jueves, 30 de abril de 2020

La niña del Torreón 88


El día que cuelgo esta entrada en mi blog acaba el mes de abril. Un mes muy inusual que nos ha tocado vivir por sorpresa. En años anteriores la asociación La Sombra del Ciprés, a la que pertenezco, hubiéramos estado colmados de actividades culturales en torno al Día del Libro. La principal sería nuestra cita con un libro colaborativo de relatos. Teníamos ya fecha para su presentación. La edición completa la guardo en cajas en mi casa, pero no puedo decir tan siquiera su título o temática, aunque me muero de ganas. Para aliviarme un poco la pena voy a publicar mi relato del año pasado. El libro lo titulamos "Ávila Tenebrosa" y estaba dedicado al misterio y el miedo. Podéis comprar  el libro en las librerías abulenses o pidiéndolo al correo asociaciondenovelistas@gmail.com . Disfrutaréis pasando un poquito de miedo.

La niña del Torreón 88

Las murallas de Ávila tienen 87 torreones, aunque los abulenses solemos decir que son 88. Lo que voy a contar está ubicado en un torreón determinado, pero los hechos son tan espeluznantes que no quiero identificarlo, para que no caiga la maldición sobre quienes pasen cerca de él, como les ocurrió a los protagonistas de esta historia. Por eso, digamos que el lugar donde sucedió todo es el torreón número 88, sin determinar de cuál de los 87 se trata.

—Cuidado, David, no te hagas daño con las piedras —le dijo su madre.

David era un niño normal de siete años. Alegre, extrovertido y muy curioso. Salía de paseo los domingos por la tarde con sus pa­dres, Gema y Roberto, por las calles históricas de la ciudad donde vivían. Les gustaba pasear alrededor de la muralla, o más bien, de las murallas, tal y como solemos denominarlas los habitantes de Ávila. A veces, incluso daban una vuelta entera recorriendo los casi tres kilómetros de perímetro. Sobre todo con el buen tiempo, las vistas siempre son hermosas y evocadoras de épocas pasadas.

Esa tarde se pararon a conversar con una pareja de conocidos. Mientras, el niño se puso a jugar solo durante un buen rato al lado de uno de los torreones. Convengamos en que era el Torreón 88. Sentado en el suelo, su imaginación le llevaba a entretenerse con algún amigo imaginario, aunque los padres, distraídos, tan solo le echaban algún que otro vistazo, sin preocuparse demasiado.

—Bueno, pues a ver si volvemos a vernos, que se hace tarde —dijo Roberto a la pareja con la que ya llevaban más de cuarenta minutos detenidos.

—Vamos, David, levántate que nos marchamos —le pidió Gema al niño.

David se puso de pie y saludó con la mano, a modo de despe­dida, a su amigo imaginario.

—¿No te has aburrido jugando solo? —le preguntó su madre, dándole la mano.

—No estaba solo. Anabel ha jugado conmigo.

—¿Anabel? —preguntó Gema, agarrando del brazo a Roberto, pero sin soltar la mano de su hijo.

—Sí, la niña esa rara. Tenía la cara como rota por un lado, pero me dijo que no me asustara. Es muy simpática.

Ambos escucharon la explicación de su hijo, pero era tan extraña que no quisieron hacerle demasiado caso. Los niños siempre se inventan amigos imaginarios, aunque nunca habían escuchado algo parecido a una niña con la cara rota. No obstante, les quedó un punto de preocupación que, de momento, disiparon distrayén­dose en el resto del paseo.

Unos días después, Gema, mientras esperaba a David a la salida del colegio, se quedó absorta escuchando a dos madres que conversaban sobre algo muy extraño que les ocurrió a sus hijos en el mismo lugar donde David había estado jugando con esa amiga imaginaria tan rara. Hablaban también de una niña, con la cara desfigurada, a la que solo veían los niños.

Al llegar a casa, lo habló con Roberto.

—No es posible que todos los niños se inventen un amigo imaginario con las mismas características. Al menos cuando esos rasgos no son nada corrientes: una niña con la cara desfigurada.

—Un punto increíble sí que es —respondió él—. Pero, ¿qué otra cosa puede ser, más que un producto de la imaginación? Quién sabe, tal vez existen ideas que flotan en el ambiente y solo son captadas por las mentes más limpias de los niños.

—Pues a mí esto me asusta.

El siguiente domingo, en un paseo similar, cuando se acercaban al Torreón 88, a Gema se le puso el vello de punta. Apretó la mano de su hijo, dispuesta a pasar de largo lo antes posible.

—Espera, mami —dijo David—, que Anabel me está saludando.

—¿Quién es Anabel?

—Pues quién va a ser, la niña esa que le falta media cara.

—Ahí no hay nadie —dijo Roberto.

—Sí, está Anabel y me dice que me quede.

—Vamos —dijo Gema tirando de su hijo, que se resistía a andar.

—No —gimoteó el niño—, que se va a enfadar si nos vamos…

Roberto tomó a su hijo en brazos y caminaron lo más rápido posible. El niño lloraba.

—¡Que se enfada! Tiene su único ojo enfurecido, que da mie­do. Para, papi, para, ¡que se enfada!

Salieron huyendo de allí con el vello de la espalda erizado.

Luego, en casa, cuando estaban más tranquilos, conversaron sobre ello.

—Cuidado que somos idiotas —dijo Roberto—. No había nadie y nos hemos ido corriendo como si huyéramos del diablo.

—Calla, no lo menciones. No es algo irreal. A mí me recorrió el cuerpo una sensación de frío que aún me dura. No habrá nada visible, pero algo hay en ese sitio.

