sábado, 13 de febrero de 2021

El asunto de los cuernos

La fiesta de San Valentín se dedica a celebrar a los enamorados y, en un principio, la impuso la iglesia católica como contrapeso a la fiesta pagana de las lupercales. Hoy en día, es una fiesta comercial que no podemos obviar, ya que machaconamente nos la recuerdan con objeto de que gastemos dinero en regalos. Nos incitan a consumir o, en caso contrario, chantaje emocional, no demostraremos nuestro amor a la pareja.

En el contexto de las modas actuales, como el poliamor o las relaciones abiertas, no se observa el sometimiento tradicional a la fidelidad, que hasta hace poco era algo preceptivo. Aun así, la fidelidad sigue siendo muy importante para muchas parejas, pero se ha reducido a un pacto de lealtad, que ya nunca tendrá las trágicas consecuencias folletinescas de siglos pasados. O no debería.

Cuando en otros tiempos se trataba la infidelidad, se usaba una curiosa imagen: se hablaba de «poner los cuernos». Normalmente era la traición que la mujer hacía al marido y este el cornudo, desatándose la tragedia en cuanto se enteraba. Menos grave solía ser si la cornuda era ella, por la dependencia económica que soportaba. El caso es que el asunto de los cuernos dio para mucha literatura desde el Siglo de Oro.

Saliéndonos del tema moral y tomando su lado folklórico resulta curiosa la imagen de identificar la infidelidad con la cornamenta. ¿De dónde viene? ¿Por qué se utiliza este símil? Que yo sepa, los mamíferos cornudos no son más promiscuos que otras especies.

Si indagamos en la historia y en la literatura descubriremos que es algo muy antiguo. Cuestión de siglos. No voy a plantear una tesis, pero sí quiero traer aquí un texto que, en la primera mitad del siglo XIV, podría explicar el origen de esta asociación de la cornamenta con la infidelidad. Y, si no es el origen, al menos demuestra su antigüedad.

Se trata del Libro de buen amor (1330 y 1343), del Arcipreste de Hita. La historia en concreto es la de «Don Pitas Payas, pintor de Bretaña». En ella se cuenta que un pintor, llamado Pitas Payas, recién casado, decide iniciar un viaje a Flandes. Antes de partir, y para cuidar la «virtud» de su mujer, decide pintarle bajo el ombligo un cordero. Piensa tardar dos meses en regresar, pero se retrasa dos años y a la esposa cada mes se le hacía un año. Así que, necesitada de aquello que esperaba del reciente casamiento, toma un amante con el que se prodiga en encuentros. Cuando recibe la noticia de que su marido está a punto de volver, ella se da cuenta de que se le ha borrado el cordero y le solicita a su amante que le dibuje otro en el mismo lugar. Este, muy deprisa, le pinta un carnero con una crecida cornamenta. Cuando llega el marido, le solicita a su mujer que le muestre la seña que él le había dejado, comprobando que donde pintó un cordero, había un carnero. Exige explicaciones y ella le responde que en dos años ¿cómo no se iba a convertir en carnero?, que si hubiese llegado antes lo hubiera encontrado aún cordero.

Dada la belleza y la gracia del texto, lo transcribo para cerrar este artículo:

EXIEMPLO DE LO QUE CONTESÇIÓ A DON PITAS PAYAS, PINTOR DE BRETAÑA

   Del qu’ olvida la muger te diré la fazaña:

sy vieres que es burla, dyme otra tan maña.

Eran don Pitas Pajas un pintor de Bretaña;

casó con muger moça, pagávas’ de conpaña.

   Antes del mes cunplido dixo él: «Nostra dona,

»yo volo yr a Frandes, portaré muyta dona.»—

Ella diz: «Monsener, andés en ora bona;

»non olvidés casa vostra nin la mía persona.»—

   Dixol’ don Pitas Payas: «Doña de fermosura,

»yo volo fer en vos una bona figura,

»porque seades gardada de toda altra locura.»—

Ella diz’: «Monssener, fazet vuestra mesura.»—

   Pyntol’ so el onbligo un pequeño cordero.

Fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero.

Tardó allá dos anos, muncho fue tardinero,

facias’ le a la dona un mes año entero.

