domingo, 15 de enero de 2023

La ideología de las palabras

El lenguaje no es inocente, sino que conlleva una ideología. No es lo mismo utilizar una palabra que su sinónimo, ya que el sinónimo absoluto no existe. Siempre habrá alguna diferencia, porque, si no, se trataría del mismo término. Por ejemplo, para referirse a las gónadas masculinas podemos hablar de testículos, pero también de cojones. Estoy seguro de que el urólogo no le dice nunca al paciente que le va a realizar un tacto en los cojones, ya que esta palabreja tan celebrada del castellano tiene unas connotaciones que la otra, más aséptica, no posee. Tampoco es lo mismo comer, que zampar, por mucho que sean sinónimos, o subir que trepar.

Así hay una enorme diferencia entre muerto y asesinado, siendo la derivación de ambas palabras un cadáver. Pero se usan a la ligera, con toda una intencionalidad ideológica que a veces se nos escapa y lo aceptamos como normal, no siendo sino una aberración el confundirlas.

Se habla de muertos en accidentes de tráfico y de muertos en las guerras. Hay muertos en los accidentes y hay muertos en las guerras, ¿quién lo duda? Pero con esta perversa identificación igualitaria se quita toda la carga de intencionalidad en los segundos. Los accidentes son algo fortuito, que nadie quiere y que se asumen como riesgo para obtener un bien objetivo, como es la movilidad a largas distancias. Además, se lucha con leyes, coacciones y normas de seguridad vial para reducirlos hasta el nivel mínimo y, a ser posible, erradicarlos.

Sin embargo, en las guerras no son fortuitas las muertes, son buscadas, es decir, sí que son queridas. Ambos contendientes tienen toda la intencionalidad de producir el mayor daño posible y la mayor cantidad de muertos en el enemigo. O sea, pretenden asesinar. Por mucho que las potenciales víctimas a priori no tengan nombres y apellidos, tan solo falta el detalle de su filiación, pues el asesinato está asegurado. Se intentará matar con alevosía al enemigo por todos los medios, ya sea con obuses, metralla, gases e incluso piedras. Afirmo por tanto que los muertos en las guerras son asesinados. Decir que en las guerras hay muertos, es blanquear las guerras.

Con el propósito de hacer patente este sinsentido, parodiaba Gila a un soldado, con sorna, humor negro y mala leche: «Sí, señor policía, lo he matado yo, ¿y qué?».

Esculturas de José Antonio Elvira, expuestas en el Palacio de los Verdugo, Ávila

El genocida Napoleón bien sabía que sus «hazañas bélicas» traerían infinidad de crímenes, tanto en filas enemigas como en las propias, y así fueron asesinados millones de europeos. Todo ello lo llevó a cabo conscientemente por un supuesto bien para la humanidad, como era la hegemonía francesa en el continente, la cual traería la paz y la felicidad perpetuas. Esta paz imperecedera, final pretendido de forma espuria, jamás se ha logrado a consecuencia de ninguna guerra pasada ni se dará en una futura.

He traído el ejemplo de ese nefasto personaje, tan amado patrióticamente por los franceses, por considerarlo más lejano, pero los ejemplos son infinitos. Desde nuestro pérfido criminal Queipo de Llano, que quería violar a las mujeres rojas y asesinar a sus maridos, algo que se realizó a troche y moche, hasta Hitler, Stalin o Julio César. Todos sabían que se metían en harina por una razón u otra y todos conocían que ello acarrearía asesinatos. Luego los historiadores blanquearían estos crímenes, considerándolos simples muertes, daños colaterales, como si fuese la mala suerte la que los dispusiera.

De la misma forma, Putin conocía que su invasión de Ucrania iba a acarrear millares de homicidios, pero entiendo que él ni siquiera se ha sentido en ningún momento como un asesino, sino que incluso piensa que es un héroe, ya que está salvando a no sé qué patria de no sé qué enemigo. A Putin hay que decirle a las claras: «Eres un puto asesino».

Ya va siendo hora, con la experiencia histórica que tenemos en este siglo XXI, de que dejemos de blanquear las guerras. La guerra es la vergüenza de la humanidad y puede ser su fin cuando a algún cantamañanas se le escape el dedo apretando un botón nuclear. Incluso en ese momento de acabar con la civilización, y con la humanidad misma, el cantamañanas justificará su faena. Se verá como el héroe pírrico del que nadie podrá cantar sus hazañas.

