y mientras tanto los políticos haciéndose fotos para la prensa. Y en la última ¡está mi careto! ¡Pobre de mí! ¡Estoy entre los culpables del retraso en infraestructuras viarias!

Esto es contar la historia con un par de brochazos gordos. Con trazos tan bastos que equivocan el tiro. Sí, porque toda generalización es injusta y no todo está mal, ni todo político es ineficiente. Hay cosas mal gestionadas y otras donde la ciudad brilla con luz propia. Y me estoy refiriendo a la cultura: Ávila tiene una muestra de teatro en noviembre que mueve masas, el Festival Internacional de Música Abvlensis, el Festival Nacional de cortometrajes Avilacine, la Orquesta Sinfónica de Ávila, el certamen de circo en la calle, los ballets del Lienzo Norte, exposiciones y ciclos literarios en la Fundación Caja de Ávila, presentaciones de libros y exposiciones en El Episcopio, recitales, conciertos, etc., etc., etc.

He conocido a figuras literarias de primer orden que se han sorprendido gratamente al conocer nuestra actividad cultural, que no tienen ciudades mucho más grandes. Desde luego que algunas cosas se están haciendo bien. Muchas actividades están organizadas por asociaciones y personas que se ven apoyadas por administraciones e instituciones. Tengo el orgullo de participar en una asociación que organiza algunas de esas actividades y que se ha visto respaldada por el Ayuntamiento, por las bibliotecas, fundaciones y medios de comunicación. Somos gente de la calle con inquietudes, no perseguimos nada y nada ganamos con ello, más que la satisfacción personal. Estoy sumamente orgulloso de ser parte de ello y de la acogida que nos ha dado la sociedad abulense.

Por eso me he sentido sumamente indignado por tan “genial” propuesta videográfica, que mezcla nuestras carencias con los éxitos, riéndose del esfuerzo de mucha gente anónima que se hace foto con los políticos que les posibilitan llevar adelante sus actividades. Porque las imágenes de ese vídeo retratan actividades llevadas a cabo por un colegio público y por personas que hemos trabajado con ilusión por aportar algo a la ciudad. Los cuales también reivindicamos una mejora en las comunicaciones.

Así no. Habéis equivocado el tiro. Si tuvierais vergüenza torera, os excusaríais por la metedura de pata. Por habernos insultado con vuestra gracieta. Y si fueseis valientes, os identificaríais como autores del vídeo, contando qué es lo que habéis hecho vosotros para mejorar esta ciudad. Porque la ciudad la hacemos los ciudadanos y los políticos a los que votamos.

lunes, 13 de junio de 2016

Hacia dónde vamos

Hubo épocas en la Historia de la Humanidad, en las que para el mantenimiento del ser humano se necesitaron muchos y variados trabajos. En la prehistoria, antes del neolítico, esos trabajos tan solo eran la caza, recolección y cuidados de niños y ancianos; pero el neolítico los multiplicó con la siembra y cuidado de los campos, la fabricación de utensilios cerámicos, herramientas y edificaciones, además de la defensa armada en contra de los vecinos, que produjo imperios, guerras y desastres. Esta situación poco varió a través de los siglos, culminando en el Antiguo Régimen, con una sociedad compuesta de nobleza, clero y estado llano, en la que solo este último estamento realizaba todos los trabajos para el mantenimiento de la sociedad.

Con la industrialización y el descubrimiento de energías como el vapor y la electricidad, se potenció el empleo de multitud de trabajadores, primero semi esclavizados, pero que fueron consiguiendo poco a poco derechos, con la amenaza de una revolución que diera la vuelta a los papeles. Así se creó una sociedad que avanzó hacia la socialdemocracia en el siglo XX y al estado del bienestar, la cual matizó el salvaje capitalismo decimonónico que propiciaba niños pequeños trabajando en las minas y jornadas de más de doce horas diarias.

Pero el bienestar social se estancó y retrocedió con la actual crisis económica del siglo XXI. Ejemplo significativo es una nueva realidad: los jubilados cobran ya una media superior a los jóvenes que comienzan a trabajar y han de mantener sus pensiones.

Hay quien se ríe de cosas como el salario social básico, o renta mínima, que se votó hace poco en Suiza, de 2.250 € mensuales para toda la población, trabajadores o no. El miedo a invasiones extranjeras en busca de asegurar la subsistencia asustó a los suizos que votaron mayoritariamente en contra. Pero no hay más futuro que este.

¿Hacia dónde vamos?

Yo veo un abismo, que hay que abordar con un puente o acabaremos precipitándonos en él. Me refiero al desastre social propiciado por la robotización.

