viernes, 30 de julio de 2021

El encuentro casual

—¿Julia?

—¡Paula! ¡Qué alegría verte! ¿Qué haces por aquí?

—He venido al centro a comprarme algo de ropa. Para vuestra boda, claro; que quiero ir bien guapa.

—Pero, si no hace falta… Es decir, que tú vas guapa con cualquier cosa.

—Para mí es un día importante y quiero destacar… Vamos, tú me entiendes, el día importante es para Roberto y para ti, pero yo quiero ir bien guapa. Todo el mundo sabe que él y yo fuimos pareja muchos años y tengo que estar a la altura de lo elegantes que iréis los dos.

—No dudes que iremos muy elegantes, pero no puedo darte detalles de mi vestido, ja, ja. Muchas gracias por apuntarte en la lista de bodas el robot de cocina, que nos hace ilusión. A propósito, ya hemos hecho la distribución de las mesas y me tienes que decir el nombre de tu pareja.

—Iré sola, no te preocupes.

—No puede ser, querida. Te hemos puesto en una mesa donde todos son parejas. Si vas sola estarás muy incómoda.

—Incómoda seguro. Es decir, entiéndeme, para mí no va a ser un trago agradable asistir a la boda de mi ex.

—Paula, querida, pues no te lo pienses. No es necesario que vengas, no pases un mal rato.

—Bueno, no te preocupes de cómo lo pasaré o la dejaré de pasar, que es cosa mía.

—Si digo por ti, boba. Sabes que te aprecio y no quiero que en un día tan feliz haya nadie pasándolo mal. Mira, haremos una cosa, le diré a Roberto que te he visto y que me has contado que no puedes venir. Inventaré cualquier excusa, una abuela enferma o algo así. ¿Qué te parece?

—Que mi abuela tiene una salud de hierro y que con esas cosas no se juega.

—No te lo tomes así, si yo solo pienso en evitarte un mal trago. No vengas, de verdad, no te veas forzada a estar en una mesa rodeada de parejas y tú más sola que un seto en una rotonda. Mira, haremos una cosa, para mostrar tu buena disposición, el robot de cocina lo dejas como regalo, pero no pases el mal rato de asistir a la boda de tu ex.

—¡Y un cuerno! Si no voy a la boda, no hay regalo. Es más, como veo que te molesta que vaya, te aseguro que iré. Roberto me ha invitado personalmente y sé que se alegrará de verme, como siempre se alegra cuando nos encontramos. Le conozco de sobra. Y no te preocupes por el robot, que como voy sin pareja os regalaré otra cosa más sencilla, un juego de vasos de wiski. Así, cuando estéis a solas por la noche, él podrá emborracharse a gusto y no tendrá que soportarte.

—Oye, guapa, eso sí que no te lo aguanto. Ya no me apetece nada que vayas a mi boda. Y el robot bien podías dejarlo pagado, para no quedar como una guarra.

—Mira, te guste o no, iré a la boda de mi ex, porque me sale de los ovarios, ¿te enteras? Y ya te he dicho que te olvides del robot de cocina. ¡Ni lo sueñes!

—Irías, si a mí me pareciese bien y que no me lo parece.

—Pero no te casas con el aire, que es lo que merecías; así que, mientras quiera Roberto que yo vaya, tú te callas la boca, que la tienes muy grande.

—Es igual, despídete, Roberto hará lo que yo diga.

—¡Ja, ja, ja! Lo que tú digas, sí, lo que tú digas. Si yo te contara…

—¿Qué quieres insinuar, pedazo de perra?

—Perra tú, que se te da muy bien ladrar.

—Y morder también se me da bien, guapa. Y que sepas que lo de guapa es un decir, que nada tiene que ver con la realidad: ¡guapa!

—Morder como una perra, no dudo que lo sepas hacer. Pero ser cariñosa como un gato, eso ni de lejos, que lo sé de sobra. Que Roberto bien se ha arrepentido de estar contigo. Pero, claro, ¿cómo se va a echar ahora para atrás con tu familia de mafiosos guardándote las espaldas?

—¡Asquerosa!

—¿Quieres que te lo cuente? ¿Sabes con quién estuvo ayer por la tarde tu Roberto?

—Con su hermano, comprándose unos zapatos.

—Ja, ja. Su hermano, sí. Ayer estuvo conmigo, llorando.

—Mentira, solo quieres meter mierda por medio para separarme de él, so guarra.

—Sí, mentira. Y también es mentira que luego subió a mi casa. Y que en mi casa nos acostamos.

—Púdrete, asquerosa, que no lo vas a conseguir. Nos casaremos y vivirá conmigo y no contigo. Es a ti a quien ha dejado y es conmigo con quien quiere estar. Nos vamos a casar y no se te ocurra aparecer por allí. Les diré a mis hermanos que estén pendientes y que si te ven aparecer te echen a patadas.

