domingo, 29 de julio de 2018

Los brutos


En el colegio hubo tiempos mejores. Los niños y las niñas jugaban en el patio de recreo a lo que les apetecía. En una esquina se organizaban partidos de fútbol y alrededor de una canasta había torneos de baloncesto. Algunos corrían sin sentido y otros saltaban a la goma o a la cuerda, sin importar que se mezclaran niños y niñas. También los había que simplemente paseaban y hablaban.

Pero llegaron los brutos. No eran muchos pero tenían muy mal carácter. Comenzaron por poner zancadillas a las niñas y por interrumpir las competiciones de baloncesto. Un día decidieron que solo se podría jugar al fútbol y aquellos que no estuvieran entre los elegidos para formar los equipos, deberían hacer de espectadores para vitorear y animar en los partidos. La mayor resistencia la opusieron los que jugaban al baloncesto.

Los maestros les dejaron hacer a los brutos, e incluso los apoyaron, ya que a ellos les gustaba más el fútbol. La situación se tensó tanto que, durante un torneo de baloncesto, se presentaron por sorpresa los brutos y hubo una pelea multitudinaria. La batalla campal se alargó. En principio los bandos estaban equilibrados, pero el resto de niños y niñas se vieron obligados a decantarse por unos u otros.

Los brutos se emplearon a fondo. Organizaron muy bien la estrategia de lucha, ya que estaban acostumbrados a acosar a los demás y terminaron por imponerse. Ganaron los brutos e impusieron su ley. Hubo muchos de ambos bandos que acabaron con hematomas e incluso heridas abiertas, sobre todo de los perdedores.

A partir de aquel momento ya no se podía jugar a otra cosa que no fuera fútbol. Cualquier porción del patio era un campo de fútbol y en todo momento que hubiera un partido el resto de los niños y niñas debían estar como espectadores. Cuando salía alguno que se resistía a participar, lo acosaban un par de brutos y de una paliza lo obligaban a ser espectador.

Aquello se convirtió en algo normal. Se aceptó la situación y, a la hora de salir al patio, durante mucho tiempo el fútbol fue la única actividad permitida.

Uno de los niños, que antes jugaba al baloncesto, se enfrentó valientemente a un grupo de brutos y les dijo que él era más pequeño que ellos y que, en cuanto se marcharan del colegio, todo volvería a ser igual. Cada uno jugaría a lo que quisiera.

Los brutos se juntaron para hablar, después de que unos puñetazos y puntapiés acallaran al que había protestado. Tomaron una decisión. Eligieron a un grupo de antiguos jugadores de baloncesto y les obligaron a trepar a una de las canastas, para que desatornillaran el aro y pintaran con rotuladores un cartel que decía: «En este patio se va a jugar siempre al fútbol».

Esa canasta con el cartel aguantó hasta que los brutos se hicieron mayores y se marcharon del colegio.

Poco a poco el patio volvió a ser un campo de juego multidisciplinar, como había predicho el niño rebelde, aunque nadie se atrevió a quitar el cartel de la canasta de baloncesto. Canasta que  se iba deteriorando paulatinamente y, en poco tiempo, si no se repintaba, acabaría por tener ilegible el cartel.

«Eso es injusto». Pensaron algunos que no había derecho a que fuese el tiempo el que acabara con el recuerdo de esos brutos o que vinieran otros para  repintarlo y así perpetuar su memoria. Así que se organizaron unos cuantos y, atando una cuerda, derribaron la canasta de baloncesto y astillaron el cartel. Los seguidores de los brutos, ahora en minoría, tuvieron que aguantarse.

—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. No has hecho lo que yo había pedido, la redacción tenía que tratar sobre el Valle de los Caídos.

viernes, 13 de julio de 2018

Dices tú de mili...

Hablando de mili, ¿os he contado que yo hice la mili en Ávila?