Un robot, llamado Deep Blue, le ganó una partida de ajedrez al campeón mundial Kasparov en 1996. Ya no vamos al banco, sino al cajero automático; antes en los peajes de las autopistas había personas, ya no; los procesos industriales están semi automatizados, caminando hacia la automatización plena; existen coches que se conducen solos, e incluso camiones, y ya se realiza el reparto de mercancías con drones; un robot puede ser el recepcionista en un hotel y otro el presentador del telediario, o incluso profesor universitario. Ya nadie duda de que los robots puedan operar quirúrgicamente, poner una multa de tráfico o cambiar un pañal a un bebé.

El pensamiento neoliberal de nuestros días tiene una fe religiosa en el mercado, creyendo que éste será capaz de regular las relaciones entre el capital y el trabajo. Pero están ciegos, no ven hacia dónde vamos. En poco tiempo el obrero no será necesario, y el obrero es el que sostiene el mercado con su oferta de mano de obra y demanda de productos. Pronto tan sólo existirán el capital y un cuerpo de ingenieros que diseñen, coordinen y reparen la industria automatizada. Ni siquiera será necesario que construyan esos robots, ya que serán construidos por otros robots.

Como no será necesaria la mano de obra humana, podemos imaginar a la sociedad -no futura, sino inmediata-, empobrecida y a los privilegiados encerrados en zonas residenciales valladas, o amuralladas con un ejército de seguridad privada asomado a las almenas, para evitar ser asaltados por los parias de la Tierra.

También serán necesarios los religiosos con una doble función, primero tranquilizar las conciencias de los acaparadores y luego la de los desposeídos, a los que los enseñará -otra vez- a resignarse con su triste suerte. Los que nazcan en la opulencia se reproducirán endogámicamente, ya que serán los únicos que podrán tener estudios universitarios y trabajos adquiridos a través del nepotismo. Es decir una minoría enriquecida aislada de unas masas hambrientas y sumidas en la ignorancia.

El estrangulamiento del Estado por parte del liberalismo trasnochado, da el poder al capital, a las transnacionales y serán únicamente éstas las que controlarán el poder político. Lo están haciendo ya.

Ante este desastre, tan solo veo un camino que aporto como colofón a mi razonamiento, que es el fortalecimiento de un Estado que se haga con los medios de producción, para que sea el Estado y no el particular, el que obtenga el beneficio, y así poder invertirlo en la sociedad, logrando al fin la justicia social. Pienso que esto es compatible con la propiedad privada, ya que no estoy pidiendo más que un proceso de nacionalizaciones de las grandes industrias, dejando a salvo las pequeñas empresas privadas y a los autónomos.

No planteo una revolución, sino ir dando pasos para acercarnos al horizonte que andamos buscando, para no dejar que el neo capitalismo potencie las desigualdades.

La única alternativa al desastre es que un Estado, económicamente fuerte, erradique el paro, invirtiendo en trabajo en lugar de en elitistas infraestructuras ferroviarias, por ejemplo. Y todos saldríamos ganando. Podría emplearse a la gente en la reforestación mundial, el cuidado de enfermos y desvalidos, la investigación científica, los yacimientos arqueológicos, la lucha contra los incendios forestales, la educación, el ocio, la cultura, etc. Estos trabajadores, satisfechos por contribuir a la sociedad, tirarán del resto de la economía, del comercio, de la pequeña empresa privada, del turismo, etc. Y donde no llegue el trabajo, no queda otro remedio que la renta mínima garantizada.

Pero esta inversión tan solo será posible si la realiza un Estado democrático, que sea el que saque los beneficios de la producción y planifique una economía sostenible, tanto ecológica como socialmente. Esto jamás lo harán las multinacionales que, aparte de abonar dividendos a sus accionistas, no se preocupan más que de que los magnates suban puestos en el ranking de Forbes y de que su yate sea más grande y lujoso.

Ahora toca votar y somos más que los acaparadores, el futuro está en nuestras manos.

martes, 15 de septiembre de 2015

Abundando en la fe y en la democracia

La fe puede servir para diversas funciones, como huir del miedo a la muerte o simplemente para asegurar una ideología compleja que es indemostrable. Cuando no podemos saber la verdad, creemos a ciegas. Eso es la fe.

Está claro -para mí lo está- que la fe es simple y llanamente un acto de la voluntad, pues creemos lo que queremos creer y no porque sea verdad evidente, sino al contrario, porque no podemos certificar su autenticidad. Si somos conscientes de ello y lo relativizamos respetando que los demás puedan creer otra cosa, pues entonces no pasa nada, podremos convivir y esto se llama democracia, ya que ésta consiste en aceptar las opiniones de los demás. Luego realizarán la labor de gobierno aquellos que sus opiniones logren el consenso mayoritario y se vean refrendadas a través de los votos. Es el juego político.