—No te preocupes, que ya no quiero ir. No voy a presenciar cómo mi Roberto comete el error de su vida. Ya volverá a buscarme para llorar en mi hombro. ¡Y después echaremos un polvo!

—Si tus falsedades te consuelan, mejor para ti, que a mí no me engañas. Todo lo que dices es mentira. Al fin lo conseguí: no vendrás a mi boda.

—No iré, no. Pero vigila a MI Roberto, que estará buscándome con los ojos.

—Sueña, guapa, que es gratis. Lo que sé es que, por la noche, lo tendré en mi cama. Y ya pagaste la lista de boda, así que el robot es mío. No pienso devolvértelo. 

viernes, 16 de julio de 2021

Café amargo

 —¿Qué va a tomar el señor? —le dijo el camarero a un joven que acababa de sentarse a una de las mesas de la terraza que, a esas horas caniculares, estaba casi vacía.

—Un café solo, cargado y sin azúcar, para disfrutar de su amargor —respondió el cliente—. ¡Coño, Julio, no te había conocido!

—Ni yo a ti, Borja.

—¡Qué casualidad! No sabía que trabajabas de camarero.

—Ya ves, algo tenía que hacer.

—He quedado aquí con Ana —dijo con precaución y, al ver la reacción neutra de su amigo, intentó sacarle una sonrisa—, así que me lo tomaré con calma, ya conoces su impuntualidad. Sabías que estamos juntos, ¿no?

—Sí, lo sabía —respondió Julio intentando mostrar seguridad—, pero no te preocupes, que nosotros lo dejamos hace más de un mes. ¿Quieres algún bollo u otra cosa?

—No, el café solo. Pero, no te vayas, que te noto distante. En serio, no quisiera que te hubieras mosqueado porque salga con Ana.

—Somos adultos y ella te eligió a ti. No hay más que decir.

—Siempre fuimos muy amigos durante toda la carrera.

—Lo fuimos, tú lo has dicho. Pero las vidas se separan y cada uno sigue la suya, la que le corresponde. Por cierto, que debo felicitarte, al final te dieron a ti la plaza.

—Sé que tú tienes mucho mejor expediente que yo, Julio, que la merecías más. Siempre fuiste un alumno brillante.

—Pues ahora me dedico a sacar brillo a los vasos.

—Te lo tomas mal, me lo temía. No quisiera que nuestra amistad se rompiese por algo así. Tú vales mucho, Julio, seguro que sales adelante.

—Adelante… —repitió Julio, dejando la mente en blanco.

—Fuimos amigos y espero que lo sigamos siendo —añadió Borja—, sabes que te echaré una mano en lo que necesites. La suerte me ha puesto donde estoy, no es mérito mío, pero soy capaz de apreciar una amistad y tienes la mía de forma incondicional. Julio, sabes que te debo mucho, tus apuntes fueron fundamentales para mí. Nunca estuve muy centrado en los estudios, las fiestas me perdían. No como tú, que tanto provecho les sacaste.

—Sí, ya ves para qué me ha servido todo.

—Entiéndeme, sé que esa plaza la merecías tú, sé que es injusto que me la dieran a mí, pero no puedo rechazarla, no sirvo para otra cosa. Tú sabes defenderte, has demostrado tu fuerza de voluntad y tu valía. Por ejemplo, yo no serviría para hacer lo que tú haces, sería incapaz de llevar un café a una mesa sin volcarlo. Soy un inútil para cargar en la mente dos pedidos a la vez. Ni siquiera para dar las vueltas de una cuenta. No valgo para nada, por eso no puedo renunciar a lo que me ha regalado la suerte, Julio. Si quieres que te pida disculpas de rodillas, lo hago.

—Ya, lo que te ha regalado la suerte… O las influencias de tu padre. Y su dinero.

—Sin rencores, Julio, te lo ruego. El mundo es injusto, la vida es injusta, pero la amistad no tiene límites. No debe tenerlos.

—Nunca te pediría que renunciaras a tu —hizo hincapié en esta palabra— plaza para que me la dieran a mí. Entiendo que no vales para nada y que yo puedo servir cafés y poner ladrillos en una obra.

—Me apena que te lo tomes así, amigo. De todas formas, no cambio de parecer, quiero dejarte claro que siempre estaré para echarte una mano en lo que necesites.

—Bueno, que ya entra gente en el local. Voy a por tu café.