Me dirijo a vosotros, chicos, ya que las mujeres nunca me van a entender. Los más jóvenes tampoco saben lo que es la mili, pues la quitaron hace años, pero para muchas generaciones había un antes y un después: "Que te vas a hacer un hombre, que vas a conocer mundo...". Sí, yo hice la mili, así que supongo que ya soy un hombre, aunque ahora en el ejército haya mujeres; y recorrí mundo, si bien me tocó hacer la mili en Ávila, en casa... ¡Oye, que Ávila también está en el mundo!

Antes de ser hombre, yo era un joven de firmes ideales, que por aquellas fechas se asentaban en el inconformismo, en llevar la contraria, en el pacifismo… Y por tanto debía hacerme objetor de conciencia, así que cuando me llamaron a filas –a tallarse decían– pues...



Por mucho que no lo parezca, sí, soy yo.
Pero no nos vayamos del tema, que me pierdo. Yo hice la mili en Ávila, según os contaba, y la hice porque no objeté, es obvio. Que en mi época –por entonces aún se hacía la mili con lanzas– no existía la objeción de conciencia y al que no se presentaba lo declaraban desertor y lo enchironaban. Que si hay que objetar se objeta, pero un año y medio de calabozo… Así que me tallé y entré en el sorteo. Eso consistía en que sacaban un apellido y un destino y a partir de ahí se compaginaban la lista de apellidos de los quintos con otra de destinos –sigo sin comprender por qué nos llamaban quintos.
Cáceres. Reemplazo par. “¡Qué suerte tienes, macho de cabra! Después del campamento te tocará Ávila”. ¿Suerte? ¿Y para esto no objeto? ¿Me voy a hacer hombre yendo a dormir –y a comer– a casa? Ya sabéis, puro inconformismo, la juventud que siempre es contestataria.

Lo del campamento en Cáceres tiene poco que contar. El primer día ya estábamos ensayando para el último, pateando la pista de la jura de bandera. Pero hicimos más, como subir al monte cargados con el CETME –dícese del fusil antediluviano que utilizábamos–, teóricas de cómo ensartar con la bayoneta a los enemigos –que yo no sé por qué en lugar de eso, no me enseñaron a dispararlos a distancia–, tirar una granada detrás de unos montones de arena para levantar polvo, y esas otras cosas que hacen los soldados, como emborracharse en la cantina.
Total, que al mes a casita, a defender la patria con horario de oficina.

"¿Quién quiere hacer el curso de cabo?" Preguntaron. "Yo mismo". Respondí. Ya metidos en harina, y ya que iba a ser soldado, al menos que me licenciaran de sargento con mi paga de profesional. Un inciso, yo seguía siendo pacifista, pero como iba a llevar un arma en la mano, pensé que mejor mataría enemigos de sargento que de soldado. Entendedme, el homicidio es el mismo, pero los galones son los galones. De todas formas, no tenía a mi admirado Gila para preguntarle sobre esto de matar en la guerra.

Así que me apunté al curso de cabo… Y acabé siendo corneta.
Esto necesita una breve explicación. Es que antes de acudir a mi primera clase de cabo, se presentó el sargento de la banda de música y pidió voluntarios. Nuestro fervor guerrero nos hizo disimular y no salió ningún voluntario. ¡Con lo bonita que es la música! Así que se hicieron las cosas como se hacían en la mili. Dijo el sargento: “A ver, tú, tú, tú –me comeré unos cuantos “tus” para no cansar–, y tú, sois voluntarios para la banda”. Con ello terminaron mis ambiciones de mando, porque yo fui uno de los “tus”. Pero ahí no acabó la cosa, seguidamente repartió instrumentos, tuteando de nuevo indiscriminadamente: “Tú tambor, tú corneta”, etcétera. O sea, algún tambor más y muchas cornetas, aparte de un bombo. Que eso del oboe y la viola parece que no se estilaba mucho en el ejército.