   Como era la moça nuevamente casada,

avie con su marido fecha poca morada;

tomó un entendedor e pobló la posada,

desfízos’ el cordero, que dél non fynca nada.

   Quando ella oyó que venía el pintor,

muy de prisa enbió por el entendedor;

díxole que le pintase, como podiesse mejor,

en aquel logar mesmo un cordero menor.

   Pyntóle con gran priessa un eguado carnero

complido de cabeça, con todo su apero;

luego en ese día vino el menssajero:

que ya don Pypas Pajas desta venía çertero.

   Quando fue el pintor ya de Frandes venido,

ffue de la su muger con desdén resçebido;

desque en el palacio ya con ella estido,

la señal que l’ feziera non la echó en olvido.

   Dixo don Pytas Pajas: «Madona, sy vos plaz’

»mostratme la figura e ¡aiam’ buen solaz!»—

Diz’ la muger: «Monseñer, vos mesmo la catat:

»fey y ardidamente todo lo que vollaz.»—

   Cató don Pytas Pajas el sobredicho lugar,

e vydo grand carnero con armas de prestar.

«¿Cómo, madona, es esto o como poder estar,

»que yo pynté corder, e trobo este manjar?»—

   Como en este fecho es siempre la muger

sotil e malsabyda, diz’: «¿Cómo, monsseñer,

»en dos anos petid corder non se fer carner?

»Veniésedes tenplano: trobaríades corder.»—

[…]

El texto está tomado de la decimoctava edición del Libro de buen amor, Espasa Calpe, Madrid, 1984.

LIBRO RECOMENDADO:

-        Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

viernes, 29 de enero de 2021

Ligero de equipaje

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Vida, de Antonio Machado

En el bachillerato tenía un profesor excepcional. Ya he hablado de él en alguna ocasión (¡Oh, capitán, mi capitán! (tribunaavila.com); http://lodemasescosavana.blogspot.com/2013/12/homenaje-postumo-jacinto-herrero.html). Jacinto Herrero me abrió los ojos al mundo fascinante de la literatura castellana y también a su historia, desde las glosas Emilianenses hasta la Generación del 27. Nos solía presentar los autores más representativos de cada etapa, glosando su biografía. Y lo hacía por orden cronológico, ¿de qué otra forma? Así hablaba de su nacimiento, sus padres, su educación, su formación literaria, sus obras primerizas, la plenitud e, indefectiblemente, concluía con su muerte. Uno tras otro. Siempre el mismo patrón.

El último tránsito de cada autor me producía desasosiego. Todos todos terminaban muriendo. ¿De qué les servía la gloria literaria alcanzada si no podían disfrutarla eternamente? Con ese desenlace habían fracasado como escritores. Su carrera había sido inútil.

Un adolescente tiene conocimiento de que la vida es finita, está claro, pero solo es un conocimiento formal, no es capaz de entenderlo en toda su dimensión. A los adolescentes —o a los niños— les parece que la vida es eterna. No recuerdan su nacimiento, pero saben que viven y tienen la sensación de que siempre lo harán. Por tanto, para ellos la muerte es una terrible desgracia que les acontece a otros y no piensan que le ha de suceder a todo el mundo. Es algo así como que, «si tuvieras suerte, no pasaría».

Cuando se llega a una edad provecta, es cuando se ve con claridad que la muerte está ahí y que ya solo queda la incógnita del momento en que se producirá. Hay que asumirlo, por mucho que cueste hacerlo.

La sociedad de consumo, para la que no somos más que elementos útiles o inútiles, nos pide que ganemos dinero y que lo gastemos. Nos ofrece coches, vacaciones y cenas románticas. «Trabaja, gasta y no pienses». Nos incita a no tener en cuenta que moriremos, a cerrar los ojos a la evidencia. Así nos privan de tener presente que un día todo se acabará. No nos preparan para morir.

Tampoco lo hace la religión, que solo nos dice que si obedecemos seremos eternos. Sin entrar a valorar si existe o no el mundo inmaterial, la transcendencia no la puede garantizar nadie. La fe es un gigante con los pies de barro, pues para creer tan solo hace falta tener voluntad, no razón. Así puedo creer que Elvis Presley está vivo, solo porque me da la gana. Igual pasa con Dios, Alá o Visnú.

