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jueves, 30 de marzo de 2023

La poesía es un arma cargada de futuro

El pasado 21 de marzo se celebró el Día Mundial de la Poesía, con el lema: La poesía es un arma cargada de futuro. Me invitaron a realizar el Pórtico a dicho acto, en el que participaron con sus versos 12 poetas; estuvo organizado por José María Muñoz Quirós y presentado por José Pulido. La música corrió a cargo del Trío Terpsícore Ensamble (piano, clarinete y violín). Este es el texto que redacté y leí:


Un arma es un instrumento con capacidad de matar, dedicado a acometer o a defenderse. Pero si, en lugar de con proyectiles, lo cargamos de futuro, no servirá para dañar a nadie, pues el futuro no existe, no tiene sustancia aún. El futuro lo construimos proyectando imágenes del presente, y la poesía son imágenes.

Lo que ocurrió en la denominada Revolución de los Claveles, en Lisboa, el 25 de abril de 1974, cuando los soldados pusieron una flor en sus fusiles, constituyó una acción poética y, sin duda, cambió el futuro; dio un golpe de timón a la autocracia portuguesa, convirtiendo el país en un estado democrático y de derecho.

La poesía social, de mediados del siglo pasado, fue una ardorosa reacción a la situación política del momento, caracterizada por el escepticismo y la crisis. El verso se hace libre, como símbolo de la libertad que buscaron los poetas, librándose de la métrica y de la rima, en un intento de romper todas las cadenas.

¿De dónde saldrá el martillo / verdugo de esta cadena?, se preguntó Miguel Hernández en el poema del niño yuntero. El poeta de Orihuela, se sintió representante de los oprimidos y así gritó: Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me aventan la garganta.

Blas de Otero evolucionó desde una espiritualidad atormentada a la poesía social, y lo hizo simplemente cambiando la voz, abandonando el yo, para pasar al nosotros, en busca de la solidaridad: Escribo / en defensa del reino / del hombre y su justicia. Pido / la paz / y la palabra.

Gloria Fuertes también entiende la poesía como agente transformador: Poetas, no perdamos el tiempo, / trabajemos, que al corazón le llega poca sangre. Sabe que las palabras son armas cargadas y que a través de la poesía podemos lograr que no ocurra lo inexorable, que el futuro sea distinto: Yo aseguro / con emoción / que en un próximo futuro / sólo habrá pobres de vocación.

Para José Hierro la poesía era inclasificable, así dijo: «No distingo entre poesía social u otra poesía, porque no sé muy bien lo que es la poesía. Sólo sé que me sirve para decir lo que no se puede decir». Entiende, pues, que la poesía aporta la capacidad de expresar lo inefable, que es aquello que no puede decirse con palabras. Y, sin embargo, para hacer poesía se emplean palabras.

Así es la poesía, es algo necesario como el aire que exigimos trece veces por minuto, según Gabriel Celaya. En Cantos iberos, reivindica utilizar la poesía como un arma: Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. A este poema lo tituló: La poesía es un arma cargada de futuro, ya que no entendía el arte más que como un instrumento para transformar el mundo: Tal es mi poesía: poesía-herramienta / a la vez que latido de lo unánime y ciego. / Tal es, arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho.

Para ello utiliza lo que denomina un verso martilleante, de diversas métricas, que pretende golpear, abrir los ojos del lector e incluso molestarle, con intención de hacerle reaccionar: Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

La poesía-herramienta pretende cambiar el mundo, denunciar la realidad y concienciar de la injusticia social. La poesía comprometida ha de ser inteligente, pues se enfrenta a la censura; y la burla, claro, porque el opresor carece de esa inteligencia.

Y porque la poesía es arte y el arte es contradictorio, decía Celaya que la poesía no es un bello producto. / No es un fruto perfecto. / Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

No es necesario cargarnos de argumentos para defender la utilidad de la poesía, pues para los que disfrutamos con la belleza, nos basta con ese gozo y no precisamos de ninguna otra ganancia. Pero la poesía no solo es belleza. La poesía a veces no es belleza.

En el día en el que comienza la primavera, amigos poetas, dejadme que cante a las armas. Pero no a las armas que hacen las guerras, sino a las que cambian el futuro, dejadme que os apunte al pecho con un arma cargada, un arma que no busca hacer daño, sino que persigue la paz. No sé si tendrá forma de clavel, de pupila azul o de oscura golondrina. Este arma es un poema de Miguel Hernández, que ya apareció por aquí el año pasado, pero que por desgracia no ha perdido actualidad:

Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes. 

sábado, 15 de octubre de 2022

Teresa de Cepeda


En el día en que publico esta entrada de mi blog, se celebra la fiesta grande de mi ciudad. Bueno, para ser precisos, esta fiesta ha sido desbancada popularmente por las Jornadas Medievales, que convocan a un mayor número de personas.

El 15 de octubre festejan los católicos a santa Teresa de Jesús, o simplemente «la Santa» como es llamada en Ávila. Fuera de nuestra tierra es más conocida como santa Teresa de Ávila, pero ella se llamó Teresa de Cepeda y Ahumada, aunque también firmó parte de su vida como Teresa de Ahumada y posteriormente, reivindicando las raíces paternas, como Teresa de Cepeda. No olvidemos que su abuelo paterno era un judío converso.

El catolicismo la subió a los altares. Le ha hecho efigies y le tienen un gran fervor, sacándola en procesiones y emocionándose a su paso. La han convertido en santa milagrera, a cuya imagen se aplaude, le ponen flores y la pasean entre soldados, clero, munícipes y marchas militares.

Yo quisiera reivindicar para los no creyentes una figura que alcanzó gran talla humana e intelectual, a quién se podría considerar como una mujer inquieta, cuando no «revolucionaria». Ella llegaría a aceptar para sí misma un apelativo despectivo con el que la insultaban: monja andariega.

La niña y moza Teresa fue un personaje de su época, le gustaban las fiestas, las relaciones sociales y la lectura. Los libros de caballerías —de cuyas lecturas más tarde se arrepentiría— le llenaron muchas horas de ocio. Su padre la metió a la fuerza al monasterio de la Encarnación, para evitarle lo que hoy consideraríamos «malas compañías» y lo hizo en contra de su voluntad. Pero, una vez allí, dedicada a la prospección interior, llegó a una fe profunda.

Una grave enfermedad la devolvió a su casa y pasó por curanderos y cualquier remedio que le pudiera devolver la salud. Llegó a estar a las mismas puertas de la muerte, pues muerta llegaron a pensar que estuvo en una ocasión y casi la entierran.

Más tarde, siendo ya monja por voluntad propia, se vio a sí misma muy imperfecta y buscó en la oración una forma de acercarse a Dios. Utilizó la ascética y buscó en la oración un camino de perfección y acercamiento a lo espiritual. En su «Vida» ella habla de todos sus defectos y cómo poco a poco, con la oración utilizada como forma de aprendizaje llegó, según nos cuenta, al éxtasis místico.

Hoy en día hay teorías que exponen que estos éxtasis se los ocasionaban sus enfermedades, pero el caso es que para ella fueron reales y le llevaron a tratar de explicarlos a través de la poesía, componiendo unos versos bellísimos, al igual que hizo su amigo y joven confesor Juan de Yepes —para el catolicismo san Juan de la Cruz—. El caso es que nos dejó unas joyas poéticas, pero también se aventajó en la prosa, con un estilo muy pegado a la forma de hablar coloquial, produciendo unos hermosos textos: Vida, Camino de perfección, Las Moradas y Fundaciones.