Julio le dio la espalda y se marchó rápido. Borja negó con la cabeza en un gesto de culpabilidad. Se restregó los ojos y se echó el pelo suelto y largo hacia atrás, peinándoselo con los dedos. En eso llegó una chica joven, rubia, que lucía una falda corta y una amplia sonrisa. Se acercó a Borja por detrás y le besó en una mejilla. A continuación, se sentó a su lado.

—Perdona el retraso, cariño.

—Ana, no te vas a creer quién trabaja de camarero en este antro.

—¿El papa de Roma? —bromeó ella.

—No, el gilipollas de tu ex. Pobre desgraciado. Casi es mejor que no pidas nada, que me tomo mi café de un trago y nos vamos pitando. Creo que me va a saber más amargo que de costumbre. No quiero que aproveche el infeliz para pedirme alguna recomendación, buscando las influencias de mi padre.

miércoles, 30 de junio de 2021

Siete años y medio después

El 7 de noviembre de 2013, fue para mí un día muy especial. No he tenido que buscar la fecha, ya que quedó grabada en la memoria y lo estará hasta que mi mente se haga papilla. Aquel día presenté en público mi novela «Lo demás es cosa vana», en el Auditorio de lo que antes se llamaba Fundación Caja de Ávila, con notable asistencia de público.

Era mi primera vez, mi estreno como novelista y mi iniciación para hablar en público. Recuerdo que los días previos tuve los nervios agarrados al estómago y en el acto en sí la voz me tembló de forma incontrolada. A pesar de lo cual, salí satisfecho, fui capaz de enhebrar mi discurso, gracias en gran parte a que la mayoría de los asistentes eran amigos que fueron a arroparme.

Por entonces, acababa de estrenar también este blog y redacté una entrada contando mis sensaciones. Luego todo ha pasado muy deprisa. Junto a César Díez Serrano y Alfredo Rodríguez, fundamos una asociación de escritores, La Sombra del Ciprés, que me ha puesto en el brete repetidamente de hablar en público: ser entrevistado para la prensa la radio y la televisión, moderar y participar en mesas redondas, clubs de lectura, presentar a compañeros escritores, tanto da si era poesía, novela o relato, organizar y participar en varias ediciones de los premios «La Sombra del Ciprés» e incluso impartir alguna conferencia. A pesar de mis limitaciones, ya que tengo miedo escénico, he logrado una soltura que algún amigo me acaba de recordar diciendo que ya tengo muchas tablas. Ganadas con el esfuerzo y alguna dosis de inconsciencia.

Sigue asustándome y poniéndome nervioso hablar en público, pero es un reto que acepto y al que ya no tengo miedo. Desde ese 2013 no había llegado a presentar otra novela mía, aunque sí que había publicado alguna más. Al menos no había hecho una presentación a lo grande, en un espacio amplio y con gran difusión en las redes.

El pasado 22 de junio, en el Auditorio Municipal de San Francisco, las condiciones se daban para reunir gran cantidad de público, debido a la expectación que estaba generando en las redes mi última novela «Operación Chamusquina», pero los elementos se confabularon en contra. Una hora antes del inicio de la presentación, una tormenta descargó un enorme aguacero, acompañado de rayos y truenos, que echaron para atrás a muchas personas que tenían pensado asistir al acto.

A pesar de todo, hubo aún muchos valientes que se desplazaron al Auditorio, presentando una entrada respetable. Creo que pasaron un rato agradable, puedes juzgarlo, si te apetece, con la grabación que hizo Bruno Coca, cuyo enlace pondré al final de este artículo.

Quisiera dejar aquí un recuerdo de este día, que también marca un hito en mi experiencia como escritor, y a la vez que quede por escrito mi agradecimiento a todos los que contribuyeron para que todo saliese bien y fuese ameno. Comienzo por mi entrañable amigo César Díez Serrano, artífice de la pequeña película que no me quiso hacer Alejandro Amenábar y conductor hábil del acto. Al concejal de Cultura, Ángel Sánchez, a Alquimia, a Bruno Coca, a los actores de la Película: Begoña Jiménez Canales, Ángeles Jiménez Soria, Sergio Sánchez, Gemma Orgaz y Ánzoni Martín. De igual forma estoy agradecido a los que leyeron fragmentos del libro: Gemma, Ismael, Ángeles y Begoña; a los que se prestaron a la broma de decir que mi novela era muy mala y a todos los que, a pesar de las dificultades, estuvieron en San Francisco un martes de junio a las ocho de la tarde, después de una pequeña réplica del Diluvio Universal.

Las fotos que acompañan las he tomado de las que me hicieron algunos amigos, Paula Velasco, Víctor Rodríguez, J.F. Fabián y Gris Medina.

Presentación de «Operación Chamusquina»

 

miércoles, 16 de junio de 2021

El ascensor

—Siento mucho tener que pisar en lo mojado —dijo el hombre a la limpiadora que sacaba la fregona del cubículo.