Debemos recontar la Historia de otra manera y ver crímenes en las ansias de poder de reyes y mandatarios, que despreciaban las vidas ajenas para conseguir unos propósitos, que, ¡oh, casualidad!, siempre revertían en beneficio propio. No podemos cambiar el pasado, pero sí enfocar el futuro, juzgando ese pasado como un gran fracaso, al hacer avanzar a las naciones mediante el enfrentamiento, en lugar de mediante el diálogo.

  

viernes, 30 de diciembre de 2022

Recapitulando 2022


Otro año más terminado, otro año en este blog y ya van… diez. Como siempre, esta entrada es un índice de los artículos publicados en el año que concluye, ordenados por etiquetas. Se trata de un repaso a los temas, que puede utilizarse para volver a leer alguna entrada o consultar aquellas que se perdieron al navegar en los mares inmensos de Internet.

2022 tiene un par de Reseñas: mi primera entrada es El sueño de Connor, estupenda novela de un amigo que recomiendo. Va de ciencia ficción y de un futuro cercano, tanto que podemos tocarlo con la mano. Y no, no son fantasías, sino predicciones acerca del rumbo que está tomando la humanidad. La otra reseña es la habitual —ya van ocho— del libro colaborativo de la asociaron La Sombra del Ciprés, esta vez dedicado a la novela policíaca, AV Confidencial, donde hace un cameo un tal Elicio Iborra.

Querámonos un poco es mi Defensa del castellano, etiqueta en la que últimamente me prodigo poco. Esta vez me tiro de los pelos por la putrefacción a la que le someten al no respetar su gramática e infestarlo de anglicismos innecesarios.

El 25 de febrero publiqué Guerreros. La guerra de Ucrania comenzó el día anterior, me hervía la sangre de indignación y saqué de un cajón de nuevo mi poema antibelicista Antes de que se agote mi voz. Para ello utilicé la etiqueta Reflexiones y, como la indignación no me abandonaba, el 5 de marzo publiqué otro No a la guerra. Mi siguiente reflexión va sobre la fe y las creencias: Soy un descreído, algo que me define muy bien. La inconsistencia de pensamiento desenmascara a esos idiotas que defienden a un dios omnipotente, asesinando a quienes osen insultarlo. Poco seso tienen, pues demuestran que su dios no es tan poderoso como para hacer algo por sí mismo —si fuera cierto que le ofenden las minucias de los torpes mortales, claro—. El tema subyacente durante todo el año año sigue siendo la guerra: La última guerra no habla de ninguna que ha de ser la última, sino constata que siempre hay una última guerra, antes de la siguiente.

Y la guerra ha impregnado también a mis Relatos, tres han caído, dos de guerra y uno de amor. Ras-ras va de un sonajero, historia basada en un hecho real que tiene que ver con la memoria histórica. El hacha de guerra es un alegato contra la barbarie, es decir, el resolver las diferencias con la atrocidad en lugar de con el diálogo. Termino con Esa dulce sonrisa tuya, mi cuento del libro Ávila amorosa. Espero que os guste tanto como a mí.

Mi incursión en la Política, en la que cada vez me prodigo menos, es: Banderas, bandoleros y bandidos. Tres palabras de la misma familia semántica e idéntico significado, el partidista, o sea la estupidez. Trato de exponer algo que ya tengo muy claro, que el nacionalismo es una enfermedad mental que distorsiona la percepción de la realidad en el individuo que la padece.