Su personalidad abierta y desenfadada y su emprendimiento como fundadora de conventos, con una regla monástica mucho más cercana a la pobreza y al cristianismo más sincero, la convirtieron en una mujer admirable, que hubo de luchar en su propia ciudad contra las oligarquías urbanas, desde sus mismos inicios, con la fundación del monasterio de San José, hasta los últimos momentos. También hubo de enfrentarse a la Inquisición, que en un par de ocasiones la tuvo entre sus objetivos por su «soberbia» de hablar directamente con Dios, sin necesitar intermediarios como confesores, hombres ilustrados o miembros de la jerarquía eclesiástica.

Desde aquí reivindico ese «feminismo» anticipado en la Historia, que le llevó a ser una mujer libre en un siglo en el que las mujeres tenían un papel doméstico al que ella no se acomodó. También reivindico su labor intelectual y su oficio de escritora, para el que utilizaba la hermosa lengua castellana con objeto de transmitir sus ideas y experiencias.

Los vestidos hermosos que le ponen a su talla, las joyas y los oros, los pedestales y peanas a los que la suben, y las procesiones para exhibirla no encajan en absoluto con lo que fue su personalidad. Teresa de Cepeda buscó superar sus imperfecciones con la oración introspectiva, experimentó la pobreza —que tiene como símbolo el descalzar a su orden religiosa—, se empleó en el estudio y en la conversación inteligente. Quienes la conocen un poco, saben que ella se quitaría esos oropeles, vestiría una saya pobre de lana y se mezclaría con la gente común.

Perdonadme, paisanos, hace ya tiempo que no voy a las procesiones de su imagen ni asisto a los eventos religiosos, pero siento muy cercana a Teresa de Cepeda y cuanto más la conozco más la admiro.

jueves, 15 de septiembre de 2022

Reinterpretando a Cortázar

Piensa en esto: …cuando te regalan un reloj te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo… te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa… No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda a un reloj

Julio Cortázar

Hace poco, mi amigo Julio Collado ha compartido en sus redes sociales la voz de Cortázar recitando esta joya narrativa, que yo me he atrevido a reinterpretar.


Preámbulo a las instrucciones para mantener encendido un móvil

Cuando te regalan un teléfono móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente esa plaquita con pantalla brillante que atiende a tu huella digital y brilla como si se abriera el mundo mágico de los sueños, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que irá contigo a cualquier parte, vayas donde vayas, tanto si vas a escuchar una sesuda conferencia como si te dispones a aligerar el vientre entre las cuatro paredes de un baño. Te regalan la necesidad de tener siempre la batería cargada, la obligación de llevar encima un cable o una batería portátil por si de forma inesperada se apaga. Te regalan la obsesión de encenderlo y mirarlo cada pocos minutos, no vaya a ser que alguien interaccione contigo en las redes sociales y no estés al día, a la hora, al minuto, al segundo de lo que pasa. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca y la seguridad de que es una marca mejor que las otras; te regalan la tendencia de comparar tu teléfono con los demás teléfonos. No te regalan un móvil, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del teléfono móvil.

Instrucciones para mantener encendido un móvil

Una vez que tengas instalado su sistema operativo, bájate todas las aplicaciones, las que puedas y las otras. Entenderás la utilidad de saber en todo momento qué tiempo hace, si llueve o sale el sol, sin necesidad de asomarte a la ventana. Podrás fotografiar una planta y saber cuál es su nombre, aunque este se te olvide cuando abras la siguiente aplicación. Tendrás tiempo infinito para curiosear en la vida de tus amigos, de tus enemigos y de aquellas personas que nunca conociste ni llegarás a conocer. Sabrás si el vecino tiene ya novia y si es guapa. Conocerás dónde ha ido de vacaciones tu prima. El mundo entero estará a tus pies, pues tendrás todo lo que nunca llegaste a imaginar al alcance de tus manos, de tus dedos. De tu vista, ya presa para siempre de la pequeña pantalla.

Eso sí, olvídate de la gramática, cómete al escribir letras, sobre todo las innecesarias vocales; no pongas los signos de apertura de las interrogaciones, pulsa seguidas cuatrocientos signos de admiración, intercala más emoticonos que caracteres y, sobre todo, olvida lo que sabes del idioma castellano, que es un idioma de perdedores. Preocúpate de escribir bien las palabras inglesas: smarphone, live, like, messenger, what, mix, power… Y todas aquellas que pueda defecar una red social cualquiera.

¿Qué mas quieres, qué más quieres? Guárdalo en el bolsillo, pero al alcance de la mano para cualquier urgencia. Urgencia del móvil, no tuya, pues a partir de ahora serás su esclavo, dedicarás tu vida a él, dedicarás tu sueño a él. Dedicarás a él tu libertad. Has dejado de ser libre, autónomo; perdiste cualquier atisbo de inteligencia. El miedo se apoderará de tus entrañas, pues no sabrás qué hacer si un día —los dioses del Olimpo no lo permitan— su brillante pantalla se apaga y deja tu mundo a oscuras. Allá en ese instante te llegará la muerte y no habrás entendido nada de la vida.

sábado, 13 de febrero de 2021

El asunto de los cuernos

La fiesta de San Valentín se dedica a celebrar a los enamorados y, en un principio, la impuso la iglesia católica como contrapeso a la fiesta pagana de las lupercales. Hoy en día, es una fiesta comercial que no podemos obviar, ya que machaconamente nos la recuerdan con objeto de que gastemos dinero en regalos. Nos incitan a consumir o, en caso contrario, chantaje emocional, no demostraremos nuestro amor a la pareja.

En el contexto de las modas actuales, como el poliamor o las relaciones abiertas, no se observa el sometimiento tradicional a la fidelidad, que hasta hace poco era algo preceptivo. Aun así, la fidelidad sigue siendo muy importante para muchas parejas, pero se ha reducido a un pacto de lealtad, que ya nunca tendrá las trágicas consecuencias folletinescas de siglos pasados. O no debería.

Cuando en otros tiempos se trataba la infidelidad, se usaba una curiosa imagen: se hablaba de «poner los cuernos». Normalmente era la traición que la mujer hacía al marido y este el cornudo, desatándose la tragedia en cuanto se enteraba. Menos grave solía ser si la cornuda era ella, por la dependencia económica que soportaba. El caso es que el asunto de los cuernos dio para mucha literatura desde el Siglo de Oro.

Saliéndonos del tema moral y tomando su lado folklórico resulta curiosa la imagen de identificar la infidelidad con la cornamenta. ¿De dónde viene? ¿Por qué se utiliza este símil? Que yo sepa, los mamíferos cornudos no son más promiscuos que otras especies.

Si indagamos en la historia y en la literatura descubriremos que es algo muy antiguo. Cuestión de siglos. No voy a plantear una tesis, pero sí quiero traer aquí un texto que, en la primera mitad del siglo XIV, podría explicar el origen de esta asociación de la cornamenta con la infidelidad. Y, si no es el origen, al menos demuestra su antigüedad.

Se trata del Libro de buen amor (1330 y 1343), del Arcipreste de Hita. La historia en concreto es la de «Don Pitas Payas, pintor de Bretaña». En ella se cuenta que un pintor, llamado Pitas Payas, recién casado, decide iniciar un viaje a Flandes. Antes de partir, y para cuidar la «virtud» de su mujer, decide pintarle bajo el ombligo un cordero. Piensa tardar dos meses en regresar, pero se retrasa dos años y a la esposa cada mes se le hacía un año. Así que, necesitada de aquello que esperaba del reciente casamiento, toma un amante con el que se prodiga en encuentros. Cuando recibe la noticia de que su marido está a punto de volver, ella se da cuenta de que se le ha borrado el cordero y le solicita a su amante que le dibuje otro en el mismo lugar. Este, muy deprisa, le pinta un carnero con una crecida cornamenta. Cuando llega el marido, le solicita a su mujer que le muestre la seña que él le había dejado, comprobando que donde pintó un cordero, había un carnero. Exige explicaciones y ella le responde que en dos años ¿cómo no se iba a convertir en carnero?, que si hubiese llegado antes lo hubiera encontrado aún cordero.