El único consuelo racional que nos queda es ser conscientes de que se nace y se muere, por tanto, lo demás no importa. Solo hay nacer y morir, lo demás es cosa vana —mis disculpas por la cuña publicitaria improcedente—. Quien comprende esto se deja de zarandajas, de peleas, de rencores, de ideas dogmáticas. Nada importa, pues estamos aquí y vamos a dejar de estarlo. Disfrutemos, mientras, todo lo que podamos.

Saber que vas a morir y asumirlo te hace libre, pues una vez cruzada esa puerta lo único seguro es que ya no sufrirás, como no sufrías antes de nacer. Lo inteligente, pues, es aprovechar el momento, disfrutar, tener la satisfacción de ayudar a los demás, amar, sucumbir con moderación a los pequeños y grandes placeres; es decir, vivir con plenitud.

Por ello, brindo con todos vosotros que estáis vivos con un Ribera del Duero —o con una cerveza artesana—. Espero que podamos abrazarnos y reír juntos lo antes posible. Nunca vamos a ser tan jóvenes como ahora mismo. Carpe diem, quam minimum credula postero*, que diría Horacio.

* Abraza el día y confía mínimamente en el futuro

LIBRO RECOMENDADO:

-        Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

jueves, 14 de enero de 2021

La conspiración de los idiotas

«En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira», escribió en una célebre cuarteta Ramón de Campoamor. Esta relatividad en la mirada, que se basa en la duda como método de conocimiento, parece que hoy en día no tiene muchos seguidores. Al menos son demasiados los que de forma intransigente quieren imponer su verdad, porque estiman que, sin duda alguna, es la única verdad. Y para ello están dispuestos a matar o morir.

Son muchos los ejemplos, pero uno muy penoso lo acabamos de vivir en el mes que inaugura este año 2021. Una parte de los seguidores de Donald Trump creen con los ojos cerrados que ha habido fraude electoral y que a su líder intachable le han arrebatado la presidencia de los Estados Unidos un grupo pérfido de pederastas y criminales. Tienen fe en su palabra, porque quieren tenerla, ningún argumento contrario les hará cambiar de parecer. Así han intentado boicotear la designación como presidente de su contrincante, Joe Biden, realizando un asalto al Capitolio, armados hasta los dientes, que ha tenido como balance cinco muertos.

Cuando no se puede demostrar algo, se apela a la fe de los demás, «creedme, porque lo digo yo», punto. Aznar pidió que lo creyeran, que había armas de destrucción masiva en Irak. Él sabía que era mentira y que no podía ofrecer pruebas, pero logró que muchos tuvieran fe en él y apoyaran la guerra de 2003, con la que además el mundo iba a prosperar, según nos explicaba también. Las nefastas consecuencias, por no hablar de todo el sufrimiento que provocó, aún las estamos padeciendo casi veinte años más tarde.

De la fe de los incautos se aprovecharon muchos de los gobernantes de todos los tiempos. Desde el mismo Hitler, prometiendo la superioridad de su raza imaginaria, a Kim Jong-un, de Corea del Norte, pidiendo ser visto como un prodigio de la naturaleza.

Todo lo que no es susceptible de ser demostrado —y por algo será— es requerido a través de una fe ciega. Y no hay más ciego que el que no quiere ver, según el dicho español. Así los terraplanistas, por más fotos de la Tierra que vean sacadas desde el espacio no creerán a los astronautas y vivirán en un mundo plano. Esto puede parecer inocuo, pero la historia nos ha demostrado con creces todo el sufrimiento que ha provocado la fe. Cuántas hogueras se han encendido en su nombre y cuántas guerras han asolado a la humanidad porque «mi dios es más dios que tu dios».