—No se preocupe —respondió la mujer—, es un ascensor y no queda más remedio. Cuando baje, lo pasaré de nuevo.

—¡Espere! —gritó una joven que se acercaba a la carrera.

—No corra —respondió él, sujetando la puerta hasta que ella entró y se lo agradeció con una sonrisa—. ¿A qué piso va?

—Al último.

—Como yo. Subiendo, que es gerundio.

—Parece que empeora el tiempo —indicó ella, mirando distraída las luces altas de la cabina.

—Eso parece, sí. Mi móvil dice que mañana lloverá —corroboró él.

—Acabaremos convertidos en ranas con tanta agua.

De manera inesperada, la joven se giró y apretó el botón de alarma, haciendo que el ascensor se detuviera de forma brusca entre dos plantas.

—¿Qué hace? —protestó él.

—Bueno, majo, vamos a dejar de disimular —dijo ella, sacando una pistola que llevaba colgada en unos arneses bajo su chaqueta.

—¿Pero, qué cojones pasa? —se alarmó el hombre.

—No llevo uniforme —respondió ella, apuntándolo—, pero soy personal de seguridad de esta empresa.

—¿Y a mí qué?

—Que ya te he visto varias veces en el edificio. La mujer de la limpieza me ha asegurado, además, que sueles venir fuera de horario. Date la vuelta que te espose.

—Y una leche. Yo no he hecho nada, vengo a hablar con el gerente.

—Ya, a horas en las que el gerente no está.

—Lo esperaré.

—¡Que te des la vuelta!

—Aparta, idiota, que pongo el ascensor en marcha.

El hombre intentó quitarle la pistola y forcejearon, pero ella no se arredró y probó a trabarle las piernas para hacerlo caer.

—¡Suelta, desgraciado! —gritó ella. Entonces se escuchó una detonación y el hombre cayó al suelo.

—¡Imbécil! Ha sido culpa tuya… —dijo, agachándose para comprobar que no respiraba—. ¡Dios, está muerto! ¡Maldito desgraciado!

La joven hurgó en la ropa del hombre y sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón. Extrajo un carnet y se levantó alarmada.

—Virgen santa, es el hijo del gerente. ¿Pero por qué no me lo ha dicho? Respira, respira, idiota... ¡Está muerto! ¡Jesús, Jesús, Jesús! ¿Qué hago ahora? ¿Quién me va a creer? Soy una estúpida, no hay remedio. Dios mío, ¿qué hago? Me van a meter a la cárcel y se acabó el trabajo, la familia, mi hija... ¡Susanita, perdona a tu madre!

La joven, totalmente fuera de sí, comenzó a golpearse la cabeza con la pared del ascensor. En un arrebato se llevó la pistola a la cabeza y sonó una segunda detonación. Todo quedó en silencio por un instante. Luego ambos se pusieron en pie y comenzaron a sacudirse la ropa.

—Sí, algo así debió ocurrir —dijo el hombre—. Dale al botón para bajar de nuevo.

—Pero no me cuadra, inspector —respondió la joven—. Si ella se pega un tiro y él está muerto, ¿quién puso en marcha de nuevo el ascensor? La de la limpieza no lo hizo, porque nos contó que se encontró los dos cadáveres abajo, con la puerta abierta.

—Tuvo que ser ella, la segurata —afirmó el hombre—, que dio al botón y luego se pegó el tiro.

—¿Pero qué interés tenía en que el ascensor bajara, si la desesperación la llevó a quitarse la vida? Fue un arrebato fuera de todo cálculo, sin duda, porque, si le hubiera dado tiempo a pensar, no se hubiera matado. Habría encontrado otra solución. Le bastaba con contar la verdad o inventarse una agresión.

—A veces ocurre lo más irracional. El caso es que desbloqueó el ascensor antes de pegarse el tiro, porque en esos momentos no había nadie más en el edificio que la de la limpieza. Y ella nos ha asegurado que encontró el ascensor abajo.

Entonces llegaron a la planta inferior, se abrió la puerta y la chica gritó:

—¡Señora! ¿Está por ahí?

—Sí, ya voy —dijo la limpiadora—. No se preocupen que lo friego de nuevo. Pueden salir. El recibidor ya está seco.

—¿Se han escuchado bien las detonaciones de fogueo desde aquí abajo? —preguntó la joven.

—Perfectamente —respondió la mujer—. Estaba en el cuarto de los trastos y sonaron como truenos. Ya le digo, igual que el otro día. Fue lo que me alertó. Vine corriendo y me encontré el panorama. Santo Dios, cómo estaba todo de sangre. Y no consigo hacerla desaparecer.