Dada la belleza y la gracia del texto, lo transcribo para cerrar este artículo:

EXIEMPLO DE LO QUE CONTESÇIÓ A DON PITAS PAYAS, PINTOR DE BRETAÑA

   Del qu’ olvida la muger te diré la fazaña:

sy vieres que es burla, dyme otra tan maña.

Eran don Pitas Pajas un pintor de Bretaña;

casó con muger moça, pagávas’ de conpaña.

   Antes del mes cunplido dixo él: «Nostra dona,

»yo volo yr a Frandes, portaré muyta dona.»—

Ella diz: «Monsener, andés en ora bona;

»non olvidés casa vostra nin la mía persona.»—

   Dixol’ don Pitas Payas: «Doña de fermosura,

»yo volo fer en vos una bona figura,

»porque seades gardada de toda altra locura.»—

Ella diz’: «Monssener, fazet vuestra mesura.»—

   Pyntol’ so el onbligo un pequeño cordero.

Fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero.

Tardó allá dos anos, muncho fue tardinero,

facias’ le a la dona un mes año entero.

   Como era la moça nuevamente casada,

avie con su marido fecha poca morada;

tomó un entendedor e pobló la posada,

desfízos’ el cordero, que dél non fynca nada.

   Quando ella oyó que venía el pintor,

muy de prisa enbió por el entendedor;

díxole que le pintase, como podiesse mejor,

en aquel logar mesmo un cordero menor.

   Pyntóle con gran priessa un eguado carnero

complido de cabeça, con todo su apero;

luego en ese día vino el menssajero:

que ya don Pypas Pajas desta venía çertero.

   Quando fue el pintor ya de Frandes venido,

ffue de la su muger con desdén resçebido;

desque en el palacio ya con ella estido,

la señal que l’ feziera non la echó en olvido.

   Dixo don Pytas Pajas: «Madona, sy vos plaz’

»mostratme la figura e ¡aiam’ buen solaz!»—

Diz’ la muger: «Monseñer, vos mesmo la catat:

»fey y ardidamente todo lo que vollaz.»—

   Cató don Pytas Pajas el sobredicho lugar,

e vydo grand carnero con armas de prestar.

«¿Cómo, madona, es esto o como poder estar,

»que yo pynté corder, e trobo este manjar?»—

   Como en este fecho es siempre la muger

sotil e malsabyda, diz’: «¿Cómo, monsseñer,

»en dos anos petid corder non se fer carner?

»Veniésedes tenplano: trobaríades corder.»—

[…]

El texto está tomado de la decimoctava edición del Libro de buen amor, Espasa Calpe, Madrid, 1984.

LIBRO RECOMENDADO:

-        Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El placer de la lectura

En España no se lee, digan lo que digan. El pasado lunes asistí a una interesantísima conferencia del editor de Impedimenta, Enrique Redel, y dio unas cifras que verdaderamente desmoralizan. Existen en nuestro país unos 20.000 lectores, considerando tales a los habituales, los que al menos leen un libro al mes. Por el contrario señaló un ejército de escritores que rondan los 40.000. También dio cifras astronómicas del número de libros editados, pero no entraré en ello.

En España no se lee, ni se ha leído tradicionalmente. Si antes en parte era por el analfabetismo atávico, ahora en gran parte es por el analfabetismo tecnológico. Todo el mundo “lee” y “escribe” en dispositivos electrónicos: WhatsApp (multiplicando al infinito las faltas de ortografía), Twitter (limitando al mínimo los conceptos), Facebook (felicitando cumpleaños, haciéndose eco de noticias no contrastadas y distribuyendo cadenas de estupideces), Instagram (fotos, poses…). Pero en España no se lee.

Salvando a los profesionales de la enseñanza motivadores —los hay y los ha habido siempre—, unos cuantos se han empeñado en causar alergia a los alumnos hacia los libros. Un adolescente no puede leer el Quijote o La Regenta. No lo entiende, le aburre y le hace identificar a la buena literatura como un peñazo, una tortura.

La literatura debe ser, en primer lugar, un elemento de disfrute. Permítanme que me auto plagie en unas líneas del discurso que realicé en la III edición de los premios “La sombra del ciprés”:

La literatura debe bajar del altar en el que se ha instalado, por el prestigio y respeto que a lo largo de la Historia ha ido adquiriendo. Debemos devolverla a sus orígenes, porque la literatura debe ser, en primer lugar, un elemento placentero de disfrute, lo cual no quiere decir que deba estar reñida con la calidad.

El ejemplo está en los clásicos. Tanto El Quijote, como otras obras que nadie discute hoy en día —mencionemos también El Lazarillo de Tormes— se escribieron para divertir a los lectores. Sí, Cervantes jamás llegó a imaginar, mientras lo escribía, que pasaría a la historia por El Quijote, en lugar de por otras obras suyas “más serias”, como La Galatea.

El hecho de que en nuestros días, a primera vista, no descubramos esta cercanía con las obras clásicas, no se debe más que al envejecimiento del idioma y costumbres que dificultan su comprensión. Pero en su día, el Ingenioso Hidalgo, era leído con jocosidad. O escuchado por los analfabetos de manos de aquellos generosos que podían leer en voz alta para regocijo de todos.

Hace unos días, mi amigo César Díez Serrano, en una conferencia dentro del ciclo de la Biblioteca Pública de Ávila titulado “El donoso escrutinio”, salvó de la quema a tres autores británicos. Arthur Conan Doyle —Sherlock Holmes—, J.K, Rowling —Harry Potter—, J.R.R. Tolkien —El señor de los anillos o El Hobbit—. Su argumento, que comparto, es que son obras que fabrican lectores, habiendo sido capaces de lograr que los adolescentes abandonaran los dispositivos electrónicos por la lectura en papel. Y que lo disfrutesen y les apasione. Hubo quien, con buen criterio, apostó en esa conferencia por guiar también a los adolescentes hacia lecturas de calidad, ya que, por ejemplo, dijo esa persona en cuestión: "aquellos que se enfrascan en 'basuras' tales como la saga Crepúsculo, no llegarán a hacerse lectores nunca". Yo estoy de acuerdo en que hay que guiar, sí, explicar también, pero no forzar lecturas que generen rechazo. Ni en considerar 'basura' ninguna lectura, pues todas pueden abrir los ojos al apasionante mundo de la literatura. Si la disfrutaron cumplió su función.

Yo abogo porque cada cual elija la lectura con la que disfrute, según una célebre cita de Borges [1], que era la base de la conferencia de César. Ya le llegará a cada cual el momento en que sean capaces de disfrutar otro tipo de lecturas. Me baso en dos premisas.

Una. Que la lectura es un aprendizaje mecánico, similar al de aprender a andar. Ya nadie recuerda sus pasos temblorosos de bebé, que no le llevaban a ningún lugar. Solo la práctica posibilitó, primero, que tuviéramos la autonomía de poder desplazarnos al cine o la habilidad de convertirnos en un corredor de fondo. Ráner los llaman ahora. Solo leyendo, lograremos con el tiempo la habilidad de no deletrear, sino pasar la vista con agilidad por unas palabras que conocemos para entender las ideas que nos transmiten. Sin esfuerzo. Disfrutando.

Dos. La industria del libro es una industria. Perogrullo. Para mantenerse tiene que vender y solo eso les da la posibilidad de tener una estructura fuerte. Series como Crespúsculo ayudan a que esa industria pueda también editar libros de culto minoritarios. Sin esa industria no es posible, porque de vender pocos libros no puede mantenerse.