El último ejemplo del daño que ocasiona la fe ciega lo tenemos en los anti vacunas. Siempre intento ser correcto, no me gusta insultar gratuitamente a nadie, pero aquí no puedo evitar pensar en ellos como idiotas. Ofrecen muchos argumentos pseudo científicos que «demuestran» su verdad; pero esa verdad es solo suya y se necesita fe para creerla, ya que no contrastan su teoría con la ciencia y su método. Al menos si tuvieran un poco de cultura histórica sabrían cómo las vacunas nos libraron de la viruela o cómo cada año nos evitan la gripe. La COVID-19 es una terrible pandemia que se ha llevado por delante a cientos de miles de personas. La vacuna se ha demostrado eficaz, existen las suficientes garantías y es el único remedio para acabar con ella. No lo digo yo ni ningún iluminado, lo dicen los científicos y las experiencias que han llevado a cabo. Pero la fe de algunos en paparruchas les pone a salvo de que con la vacuna les inoculen un chip. En este caso no puedo decir «allá ellos», sino «pobres de nosotros» que compartimos vecindad con los idiotas.

Resulta que los anti vacunas creen que existe una conspiración y que nos manipulan. Si se parasen a pensar —algo ajeno a su idiosincrasia—, se darían cuenta de que no hay nadie más manipulable que quien tiene fe. Las sectas son la prueba evidente de esta afirmación, ya que han logrado en casos extremos incluso suicidios masivos de sus adeptos, entre otras muchas aberraciones.

En fin, para acabar, no crean nada de lo que he dicho, no tengan fe en mis palabras ni en las de nadie. Piensen e infórmense.

LIBRO RECOMENDADO:

-        La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Recapitulando 2020

Recuerde el alma dormida, abive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; cuánd presto se va el plazer, cómo después de acordado da dolor, cómo a nuestro parescer cualquiera tiempo pasado fue mejor. (Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre).

Pues ya pasó el 2020 y no quiero hacer un balance de lo que nos ha traído un año que será para olvidar. Aunque también nos ha dejado otras cosas y algunas buenas. Cada uno las tendrá escritas en su historia personal. Aquí lo que me propongo es realizar un resumen de las entradas de este año en este blog, que sirva de índice para revisarlas y para hacer balance con el que yo mismo pueda tomar consciencia de por dónde han ido los tiros. Y han ido, sin duda, por los relatos.

Con la etiqueta de Relatos comencé el año. He realizado 14 entradas de las 24. El primer relato hablaba de caracoles y se tituló Maneras de viajar. Le siguió el Viaje de un caracol a la ciudad. Dejé la temática gasterópoda por la maldita pandemia con una fantasía ¿absurda?: Las flores. Aprovechando la amistad con el magnífico ilustrador Julio Veredas que me ha prestado sus moluscos de tierra, regresé a los caracoles con La fauna del jardín. Luego traje a estas páginas mi relato del libro Ávila tenebrosa, titulado La niña del Torreón 88. Mezclé el encierro pandémico con los caracoles en El encierro. Hablé de metaliteratura en En busca de los senderos de la fama, con una foto mía totalmente prescindible. Y más caracoles en La polémica y en La musiquilla. Quise hacer un homenaje a Benito Pérez Galdós, del que se celebró en 2020 el centenario de su muerte y le traje a la época de los millennials: Marramiáu. Alto secreto contiene el micro relato El cazador vengativo, que realicé para un taller de literatura, pero esta es la versión previa, antes de la corrección. Más cornadas da la vida es otro micro, ahora de temática libre. El Diario de un delirio, me lo inspiró la fiesta de jálogüin. Y culmino con Micro relatos para tardes de otoño, con cuatro micro cuentos por el precio de uno (uno de ellos es Partida de caza, la versión corregida de El cazador vengativo y ha salido muy diferente, espero que mejorada).

Cuatro son las Reseñas. La primera sobre la novela Día de Nieve, de J. Francisco Fabián, un fabuloso repaso a la historia reciente, centrada en la ciudad de Béjar y en Madrid. Cómo no, imprescindible para mí reseñar el libro colaborativo de la Asociación la Sombra del Ciprés, este año titulado Ávila amorosa, que por las eventualidades pandémicas no ha podido tener la presentación pública que merecía. Luego un excelente cuento novelado, lleno de sabiduría y buena documentación: Por la senda de Tumut, de Luis José Martín García-Sancho. Mi última reseña es de la magnífica novela histórica titulada La Santa Infamia, de José Ramón Rebollada. Coincide que los tres novelistas mencionados son tres amigos, pero esta no es la razón de reseñar sus obras, sino la alta calidad de ellas, por lo cual las recomiendo, sin dudas y sin paliativos.