—Le doy mi pésame —dijo la joven y a continuación besó a la mujer, acercando su mejilla—. Ya me ha contado el inspector que la de seguridad era su nuera, lo siento mucho.

—Una auténtica desgracia para la familia —reconoció, conteniendo la emoción—. Con una preciosa hija de ocho años y, ya ve… ¡La vida es tan injusta!

—No se olvide de ir mañana a declarar —indicó el hombre.

—¿No lo he hecho ya con ustedes ayer? —Frunció el ceño la limpiadora, contrariada.

—Sí, con nosotros sí, pero ahora le van a tomar declaración en el juzgado —la tranquilizó.

—Iré, iré, no se preocupen.

El hombre y la joven abandonaron el recibidor del edificio de oficinas. La limpiadora quedó sola y se puso a pasar la fregona de nuevo dentro del ascensor. Lo hizo con ahínco, apretando con energía, como si quisiera borrar el suelo. Comenzó a hablar para sí, gesticulando, pero sin que apenas le oyera el cuello de su bata.

—Maldita sangre. No acabará de salir la cabrona. Se mete en las ranuras y ahí se queda, como rata en ratonera. ¡Maldita, maldita sangre! Y maldita Susana. Espero que, al menos, mis huellas salieran de la pistola, con todo lo que la froté, y que solo queden las de esa hija de puta. La desgraciada tuvo que cambiar el turno para venir a verse aquí con el hijo del jefe. Y el idiota de mi David sin enterarse de nada. Llórala imbécil, que, si no estuviera tu madre dispuesta a todo por ti, esa zorra hubiera desgraciado a la familia. Ni en su hija pensó. Pobre Susanita, estarás mejor con tu padre y tu abuela que con una mala madre.

sábado, 29 de mayo de 2021

Tormenta sobre Tenoxtitlán

El 12 de agosto de 1521, la gran ciudad del lago de Texcoco, Tenoxtitlán, capital de un imperio mítico, sufrió una terrible tormenta. La oscuridad se iluminó por rayos esporádicos y truenos estremecedores. La lluvia barrió los restos de una cruenta batalla, que llevaba meses incendiando la urbe, a la cual no le quedaba una piedra sobre otra. Los bravos guerreros mexicas nunca se rindieron, dieron la vida a pesar de llevar ya semanas derrotados, hambrientos y sin esperanza. Pensaron que, si se rendían, ya nadie rezaría a sus dioses.

El día siguiente, 13 de agosto, festividad de san Hipólito, amaneció soleada. Esa mañana fue capturado Cuauhtémoc, el último emperador, que huía disfrazado en una barca con unos pocos partidarios, supervivientes del horror. Así se selló la victoria mítica de un sagaz general, don Fernando Cortés, al que historia le reservaría el nombre de Hernán.

Estamos, por tanto, a punto de celebrar el quinto centenario de un hecho transcendental que cambió la historia del mundo, pues después de esta conquista, los castellanos se extendieron por todo un continente, planteando batallas y victorias, que nunca hubieran intentando si esta primera no hubiera tenido semejante éxito. Un éxito inexplicable a primera vista.

¿Cómo pudo un ejército de 400 hombres, cien de ellos marineros que no tenían experiencia militar, conquistar un imperio bien organizado de cientos de miles de guerreros?

Hay que comenzar desmintiendo mitos. No, las armas de fuego no fueron tan destructivas, ni mucho menos decisivas. No, los castellanos no eran tan intransigentes y violentos como se les pinta. No, los mexicas —léase aztecas, nombre posterior de la historiografía— no eran seres inocentes, cultos y en plena armonía con la naturaleza. No, no debemos juzgar al siglo XVI con los parámetros morales del siglo XXI. Toda la historia de la humanidad se ha hecho con violencias, guerras y conquistas que hoy en día nos repugnan, pero que, en otros tiempos, se veían como justas, tanto por los vencedores como por los vencidos.

Intentando resumir, daré las claves de esta sorprendente conquista, que se inició unos meses antes, a primeros de 1519 y concluyó con una derrota total mexica en agosto de 1521.

Las armas castellanas no estaban adaptadas a esas latitudes, la pólvora se humedecía y no tenían forma de reemplazarla. Solo en las pocas ocasiones en que unos aventureros arriesgaron sus vidas, escalando el volcán Popocatépetl, lograron azufre para fabricar una pequeña cantidad de pólvora. Las armaduras metálicas fueron más un impedimento que una ventaja. Los calores de la selva las hacían pesadas e inaguantables y eran excesivas para contener unas espadas de madera y pedernal, como las que usaban los enemigos. Las armaduras de algodón prensado que vestían los indígenas eran mucho más apropiadas al efecto.