Libros, industria, papel. ¡Si eso está desfasado! Ahora lo que se lleva es la lectura electrónica. Pues va a ser que no. Según apuntaba también Redel, los libros electrónicos no son más que una moda, pasajera, ya que caducará esa tecnología, dejando obsoleto cualquier aparato, como pasó con el VHS y está pasando con el DVD. El libro electrónico facilita una lectura de consumo, que luego desaparece, ya que las bibliotecas electrónicas no se conservarán. Ni se heredan. Además, la lectura en papel proporciona un mapa mental físico, donde podemos acudir con facilidad para repasar cuándo apareció un personaje en una historia, por ejemplo, entre otras muchas potencialidades que no da el libro electrónico. Como complemento sirve, para no cargar libros en unas vacaciones, pero no como sustituto. La industria editorial es indispensable en la cultura y genera empleo y riqueza. ¿Qué más podemos pedir?

En Francia se lee. En España no se lee, pero no es una limitación natural y podemos cambiarlo. Tan solo hay que explicarle a todo el mundo que existe el libro con el que puede disfrutar. Sea quien sea el lector. Cuando lo tengamos claro, la historia a contar será otra.


[1] Jorge Luis Borges: "Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas".

martes, 30 de junio de 2015

Qué es la literatura

Vaya plasta, pensará usted, amigo lector. Ahora se va a poner a teorizar sesudamente sobre un asunto que no interesa a nadie. Lo importante no es qué es la literatura, sino que me cuenten una historia que me entretenga.


Pues tiene usted razón, y perdone por el tratamiento formal, que no es más que para poner distancia entre nosotros. Porque yo a los amigos, a los que tuteo, no debo soltarles un rollo, a menos que quiera perderlos, y a los que no conozco, si no los entretengo, no tienen razón para seguir conmigo.

Pero, venga vamos, que yo tampoco soy ortodoxo y no voy a exponer una pesada teoría al respecto, que estamos en verano y hay que descender a temas ligeros. Tan sólo pretendo dar un par, o dos pares, de pinceladas sueltas sobre el tema y hasta podría estar equivocado, vaya. Es que, verá usted, los que osamos escribir para los demás no dejamos de plantearnos cuestiones como esta, ¿qué es para mí la literatura? Por si te lo preguntan y eso, pero, sobre todo, porque después de escribir, y no antes, nos cuestionamos: ¿pero yo qué estoy haciendo?

Así que seré breve, mi sentencia es la siguiente: la literatura es una mentira que cuenta la verdad.

Básicamente ahí está todo, es decir, de esa afirmación tan escueta y contundente se deduce todo lo que es la literatura para mí. Para otros, vaya usted a saber.

La literatura siempre es mentira, porque no hay nadie capaz de escribir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Los diálogos son falsos -literarios-, pues nadie habla así. Las descripciones tiran más de la poesía que de la realidad, los poemas vuelan en metáforas, mentiras pues, y los argumentos de la novela son tan quiméricos y manipulados, que ninguna historia resistiría el más mínimo análisis científico.


Usted me preguntará: ¿Y una novela que cuente la biografía de alguien, es también mentira? Totalmente. Nadie, ni siquiera uno mismo, es capaz de conocer a fondo lo que hace, pues nos engañamos y ni siquiera la impresión que creemos que damos a los demás coincide con la que los demás tienen de nosotros. ¿Cómo vamos a saber lo que hablaron el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez en una entrevista privada? ¿Porque lo contó alguno de los dos? ¿Qué te apuestas a que si, nada más salir de esa entrevista, cada uno escribe al pie de la letra lo que ha ocurrido, habrá diferencias más o menos contundentes entre las dos versiones?

Podría extenderme en explicar que nadie es capaz de escribir la verdad, porque la desconoce, o porque la interpreta, pero me alargaría y prometí al comienzo que no iba a soltar un plomazo en este artículo, que es verano y hace “mucha caló”.

Si la literatura, la novela, la poesía, etc., son incapaces de contar la verdad, ¿por qué afirmo que mintiendo dicen la verdad?, ¿me contradigo?


Creo que no, pues estimo como valor esencial literario la sinceridad. Si lo que hace un autor es comunicarse con el lector, y lo realiza utilizando los artificios literarios, es decir la mentira, no le queda más remedio que ser sincero y no tratar de engañar a aquel a quien se dirige. Si yo noto en una lectura una impostura o una hipocresía en el autor, doy una patada a ese libro y abro otro. No sé usted, amigo.

Así, por ejemplo, si con un diálogo inventado, recreado, o aproximado a lo que ocurrió, el autor logra que el lector sea cómplice de lo que se le cuenta y hace que pueda creerse que esa forma artística mentirosa está transmitiendo algo verdadero, entonces se ha producido un acto literario donde la verdad se palpa. El lector, por tanto, pacta con el autor para creerle, sabiendo que le está mintiendo. Todos sabían que El Quijote nunca existió cuando en el siglo XVII leían sus aventuras, sin embargo llegaron a conocer la verdad del alma humana con sus páginas, y a divertirse y entretenerse además. El Quijote era verdad, como lo es cualquier libro que merezca la pena. Y la Verdad es el Arte, al que se le aplica el mismo paradigma. Por eso la literatura es Arte, porque es Verdad.



Eso es lo que pienso. Yo cuando escribo soy consciente de que estoy mintiendo, sin embargo, rompo las barreras de mi intimidad para derramarme en mis palabras (ostia, qué bonito me ha quedado, “mejóramelo si puedes”, como dice José Mota…).

P.S: Cuando uno tiene la arrogancia de decir “mejóramelo si puedes”, entonces ocurre lo que es lógico, que otro llegue y te baje del pedestal. Y así ha ocurrido, pues las correcciones que me ha sugerido mi amigo Juan a “mi frase insuperable” no puedo dejar de hacerlas constar por lo acertadas que son. Si le quitamos posesividad redundante y añadimos un toque poético, la frase quedaría así: “rompo mis barreras de intimidad para derramarme en palabras”. Ya pueden citarlo, en el calendario del próximo año por ejemplo, añadiendo la autoría Cristóbal Medina/Juan de la Cruz Mayo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Las piedras en el camino del escritor novel (confesiones inconfesables)

Cualquiera puede ser escritor. Basta con redactar y pasar a un soporte –papel, ordenador…– una serie de palabras coherentes que tengan sentido... O que no lo tengan. Pero hay que tener la cara muy dura para atreverse a hacerlo. Sin ser osado y temerario no se puede poner una obra a disponibilidad de todo el mundo. Pero, claro, el ego a prueba de críticas no es suficiente, se necesita poseer una calidad y despertar un interés que dé respuesta a las demandas del lector, el cual nunca jamás es un tonto ni un gilipollas, pues estas “especies” humanas no leen.

Basándonos simplemente en el ego del escritor tenemos mesnadas de autores que pretenden publicar y que se asombran cuando sus libros no son demandados por cientos o miles de lectores. Allá cada uno con sus neuras. El problema está en quién filtra todo ese producto realizado por ególatras que se creen –nos creemos– a la altura, cuando no por encima, de Cervantes.


El sistema editorial debería facilitar a los lectores las obras que de verdad merecen la pena. Pero algo no funciona. La oferta es extensísima y la calidad se pierde escondida en mares de publicaciones que nunca deberían haber salido del cajón de sus autores.

En otros países –aquí no, desde luego– funcionan las editoriales. Éstas se encargan de seleccionar los manuscritos recibidos y, en orden a su calidad, proponer su publicación, apoyándoles con toda su potencialidad: número elevado de ejemplares, amplia distribución, publicidad, crítica constructiva… Es una apuesta y, si han elegido bien, la ganarán seguro.