Una etiqueta que me gusta mucho, y que es un poco un cajón de sastre, es Historias. Este año tengo varias. Pedro El Justo ha pasado a la historia como Pedro El Cruel, pues la historia la escriben los vencedores. Es hora de revisar esas tergiversaciones para deshacer injusticias, como la imagen que algunos se han inventado sobre la II República Española, imagen que trata de tapar la tropelía del lío asesino en que metieron al país. De historia habla también Los Comuneros, en la que aprovecho para dar unas pinceladas sobre este tema, a raíz de la publicación de un cómic de mi autoría junto a la ilustradora Gris Medina: Los Comuneros en Gotarrendura, del que me siento muy satisfecho por la parte que me toca y muy orgulloso por la que no. Luego he hablado sobre Mi vocación de escritor, desvelando algunos datos confidenciales. Porfa, no lo leáis. La siguiente entrada es un relato breve. ¿Por qué no está en relatos? Pues porque es algo que me ha afectado de forma muy importante. Solo aquellos que tienen o han tenido una mascota podrán comprender mis lágrimas al perder a Sombra. Titulé la entrada Hasta siempre. En mi última historia os presento mi Belén, campanas de Belén y hablo de la incongruencia, que es la característica más común del ser humano.

En la etiqueta Literatura me he atrevido a parafrasear a un maestro: Reinterpretando a Cortázar. No he hecho más que traer a nuestros días sus Instrucciones para dar cuerda a un reloj. También he dado mi punto de vista sobre un personaje que tienen secuestrado algunos y que piensan que solo es de ellos y nadie más le puede admirar: Teresa de Cepeda.

Mi ración de Poesía está en Partir con los bolsillos vacíos, sobre la brevedad de la existencia, y Soñar la vida, una recreación libre y breve de La vida es sueño de Calderón.

Mis Viajes de este año han sido pocos, pero aquí he traído una ciudad que no conocía y que me ha sorprendido: Un paseo por Murcia, donde me reencontré con mi prima Lely.

Y, por fin, en mi Vida literaria he puesto mi habitual reseña sobre los ya tradicionales premios de la asociación de escritores de Ávila, este año celebrada el 19 de noviembre: VI Gala de Premios La Sombra del Ciprés.

Para acabar tengo una duda. La foto del adorno de luces que acompaña este artículo ¿qué pensáis que es? ¿Un tipo bebiendo de una botella, tocando una trompeta o fumándose un porro de gran tamaño?

jueves, 15 de diciembre de 2022

Belén, campanas de Belén


Soy una persona incongruente, lo confieso. Pero también creo que eso es lo normal, lo extraordinario es ser coherente en todas las facetas de la vida. Aquí hablaré de mi incongruencia, exponiéndome a la crítica. No me importa, lo importante de verdad es la verdad: «la verdad os hará libres», ¿os suena?

Nunca me gustó la Navidad. Siempre lo he dicho en mis círculos cercanos y lo sigo manteniendo. Es una época en la que la felicidad es obligatoria y debemos reunirnos, cantar y sonreír en familia. Esto es algo que está muy bien, claro, lo que no me parece correcto es hacerlo en determinadas fechas, por obligación. Esta obligación le quita la honestidad y lo convierte en mentira. Además, soy agnóstico y para mí tampoco tiene ningún significado transcendente. Sin embargo…

Sin embargo, y aquí mi incoherencia, me encantan los belenes. Los visito siempre que puedo e incluso hace años ponía uno en mi casa, con una gran ilusión creativa. He retomado esa costumbre este año y las fotos que acompañan este artículo son de él. Como llevaba tiempo sin montarlo he prescindido de adelantos que ya había logrado, como un río con agua corriente de verdad, tierra, fuegos de luces y pedruscos.

Que estas fiestas están manipuladas por el capitalismo consumista, no me cabe la menor duda. He visto cómo en el mes de octubre —¡octubre!—, sí octubre, ponían las luces de Navidad en las calles de mi ciudad, aunque su encendido se realizó unos días después. He visto también en octubre —ya no lo repetiré— los supermercados con los muestrarios de productos navideños. La invitación al consumo es patética y sin disimulo. Estas fiestas le interesan a los mercados para hacer caja y bombardean en los medios de comunicación con anuncios de regalos, películas de «espíritu navideño», lucecitas de colores y un montón de mentiras. Como la de Papá Noel, invento muy reciente en la Historia, bautizado por los yankis como Santa, cuya iconografía se la inventó un creativo de la bebida esa de «la chispa de la vida», tomando la tradición de Santa Claus, es decir, San Nicolás y convirtiendo al personaje en un estrafalario viejo que vuela por los aires con un trineo mágico.

Voy a seguir con las mentiras, por más que sea verdad que la Navidad es una tradición y la gente no tenga interés en saber si lo que hay detrás es verdadero. En el fondo se temen que no lo es. Y no lo es.