Las verdaderas armas de los castellanos, además del invencible acero de las espadas, templado en Toledo, fueron varias. Enumeraré las más significativa, como por ejemplo los perros. Mastines fieros de gran tamaño que eran desconocidos en esas latitudes y sembraron el terror en las batallas. Uno de ellos ha pasado a la historia con nombre propio, Becerrillo. Igual de mortíferos fueron los caballos, desconocidos hasta el punto de que en un principio los indígenas pensaron que animal y jinete eran un solo ser. Sus rápidas cabalgadas, sus bufidos, relinchos y resoplos pusieron en huida a los más bravos guerreros.

También las tácticas de guerra fueron importantes. Los mexicas destacaban a los guerreros más fieros con grandes plumajes, cabezas de animales y banderolas, buscando retar a los capitanes enemigos, cosa que nunca ocurría. Estos utilizaban tácticas de guerra europea y lanzaban cargas a caballo, seguidas de tiros de ballesta y luego infantería con lanzas y espadas, todo muy bien organizado en oleadas sucesivas. Los castellanos pronto entendieron que, acabando con los adalides indios, se dispersaban sus acólitos. Además, estos sufrían la rémora de intentar sacar a sus muertos del campo de batalla, para dar la imagen de que no eran derrotados, dedicando gran cantidad de guerreros a retirar muertos, en lugar de a luchar.

Pero las dos armas más importantes fueron la inteligencia del general castellano y la ayuda de Dios. Entiéndase esto último como metáfora.

Hernán Cortés llevó a unos 400 castellanos en una misión de rescate de unos exploradores que un año anterior habían partido de Cuba, capitaneados por Grijalva. Su expedición era de rescate y de comercio con los naturales, pero sus planes secretos eran otros. Cuando lo vio claro, quebró sus barcos y convirtió a todos en soldados. No había vuelta atrás, sería la victoria o la muerte.

Sobre el terreno conoció cómo un imperio reciente, el de los mexicas, imponía una férrea sumisión a muchas naciones, que llegaron a odiarlos. Algunos eran guerreros aventajados, como los tlaxcaltecas, pero fueron muchos más. Cortés se presentó como su salvador y negoció con ellos entrar en la capital enemiga y les ofrececió la derrota del opresor. Tanto era el odio que tenían a los mexicas, que siguieron al capitán extranjero con entusiasmo. Así los ejércitos castellanos se vieron incrementados en decenas de miles de soldados fieros. Y los castellanos en muchas ocasiones tuvieron que templar los deseos de venganza de sus aliados, que eran los primeros en entrar en combate y en morir. No veían límite en la venganza.

Los cristianos, además, pensaron que Dios estaba de su parte, pues consideraron que envió una grave enfermedad, la viruela, poco mortífera entre los europeos. Mató a muchos más nativos que todas las batallas juntas. Este arma, que nunca supieron los castellanos que llevaban consigo, fue el verdadero artífice de su victoria y muy poco se pone en valor.

La última batalla se libró en Tenoxtitlán. Cortés dio un golpe maestro, después de hacerse invitar por el mismo Motecuhzoma —conocido como Moztezuma— en la inexpugnable capital del imperio, que estaba en medio de un lago, surcada de canales. Cortés se ganó la confianza del emperador y cuando menos se lo esperaba lo secuestró. Después, encabezó una partida de soldados que derrotó a Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba a capturarle; unió a los derrotados a su ejército y, a su regreso, encontró el caos. Los anfitriones se habían rebelado y tenían cercados a los castellanos en el palacio de Axayacált, antecesor de Motecuhzoma. Unos novecientos castellanos quedaron en la mitad tras la denominada Noche Triste, siendo miles los indios aliados que perecieron en esa jornada del 30 de junio de 1520.

Pero Cortés rehízo sus ejércitos y, contando con miles de indios aliados, realizó una contraofensiva. Llegó lago de Texcoco y construyó bergantines para el asalto final. Sin duda una locura, pero la llevó a cabo con éxito. La ciudad nunca se rindió y no le quedó más remedio al ejército asaltante que destruirla, por el sistema bélico de tierra quemada. Hasta que no quedó nada más por destruir. Hernán Cortés lamentó no poder entregar una ciudad tan maravillosa a su rey, pero así es como conquistó uno de los más potentes imperios que ha conocido la historia.

El amanecer del 13 de agosto de 1521 dio a luz una nación nueva. Ahora los gobernantes eran otros, pero se fundieron con los nativos y no les metieron en reservas indias, como harían luego otros europeos con sus vecinos del norte. El destino de México lo deciden los mexicanos desde hace dos siglos. Son una nación orgullosa y su carácter se debe al mestizaje. 

viernes, 14 de mayo de 2021

Pido perdón

El presidente de México, López Obrador, ha pedido perdón a los mayas por los abusos contra ellos a lo largo de la historia. Por otro lado, lleva tiempo solicitando al rey de España que pida perdón a los mexicanos por la conquista y aquí no ha tenido ninguna respuesta positiva. Grave error, desde mi punto de vista.