En España las editoriales grandes tienen claro que, en primer lugar, son una empresa comercial y se engañan pensando que la calidad no tiene más importancia que la portada del libro. Así únicamente apuestan por ventas seguras, publicando obras de personas conocidas, ya sean personajes televisivos –Belén Esteban, las recetas de Master Chef, Entrena con Elsa Pataki, Mario Conde…–, o incluso escritores, siempre que sean mediáticos –Boris Izaguirre, Risto Megide…–. Cuando reciben manuscritos de gente anónima, que los reciben a miles, raramente apuestan por uno.

Esto me frustró en un principio, pues yo traté que una editorial grande publicara mi primera novela. La consecuencia fue la decepción. Pensé que no tenía calidad, y que nadie estaría interesado en leerla, o más bien en comprarla. Lo mismo me ocurrió con mi segunda novela. Nueva decepción. Yo, que no tengo el ego subido y que necesito ponerme tacones para que mi ego esté un poco más alto, pensé que mi potencialidad de escritor era un espejismo. Pero entonces, ¿por qué estas editoriales no sacan autores nuevos? Si reciben miles de manuscritos, ¿por qué no apuestan con toda su artillería por alguien que tenga calidad? Mi conclusión es que la denominada “calidad literaria” se las trae al pairo, no les interesa, ni quieren saber lo que es. Ellos están para consolidar y agrandar empresas mediáticas, no para valorar si fulanito escribe mejor que menganito. Y se equivocan, pues no están cultivando generaciones de lectores, que serían los que mantendrían firme su “negocio” por los siglos de los siglos. Al fin, los libros que venden no son leídos, tan solo adornan estanterías, colocadas al lado de las televisiones que dan los programas basura. BASURA, me reafirmo, aunque a los profesionales “periolistos” les incomode la justa denominación de lo que hacen.

Otra salida para un escritor novel serían los premios literarios, si estos premios premiaran la valía, por supuesto. La realidad es que estos premios los dotan las mismas grandes editoriales, las cuales necesitan rentabilizar su desembolso, nuevamente con caras conocidas, generalmente televisivas, ¡qué casualidad! No me cuesta ningún trabajo creerme el rumor extendido de que cierto premio de mucho renombre encargue a un autor una novela para premiársela. ¿Por qué será que esto resulta tan creíble? España es el país de la picaresca y la golfería, por culpa nuestra, claro.

Advierto que estoy generalizando, que es algo injusto, pues da la apariencia de que lo mayoritario es lo único, y no. Hay editoriales con un empeño honrado en editar calidad y en premiar valores literarios. Lo difícil es encontrarlas, o que ellas te encuentren a ti. El día en que estas editoriales sean mayoría, habremos dado la vuelta a la tortilla y la generalización será totalmente positiva. Hoy por hoy, no.

A alguien que tenga el suficiente envanecimiento como para querer publicar un libro, hablemos de una novela que es mi caso, tan sólo le quedan dos caminos, que yo personalmente ya he transitado. La autoedición y las editoriales pequeñas o para autores noveles.

Libro en el que he realizado labores de editor y que contiene tres microrrelatos míos.

En cuanto a la autoedición, es sencillo registrar una obra, solicitar y pagar un ISBN y un Depósito Legal, y es barato llevarlo a una imprenta, teniendo lucrativas ganancias, si lograses vender algo, que nunca es el caso. Bien, ya tienes tu publicación, pero sin una buena distribución, más bien sin una distribución, no tienes nada. Patéate las librerías que quieras y déjales en depósito tu librito, para más tarde pasar a recogerlo sin vender uno solo. Únicamente amigos y parientes, por la novedad, te comprarán directamente algún ejemplar. Una variante de autoedición más accesible consiste en la impresión bajo demanda de compra, que es como publiqué mi primera novela. Hay editoriales en Internet que te facilitan toda la tarea, por ejemplo Bubok o Lulu. Tú mismo te corriges, maquetas el libro y te diseñas la portada  –la editorial también te ofrece estos servicios, pero el precio es prohibitivo– y lo subes a la red, desde donde teóricamente el lector encarga la impresión de un ejemplar, que le remiten a su domicilio, o se descarga la versión digital como e-book. Pero, ¿dónde está el potencial lector-comprador? Es una quimera, no existe. Nadie se recorre las redes, buscando algo interesante que comprar, y si lo encuentra por casualidad porque lo publicitas, no se arriesgará, pues no sabe quién eres ni qué escribes. Nuevamente, si no te lo compra un amigo o familiar olvídate de vender nada.

Portada de mi primera novela. Bubok Publishing S.L.

Yo respeto la autoedición, porque el concepto en sí no quita calidad al resultado y, si alguien publica algo que merece la pena, da igual cómo lo ponga en el mercado. Tan sólo es una apuesta comercial. Aquí el problema es la criba que debería de hacer una crítica especializada, y esa no existe. Hay blogs literarios de críticos indocumentados –generalmente chicas jovencitas con páginas webs edulcoradas de color rosa– que si les remites un ejemplar te lo elogian y ya está. Esto no sirve para nada, más que para pinchar un enlace en tu Facebook, y que tus amigos lo vean.

Las editoriales pequeñas o, más bien, las editoriales que publican a noveles, abundan como hongos en el campo. Como son tantas, su competencia por captar autores les lleva a hacer incluso ofertas tipo Carrefour del tres por dos. En una o dos semanas te dan una respuesta sobre el manuscrito que les envías… Sí, eso quiere decir, hablando en castellano antiguo, que no se lo leen. Al menos las editoriales grandes te responden en tres, seis u ocho meses, que es el tiempo que utilizan para decirte que les ha gustado tu novela pero que los planes editoriales para los próximos meses los tienen ya completos. Como las editoriales que publican a noveles –aquí vuelvo a recordar que estoy usando la injusta generalización– te abren los brazos, tú puedes incluso elegir la que te parezca más atractiva. Si no estás sobrado de dinero, eliges la que no te haga pagarle nada, tanto de corrección, como de diseño de portada, maquetación, o imprenta. Su negocio consiste en hacerte una tirada pequeña y en que tú les vendas a tus amigos los ejemplares suficientes como para pagarles la edición, que normalmente suele conseguirse, gracias al margen comercial con el que actúan. Todo lo que exceda este mínimo son ganancias para ellas, porque no hacen más desembolso. Estas editoriales te brindan la gran ventaja de la distribución a nivel nacional. Claro, que esto consiste en que la distribuidora ofrece la novela de un desconocido a través de un catálogo a las librerías y que ninguna de estas librerías la va a solicitar y mucho menos la va a poner encima del mostrador o en el escaparate. Por lo que ahí te quedas. Nada más te proporciona la editorial. Te deja solo. Te toca a ti organizarte una presentación en tu ciudad, o todas las que puedas si tienes posibilidad de viajar, y vender dos o tres ejemplares en cada una. Confías en que el boca a boca funcione y salir del anonimato pues, en teoría, tu edición puede alcanzar miles de ejemplares, si tiene demanda. Puedes participar en ferias, realizar firmas de ejemplares y acabarás con un par de centenares de libros vendidos que, al 10% de derechos de autor, te dejan los euros justos para darte una cena en un buen restaurante, si acaso no lo gastaste antes en promocionar tu novela con un booktrailer, banner en páginas web, viajes a librerías de otras ciudades, creación de tu propia página web, etc. Darás gracias si te puedes tomar unas cañas con las ganancias y no tienes que arrimar algún euro.


Luego está la incomprensión de los medios literarios “oficiales” de tu localidad, que te verán como un advenedizo, un osado que quiere hacerles sombra, sin ser nadie. Que te miran por encima del hombro. Que se ríen de ti sin ni siquiera haberte leído y valorado. Que no comprenden que un novelista tan sólo es un fabricante de entretenimiento que se vende.