Jesús de Nazaret, del que no dudo que es un personaje histórico, no nació en diciembre. Si hubiera nacido en esa fecha, los pastores no pasarían la noche al raso en Palestina, sino que tendrían los ganados recogidos en los establos. Así que es imposible que el ángel anunciase en medio del campo nevado el nacimiento del niño dios, mientras los pastorcillos se calentaban a la hoguera.

Esta fecha tiene una explicación que procede de los tiempos en que el cristianismo estaba perseguido en el Imperio Romano —esa época en que su símbolo era un pez, en lugar de un instrumento de tortura—. Muy hábiles aquellos cristianos, que debían esconderse para no ser asesinados, hicieron coincidir sus celebraciones con fiestas paganas, para no llamar la atención. Así enmascararon el nacimiento de Jesús, de cuya fecha no tenían ni idea, con las fiestas saturnales, y el día en concreto del nacimiento con la celebración del Sol Invicto, en el solsticio de invierno. Evento decisivo a partir del cual la duración del día crece, abriendo la esperanza de un nuevo ciclo de la naturaleza, que culminaría con el verano y la recogida de la cosecha. Un bonito simbolismo, hay que reconocerlo.

Tampoco es cierto lo de los Reyes Magos, que es otro «invento» de siglos posteriores. Solo lo menciona en su evangelio Mateo, capítulo 2, versículos 1 a 12: «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle». No hay más. Mateo no indica si eran tres o siete y mucho menos afirma que eran reyes. Pero, claro, ¿qué menos podían ser? Luego, se inventó para la tradición que uno era rubio, otro moreno y el tercero negro, abarcando con su simbolismo a la humanidad entera —se olvidaron de los chinos y los indios, que vivían en otro mundo—. Simbólico no deja de ser también lo de los regalos: oro, incienso y mirra —¿mirra?—. Simbólico y mentira.

Se sabe fehacientemente que tampoco nació Jesús de Nazaret en el año uno de nuestra era, sino alrededor del año 7 antes de Jesucristo —o sea, antes de él mismo—. Si nació, como dicen los evangelios, en el reinado de Hedores el Grande, este murió en el año 4 a.C. La fecha del año 1 —los romanos no tenían el concepto del cero, así que el año anterior es el menos 1— se la inventó un monje en el siglo VI, Dionisio el Exiguo (460/5 - 525/50), matemático de origen bizantino, que calculó la celebración de la Pascua y «averiguó» el año del nacimiento de Nuestro Señor (Anno Domini). Como entonces no existía la Wikipedia y sus medios eran muy limitados, se lo inventó todo, lo cual más tarde daría lugar al calendario gregoriano, que es el que aún utilizamos, el de «a.C» y «d.C» —no confundir con «AC/DC»—.

Queridos amigos, queridas amigas, perdonad lo que os he contado, pero «la verdad os hará libres», ya sabéis. Y seguid celebrando la Navidad, a pesar de lo que conocéis. No importa, yo seguiré con mi belén, intentando mejorarlo cada año. La incongruencia nos humaniza.

¡Felices saturnales!











martes, 22 de noviembre de 2022

VII Gala de Premios La Sombra del Ciprés


El pasado 19 de noviembre se ha celebrado la VII gala de premios La Sombra del Ciprés, en el Auditorio Municipal de San Francisco, Ávila.

El evento estuvo introducido por nuestro compañero Juan José Severo Huertas, que interpretó el papel de un entregador de premios al que nunca llegaba a tocarle el turno e intentaba interaccionar con el resto de premiadores, los cuales le ignoraban. Esto le dio un carácter distendido y ameno.

La gala estuvo amenizada por dos integrantes del grupo Vente al traste, Franky y Sara, que pusieron su bien hacer y se llevaron los aplausos del público, muy numeroso como en ocasiones anteriores. Entre el público se encontraban representantes de las instituciones, de la política y la cultura abulense.

El acto comenzó con el tradicional discurso del presidente, en este caso de Ánzoni Martín, vicepresidente que ocupa el puesto de forma provisional.