De Narrativa Gráfica hay tres etiquetas, dos de ellas sobre  la historia de la historieta en Italia, Los humitos del fascismo y La narrativa gráfica en la Italia de postguerra. Cierro el año con unas tiras de producción propia, que tenía en un cajón: Historias de verdugos y pecheros.

Restan solo dos entradas más para concluir este repaso, La palabra más fea del idioma castellano, que tiene tintes de meditación y está inserta en la Defensa del Castellano y termino en el campo de las Reflexiones con una muy personal, ya que este año para mí no es un año cualquiera, obviando la omnipresente pandemia, Anatomía de unos diarios.

¿Qué nos deparará 2021? Sea lo que sea, vivámoslo intensamente y que nadie falte a esta cita cuando concluya.

martes, 15 de diciembre de 2020

Historias de verdugos y pecheros

He comentado en alguna ocasión que hasta que casi cumplí los cincuenta años no sabía que era escritor y ahora estoy convencido de que lo soy. Quiero decir que disfruto con ello y que es a lo que deseo dedicarme en cuerpo y alma, independientemente de a dónde puedan llegar mis escritos. Pero yo siempre quise ser otra cosa, quise ser dibujante. Dibujante de historietas, se decía en mi niñez. Pero al igual que antes era un lenguaje denostado, en estos tiempos tiene todo el beneplácito de las mentes ilustradas. De mi pasión por todo ello se puede consultar la etiqueta de este mismo blog titulada "Narrativa gráfica".

Abandoné mi ilusión primera, poco a poco, siendo consciente de que no estaba dotado para el dibujo, más bien eran el deseo y la constancia los que me hacían persistir.

Quiero ahora traer aquí, una tira cómica de la que me siento orgulloso. Nació como "El verdugo", para pasar a denominarse "Hace la tira", jugando con el tiempo histórico y el lenguaje. Las realicé para una sección de la web "avilabierta.com". 

Mi propósito es sacarte, amigo lector, una sonrisa, para agradecerte que te acerques por aquí. Ya sabes, si lo ves pequeñito, pincha cada dibujo o amplíalo con los dedos.








lunes, 30 de noviembre de 2020

Micro relatos para tardes de otoño

Partida de caza

Cuando vi al zorro en mi corral, comprendí que tenía que acabar con la alimaña. Me aposté con el rifle repetidor escondido cerca del lugar por donde sabía que acabaría pasando. El cañón del fusil apenas surgía de la penumbra que me cobijaba. El tiempo transcurría lento, el peso del arma parecía aumentar y mi cuerpo se aletargaba por mi postura forzada. Pero al fin llegó la bestia, la apunté a la cabeza y de pronto me arrepentí, supe que todo era una locura. Abandoné cabizbajo el solitario portal donde me escondía y me dirigí a casa para llevarme mis cosas.


Es la última vez que te lo digo

Soy una mujer que actúa por impulsos, así que tiré todas sus pertenencias por la ventana: sus trajes y corbatas, su ordenador portátil, su cepillo de dientes, sus zapatos, sus libros y nuestros retratos. Después fui al baño, a mi baño. Ya no sería nunca más nuestro baño. Y allí estaba la tapa del váter, como iba a estar ya siempre, bajada.

Hogar, dulce hogar

Ya estoy en casa, dije con alegría abriendo la puerta para darle una sorpresa a mi mujer por lo inusual de la hora. Me extrañó que no me respondiera, pues se quedó en la cama esta mañana, con una fuerte jaqueca. Al mirar por la ventana, antes de llegar a nuestro dormitorio, y ver el coche de él aparcado cerca del portal, supe que este ya había dejado de ser mi hogar.

Un ramito de violetas

A veces pienso que la informática es cosa de brujas, tal vez lo sea. Tú eres la prueba, Mario, pues los fantasmas antes os parecíais con una sábana, para desdibujar vuestra humanidad. Ahora os basta con hacer surgir en una pantalla un simple ramo de flores.