Y yo me pregunto: ¿Hay demócratas en España? Por supuesto y de todas las creencias, o fes, tanto de izquierdas como de derechas. El problema es que hay  muchos otros que no lo son y que tan solo aceptan la democracia cuando gobiernan los suyos y se oponen vehementemente a aquellos equivocados, malintencionados, idiotas, ignorantes, tarados, criminales, malhechores, delincuentes… que opinan diferente. Así entramos en el reino de la intransigencia, que es el opuesto a la democracia.

Recuerdo una película americana -agradecería que algún cinéfilo me apuntara cuál es- en la que un personaje decía algo parecido a esto: “No estoy en absoluto de acuerdo con usted, pero moriría por defender  su derecho a opinar así”. Eso es democracia, lo demás, no.

Intransigentes fueron, o lo son, el régimen nazi, el ISIS o Estado Islámico, el régimen de Maduro en Venezuela, las monarquías árabes actuales, el golpe de estado criminal de 1936 en España denominado “Alzamiento Nacional”, el franquismo posterior, la Inquisición, el comunismo de Stalin…

Dentro de la intransigencia y contrarios a todo sentimiento democrático debemos enmarcar también a todos los nacionalismos, por ejemplo el español y el catalán, que aún propugnan ideas sagradas, y por tanto las convierten en cuestiones de fe, es decir artificiales y no probadas, sin importarles falsear en su favor la Historia. Estas ideas consagradas son la indivisibilidad de la patria, el “somos mejores”, los valores superiores de la nación, el “España nos roba”, el “si queréis la independencia marchaos, pero marchaos fuera de la península que es nuestra”… (nuevamente puntos suspensivos). El hacer sagrada una creencia no hay racionalismo que lo soporte.

Los estados no son creaciones divinas indivisibles e inmutables, sino el resultado del devenir de la historia, y tan solo las guerras de los reyes absolutistas con ideas patrimoniales de sus estados, y los azares de unas victorias en lugar de otras, son las que han conformado los países. Nuestro país en concreto. Eso explica que en la misma península Cataluña sea parte de España y Portugal no, ya que podría haber acontecido al revés. Al que quiera explicarlo porque lo quiso Dios así, tan solo se lo puede rebatir el que cree que Dios no lo quiso así. Y de ahí al enfrentamiento.


La democracia, nace de abajo hacia arriba, es el pueblo el que elige a sus dirigentes y su forma de Estado. Y esto no es una creencia, no es fe, es parte de la definición de democracia. Cuando existe un problema palpable para un Estado, como es la desafección de Cataluña en España, el único remedio que queda es preguntarles, dejarlos que hablen, que digan uno por uno qué es lo que quieren. Y que lo digan aquellos que quieran, porque en democracia también está el derecho de no opinar. Y una vez que hablen, se debe llevar a cabo lo que decidan. Eso es lo que hacen países demócratas como el Reino Unido con Escocia o Canadá con Quebec. Si no les dejamos decidir crecerá el sentimiento independentista sin medida. Negarles el derecho de decidir qué quieren ser no les lleva más que a enrocarse en su posición y eso conduce al extremismo, al enfrentamiento, a la guerra, a la muerte y al sufrimiento. Y no exagero, ahí tenemos el ejemplo reciente, y en esta Europa, de los Balcanes.


Si declaran la independencia unilateral los catalanes, ¿les vamos a invadir? ¿Enviamos a nuestros hijos a matar catalanes? -es que yo estoy mayor ya para ser soldadito-.

La sangre de mis hijos vale mucho más eso.

Ni una gota de sangre más por una maldita idea sagrada, por la fe de unos tarados que quieren arrastrar a los demás con sus soflamas basadas en creencias sacrosantas. Como dijo mi admirado Julio Anguita: “Malditas todas las guerras y los canallas que las fomentan”…

viernes, 15 de mayo de 2015

¿Quién crea empleo?

Estamos en plena campaña de las municipales y autonómicas, así que no quiero soslayar esta circunstancia en mi blog: Voy a hablar de política. Pero tampoco quiero hacer un alegato, ni lanzar andanadas ideológicas. Me voy a limitar tan solo a desmentir una falsedad que yo veo evidente y que lleva tiempo corroyéndome. Y lo hago porque ya decían los nazis, que de propaganda sabían mucho, que una mentira repetida muchas veces, acaba convirtiéndose en verdad.

Ahí va la mentira: Los empresarios crean empleo.

A simple vista parece verdad incontestable, pero a poco que ahondemos veremos que no es más que una falsedad, que algunos no están interesados en poner en evidencia.