¿Qué nos cuesta pedir perdón? Son solo palabras, pero cierran heridas; atienden a los afectos y no a la razón.

En cuanto a la razón, podemos considerar que la Castilla post medieval, y no España que no existía, llevó a cabo una expansión imperialista, a través de conquistas. Más tarde las tierras conquistadas se rebelaron contra la metrópoli, logrando su independencia con nuevas guerras. Si, respecto a esto, nos hacemos algunas preguntas, las respuestas son claras. ¿Quiénes fueron los que conquistaron México? Los antepasados de los mexicanos actuales, ya que allí se quedaron a vivir, y no los antepasados de los españoles de hoy. Los míos se quedaron aquí. ¿Quiénes se independizaron? Los mexicanos, es decir los que vivían en México en el siglo XIX, en gran parte capitaneados por los criollos, que eran los descendientes de los españoles, conquistadores o llegados más tarde. ¿Quién tiene que pedir perdón entonces? Atendiendo a la razón, nadie, pero, atendiendo al corazón, debe pedir perdón el país heredero de aquella Castilla del siglo XVI: España. Por más que el país sea otro e incluso su monarquía distinta.

Hoy sabemos, por los hallazgos de Atapuerca, que la península Ibérica se pobló hace unos 900.000 años. Llegaron los «invasores» en varias oleadas, partiendo de África, y evolucionaron hasta los neandertales, por un lado, y los sapiens por otro. Quedaron estos últimos como antepasados de todas las razas humanas. En el 1.000 a.C. y más tarde en el 500 a.C., nos invadieron las oleadas celtas procedentes de las culturas de Hallstatt y La Tène. Desde entonces, celtas e iberos se repartieron el país. En el 800 a.C. llegaron fenicios (semitas) y griegos, de forma un poco más pacifica, con misiones comerciales. No así los cartagineses y los romanos que libraron aquí una guerra cruenta. Los romanos conquistaron Iberia a sangre y fuego en siglo I a.C., erradicando lenguas, costumbres, religiones y culturas. Posteriormente, la Hispania romanizada fue invadida por tribus germanas: suevos, vándalos y alanos, a los que desplazaron los visigodos, los cuales dominaron la península durante más de dos siglos. En el 711 Tariq abrió las puertas de la conquista musulmana. Desde ese mismo momento, varios reinos, unos cristianos y otros musulmanes, llenaron ocho siglos de guerras. Castilla trasladó esas guerras a América a raíz de los descubrimientos de Cristóbal Colón, conquistando el continente en pocas décadas.

Un español de nuestros días, por tanto, tiene la mezcla de todos aquellos que quisieron venir a aquí a vivir y que, desgraciadamente, la mayoría de las veces fueron la guerra y la violencia las que dirigieron esas migraciones. Un español no es un descendiente de los visigodos o los romanos, como quieren inventar los más reaccionarios. Esa idiotez solo se basa en la búsqueda de una pureza de la raza que, cuando menos, sonroja a alguien inteligente. Un español es una mezcla de gentes, religiones y culturas, y no otra cosa. Como todas las naciones.

En el siglo XXI repudiamos las formas de conquista violenta y no las consentimos, pero nada podemos hacer con lo ocurrido siglos atrás. Tan solo conocerlo y amar el latín, el árabe, el náhuatl, los acueductos, las mezquitas, las sinagogas, las catedrales y todo aquello que esté en nuestra tradición. Porque eso es lo que somos en realidad.

Pienso que es hora de decir basta al odio y dejar de culpar a los demás de los avatares propios. Es necesario prestar cuidado y no dejarse engañar. Algunos se empeñan en señalar que la culpa de todos los males de México la tienen unos castellanos que allí llegaron hace cinco siglos y dejaron de gobernarla hace dos. Su objetivo es ocultar que hay una élite rica que se apropia de los bienes económicos en un sistema capitalista, dejando a muchos compatriotas en la indigencia. Y que hay un colonizador económico al norte, que en el siglo XIX se quedó con la mitad del país y ahora levanta un muro de separación.

América latina lleva dos siglos rigiendo su destino. Es hora de que nos demos la mano y compartamos la literatura, la gastronomía y el folklore, entre otras cosas. Somos hermanos de sangre y cultura, no herederos del odio.