Los premios fueron los siguientes, por orden de entrega:

1.      Premio «El Camino» a la Universidad de la Mística (CITeS), recogido por su actual director, Jerzy Nawojowski (Jurek) y por Francisco Javier Sancho Fermín, actual administrador y ecónomo del Centro, que fue más de 20 años director del mismo. El premio lo entregó el escritor y miembro de la asociación Julio Collado.

2.      Premio “El Hereje” a Manuel Gordillo Molina, por su labor en la distribución de literatura desde 1996 en el quiosco de prensa de la estación del tren de Ávila. Lo entregó el representante de la CEOE, Ismael Salgueiro.

3.      Premio «El Cuco» a la ilustradora Casandra Pascual San Segundo (Kasandra), que fue entregado por la directora de la Biblioteca de la Junta de Castilla y León en Ávila, Blanca Asenjo Barahona.

4.      Premio «Madera de Héroe» al escritor de novela negra, y policía nacional, Marcos Paricio Paricio, otorgado por el Casino Abulense, en manos de su representante Elena García Tejerizo.

5.      Premio «Mi Vida Sobre Ruedas» al que fue durante 30 años responsable del bibliobús de la Diputación de Ávila, Faustino Grande Sánchez, que lo recibió de manos del Inspector de Educación Jesús García Yuste.

6.      Mención Especial al intelectual abulense, cinéfilo y promotor cultural Juan Carlos del Pozo Moreno, al que tuve el placer de hacer entrega del galardón.

7.      Premio «La Sombra del Ciprés» a la novelista Cristina López Barrio, entregado por el presidente Ánzoni Martín.

A continuación, como también es tradicional, celebramos una cena de confraternización con los premiados, esta vez en el Restaurante Palacio de Sofraga.



















La parte técnica contó con la colaboración en sonido e imagen de Alquimia Estudios S.L., las voces en off de nuestras compañeras: Noemí Valiente Sánchez, Begoña Jiménez Canales, Lorena Rodríguez Herrero, Ángeles Jiménez Soria, Patricia Vallejo, Maribel Cid Miranda, Begoña Ruiz y Clara Martín Muñoz. Y el grupo de trabajo estuvo compuesto por: Paula Velasco, Guillermo Buenadicha, Pablo Garcinuño, Cristóbal Medina, Gustavo Garzón y Juan José Severo.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Hasta siempre

—Hola, ¿qué te parece esto?

—Pues no sé, la verdad es que no me lo imaginaba así.

—Y ¿cómo pensabas que era?

—Como un campo de nubes y de luz. Todo muy suave y con música de fondo. Pero es aún más hermoso.

—Me alegro de que te guste. Cuanto más lo conozcas más te gustará. ¿A mí no me reconoces?

—Lo cierto es que no. Esa es otra, como somos seres de luz, nuestro aspecto es muy diferente. ¿Llegamos a coincidir ahí abajo?

—Así es. Pero antes de decirte quién soy, debo pedirte disculpas. Lo cierto es que te di un poco la lata. Te destrocé algunos sillones, te tiré cacharros al suelo que se rompieron y te clavé mis uñas. Pero, créeme, todo fue sin maldad, era mi carácter. Aun así me cuidaste y pasamos juntos muchos ratos buenos.

—No entiendo…

—Soy yo… Me quisiste mucho y he tenido que esperar demasiado tiempo para volver a verte.

—Ahora sí. Pensé que los animales no veníais al Cielo con nosotros.

—Y ¿qué clase de Cielo sería este si no estuviéramos?

Dedicado a Sombra (2006-2022) por todo el amor que nos diste



lunes, 31 de octubre de 2022

La última guerra

La guerra es el fracaso de la humanidad. Y llevamos fracasando siglos, milenios. Tal vez estemos en el momento en el que la guerra ponga fin a la civilización y a la raza humana. Tal vez. Sin duda, el planeta, que no solo lo poblamos los seres (ir)racionales, se beneficiará con nuestra extinción.

En mi primera adolescencia, cuando comencé a tener ideas propias, me di cuenta de que la vida apacible en paz no era la pauta general de la historia. Supe de la reciente guerra civil, de las dos guerras mundiales y de la del Vietnam en la que entonces estábamos inmersos. Deseé en lo más profundo de mi ser que mi vida transcurriera sin pasar de cerca por ninguna de esas catástrofes.