En fin, estas son mis miserias. Espero que nadie se haya visto reflejado negativamente en ellas, pues en nadie con nombre y apellidos he pensado al escribirlas. Tan sólo era un desahogo, plagado de sinceridad. Confío en que, al ser agosto, pocos lean este artículo de mi blog y así pase lo más desapercibido posible. Cuando sea rico y famoso, negaré haberlo escrito.

A pesar de todo yo creo que tengo en mi haber dos novelas dignas, así al menos me llegan las referencias de los que las han leído. No puedo estar más satisfecho. Oye, ¿tú no las tienes? Cómpralas, que te van a gustar. Te dejo los enlaces:




sábado, 31 de mayo de 2014

Soy el Rey del Mambo

La Literatura es un cajón de sastre que custodia creaciones sumamente diversas, pero a todas las cuales se puede dar el título genérico de literarias, lo cual plantea no pocos malentendidos.


Ya he expresado anteriormente en este blog cómo la poesía me parece la cumbre de la realización literaria, capaz de expresar con la mínima expresión un máximo de sensaciones, imágenes, conceptos filosóficos, etc., enriqueciendo, además, el idioma.

Por su complicada realización, debido al potencial empleo de innumerables figuras literarias
–metáforas, alegorías, sinestesias, aliteraciones, pleonasmos, epítetos…–, por sus ambiciosas pretensiones filosóficas o, en fin, por su forma abstracta o conceptual equiparable a las artes plásticas de la última centuria, la poesía se ha enquistado en una minoría de intelectuales que son los únicos capaces de comprenderla. Existiendo, es verdad, alguna notable excepción que ha sido capaz de llegar a públicos más amplios –me vienen a la mente ahora García Lorca o Miguel Hernández.

Podemos decir que a los poetas los leen esencialmente otros poetas y eruditos literarios. Lo cual es una opción, está bien, porque la calidad acaba por transcender en la Historia de la Literatura, aunque no sea necesario encerrarse en este elitismo.

Tomando otro ejemplo, para concluir de forma breve mi argumentación, los ensayos también son elitistas, se dirigen a un público formado e informado en la materia de que versan. Algunos pretenden públicos más amplios, tratando de emplear una pedagogía de carácter divulgativo, por ejemplo tratando temas sociales o económicos que expliquen la crisis actual al gran público, pero en general son tratados epistemológicos que versan sobre un conocimiento sectorial de alguna ciencia o materia.

En el extremo contrario estamos los novelistas, que buscamos abrirnos a las grandes masas de lectores, sean personas preparadas o busquen tan sólo una distracción intranscendente. Pienso que la novela de todos los tiempos ha pretendido llegar a públicos amplios y populares, con algunas excepciones. La cumbre literaria del castellano, El Quijote, se escribió para divertimento de las masas, incluso las analfabetas, las cuales esperaban a que algún allegado letrado les entretuviera con la lectura en voz alta de sus capítulos. El Quijote fue un éxito de ventas, al igual que El Lazarillo, La Celestina o la Lozana Andaluza. Sus autores perseguían llegar a amplios sectores y no ceñirse a una élite culturizada, lo cual en modo alguno quiere decir que carecieran de calidad. Esto es manifiesto porque estas obras han pasado a la posteridad y los estudios innumerables que se han efectuado sobre ellas ponen de relieve todas sus cualidades literarias.

En el mismo caso que la novela está el teatro: Shakespeare, Calderón, Lope de Vega…

Se puede argüir en contra de este razonamiento que también existen novelas elitistas de mucha calidad –Ulises de Joyce, Rayuela de Cortázar…–, pero, como ya dije antes, la excepción confirma la regla.


A lo que voy es a que en este cajón de sastre que es la Literatura, cada expresión literaria tiene un márquetin diferente. A un ensayista le interesa que su obra se difunda en los medios académicos a los que pretende contribuir, los poetas se consideran pagados con certámenes y premios literarios, con reseñas de críticos y con la lectura de otros poetas, gentes que pueden entenderles. Pero los que queremos ser novelistas nos convertimos en putas. Sí, en personas públicas que nos vendemos de plaza en plaza y de feria del libro en feria del libro. Si una novela no se da a conocer en presentaciones en librerías, en entrevistas de los medios de comunicación, o con publicidad similar a la de un champú o un coche, entonces el gran público, al que se pretende llegar, no sabe que existe. Y si no existes no te leen.

Una novela se parece más a una producción cinematográfica que a un libro de poemas. Es una inversión empresarial que se necesita rentabilizar para poder tener continuidad. Siempre habrá fracasos, siempre saldrán a la luz obras que no merezcan la pena, pero un novelista necesita decir qué es lo que escribe para encontrar a los lectores a los que pueda interesar. Hay lectores de novela que buscan la novela negra, la romántica, la novela gótica, la erótica, la de aventuras, la histórica. O los que buscan un autor que una vez les gustó en una anterior lectura.

Desde luego que el sueño de cualquier escritor es que se le reconozca su obra y pasar a la posteridad. Trascender su vida dejando huella en generaciones posteriores. Pero, ¿quién tiene garantizado que por su calidad indiscutible pasará a la posteridad? Nadie. La historia está repleta de grandes celebridades en su tiempo, que se creían en la cumbre de la calidad, que eran reconocidos como indiscutibles figuras, pero que a raíz de que murieron nadie continuó leyéndolos y el polvo del tiempo acabó por enterrarlos. ¿Ejemplos? Numerosos.  Pero como muestra un botón: José de Echegaray (1832-1916) fue un literato ampliamente valorado en su época, miembro de la Real Academia de la Lengua y de las Ciencias, diputado en la I República, fundador del Partido Republicano Progresista, literato de gran éxito con sus obras de teatro que, incluso, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1904, pero al que hoy en día casi nadie recuerda, a excepción de los estudiosos especializados. Basta con citar los títulos de sus obras dramáticas más importantes para comprobar que nadie las conoce hoy en día: La esposa del vengador, Mancha que limpia, El gran galeote, El loco Dios o Mariana. Sin embargo en todas las recopilaciones de Literatura Española, incluso en los niveles académicos más elementales se incluyen las obras Valle Inclán, en parte coetáneo suyo, que no fue Premio Nobel, ni tuvo tantos títulos, pero que con su obra dramática Luces de Bohemia ha tapado a todo el teatro del olvidado Echegaray, que se creyó el Rey del Mambo –es una metáfora, claro, que no sé si entonces existía esta composición musical–, pensando que de sí se guardaría eterno recuerdo y que nunca se enterará de que sus maracas dejaron de sonar.

Y lo mismo ocurre al contrario. Figuras que pasaron desapercibidas en su tiempo, más tarde fueron rescatadas y pasaron a los anales de los grandes autores. Ahora se me ocurren artistas plásticos: Van Goght o El Greco son ejemplos reseñables.

Así que es estéril discutir si un autor contemporáneo va a pasar a la Historia, o no, por mucha sabiduría literaria que acumule. En primer lugar ninguno lo verá de sí mismo, aunque le hagan una despedida de premio Nobel, como a Cela.

Así que no, a pesar del título de esta entrada no me creo el Rey del Mambo, era solo ironía, pero la actividad que mantenemos los novelistas por encontrar a nuestro público puede chocar con intelectuales de pro, eruditos literarios que piensan que tan sólo por aparecer en los medios nos creemos en la cima de la Literatura. En estos días en que he intentado dejarme ver para “venderme”, tengo como recurrente el ejemplo de Santiago Segura y sus “Torrentes”. Sin calificar la calidad de estas producciones cinematográficas, Segura se sabe vender como nadie. Con su simpatía y sus camisetas publicitarias va a todo aquel lugar al que quieran escucharle y da a conocer su obra. Tan sólo es márquetin, porque quien quiera disfrutar de sus productos tendrá que pasar por taquilla y el autor pretende tan sólo mostrar que su opción cinematográfica está disponible.

