sábado, 13 de febrero de 2021

El asunto de los cuernos

La fiesta de San Valentín se dedica a celebrar a los enamorados y, en un principio, la impuso la iglesia católica como contrapeso a la fiesta pagana de las lupercales. Hoy en día, es una fiesta comercial que no podemos obviar, ya que machaconamente nos la recuerdan con objeto de que gastemos dinero en regalos. Nos incitan a consumir o, en caso contrario, chantaje emocional, no demostraremos nuestro amor a la pareja.

En el contexto de las modas actuales, como el poliamor o las relaciones abiertas, no se observa el sometimiento tradicional a la fidelidad, que hasta hace poco era algo preceptivo. Aun así, la fidelidad sigue siendo muy importante para muchas parejas, pero se ha reducido a un pacto de lealtad, que ya nunca tendrá las trágicas consecuencias folletinescas de siglos pasados. O no debería.

Cuando en otros tiempos se trataba la infidelidad, se usaba una curiosa imagen: se hablaba de «poner los cuernos». Normalmente era la traición que la mujer hacía al marido y este el cornudo, desatándose la tragedia en cuanto se enteraba. Menos grave solía ser si la cornuda era ella, por la dependencia económica que soportaba. El caso es que el asunto de los cuernos dio para mucha literatura desde el Siglo de Oro.

Saliéndonos del tema moral y tomando su lado folklórico resulta curiosa la imagen de identificar la infidelidad con la cornamenta. ¿De dónde viene? ¿Por qué se utiliza este símil? Que yo sepa, los mamíferos cornudos no son más promiscuos que otras especies.

Si indagamos en la historia y en la literatura descubriremos que es algo muy antiguo. Cuestión de siglos. No voy a plantear una tesis, pero sí quiero traer aquí un texto que, en la primera mitad del siglo XIV, podría explicar el origen de esta asociación de la cornamenta con la infidelidad. Y, si no es el origen, al menos demuestra su antigüedad.

Se trata del Libro de buen amor (1330 y 1343), del Arcipreste de Hita. La historia en concreto es la de «Don Pitas Payas, pintor de Bretaña». En ella se cuenta que un pintor, llamado Pitas Payas, recién casado, decide iniciar un viaje a Flandes. Antes de partir, y para cuidar la «virtud» de su mujer, decide pintarle bajo el ombligo un cordero. Piensa tardar dos meses en regresar, pero se retrasa dos años y a la esposa cada mes se le hacía un año. Así que, necesitada de aquello que esperaba del reciente casamiento, toma un amante con el que se prodiga en encuentros. Cuando recibe la noticia de que su marido está a punto de volver, ella se da cuenta de que se le ha borrado el cordero y le solicita a su amante que le dibuje otro en el mismo lugar. Este, muy deprisa, le pinta un carnero con una crecida cornamenta. Cuando llega el marido, le solicita a su mujer que le muestre la seña que él le había dejado, comprobando que donde pintó un cordero, había un carnero. Exige explicaciones y ella le responde que en dos años ¿cómo no se iba a convertir en carnero?, que si hubiese llegado antes lo hubiera encontrado aún cordero.

Dada la belleza y la gracia del texto, lo transcribo para cerrar este artículo:

EXIEMPLO DE LO QUE CONTESÇIÓ A DON PITAS PAYAS, PINTOR DE BRETAÑA

   Del qu’ olvida la muger te diré la fazaña:

sy vieres que es burla, dyme otra tan maña.

Eran don Pitas Pajas un pintor de Bretaña;

casó con muger moça, pagávas’ de conpaña.

   Antes del mes cunplido dixo él: «Nostra dona,

»yo volo yr a Frandes, portaré muyta dona.»—

Ella diz: «Monsener, andés en ora bona;

»non olvidés casa vostra nin la mía persona.»—

   Dixol’ don Pitas Payas: «Doña de fermosura,

»yo volo fer en vos una bona figura,

»porque seades gardada de toda altra locura.»—

Ella diz’: «Monssener, fazet vuestra mesura.»—

   Pyntol’ so el onbligo un pequeño cordero.

Fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero.

Tardó allá dos anos, muncho fue tardinero,

facias’ le a la dona un mes año entero.

   Como era la moça nuevamente casada,

avie con su marido fecha poca morada;

tomó un entendedor e pobló la posada,

desfízos’ el cordero, que dél non fynca nada.

   Quando ella oyó que venía el pintor,

muy de prisa enbió por el entendedor;

díxole que le pintase, como podiesse mejor,

en aquel logar mesmo un cordero menor.

   Pyntóle con gran priessa un eguado carnero

complido de cabeça, con todo su apero;

luego en ese día vino el menssajero:

que ya don Pypas Pajas desta venía çertero.

   Quando fue el pintor ya de Frandes venido,

ffue de la su muger con desdén resçebido;

desque en el palacio ya con ella estido,

la señal que l’ feziera non la echó en olvido.

   Dixo don Pytas Pajas: «Madona, sy vos plaz’

»mostratme la figura e ¡aiam’ buen solaz!»—

Diz’ la muger: «Monseñer, vos mesmo la catat:

»fey y ardidamente todo lo que vollaz.»—

   Cató don Pytas Pajas el sobredicho lugar,

e vydo grand carnero con armas de prestar.

«¿Cómo, madona, es esto o como poder estar,

»que yo pynté corder, e trobo este manjar?»—

   Como en este fecho es siempre la muger

sotil e malsabyda, diz’: «¿Cómo, monsseñer,

»en dos anos petid corder non se fer carner?

»Veniésedes tenplano: trobaríades corder.»—

[…]

El texto está tomado de la decimoctava edición del Libro de buen amor, Espasa Calpe, Madrid, 1984.

LIBRO RECOMENDADO:

-        Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita

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