En mi segunda adolescencia, o juventud, mis reflexiones me llevaron a no comprender que hubiera quién deseara iniciar una guerra. Nunca hay motivos ni razones suficientes. Mi pensamiento llegó a una militancia pacifista exacerbada, considerando a la profesión militar como criminal. Pero entonces me llegó mi llamamiento a quintas y tuve que incorporarme al ejército en abril de 1981, poco después del golpe de estado de febrero de ese año.

Se me pasó por la cabeza ser insumiso, entonces no existía aún la objeción de conciencia. Pero bien sabía que eso me llevaría directo a un calabozo, a pasar la mili preso, además de que me cerraría las puertas para encontrar trabajo en la administración del Estado, del cual he vivido con posterioridad. Fui cobarde entonces y admiro a quienes sí dieron ese paso.

Pensé que si el golpe de Estado del 81 hubiera iniciado una guerra como la del 36 me habrían puesto un fusil en la mano, lo cual me llevaría a ser un peón más en otra absurda guerra. Cuando el azar me cambió el CETME por una corneta, obtuve la pírrica victoria de no llevar un arma de la mano en todos los meses de mili. Excepto en los del campamento, en los que me enseñaron a disparar, me hicieron tirar una granada detrás de un montón de tierra y me explicaron cómo utilizar la bayoneta en un cuerpo a cuerpo. Había que empujar en horizontal y desgarrar la tripa del desgraciado que tuviera delante. Bonita profesión.

Cuando me licenciaron fue uno de los días más felices de mi vida. Por fin había acabado aquella pérdida de tiempo, que era lo más repetido entre todos los que pasábamos por las manos de unos suboficiales vagos y borrachos. Pisé la cartilla, «la blanca» la llamábamos, y dejé la huella de mi bota marcada en la portada. Luego me asusté, pues debía pasar periódicamente por el Gobierno Militar, para que me la sellaran, hasta la licencia definitiva cuando cumpliera los 37 años. Deseé que el tiempo pasara rápido y alcanzar esa edad, para, si comenzaba alguna guerra, no tener que implicarme en ella. Gilipollas, hoy en día las guerras no solo las sufren los soldados.

Con mis sesenta años cumplidos, todas las guerras que ha habido me han pillado lejos: Malvinas, Bosnia, Siria, Afganistán o Irak. Ahora parece que estamos en una que puede llegar a la puerta de casa con un desastre nuclear. Y ¿quién obtiene beneficio de ella? ¿Qué pretendía el demente de Putin invadiendo Ucrania? ¿Solo su gloria personal o la felicidad de los ucranianos liberados del yugo de Zelenski? ¿Qué pretende Zelenski defendiendo la independencia de su país a cambio del sufrimiento y la muerte de sus compatriotas?

Es difícil tomar la decisión de no enfrentarse a un invasor. Pero la historia nos ha enseñado que se puede afrontar un conflicto por el método Gandhi con más garantías de éxito que con el método palestino. Y que conste que pongo estos ejemplos dejando por sentado que Zelenski tiene razón, al igual que la tienen los palestinos y la tuvo Mahatma Gandhi.

Desarrollando una guerra, nadie gana, todos pierden: los que son derrotados y los que vencen. Zelenski perderá, aunque gane la última batalla. Pues no podrá devolver la vida a miles de sus conciudadanos ni podrá hacer que olviden el horror que soportaron los supervivientes. Su país quedará destruido desde sus cimientos y las heridas abiertas nunca se cerrarán.

Pero ¡qué tonterías digo!, ¿no? Tal vez se solucione todo con un fallo en los dispositivos nucleares y desaparezca de la faz de la tierra esta inhumana humanidad.

sábado, 15 de octubre de 2022

Teresa de Cepeda


En el día en que publico esta entrada de mi blog, se celebra la fiesta grande de mi ciudad. Bueno, para ser precisos, esta fiesta ha sido desbancada popularmente por las Jornadas Medievales, que convocan a un mayor número de personas.

El 15 de octubre festejan los católicos a santa Teresa de Jesús, o simplemente «la Santa» como es llamada en Ávila. Fuera de nuestra tierra es más conocida como santa Teresa de Ávila, pero ella se llamó Teresa de Cepeda y Ahumada, aunque también firmó parte de su vida como Teresa de Ahumada y posteriormente, reivindicando las raíces paternas, como Teresa de Cepeda. No olvidemos que su abuelo paterno era un judío converso.