El caso es que alteraron su rutina y ya nunca volvieron a pasar por ese lugar. Cuando se acercaban en un paseo, con el niño o sin él, entraban por la puerta más próxima de la muralla antes de llegar al Torreón 88 y se perdían por el centro del casco antiguo.

Ya casi lo habían olvidado, cuando una noche, sobre las tres de la madrugada, Gema se despertó con un sudor frío y chilló.

—¡Noooo…!

Roberto se despertó asustado y tuvo la sensación de que una barra de hielo se le había metido en las entrañas.

—¡David! —gritó Gema.

Ambos se levantaron y corrieron al dormitorio de su hijo. No estaba. La cama permanecía deshecha y removieron las sábanas, descubriéndola entera.

—¡No está! —gritó de nuevo Gema—. ¡David, David!

Recorrieron ansiosos toda la casa. La puerta de la calle estaba abierta, pero, después de mirar en el descansillo y las escaleras, regresaron dentro para buscarle en todos los rincones y armarios.

—¡David, David!

—No grites. Vas a despertar a los vecinos.

—¿Y qué quieres? —preguntó Gema.

—Voy a llamar a la policía.

—Espera, va a ser una pérdida de tiempo. Si los llamas, tendremos que esperar a que vengan y darles todos los datos. Yo sé dónde está.

—¿Dónde? —inquirió Roberto, aunque sospechaba que él también sabía la respuesta.

—En el Torreón 88.

Corrieron a su dormitorio y se pusieron ropa de calle encima de los pijamas. Se calzaron y salieron disparados a la calle. No buscaron el coche, porque por la noche y tomando atajos tardarían menos andando. O más bien, a la carrera.

Llegaron al Torreón 88 sudando hielo frío, con el vello de punta y sin un solo hálito de aire en los pulmones. La noche era muy cerrada, pero la tenue iluminación de las farolas hacía visible el lugar. Divisaron un pequeño bulto. Podía ser el niño, sentado en el suelo, como la vez que lo vieron jugando con el que creían su amigo imaginario.

—¡David! —gritó Gema. Volvió la cara. Sí era él.

El sudor frío fue en aumento.

—David, hijo —dijo Gema, tomándolo en brazos y sintiendo por encima el abrazo de Roberto. Gema lloraba. Roberto temblaba. David sonreía, con una expresión rara. Estaba absorto mirando a algo en el suelo.

—Es Anabel —respondió el niño—. Os está diciendo hola.

—Vámonos de aquí —apremió Gema.

—No, que Anabel se enfada. Estaba muy triste y me dijo que viniera a verla.

—¿Qué dices, idiota? —Roberto ya no controlaba sus palabras por el miedo que tenía y David echó a llorar.

Roberto cogió al niño y comenzaron a andar deprisa, huyendo del lugar. David extendía un brazo, como queriendo anclarse en el aire y no moverse.

—Anabel, Anabel —repetía.

—Ahí no hay nadie —le dijo Gema a David.

—Sí, estaba Anabel. Papi, ¿me vas a matar?

—Pero, ¿qué dices? —rugió destemplado el padre.

—Roberto, ten paciencia —suplicó Gema.

—Lo siento, perdona, cariño. Pero, ¿cómo me dices algo así, hijo?

—Es que el papá de Anabel la mató. En ese sitio. Le golpeó la cara con una piedra muchas veces. Por eso la tiene así de rota. Ella vivía con su madre y un día vino su padre a buscarla. Anabel no quería irse, pero se la llevó. Luego, en ese sitio, la mató.

—¿Quién te ha contado eso, cariño? —le dijo Gema, con las lágrimas en sus ojos.

—Anabel. Y luego su padre se marchó dejándola en el suelo. Ella dice que el primer golpe le dolió mucho, pero que luego ya no le dolió nada. Vio cómo su padre echó a correr y desapareció. Más tarde, se enteró de que llegó a un árbol y se colgó con una cuerda, muriéndose también. Se lo contó él mismo, su padre, porque después vino otra vez a buscarla. Pero ella tampoco se quiso ir con él y se quedó allí jugando.

Roberto, con el niño en brazos y agarrado a Gema, los llevaba a ambos casi en volandas. Corrían todo lo que podían, mientras escuchaban lo que les contaba su hijo. Ambos iban llorando, con los ojos inundados de lágrimas, sin apenas ver por dónde caminaban.

De pronto, Roberto se dio cuenta de que hacia ellos venía un hombre dando la mano a una niña pequeña. El hombre llevaba una soga al cuello y la niña… la niña… no podía ser otra que Anabel. Le faltaba media cara…

Los pelos de Roberto se volvieron blancos y se pasó las manos por los ojos para aclarar las lágrimas y ver mejor. El niño también se quitó las lágrimas de los ojos y vio lo mismo que su padre.

—Es Anabel. Mira, va con su papi —dijo David. Gema no se había dado cuenta aún, pero se apartó los pelos de la cara y también los vio.

Roberto, con su hijo en brazos y con Gema agarrada a ambos, detuvo su carrera sin atreverse a dar un paso más.

—¿Quién demonios eres tú? —le dijo Roberto al hombre.

Delante tenían a un tipo extraño; llevaba una soga apretando su cuello que no se veía dónde acababa y de la mano agarraba a una niña, similar a las descripciones que les había hecho David de Anabel. Esos seres insólitos les cerraban el paso. Habían surgido de la nada y el extraño individuo les miró con intensidad, sin soltar la mano a la niña. Tras un leve silencio, respondió:

—¿Pero es que no os habéis dado cuenta? —les dijo—. Os acaba de atropellar el camión de la basura: estáis tan muertos como nosotros.

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