Si fuera así de simple, la solución a la crisis estaría en las manos de los empresarios: crearían empleo, este empleo daría dinero a los trabajadores, que comprarían pisos, coches y vacaciones, y todo arreglado. ¿Deducimos entonces que los empresarios son unos malvados, porque nos les da la gana crear empleo?

Pues no, porque jamás un empresario ha creado un solo empleo. Me explicaré.

Un empresario no es una ONG altruista. Un empresario para serlo necesita de un lucro, y esto es algo positivo, no lo critico. Sin ese lucro dejaría de ser empresario, ya que más tarde o más temprano agotaría su capital y dejaría de producir.


Para tener lucro, debe vender su producto en un mercado y obtener el dinero suficiente para pagar los gastos de producción y un exceso suficiente para mantenerse, porque él también ha de comer y tener ocio. Pero el mercado, o los mercados, son algo compuesto por gente con capacidad adquisitiva limitada.

¿Hasta aquí está todo claro, no? Esto quiere decir que para introducir un producto en un mercado, nacional pongamos por ejemplo, éste debe desplazar a otro producto similar, que dejará de venderse. Tiene que competir con otros empresarios del ramo. Si, por ejemplo, vende coches, deberá apelar a la calidad, al precio, o a otro parámetro ventajoso, para que el posible comprador se decida por su vehículo. Ese comprador adquirirá este coche en lugar del de la competencia, pero nunca comprará los dos, salvo que tenga algún problema psicológico. Si el empresario vende galletas, el comprador que adquiera sus galletas, dejará de adquirir las de la competencia. O sólo comerá galletas, en lugar de tener una dieta equilibrada. Así de sencillo.

Si hablamos de mercado internacional, ocurre lo mismo a otra escala. En este caso, los que producen más son los que tienen costes más baratos, los asiáticos ¿no?, que venden en los países con mayor poder adquisitivo. ¿Pretendemos realizar un trabajo esclavo para competir con los chinos?

Se me puede plantear la aparente paradoja de Henry Ford, que se inventó un mercado que no existía, pues hasta que fabricó coches baratos, debido a su innovación de la producción en cadena, las personas que podían adquirir un automóvil eran muy pocas. Con su democratización adquisitiva consiguió que hubiera muchas personas trabajando, que se convirtieron en compradores de utilitarios, enriqueciendo el país, asentando una clase media y creando empleo que sin su invento no existía. Pero en realidad este último punto es falso, pues él no creó el empleo, sino que fue la existencia de ese mercado nuevo el que hizo posible que sus coches se vendieran. El mercado creó el empleo y no Ford. De nada le hubieran servido sus coches baratos, si no tiene quién los adquiera. Habría tenido que cerrar su fábrica, en cuanto hubiera agotado su capital. Su genialidad fue descubrir un mercado que hasta entonces no existía, y no crear empleo.

Quien crea empleo, por tanto, es el mercado y la única manera de aumentar el empleo es que ese mercado crezca en capacidad adquisitiva, bien subiendo los sueldos, o bien bajando los impuestos, para que la gente disponga de más dinero. El pobre empresario debe tener claro, si quiere levantar la cabeza, que lo suyo es una competición con gestores similares, y que lo único que puede hacer es presentar al consumidor un producto más ventajoso, o bien por su precio, o por su calidad, para que la elección de compra recaiga en él.

Y aquí está la trampa, porque si quiere competir en calidad, ésta probablemente aumente el precio, y este factor puede ser determinante en las ventas. La solución más fácil es bajar el precio, pero esto tendrá sus consecuencias, si bajar el precio consiste en reducir los costes de personal. Bajando los sueldos o haciendo despidos, le estará sustrayendo capital al mercado y reduciendo su poder adquisitivo, por lo que su producto tendrá más difícil la venta. Sin embargo, si aumenta el sueldo a sus trabajadores, estará inyectando capital en ese mercado.

La prueba está ahí fuera. La política de los últimos años, bajando sueldos y subiendo impuestos injustos como el IVA, no ha conseguido más que profundizar la crisis en lugar de resolverla. Y esto se ha hecho así, porque se ha querido, no porque no se haya podido. Ha sido una opción política, de determinada ideología, la ideología de los acaparadores, el liberalismo, o más claramente el capitalismo salvaje, que no entiende de derechos sociales, de justicia ni de igualdad.

Tenemos evidencia de que durante esta falsa crisis se ha subido el sueldo a los altos cargos de las empresas, mientras se ha bajado el de los trabajadores, enviando a muchos al paro. Cuando un rico aumenta su capital, lo que hace es comprarse un yate, que no genera riqueza, o lo guarda en un fondo de inversión especulativo, que le derive intereses. Por el contrario, cuando es un trabajador el que aumenta su sueldo, como vive al límite de lo que gana, más podrá gastar, y lo hará. Y sus excedentes o ahorros los guardará en un banco de los del barrio, que son los que pueden conceder crédito a un autónomo o pequeño empresario, cuando las cosas se hacen bien, y no en un fondo buitre de los que juegan con la especulación.

Algunos comerciantes de barrio se rieron cuando nos bajaron el sueldo a los funcionarios y más tarde lloraron porque, al tener menos dinero, gastamos menos. ¿Qué esperaban?

Así que debemos concluir que un empresario no crea empleo, sino que roba empleados a otro empresario, cuando consigue quitarle una cuota de mercado. Pobre del empresario que se vea a sí mismo como un creador de empleo, se estará engañando y no llegará a ninguna parte. Pobre del empresario que quiera trabajadores empobrecidos porque, ¿a quién le va a vender? ¿A otros empresarios? Pobre del autónomo que envidie a los asalariados y desee que malvivan, ¿de qué va a vivir él? Pobre de los que auspicien políticas liberales, porque los únicos ricos serán los acaparadores, que no tienen remordimientos en utilizar el trabajo esclavo y luego pretenden lavar su conciencia con donaciones caritativas, en lugar de pretender la justicia social.



Y termino con una frase para las bases sociológicas que sostienen con sus votos a estos gobiernos capitalistas vendidos a la especulación financiera: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos" (Mateo 19,24).

martes, 17 de marzo de 2015

Los acaparadores

Todos nacemos desnudos, es decir iguales. Pero cuando morimos no lo somos. Mientras a unos los entierran desnudos en cajas de cartón, a otros en ataúdes de maderas nobles, con mortajas lujosas y en panteones de granito. ¿Qué ha ocurrido entre medias?


Para saberlo no es necesario indagar en la biografía de nadie, pues este cambio no se produce a través de una vida, ya que ocurre en las manos que recogen al recién nacido. Es decir, la diferenciación se manifiesta en el mismo momento en que vemos la luz. A unos los reciben con las manos desnudas y a otros entre paños y sedas. Y esto ocurre porque hay gentes que acapararon las riquezas del planeta y, como estas son finitas, para muchos otros no queda sino pasar hambre y necesidades.

Sería injusto achacarme demagogia por realizar esta observación. Yo no pretendo decir que todos los ricos sean malvados y entre los pobres no haya infames. Es más, la pobreza genera más perversos que la riqueza, ya que quien anda con sus necesidades primarias cubiertas puede filosofar sobre la generosidad y la filantropía, y quien no tiene qué llevarse a la boca, cegado por la injusticia, está más dispuesto al odio y la venganza. Lo que quiero decir es que la responsabilidad de la injusticia y del hambre en el mundo es de los acaparadores. Por mucho que sean buenos padres de familia, y colaboren con organizaciones humanitarias, son responsables del hecho de que algunos se jueguen la vida en pateras, alambradas o huecos de las ruedas de camiones, para huir de la miseria y la injusticia. Y también, claro, de que otros mueran de inanición y sufran guerras y persecuciones.

Admito que la igualdad absoluta es también injusta, pues no recompensa a quién más se esfuerza, pero las desigualdades actuales, incluso en un país como el nuestro, no tienen más sentido que la postura  delictiva de las élites. Admito también que hemos evolucionado mucho y en parte de este planeta maltratado se ha establecido la justicia social, como medio de reparación de ese ignominioso latrocinio. Pero parece que incluso esto ha llegado a su fin con la crisis.

La Historia nos ilustra sobre el proceso de acaparamiento de la riqueza por unas castas sociales. Yo no creo en el salvaje feliz. En la prehistoria, en la época paleolítica de cazadores recolectores, la subsistencia sin duda fue muy dura, pues los peligros eran miles, y la vida una continua lucha; pero la organización social en grupos o clanes pequeños no permitía que unos pocos acaparasen las riquezas. Los mejores cazadores, o las mujeres más hacendosas y procreadoras, tenían sus pequeñas ventajas, buenas hachas de piedra, las más hermosas joyas de concha, pero en sí, el grupo era homogéneo.

Con el neolítico, la agricultura, la sedentarización, la cría de ganado, etc., la propiedad privada, que en principio recompensó a los más hacendosos, por loor de la herencia generó castas de ricos, que quisieron perpetuarse. Esas castas produjeron gobiernos, ejércitos y policías a su servicio. Poco hemos evolucionado hasta nuestros días.

Platón imaginó la sociedad ideal con la división en clases, los trabajadores manuales, los guerreros y los dirigentes, una teoría que expuso en “La República” y que a él le parecía justa. Este experimento se llevó a cabo en la sociedad feudal con sus tres brazos, laboratores, oratores y bellatores. Los primeros mantenían a la comunidad con su trabajo, los segundos la cuidaban espiritualmente y los terceros la defendían. Pero los dos últimos acapararon las riquezas, haciendo que los que les mantenían pasaran crisis de subsistencia. Cuando algunos laboratores alcanzaron la riqueza que les permitió competir con los otros dos brazos, surgió la revolución burguesa, que no consistió en ningún cambio, sino en un reordenamiento, poniendo arriba a los ricos y abajo a los que no tenían casi nada, que eran la mayoría. Con la revolución industrial, nacida en el siglo XVIII, los acaparadores nobles y burgueses se hicieron dueños también de los medios de producción, desnaturalizando el trabajo, pues se apropiaron de la plusvalía.

Llegada la socialdemocracia, pareció que al fin la justicia social se instalaba, acabando relativamente con la pobreza -en los países ricos, claro- y se dio oportunidad a los hijos de los trabajadores para la movilidad social. Podían estudiar, y ocupar los puestos más elevados de la sociedad, si sus méritos se lo permitían y a todos cubría la sanidad y la protección social.

Pero, nuevamente, los privilegiados, los acaparadores, lucharon con denuedo contra esa justicia, pretendiendo que sus vástagos fueran los únicos que pudieran llegar a la cumbre social. Actualmente una ideología lo legitima, el neoliberalismo. ¿Lo mercados regulan? Los mercados instauran la ley de la selva, la ley del más fuerte, y la más fuerte es la casta, que no ceja en perpetuarse y acaparar. Hasta llegar a la desfachatez de robar a manos llenas, creyéndose impunes, con la corrupción aceptada socialmente: “La factura sin IVA, oiga”.

La crisis actual fue inventada por la casta, para incrementar las ganancias de las grandes empresas y empobrecer a las masas, las cuales dejan de tener acceso a la sanidad, a la reparación por dependencia y a la educación. Objetivo: abaratar costes de producción y multiplicar la riqueza de los acaparadores, haciendo desaparecer el Estado. Para ello eliminan a los políticos con ideología, sustituyéndolos por tecnócratas que únicamente deben rendir resultados, como si fuera una empresa. Que cada uno se pague, si puede, aquello que utilice. Pongamos una ministra de Sanidad que deje fuera del sistema a los desfavorecidos, un ministro de Educación que haga pagar por la cultura, que elimine becas, que deje para los pobres las carreras de tres años, porque los hijos de los acaparadores pueden cursar másteres en caras universidades, depauperemos la escuela pública... Implantemos un Gobierno que defienda la riqueza de los bancos, desahuciando a familias para que los inversores tengan dividendos. Resumiendo, la prevalencia de la riqueza privada, sobre el Estado, legitimando a los acaparadores.

Si alguna característica tiene la casta es que está muy preparada intelectualmente para realizar tal plan. ¿Alguien puede decirme que todo esto es fruto de la casualidad? ¿Que no está diseñado?

Que conste que no estoy abogando por el voto a Podemos, al apropiarme su terminología. Más bien estoy a favor de la lucha de clases, a que una ideología firme, clara, y no difusa consiga el poder para los desfavorecidos y así terminar con el criminal reparto de riquezas, para que haya una justicia social real. Pero bienvenido sea un “zas, en toda la boca”, a la casta, venga de donde venga. Y si acabamos por hacer desaparecer a los dos partidos que se repartían el pastel, mejor. Luego los corruptos a la cárcel.

Estamos en un año crucial, nos jugamos nuestro futuro y sólo tenemos una ventaja, ser muchísimos más que los acaparadores. Hagamos que la democracia funcione, no necesitamos más.

lunes, 17 de noviembre de 2014

39 años

Esta semana se cumplen 39 años de la desaparición del dictador.

Pertenezco a una generación, la de los nacidos en la década de los sesenta del siglo pasado, que fuimos educados en la sociedad de los vencedores, donde nos enseñaron una historia manipulada, que hablaba de destinos imperiales y de reserva espiritual de Europa. Algunos lo creímos de momento, ya que nuestros mayores no se atrevían a hablar de política y mucho menos a criticar a los vencedores que tenían la sartén por el mango.

1961

La generación anterior a la mía fueron niños de la guerra y padecieron las penurias del hambre, la generación precedente a ésta sufrió la guerra en toda su crueldad. Con el paso del tiempo no voy a hablar de malos y buenos, pues hubo crímenes en los dos bandos, pero es necesario hacer siempre una importantísima salvedad. En un bando hubo muchos más crímenes que en el otro, precisamente en el bando que llevó bajo palio al dictador. Y otra más importante, el bando que acabó imponiéndose debe llevar la condena de haber sido el que desató la canallesca guerra de forma premeditada, con una traidora rebelión a un sistema democrático que también les dejaba gobernar a ellos, pero que se metió en justas reformas de los pilares que sostenían la sociedad desigual sustentada por una burguesía aristocrática y rural. Esos pilares intocables fueron la reforma agraria, la militar y, sobre todo, la religiosa y educativa.

1969

Al frente de la nueva sociedad, nacida de la injusticia y la sangre, se puso un general bobo, de mente simple, que consolidó su poder usando la mano implacable de la represión. Durante la guerra, hubo penosas batallas en el frente, grandes matanzas en la retaguardia; después, la soberbia de los vencedores, y encarcelamientos, torturas y fusilamientos en los años cuarenta, en los cincuenta, en los sesenta y más… Mi generación fue educada en la ignorancia de esa ignominia y nos hicieron creer que éramos un pueblo con un Destino en lo Universal. Pero no nos lo creímos. A pesar de las consignas, el orgullo de ser españoles estaba por los suelos. Cualquier cosa del extranjero era buena y lo español una basura. Nuestro cine lo constituían españoladas, nuestros coches de la SEAT eran malas imitaciones, que no podían competir con los extranjeros, nuestros deportistas, ridículos, con la salvedad del fútbol del régimen, que una vez ganó a los rusos. Éramos bajitos y paletos, feos y malhumorados, acomplejados y perdedores…

La revolución económica de los años sesenta, se debió a las ganas de trabajar de los hijos de los que perdieron la guerra, sobre todo en el extranjero, desde donde nos enviaban divisas, y también a la ruptura de la casposa moral, que supuso la entrada del turismo. España no progresó con Franco, sino que progresó a pesar de él.

1974 (yo soy el de la izquierda)

No puedo hablar más que por referencias de lo que vivieron mis abuelos en la guerra, de la que nunca me hablaron; del hambre que pasaron mis padres en la posguerra, pues en mi mesa nunca faltó de comer. Pero sí puedo hablar del país gris que conocí, pues cuando murió el dictador yo estaba a punto de cumplir los quince años y ya había comenzado a utilizar mi mente para pensar.

Ahora que algunos se sumarán a manifestaciones de banderas con el águila de san Juan y celebraciones conmemorativas el veinte de noviembre, otros brindaremos por el hecho de haber pasado la mayor parte de nuestra vida fuera de ese asfixiante ambiente de la dictadura, donde todo era tan gris. Para el cuarenta aniversario habrá que preparar algo grande, tal vez “Podemos”…

Tengo un cajón de versos guardados, que quizá un día me atreva a sacar a la luz en un libro. De momento, hoy extraigo uno de ellos, basado en mis impresiones de esa etapa de mi vida en que comencé a conocer el mundo que me rodeaba.

¡Qué tierra tan triste
donde todo es tan gris!
La vida es en blanco y negro
y su mezcla da gris.
Blanco el pan y las sábanas
y negro el país.
La máquinas negras cosechan
un trigo muy gris,
que crece escapando
de negra raíz.
Gris es el cielo
que encapota los sueños
de tanto infeliz.
Si blanca es la hostia,
negra es la sotana,
y Dios viste gris.
Gris es la vida,
grises las montañas,
el futuro es muy gris.
¡Qué vida tan triste
donde todo es tan gris!

viernes, 17 de octubre de 2014

Visca Catalunya lliure

¿Qué es mejor quedarse callado o decir lo que se piensa? En ocasiones lo más beneficioso para uno es callarse lo que se piensa pero, cuando me planteé este blog, lo hice con la premisa de utilizar todas mis facultades intelectuales -si las tengo-, además de ser sincero con mis palabras. Por ello voy a exponerme, una vez más, a que me crucen la cara por no ser políticamente correcto. Hablaré de Cataluña y su derecho a ser una nación independiente.


Tengo la firme convicción de que las dos enfermedades mentales más perjudiciales para el ser humano, y no sólo para quienes las padecen, son el integrismo religioso y el nacionalismo. Así sin paliativos. Las pruebas son tan evidentes que ni siquiera es necesario que justifique esa afirmación. Esas dos lacras por separado o juntas -nacionalismo y/o religión- están en el germen y el motor de todas las guerras y desastres humanos, desde que el mundo es mundo y el ser humano es ser inhumano. Y quién no opine igual tendrá que justificármelo.