Yo no tengo su simpatía, ni soy capaz de realizar la inversión en tiempo y dinero de Santiago Segura para imprimirme unas camisetas con la leyenda de “Lo demás es cosa vana”, acompañado de una foto de la Calle de la Vida y la Muerte. Pero que conste que la idea se me ha pasado locamente por la cabeza, porque necesito, igual que él, que la gente sepa que tengo una novela en el mercado, para que pueda valorar cada uno la opción de comprarla. Me vendo, señoras y señores y me vendo sin rubor, porque estoy satisfecho de lo que he escrito.

Esta ambición de darnos visibilidad que tenemos los novelistas –conozco a otros amigos novelistas que lo hacen infinitamente mejor que yo– lleva a los malentendidos mencionados por los cuales hay quien nos creen soberbios o acaparadores.

En una ciudad pequeña, como la que vivo –y me gustaría que no me echaran– sé que algunos pueden pensar que me creo el Rey del Mambo, la cumbre de la literatura, tan sólo porque he dado a conocer mi novela a los medios. Y no es así. No busco una posición social o institucional con el estatus de escritor, tan sólo busco una notoriedad que lleve a los potenciales lectores a conocer que en el mercado hay una novela histórica que puede gustarles. Punto.


Yo no he pagado un solo euro porque editaran mi novela, una editorial ha corrido con los gastos y el riesgo, pero respeto a quien sí se paga su edición, porque tan sólo ha realizado una inversión económica para dar a conocer su obra, sacándola a la luz, con la opción del éxito o del riesgo a que la critiquen y la hundan si no tiene méritos suficientes.

No le tengo ningún miedo a que me hagan una crítica, porque no sería bueno que algo le gustase a todo el mundo, ya que eso querría decir que es anodino, que no tiene sustancia ni carácter. Las críticas de alguien que ha leído mi novela las respeto, por algo ha empleado su tiempo y dinero en ello, pero me duelen las descalificaciones que proceden de la ignorancia y de los prejuicios.

Pido perdón al final de esta entrada, porque a fin de cuentas su principal función es terapéutica. Espero que, además, a alguien le haya servido para reflexionar y para perdonarnos la vida a los “reyes del mambo”.

Lady's and Gentleman, this is 'Mambo No. 5'

1, 2, 3, 4, 5,
Everybody's in the car, so come on let's ride
To the liquor store around the corner
The boys say they want some ginger juice
But they really don't wanna
Here boys ...
I must stay deep his talk is cheap
I Like Angela, Pamela, Sandra and Rita
And as I continue, you know they're gettin' sweeter
So what can I do, I really beg you my Lord
To me it's fun, it's just like a sport
Anything's fly, is all good.
Let me drop here, let's say, my trumpet.

[Chorus]
A little bit of Monica in my life
A little bit of Erica by my side
A little bit of Rita is all I need
A little bit of Gina is what I see
A little bit of Sandra in the sun
A little bit of Mary all night long
A little bit of Jessica here I am
A little bit of you makes me your man

Mambo No. 5

Jump up and down and move it all around
Shake your hand to the sound
Put your hand on the ground
Take one step left and one step right
On to the front and one to the side
Clap your hands ones and clap your hands twice
And if it look like this you're doing it right

[Chorus]

All Right!

All Right!

Trumpet, a trumpet

Mambo No. 5

[End]

I do, I do fall in love with a girl like you
You can't run and you can't hide
You and me are gonna touch the sky

Mambo No. 5

All Right!

Lou Bega

Fuente: musica.com


miércoles, 12 de marzo de 2014

El poder de las palabras

Teorizaré un poco sobre la esencia de lo que se denomina “literatura” y no es para convencer a nadie, sino para dar pie a que cada cual reflexione y saque sus propias conclusiones. Si no coincidimos, sólo significará que estamos viendo lo mismo desde distintos puntos de vista, porque la realidad es tridimensional y no plana –o tal vez signifique que estoy equivocado…

La herramienta esencial de la literatura es, obviamente, la palabra y, por extensión, un idioma determinado. La literatura crea el idioma y lo enriquece. Quiero decir que sin escritores no puede existir idioma alguno que se precie de serlo, pues sería algo muy pobre e innecesario. Un idioma se mide por la calidad de los literatos que lo han transitado. Los escritores indagan en las potencialidades de una lengua y ayudan a estructurar su gramática.

Cuando señalo la palabra como la herramienta esencial, no estoy indicando que sea escrita. Sí, porque conviene no perder de vista que la literatura oral, también es literatura. Así, por ejemplo, el romancero medieval era elaborado, memorizado y transmitido sin dejar constancia escrita. Será después cuando esto ocurra, y no con intención de que tome vida, sino de fijarlo y de que se conserve. Otro ejemplo serían los libros del Antiguo Testamento, que se transmitieron durante siglos antes de ser escritos. Podían no haberlo sido y no por ello dejarían de ser literatura.

Como literatura oral tampoco conviene olvidar el teatro. Su medio de manifestación ideal es un escenario, y tampoco necesita que nunca haya estado negro sobre blanco, aunque su forma escrita, sin lugar a dudas, facilita la memorización de los textos y su conservación.

Hecha esta salvedad, pensemos en la gran aportación que la escritura aportó a la literatura, que, sin duda, le dota de una herramienta valiosa para su transmisión y disfrute.


La palabra, herramienta fundamental, no es algo aséptico, no es meramente la forma fonética de una imagen real o ideal. Es decir, existen palabras que nos remiten a algo concreto, mesa, o abstracto, amor, pero que no tienen el mismo peso que otros sinónimos en el contexto de una oración gramatical. Me estoy refiriendo a la carga connotativa que cada palabra puede poseer, que ha sido impregnada por la forma cotidiana de ser utilizada por los hablantes, evocándonos sensaciones, además de su significado. Para que se entienda claro, pondré un ejemplo llamativo: No pesan igual, no traen la misma carga connotativa, en una frase, la palabra testículos, que cojones, a pesar de referirse exactamente a lo mismo (“el médico me tocó los cojones, pues no quiso examinarme los testículos”, el cambio en el orden de los factores haría ininteligible el producto. O enriquecería el significado, con un ejemplo como este: “¡Valla un día más ajetreado! Mientras mi mujer estaba pariendo en el hospital, una vaca dio a luz en el establo”).

La poesía entiende mucho de connotaciones, así como de evocaciones, que le prestan las palabras, usadas y manoseadas por cada idioma determinado, aportándoles una carga emotiva. De la poesía son características así mismo las metáforas, con las cuales se sustituye el significado literal por imágenes, enriqueciendo la expresividad. La poesía es, sin duda, la cumbre de la Literatura y su base de experimentación y creación más notable. Donde más importancia tiene la elección de cada palabra.

Casa cual Díaz mes hola y azulado.

El breve párrafo anterior, de vocablos yuxtapuestos de forma aleatoria, pretende poner en evidencia que la literatura se sirve de palabras, pero han de ser coherentes para que exista la forma literaria. Descolocadas, o sin sentido, no sirven de nada. ¿O sí sirven? Estoy pensando en mucha poesía actual, que no consiste más que en una sucesión de palabras “bonitas” o literarias –tales como ingrávida, cancela, yermas…– cuyo significado es imposible de desentrañar al verlas formar oraciones sin sentido, sin métrica, sin rima y sin otro propósito que el adorno sonoro.

Pero, en la prosa, sin duda, la palabra necesita de una combinación gramatical con sentido para que se produzca la forma literaria. El objetivo de la narrativa es transmitir un mensaje y, para ello, son esenciales unas reglas que lo hagan comprensible: La gramática. El arte plástico abstracto, no figurativo, no tiene su equivalente literario. Sería tedioso para un lector una retahíla de palabras que no expresen ideas, pensamientos, etc. Aún así conozco a alguien que me dijo un día que se había leído el diccionario, desde la primera a la última página… Y por orden.