La primera vez que lo vi no pude imaginar que fuera tuyo, me pareció un detalle de un admirador. Luego me asusté pues no era capaz de averiguar quién era ese hipotético adepto. Es más, me extrañó que alguien pudiese admirarme con mi carácter agrio habitual.

Me aterré cuando, al apagar el ordenador, apareció el dichoso ramo sobre el fondo negro de la pantalla. Tiré del cable y lo desenchufé. Bien, desapareció con un fogonazo. Pero fue breve el desahogo, ya que enseguida otro destello puso de nuevo el ramo en el monitor. Cerré el portátil de un manotazo y a continuación me pitó el móvil. Con mucho miedo lo saqué del bolso y sí, brillaba. Y tenía el ramo en medio del fondo de pantalla, ocultando las aplicaciones.

Ese es el motivo de que ahora esté aquí, Mario, frente a tu tumba, esperando que estas violetas frescas hagan que me perdones el sabor amargo del cianuro en el café.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Anatomía de unos diarios

El transcurso del tiempo es algo subjetivo y no somos conscientes de ello. A veces el tedio hace eternos los minutos y en otras ocasiones el simple hecho de echar la vista atrás unos años nos da la sensación de vértigo: ¿Será posible que ya haga tanto tiempo de aquello que tengo tan fresco en la memoria? Entonces nos damos cuenta del fluir de los años y del camino andado. Como decía el poeta: cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando.

Entrando en las espesuras de la adolescencia se me ocurrió escribir un diario. Comenzaba a abrir mis ojos al inconmensurable abismo de la vida y pensé que en un futuro muy lejano, cuando las canas abonasen me cráneo senil, me gustaría recordar los momentos que formaron mi personalidad. Pensaba en aquel entonces, saliendo de la infancia, que la personalidad debía ser cimentada en la etapa en la que el niño deja de ser niño y no sabe en qué se convertirá. Más tarde fraguará en la madurez, quedando inamovible. Por tanto, esa etapa era crucial y yo pretendí dar fe de lo que a mí me estaba ocurriendo.

No voy a desvelar aquí el contenido de mis viejos cuadernos, eso queda para mí. Tan solo desvelaré que, cuando comencé a relatar mi día a día, no encontré nada interesante que contar; una jornada rutinaria no merecía pasar a la posteridad. Así que, después de la repetición de momentos insustanciales, lo que hice fue reflexionar sobre mi historia personal, desde que tenía recuerdos. Repasé los acaeceres que conformaron mi temperamento, tímido y cargado de complejos. Eso me sirvió, al menos, para intentar superarlos. Luego tuve el valor de dárselo a leer a un par de amigos. Puse en sus manos mi existencia desnuda, lo cual me liberó, en cierta manera. Después repetí el experimento en tiempos posteriores, escribiendo otros diarios que invariablemente comenzaban con un resumen vivencial, pero luego eran abandonados, sin continuarlos con el día a día. Al concluir mi segunda década se me agotó la vena escritora, guardándolo todo hasta esa lejana vejez.


Pues bien, sin darme cuenta, ya me encuentro a las puertas cumplir los sesenta, de ser sesenta añero —me niego a considerarme sexagenario por las connotaciones de ese palabro con el que no me identifico, aún—. Con una jubilación con la que tropezaré en menos de un mes, el día de hoy constituye ese futuro que imaginé remoto cuando era adolescente. Al reparar en ello, me he dado cuenta de que no es cierto que la niñez esté lejos de la vejez, tan solo hay que abrir un par de puertas et voilà, ahí la tienes.

A pesar del tiempo transcurrido, sé perfectamente lo que escribí y lo recuerdo porque para mí la distancia entre aquellos días y estos ha sido demasiado breve. Tanto como sospecho que será la que me separa de cerrar la última puerta.

Perdonad, hipotéticos lectores de este blog, si es que existís y no sois fruto de mi imaginación o deseos, el que aborde temas sombríos que solo a mí puedan interesar, pero tal vez al ser compañeros de viaje en este mundo material podáis veros un poco reflejados o, si no, sacar alguna enseñanza del desengaño ajeno.

De momento voy haciendo prácticas para dentro de unos días, como veréis en estas fotos. (El bastón es puro postureo).

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.

Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre