miércoles, 30 de diciembre de 2020

Recapitulando 2020

Recuerde el alma dormida, abive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; cuánd presto se va el plazer, cómo después de acordado da dolor, cómo a nuestro parescer cualquiera tiempo pasado fue mejor. (Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre).

Pues ya pasó el 2020 y no quiero hacer un balance de lo que nos ha traído un año que será para olvidar. Aunque también nos ha dejado otras cosas y algunas buenas. Cada uno las tendrá escritas en su historia personal. Aquí lo que me propongo es realizar un resumen de las entradas de este año en este blog, que sirva de índice para revisarlas y para hacer balance con el que yo mismo pueda tomar consciencia de por dónde han ido los tiros. Y han ido, sin duda, por los relatos.

Con la etiqueta de Relatos comencé el año. He realizado 14 entradas de las 24. El primer relato hablaba de caracoles y se tituló Maneras de viajar. Le siguió el Viaje de un caracol a la ciudad. Dejé la temática gasterópoda por la maldita pandemia con una fantasía ¿absurda?: Las flores. Aprovechando la amistad con el magnífico ilustrador Julio Veredas que me ha prestado sus moluscos de tierra, regresé a los caracoles con La fauna del jardín. Luego traje a estas páginas mi relato del libro Ávila tenebrosa, titulado La niña del Torreón 88. Mezclé el encierro pandémico con los caracoles en El encierro. Hablé de metaliteratura en En busca de los senderos de la fama, con una foto mía totalmente prescindible. Y más caracoles en La polémica y en La musiquilla. Quise hacer un homenaje a Benito Pérez Galdós, del que se celebró en 2020 el centenario de su muerte y le traje a la época de los millennials: Marramiáu. Alto secreto contiene el micro relato El cazador vengativo, que realicé para un taller de literatura, pero esta es la versión previa, antes de la corrección. Más cornadas da la vida es otro micro, ahora de temática libre. El Diario de un delirio, me lo inspiró la fiesta de jálogüin. Y culmino con Micro relatos para tardes de otoño, con cuatro micro cuentos por el precio de uno (uno de ellos es Partida de caza, la versión corregida de El cazador vengativo y ha salido muy diferente, espero que mejorada).

Cuatro son las Reseñas. La primera sobre la novela Día de Nieve, de J. Francisco Fabián, un fabuloso repaso a la historia reciente, centrada en la ciudad de Béjar y en Madrid. Cómo no, imprescindible para mí reseñar el libro colaborativo de la Asociación la Sombra del Ciprés, este año titulado Ávila amorosa, que por las eventualidades pandémicas no ha podido tener la presentación pública que merecía. Luego un excelente cuento novelado, lleno de sabiduría y buena documentación: Por la senda de Tumut, de Luis José Martín García-Sancho. Mi última reseña es de la magnífica novela histórica titulada La Santa Infamia, de José Ramón Rebollada. Coincide que los tres novelistas mencionados son tres amigos, pero esta no es la razón de reseñar sus obras, sino la alta calidad de ellas, por lo cual las recomiendo, sin dudas y sin paliativos.

De Narrativa Gráfica hay tres etiquetas, dos de ellas sobre  la historia de la historieta en Italia, Los humitos del fascismo y La narrativa gráfica en la Italia de postguerra. Cierro el año con unas tiras de producción propia, que tenía en un cajón: Historias de verdugos y pecheros.

Restan solo dos entradas más para concluir este repaso, La palabra más fea del idioma castellano, que tiene tintes de meditación y está inserta en la Defensa del Castellano y termino en el campo de las Reflexiones con una muy personal, ya que este año para mí no es un año cualquiera, obviando la omnipresente pandemia, Anatomía de unos diarios.

¿Qué nos deparará 2021? Sea lo que sea, vivámoslo intensamente y que nadie falte a esta cita cuando concluya.

martes, 15 de diciembre de 2020

Historias de verdugos y pecheros

He comentado en alguna ocasión que hasta que casi cumplí los cincuenta años no sabía que era escritor y ahora estoy convencido de que lo soy. Quiero decir que disfruto con ello y que es a lo que deseo dedicarme en cuerpo y alma, independientemente de a dónde puedan llegar mis escritos. Pero yo siempre quise ser otra cosa, quise ser dibujante. Dibujante de historietas, se decía en mi niñez. Pero al igual que antes era un lenguaje denostado, en estos tiempos tiene todo el beneplácito de las mentes ilustradas. De mi pasión por todo ello se puede consultar la etiqueta de este mismo blog titulada "Narrativa gráfica".

Abandoné mi ilusión primera, poco a poco, siendo consciente de que no estaba dotado para el dibujo, más bien eran el deseo y la constancia los que me hacían persistir.

Quiero ahora traer aquí, una tira cómica de la que me siento orgulloso. Nació como "El verdugo", para pasar a denominarse "Hace la tira", jugando con el tiempo histórico y el lenguaje. Las realicé para una sección de la web "avilabierta.com". 

Mi propósito es sacarte, amigo lector, una sonrisa, para agradecerte que te acerques por aquí. Ya sabes, si lo ves pequeñito, pincha cada dibujo o amplíalo con los dedos.








lunes, 30 de noviembre de 2020

Micro relatos para tardes de otoño

Partida de caza

Cuando vi al zorro en mi corral, comprendí que tenía que acabar con la alimaña. Me aposté con el rifle repetidor escondido cerca del lugar por donde sabía que acabaría pasando. El cañón del fusil apenas surgía de la penumbra que me cobijaba. El tiempo transcurría lento, el peso del arma parecía aumentar y mi cuerpo se aletargaba por mi postura forzada. Pero al fin llegó la bestia, la apunté a la cabeza y de pronto me arrepentí, supe que todo era una locura. Abandoné cabizbajo el solitario portal donde me escondía y me dirigí a casa para llevarme mis cosas.


Es la última vez que te lo digo

Soy una mujer que actúa por impulsos, así que tiré todas sus pertenencias por la ventana: sus trajes y corbatas, su ordenador portátil, su cepillo de dientes, sus zapatos, sus libros y nuestros retratos. Después fui al baño, a mi baño. Ya no sería nunca más nuestro baño. Y allí estaba la tapa del váter, como iba a estar ya siempre, bajada.

Hogar, dulce hogar

Ya estoy en casa, dije con alegría abriendo la puerta para darle una sorpresa a mi mujer por lo inusual de la hora. Me extrañó que no me respondiera, pues se quedó en la cama esta mañana, con una fuerte jaqueca. Al mirar por la ventana, antes de llegar a nuestro dormitorio, y ver el coche de él aparcado cerca del portal, supe que este ya había dejado de ser mi hogar.

Un ramito de violetas

A veces pienso que la informática es cosa de brujas, tal vez lo sea. Tú eres la prueba, Mario, pues los fantasmas antes os parecíais con una sábana, para desdibujar vuestra humanidad. Ahora os basta con hacer surgir en una pantalla un simple ramo de flores.

La primera vez que lo vi no pude imaginar que fuera tuyo, me pareció un detalle de un admirador. Luego me asusté pues no era capaz de averiguar quién era ese hipotético adepto. Es más, me extrañó que alguien pudiese admirarme con mi carácter agrio habitual.

Me aterré cuando, al apagar el ordenador, apareció el dichoso ramo sobre el fondo negro de la pantalla. Tiré del cable y lo desenchufé. Bien, desapareció con un fogonazo. Pero fue breve el desahogo, ya que enseguida otro destello puso de nuevo el ramo en el monitor. Cerré el portátil de un manotazo y a continuación me pitó el móvil. Con mucho miedo lo saqué del bolso y sí, brillaba. Y tenía el ramo en medio del fondo de pantalla, ocultando las aplicaciones.

Ese es el motivo de que ahora esté aquí, Mario, frente a tu tumba, esperando que estas violetas frescas hagan que me perdones el sabor amargo del cianuro en el café.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Anatomía de unos diarios

El transcurso del tiempo es algo subjetivo y no somos conscientes de ello. A veces el tedio hace eternos los minutos y en otras ocasiones el simple hecho de echar la vista atrás unos años nos da la sensación de vértigo: ¿Será posible que ya haga tanto tiempo de aquello que tengo tan fresco en la memoria? Entonces nos damos cuenta del fluir de los años y del camino andado. Como decía el poeta: cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando.

Entrando en las espesuras de la adolescencia se me ocurrió escribir un diario. Comenzaba a abrir mis ojos al inconmensurable abismo de la vida y pensé que en un futuro muy lejano, cuando las canas abonasen me cráneo senil, me gustaría recordar los momentos que formaron mi personalidad. Pensaba en aquel entonces, saliendo de la infancia, que la personalidad debía ser cimentada en la etapa en la que el niño deja de ser niño y no sabe en qué se convertirá. Más tarde fraguará en la madurez, quedando inamovible. Por tanto, esa etapa era crucial y yo pretendí dar fe de lo que a mí me estaba ocurriendo.

No voy a desvelar aquí el contenido de mis viejos cuadernos, eso queda para mí. Tan solo desvelaré que, cuando comencé a relatar mi día a día, no encontré nada interesante que contar; una jornada rutinaria no merecía pasar a la posteridad. Así que, después de la repetición de momentos insustanciales, lo que hice fue reflexionar sobre mi historia personal, desde que tenía recuerdos. Repasé los acaeceres que conformaron mi temperamento, tímido y cargado de complejos. Eso me sirvió, al menos, para intentar superarlos. Luego tuve el valor de dárselo a leer a un par de amigos. Puse en sus manos mi existencia desnuda, lo cual me liberó, en cierta manera. Después repetí el experimento en tiempos posteriores, escribiendo otros diarios que invariablemente comenzaban con un resumen vivencial, pero luego eran abandonados, sin continuarlos con el día a día. Al concluir mi segunda década se me agotó la vena escritora, guardándolo todo hasta esa lejana vejez.


Pues bien, sin darme cuenta, ya me encuentro a las puertas cumplir los sesenta, de ser sesenta añero —me niego a considerarme sexagenario por las connotaciones de ese palabro con el que no me identifico, aún—. Con una jubilación con la que tropezaré en menos de un mes, el día de hoy constituye ese futuro que imaginé remoto cuando era adolescente. Al reparar en ello, me he dado cuenta de que no es cierto que la niñez esté lejos de la vejez, tan solo hay que abrir un par de puertas et voilà, ahí la tienes.

A pesar del tiempo transcurrido, sé perfectamente lo que escribí y lo recuerdo porque para mí la distancia entre aquellos días y estos ha sido demasiado breve. Tanto como sospecho que será la que me separa de cerrar la última puerta.

Perdonad, hipotéticos lectores de este blog, si es que existís y no sois fruto de mi imaginación o deseos, el que aborde temas sombríos que solo a mí puedan interesar, pero tal vez al ser compañeros de viaje en este mundo material podáis veros un poco reflejados o, si no, sacar alguna enseñanza del desengaño ajeno.

De momento voy haciendo prácticas para dentro de unos días, como veréis en estas fotos. (El bastón es puro postureo).

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.

Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre

viernes, 30 de octubre de 2020

Diario de un delirio

31 de octubre, sábado

Intuí que este era el día y que debía aprovecharlo. La angustia me oprimió, pero mi desesperación afirmó mis intenciones. Yo sabía que la clave de todo estaba en la caja. Un gran cajón de madera con las tablas medio podridas. Aunque debía alegrarme por ello, ya que esta circunstancia me facilitó la tarea de romperla. Difícil faena, por cierto, pues no tenía herramienta alguna, solo las manos. Aún así alcancé mi objetivo, guiado por la terquedad. Después tuve que cavar en la tierra. Otra vez con las manos. Mis dedos se desollaron con su roce granuloso y húmedo. El trabajo se hizo arduo, parecía que no lo iba a lograr. Tan solo el no tener otra empresa y la constancia embridada en mi obstinación me hicieron posible alcanzar el éxito. A media noche había conseguido abrir el hueco suficiente. Al asomar la cabeza, la suave luz de la luna abrasó mis delicados ojos, tanto tiempo atrapados en la oscuridad de la tumba.

jueves, 15 de octubre de 2020

Más cornadas da la vida

Un escritor tenía que escribir un cuento y ante la falta de ideas tan solo pensaba en su estructura. Debía tener un planteamiento, luego un nudo donde se desarrollase el conflicto y por fin un desenlace que fuese coherente con el planteamiento. Además debía utilizar economía de recursos literarios, es decir, pocas descripciones, escasos adjetivos y evitar conversaciones en estilo directo. Y también potenciar que ocurrieran cosas, a través de verbos y sustantivos.

No quiso profundizar en ningún tema vivencial ni en filosofías baratas, así que no le dio importancia al argumento. A pesar de que el cuento no era para niños, tampoco quiso meterse en tramas violentas o sexuales.

El planteamiento podría ser cualquier cosa, como por ejemplo un vendedor ambulante que había dejado de vender, ya que todo el mundo pedía los productos por Internet y nadie compraba lo que él llevaba con su camioneta de pueblo en pueblo.

Vale, se dio por satisfecho con esta primera idea. Como planteamiento, no estaba mal, además de ser un tema actual y de concienciación social. Ahora había que buscar el conflicto, la trama, el nudo. Podría ser algo así como que harto de las deudas y la bancarrota a la que estaba abocado, cansado de pasar hambre, frío y calor por el camino, enfurecido de que nadie acudiera a su reclamo, decidió acabar con todo y prenderle fuego.

Hizo una pira con todos sus productos en la plaza del pueblo que visitaba ese día… No es necesario precisar de qué pueblo se trataba, pues para la trama de este cuento es indiferente. Después de tener todo dispuesto, lo regó con gasolina, que le sacó a su camioneta, y le prendió fuego. Él mismo sería parte del espectáculo, iba a acabar sus días con un suicidio épico y se arrimó a la hoguera con intención de tirarse dentro.

Cojonudo, lo tengo, se dijo el cuentista. Ahora el final, el desenlace, que tiene que estar a la altura de lo planteado, porque si no, será un cuento malo.

Pensó, pensó y pensó y como no veía clara la mejor forma de concluir la historia, se dejó llevar por la primera idea que le surgió: El vendedor no pudo aguantar el calor de la lumbre por él prendida y no tuvo el valor de tirarse a las llamas, así que escaldado se apartó. Entonces vio que prácticamente todo el pueblo estaba alrededor de la hoguera y que le aplaudían a rabiar. No comprendía nada. O eran ellos los que no entendían el intento fallido de suicidio. Reparó entonces en que era la Noche de san Juan y que todos debían haber pensado que se trataba del inicio de la fiesta.

Aquí podía quedar concluido el cuento, por el simbolismo de que hay que quemar todo lo malo de nuestra vida pasada para iniciar una etapa nueva. Sería un buen punto y final.

Pero el cuentista no se sintió satisfecho. Supo que eso no fue lo que pasó en realidad, pues el viajante se quedó sin mercancía y seguiría con las deudas, además de no tener ya trabajo con el que intentar salir adelante. Lo que hizo dos días más tarde fue buscar en su teléfono móvil los contactos para remitir su C.V. a Amazon y AliExpress.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Alto secreto

(Estoy participando en un taller de micro relatos. Mañana debemos presentar un ejercicio, pero como yo me he auto impuesto publicar en mi blog los días 15 y último del mes, pues me he decidido a adelantarme y presentaros mi propuesta —ya que estamos a 30 de septiembre y no tengo nada más preparado—. Porfa, no se lo digáis al profe ni al resto de mis compañeros [por si acaso no os diré quiénes son]. El propósito es pulir el texto y corregir sus defectos. Yo lo presento aquí virgen, tal y como ha salido de mi mollera. Si luego me ponen a escurrir, pues trataré de que no os enteréis. Os cuento: las pautas son que tenga entre veinte y treinta líneas y que contenga tres palabras, sacadas por el profe al azar de un diccionario, además de darle importancia al título elegido. A mí me han tocado “puma”, “cajero” y una conjugación del verbo “aletargar”. A ver qué os parece el título)

El cazador vengativo

Me aposté con el rifle repetidor delante del cajero automático del banco, escondido en un portal cuya oscuridad me permitía pasar desapercibido. El cañón de mi arma apenas surgía de la penumbra que me cobijaba.

Primero llegó un puma. Ágil terminó las gestiones y abandonó el lugar. Poco después un perezoso pareció eternizarse en el mismo sitio. Logró que una fila de cuatro bestias más se formase a sus espaldas, guardando las distancias prudenciales. Una foca, un lagarto, un león y una cebra. Esto me hizo desesperar, pues mi pieza no estaba entre ellas, a pesar de que ya debería haber llegado. El tiempo transcurría lento, el peso del arma parecía aumentar y mi cuerpo se aletargaba en mi forzada postura.

Aún el perezoso seguía enredado en sus tareas cuando, por fin, llegó el cerdo, mi objetivo, que ocupó el quinto lugar en la fila. Pude acabar con él en ese momento y marcharme, pero decidí esperar, para disfrutar lo máximo de la caza. Un disparo preciso sería tan breve que me sabría a poco. Mi deleite aumentaría sabiendo que ese animal no tenía escapatoria y que yo saborearía la espera.

Acabó el perezoso y la foca ocupó su lugar, extendiendo el contenido de su bolso en la inclinada repisa del cajero. La lógica fatalidad produjo que su monedero, unas llaves y un teléfono cayeran al suelo. Los demás se desesperaban, pero yo disfrutaba de la demora. La foca casi pareció entretenerse más que el perezoso, aunque el tiempo siempre es algo subjetivo.

Después de la foca, el lagarto fue hábil y antes de darme cuenta ya estaba el león en el cajero. A la cebra se la veía temerosa de que su antecesor se diera la vuelta y la descubriera, por lo que disimulaba mirando su teléfono móvil. Por fin, la cebra, que tampoco tardó mucho, dejó paso al cerdo.

Le apunté a la cabeza y la bala le traspasó con precisión, haciendo añicos de paso el cristal del cajero.

Puto cerdo, nunca sabrás que yo conocía la clave del móvil de mi esposa, si no, no le hubieras enviado el mensaje citándola a cenar.