Una vez que tenemos lo esencial, la palabra en un discurso lógico, puede funcionar el lenguaje literario en sus múltiples facetas: novela, poesía, teatro... A partir de ese germen se pueden realizar tareas como detallar conversaciones –directas o indirectas–, expresar ideas, describir personas y paisajes, plantear disquisiciones filosóficas, bosquejar imágenes poéticas o presentar opiniones, que dejan al lector libertad para elaborar una imagen mental de lo que se le cuenta, ya que las palabras evocan, a la vez que muestran.

La literatura es, desde luego, mucho más que lo expuesto. Es incluso inabarcable, ya que el arte no debe aceptar límites, y no se agotará por muchos teóricos que intenten explicarlo. Esa es su grandeza y esta mi pequeña aportación. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Homenaje póstumo a Jacinto Herrero

Hoy, que ya no escuchas, te digo aquello que nunca te dije. Porque yo era joven, porque era inexperto, pero sobre todo porque era tímido y quería pasar desapercibido, que nadie supiera de mi existencia, que nadie reparase en mí, para que nadie pudiera dañarme.

Tú me abriste los ojos y me hiciste saber que existen pensamientos elevados, que las palabras son instrumentos de gentes sabias que las combinan y pueden crear belleza con ellas, recrear historias que nos hablen de nosotros los lectores, dignificar un idioma, despertar corazones.

Te fuiste hace dos años, pero no te has ido, porque estás en el recuerdo.

Te conocí durante cuatro cursos, que pasé bolígrafo en mano tomando notas, como en la universidad, nos decías. “Debéis empezar a entrenaros, porque luego no tendréis libros de texto, tan sólo un profesor y su sabiduría”. Y tú de esta estabas sobrado.

En los primeros tiempos nos pediste que escribiéramos un poema: “¡Oh, Morfeo, que sueñas nuestras vidas…!” Leíste en alto, esto o algo parecido, haciendo hincapié en que no revelarías al autor, para no avergonzarle. Pero me avergoncé de que tú sí supieras que era yo. Entonces no comprendía, pensaba que eso era poesía, sólo palabras grandilocuentes y sonantes, que hablaran de mitología. Aún así alabaste la cultura del impúber osado que tal escribiera, sin saber que yo conocía al dios mitológico por los chascarrillos de los tebeos.

Metido en mi invisibilidad, escuché con los ojos y vi con los oídos a partir de entonces, pues quise aprender de quien tanto sabía y me enamoré de la literatura, un amor platónico que aún mantengo, aún sin saber durante mucho tiempo que quería ser escritor. No, yo quería ser dibujante o pintor. Los tumbos de la vida, y mis pocas facultades plásticas, me han hecho escritor. Sí, ya lo dije una vez, soy escritor porque escribo.

Te confieso una cosa que nunca supiste, yo me iba a la “Casa de la Cultura”, tomaba tu “Tierra de conejos” y la copiaba a bolígrafo en cuartillas, verso a verso, para poder llevarme tu libro a mi casa y tenerlo siempre. Esas letras impresas eran de un escritor al que yo escuchaba todos los días. Yo era un privilegiado.

Recuerdo cómo algunos días nos leías en voz alta, impostando la voz de los personajes, variados pasajes de lo mejor de la literatura castellana. Era un deleite y la mejor iniciación a la lectura que puede tener cualquier persona.

Cuatro años empapándome de tu sabiduría, en un BUP de letras puras y en un COU con Griego y Latín, me hicieron menos ignorante. ¿Pero tú te diste cuenta de que yo estaba en tus clases? Supongo que sí, según una segunda anécdota elegida de los tiempos postreros para compensar la otra de los inicios. Nos habías encomendado el día anterior un comentario de textos y pediste, alumno tras alumno y alumna tras alumna, en el Dioce ya había chicas en las clases de COU, que expusiéramos nuestro trabajo. Uno tras otro, demostraron su ignorancia, o el hecho evidente de que no habían trabajado en casa. “Venga, hazlo tú y acabemos. Lúcete ante estos patanes”. Fue un halago, ya sabías que yo existía y además confiabas en que era de los buenos. Me emocioné y me enorgullecí, pero yo tampoco lo había preparado, la verdad es que no me enteré de que teníamos que trabajar ese texto: ¡Qué narices estaría pensando! Así que improvisé, fiándome de mis conocimientos. Quedé tan mal como el resto y tú volviste a decepcionarte por unos pupilos tan ineptos. ¡Qué juventud! ¡Qué futuro le espera al país!

Pero luego las notas sí que me valoraban. Yo era de los buenos, a pesar de todo…


Hasta hace poco más de cinco años no se me había ocurrido convertirme en escritor. Siempre he sabido que se me daba bien la expresión escrita, pero no me había planteado que pudiera escribir algo que interesara a los demás.

                En mis estudios de bachillerato tuve un maestro excepcional que me despertó el interés por la literatura. Se trata de Jacinto Herrero Esteban que falleció justo hace dos años, el 19 de diciembre de 2011, y era un excelente poeta que aún no ha sido reconocido con el mérito que tiene. Su erudición y su amor a la literatura encandilaban, siendo sus explicaciones auténticas clases magistrales que bien podían haberse impartido en una facultad universitaria. No sólo hablaba de los autores más prestigiosos, a los que conocía en persona, como Dámaso Alonso, Jiménez Lozano o Ernesto Cardenal, sino que él mismo tenía libros publicados, lo cual deslumbraba a unos adolescentes de una pequeñísima capital de provincias.

                Hay que valorar y poner en su justa medida la importancia de un buen maestro, que es el que sabe motivar a los alumnos y les abre los ojos al mundo fascinante de la literatura. Recuerdo que él siempre prestigiaba la palabra “maestro” como la más hermosa, y superior a la de “profesor” que por entonces se imponía sobre la otra, al estar en plena implantación el plan nuevo educativo que trajo la E.G.B., el B.U.P. y el C.O.U.

                Además de su erudición literaria nos facilitó un arma poderosísima para entender la literatura como es el comentario de textos. Nos enseñó a manejarlo y con él a entender a los autores y a lo que querían decir. Sus análisis eran profundos y brillantes y nos hacían ver lo que  superficialmente no se veía. La técnica de comentarios de textos que nos enseñó me ha servido el resto de mi período de estudios y de lecturas.

               Con él leí lo más importante de la literatura clásica castellana, fundando la base para entender la literatura contemporánea. A partir de entonces mis lecturas han sido anárquicas, pero de vez en cuando he vuelto a los clásicos y a completar las lecturas que me faltaban y que me hacen comprender que nunca llegaré a tener el amplio conocimiento que él tuvo.

¿He dicho que era cura? Es igual, no importa, no se le notaba.

sábado, 5 de octubre de 2013

Booktrailer

Queda todavía un mes para que presente mi novela, pero no me resisto a enseñar en este blog el vídeo –o booktrailer– que me ha hecho la empresa abulense 4sound&vid . Es genial, espero que os incite a la lectura y que luego ésta no os defraude. Poned a tope los altavoces, son sólo dos minutos:


Perdonadme que esta semana no me coma el coco con algún tema peregrino, como la violencia, la profesión de novelista o del aprendizaje del Inglés.

Y, como de promoción va la cosa, os dejo aquí un enlace a mi página web: http://cristobalmedina.es/ . Y una invitación para que  os sirva de recordatorio para acudir a la presentación:



P.S.: Soy totalmente incoherente, es uno de mis múltiples defectos, por eso el título de esta entrada está en la lengua del Imperio.