Creo que tales disfunciones mentales provienen de un planteamiento plano de la existencia. Es decir, de gente que sólo ve las cosas en dos dimensiones y piensan que no es posible verlas de otra manera. Si miramos un objeto en dos dimensiones (foto, dibujo…) veremos algo geométrico (cuadrado, triángulo, círculo…) y de un color -o colores- determinados. Con ello nadie puede discutirnos lo que estamos viendo, porque es lo que estamos viendo. Pero la realidad no es plana, es tridimensional y el objeto que desde un punto de vista es circular, desde otro puede ser triangular, y si se ve rosado desde un lado, al otro puede ser azulado. Así dos individuos mirando desde dos lugares verán cosas aparentemente diferentes, por mucho que se trate de lo mismo. Las personas inteligentes son -somos- conscientes de este fenómeno y respetan -respetamos- la postura de los que no piensan como ellos -nosotros-, tratando de encontrar vías de diálogo y entendimiento. Los integristas -religiosos o nacionalistas- descalificarán a quien no vea lo mismo que ellos, llegando al extremo de la guerra santa, la inmolación, o cuando menos el insulto y la descalificación.


Creo que Cataluña tiene el derecho a decidir si quiere seguir integrada en la nación española, y tienen el derecho de decidirlo aquellos que viven en dicha región/autonomía/nación. Pienso que no pasa nada por reducir el tamaño de nuestro país; Suiza es más pequeña que Castilla y es un país independiente mucho más rico. Por otro lado estimo que si se independizan resultarán más perjudicados ellos que el resto porque, aunque crean que aportan a la economía española más de lo que reciben, deberían mirar del otro lado y verían que a cambio tienen un gran mercado donde vender, que perderían si dejaran de ser españoles.


¿Por qué veo las cosas así? Por favor, si has leído hasta aquí, déjame explicarme brevemente. La soberanía está en el pueblo, la gente del pueblo tiene varios estamentos en los que se organiza, su familia, su comunidad de vecinos, su barrio, su ciudad, su región, su país, continente… El poder político democrático funciona desde abajo hacia arriba, llevando a dar más importancia, porque la tiene, a las instituciones más cercanas a las personas. Yo me identifico completamente en los estadios inferiores a la ciudad, por encima de ella hay mucho que discutir. Por ejemplo, los abulenses nos reconocemos en el Mercado Grande, el Soto, el Arco de San Vicente, en próceres como Topamí, y un segmento de paisajes, situaciones y circunstancias que un cacereño no entendería. Por otro lado, me siento más cercano a un madrileño, de otra comunidad, que a un soriano, de la mía. A un mexicano, de otro continente, que a un alemán, del mío. ¿Se me entiende? Por encima de la ciudad todo es artificial y negociable.


Los países se han formado de muchas formas, pero muy pocas tienen que ver con ese sentido democrático de organización. El motivo principal ha sido el histórico y, si lo repasamos, la historia nos muestra a unos reyes, con sentido patrimonial de sus dominios, peleándose con otros reyes en nombre de los pueblos o creencias que representaban, pero siempre y prioritariamente, en nombre de sus intereses de poder y riqueza. Siempre. En todos los casos. Lo reconocieran o no. Lo supieran o se engañaran con grandes ideas.


Así, España, es lo que es por dos motivos: los Reyes Católicos y Felipe V. Por sus intereses personales, vamos. Las bases están en la guerra castellana entre Isabel “la Católica” y Juana “la Beltraneja”, que la ganó la primera, uniendo Aragón a través de su matrimonio. Si la hubiera ganado Juana, entonces España sería la unión de Castilla y Portugal, quedando Aragón, con Cataluña, como otro país peninsular y quién sabe a quién de los dos se hubieran agregado Navarra y Granada. Estas son las bases pero no la creación de España, la cual procede de 1714 cuando en otra guerra de intereses de los ricos (reyes/nobleza) se impuso FelipeV y acabó con la independencia parlamentaria y fiscal de los países de la corona de Aragón, uniendo políticamente sus destinos al resto. Ver en ello el plan de Dios, es al menos tan interpretable como la existencia misma de ese Dios.


Niego que seamos una nación por la gracia de Dios. Somos lo que ha traído el devenir del tiempo histórico. Y si una parte de los habitantes del territorio no se sienten a gusto como españoles es que no lo son de hecho y lo menos que debía ocurrir es que les dejaran expresarse, para que esa decisión tuviese consecuencias. Si luego resulta que una mayoría de ellos se sienten españoles, no hay más que esperar a que vuelva a surgir el deseo de separación para volver a preguntarles. No volverían a sentir resquemor por el centralismo, porque en sus manos está su destino. Así sólo serían españoles los que amaran a España. Y los que no, mejor tenerlos de buenos vecinos, que de compatriotas renegados.


No hay más camino democrático, que la democracia de abajo a arriba. Lo demás es cosa vana.