El catolicismo la subió a los altares. Le ha hecho efigies y le tienen un gran fervor, sacándola en procesiones y emocionándose a su paso. La han convertido en santa milagrera, a cuya imagen se aplaude, le ponen flores y la pasean entre soldados, clero, munícipes y marchas militares.

Yo quisiera reivindicar para los no creyentes una figura que alcanzó gran talla humana e intelectual, a quién se podría considerar como una mujer inquieta, cuando no «revolucionaria». Ella llegaría a aceptar para sí misma un apelativo despectivo con el que la insultaban: monja andariega.

La niña y moza Teresa fue un personaje de su época, le gustaban las fiestas, las relaciones sociales y la lectura. Los libros de caballerías —de cuyas lecturas más tarde se arrepentiría— le llenaron muchas horas de ocio. Su padre la metió a la fuerza al monasterio de la Encarnación, para evitarle lo que hoy consideraríamos «malas compañías» y lo hizo en contra de su voluntad. Pero, una vez allí, dedicada a la prospección interior, llegó a una fe profunda.

Una grave enfermedad la devolvió a su casa y pasó por curanderos y cualquier remedio que le pudiera devolver la salud. Llegó a estar a las mismas puertas de la muerte, pues muerta llegaron a pensar que estuvo en una ocasión y casi la entierran.

Más tarde, siendo ya monja por voluntad propia, se vio a sí misma muy imperfecta y buscó en la oración una forma de acercarse a Dios. Utilizó la ascética y buscó en la oración un camino de perfección y acercamiento a lo espiritual. En su «Vida» ella habla de todos sus defectos y cómo poco a poco, con la oración utilizada como forma de aprendizaje llegó, según nos cuenta, al éxtasis místico.

Hoy en día hay teorías que exponen que estos éxtasis se los ocasionaban sus enfermedades, pero el caso es que para ella fueron reales y le llevaron a tratar de explicarlos a través de la poesía, componiendo unos versos bellísimos, al igual que hizo su amigo y joven confesor Juan de Yepes —para el catolicismo san Juan de la Cruz—. El caso es que nos dejó unas joyas poéticas, pero también se aventajó en la prosa, con un estilo muy pegado a la forma de hablar coloquial, produciendo unos hermosos textos: Vida, Camino de perfección, Las Moradas y Fundaciones.

Su personalidad abierta y desenfadada y su emprendimiento como fundadora de conventos, con una regla monástica mucho más cercana a la pobreza y al cristianismo más sincero, la convirtieron en una mujer admirable, que hubo de luchar en su propia ciudad contra las oligarquías urbanas, desde sus mismos inicios, con la fundación del monasterio de San José, hasta los últimos momentos. También hubo de enfrentarse a la Inquisición, que en un par de ocasiones la tuvo entre sus objetivos por su «soberbia» de hablar directamente con Dios, sin necesitar intermediarios como confesores, hombres ilustrados o miembros de la jerarquía eclesiástica.

Desde aquí reivindico ese «feminismo» anticipado en la Historia, que le llevó a ser una mujer libre en un siglo en el que las mujeres tenían un papel doméstico al que ella no se acomodó. También reivindico su labor intelectual y su oficio de escritora, para el que utilizaba la hermosa lengua castellana con objeto de transmitir sus ideas y experiencias.

Los vestidos hermosos que le ponen a su talla, las joyas y los oros, los pedestales y peanas a los que la suben, y las procesiones para exhibirla no encajan en absoluto con lo que fue su personalidad. Teresa de Cepeda buscó superar sus imperfecciones con la oración introspectiva, experimentó la pobreza —que tiene como símbolo el descalzar a su orden religiosa—, se empleó en el estudio y en la conversación inteligente. Quienes la conocen un poco, saben que ella se quitaría esos oropeles, vestiría una saya pobre de lana y se mezclaría con la gente común.

Perdonadme, paisanos, hace ya tiempo que no voy a las procesiones de su imagen ni asisto a los eventos religiosos, pero siento muy cercana a Teresa de Cepeda y cuanto más la conozco más la admiro.