Como gesto de buena fe, atendiendo al llamamiento del presidente mexicano, voy a aportar mi granito de arena, insignificante, aunque simbólico. Si mi rey no lo hace, por mi parte, yo, Cristóbal Medina, castellano, republicano de espíritu, hombre libre, pido perdón por las guerras de conquista que llevaron a cabo las gentes que vivían en Castilla en el siglo XVI. 

viernes, 30 de abril de 2021

Ávila a través del espejo

Ya son siete los libros de relatos que han visto la luz gracias a la Asociación cultural de novelistas La Sombra del Ciprés. El de este año se titula Ávila a través del espejo, haciendo alusión a la novela de Lewis Carroll «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí», que es continuación de su conocida: «Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas». Por tanto, en el título está expuesta la filosofía que han guiado la construcción de los 24 relatos que lo componen: la deformación de la realidad, en este caso de la ciudad de Ávila, su historia, sus gentes, su pasado y su futuro. Apelando a cualquiera de estas acepciones tendremos relatos en los que predomina la fantasía, la distopía, la ucronía o el «qué hubiera pasado si…».

Nuestra ciudad es referente siempre para la ubicación de los relatos de todos nuestros libros, así, en este, los autores dejamos volar nuestra imaginación en la construcción de otras Ávilas, aunque todas tienen mucho que ver con la que conocemos. Su deformación es consecuencia de traspasar el espejo y encontrarnos en ese mundo fantástico.

A continuación, haré una breve reseña del contenido, clasificando los textos en temáticas con las que puedan sentirse emparentados, que sirvan al curioso para saber qué es lo que puede encontrar en el libro. ¡Que, sí, tienes la necesidad de comprarlo o te lo vas a perder!

Comenzaré por la adaptación de nuestra ciudad al imaginario colectivo. Tempus fugit, de Lorena Rodríguez Herrero, es la continuación de una de las más famosas leyendas de la ciudad. Y Blade Runner 2121: como lágrimas en la lluvia, de Juan Pedro Fernández Blanco, tiene sus analogías con la película distópica del mismo nombre; su ubicación futurista recorre las calles que conocemos con una ambientación muy distinta.

Hablando de imaginación y ciencia ficción, no podemos obviar a los OVNIS, los extraterrestres y contactos con otras civilizaciones. Así tenemos relatos como: Xuan, de Claudia Andrea la Jara Niño de Guzmán, Ávila, la otra historia, de Óscar de Blas, Un cerro de altura, de Julián Miranda y Esferas al pie de la muralla, de Carlos Alameda.

Hay relatos con futuros poco halagüeños debido a algo tan actual como son los virus. De eso trata El embalse, de Moisés González Muñoz y Sonata para piano número 14, de Isabel Martín. Sin olvidar futuros apocalípticos o post apocalípticos: Guerra Mundial A, de César Díez Serrano, Menudo bicho, de Guillermo García Jiménez, Augurio de Daniel Bores, Tierra en las uñas, de Pablo Garcinuño y Vuelta al origen, firmado con el pseudónimo de Lola Bellavida.

Además de prever el futuro también miramos un pasado diferente, al que viajamos con intención de modificarlo. José Manuel Blázquez Alonso nos propone una historia titulada: Paco, fontanero, cuñado y viajero a destiempo. Oscar Hernández escribe La misión. Tomás Sánchez Salinero nos presenta Tryfánico. Paula Velasco escribe una historia intimista y bella titulada Tránsito. Y Toño García nos ofrece El plan Comadreja.

El último grupo de relatos podríamos agruparlos en torno a una pregunta: ¿Qué pasaría si…? O ¿qué hubiera pasado si no…? Guillermo Buenadicha nos habla de un personaje abulense importante, que tal vez pudiera haber sido futbolista y no presidente del Gobierno, Fito, el tahúr. Un acontecimiento de la historia reciente ocurrió de otra forma y Ávila se convirtió en una ciudad libertaria, así nos lo cuenta la guía de viajes escrita Ánzoni Martín Alonso y Ángeles Jiménez Soria Avilania, el último refugio. Y Julio Veredas se retrotrae a unos personajes a los que pudo hacer desaparecer la historia y habernos quedado sin una de nuestras figuras más icónicas, Orejitas de mártires.

En este grupo estarían también esos relatos en los que nuestra ciudad sería notablemente distinta si algunos sucesos del pasado hubieran sido diferentes. Como en la propuesta de María Eugenia Hernández Grande: 20th Ávila Fox o la de Ramón Lozano: Tan cierto como te lo cuento. He dejado para el final mi relato titulado El próximo año visitamos marte, ¿Ávila capital de una Europa Unida y con 20 millones de habitantes? Tal vez.

Que no se me olvide mencinar que las magníficas ilustraciones de portada y contraportada las ha realizado, como en anteriores ocasiones, la excelente artista Gris Medina.