Sí, sí, también soy yo.
¡Toma ya, yo corneta! ¿Pero por qué yo, que tengo un oído enfrente del otro? Que a mí la música me gusta mucho, sí, pero a los demás no les gusta nada que yo la “toque”. Vamos, que he nacido para el dibujo.
Y además desterrado en el “Planeta de los simios”, que es como llamábamos coloquialmente al Pradillo, donde tan sólo estaban las cuadras y la banda, apartados del mundo civilizado. Allí ensayábamos perdidos por las esquinas y en cuanto hacíamos sonar ese instrumento maléfico nos llevaban a bajar bandera para practicar. Yo por entonces tan solo hacía sonar el cuerno metálico, no había comprendido que se me exigía, además, que emitiera sonidos armónicos. Y en eso vinieron unos familiares andaluces, que no venían mucho porque vivían en Andalucía en lugar de en La Colilla, por ejemplo, y mi padre llevó orgulloso a mi tío Pepe para que viera cómo yo tocaba una bajada de bandera. Sí, se me ocurrió decírselo, inconsciencias de la juventud. Desde entonces pasé a ser el hazmerreír de la familia. El color rojo de mi cara de aquel día fue más por causa de la vergüenza de ver a mi padre y a mi tío presumiendo de ser familiares del corneta antes de la actuación, que por mi esfuerzo posterior de soplar: “tuuu tutú tutú tutuuuuu…”

Pero poco a poco fui aprendiendo y el resto de la mili la pasé en la Academia de Intendencia de la calle Vallespín, tocando diana a los cadetes y a la tropa, tocando fajina –que no sé cómo la llaman así, ya que nadie usaba faja para comer–, tocando “a paseo” para mandar a todo el mundo a paseo, bajando bandera con público y todo, turistas generalmente, y, como culminación, desfilando por El Grande el día del Corpus… Eso sí, ya tocaba bien, era “wisa” –es que cada tres meses subíamos de escalafón: quintos, padrecillos, abuelos y “wisas”, que viene de  bisabuelos, no me preguntéis por qué, pero lo escribíamos así–. Lástima que no hubiera vuelto mi tío Pepe en esas fechas para presenciar mi progresión. Vamos, tampoco hay que exagerar, no había alcanzado yo la calidad de un Mozart, que seguro que si está presente mi tío y pregunta a los oyentes ¿qué tal la ejecución del muchacho?, nadie le respondería que sí, que me ejecutaran allí mismo, si no que bastaría con un par de “guantás” bien “das”.
Desde entonces creció mi amor por la música y, en la Semana Santa, hasta me emociono con la banda de cornetas, y eso que soy agnóstico. Pero, bueno, también fui soldado siendo pacifista.

Y eso es todo, amigos. Ya veis, no soy un héroe, pero al menos soy una persona de principios, pues hice la mili sin usar armas. Conseguí entrar en la banda de música, para practicar ese arte noble, y así me libré de matar personas ya que, entonces, si hubiera habido alguna guerra, yo les habría tocado el “tu-tutú” a los enemigos, en lugar de rajarlos la tripa con la bayoneta. Que, digo yo, ¿no sería más fácil dispararlos desde lejos?

Relato publicado en "El mundo según los abulenses vol.2". La Sombra del Ciprés, 2016, Ávila.

lunes, 2 de julio de 2018

¡Qué calor!


¡Uf, qué calor! ¿Quién iba a decir que después del largo invierno y la espantosa primavera iba a venir este calor de repente?

Y además sin aire acondicionado y sin un triste abanico que me refresque, que ya tengo arrugadas todas las revistas y papeles de propaganda que tenía por casa, de sudarlas con las manos.

Me tomaré un helado. Pero, ¿qué diantre? Lo saco de la nevera y se me derrite al momento. Está tan licuado que cuando lo llevo a la boca me parece un café con leche. ¡Diablos, cómo he puesto el suelo de chorretones!

Y mira el bolígrafo, se está deshaciendo el plástico y se pega a la mesa. Esto es ya inaguantable.

¡Estoy desnuda por la casa y no hay una sola brisa que me refresque! El aire está más calentorro que el vapor de una infusión recién hecha.

Increíble, se está deshaciendo también la botella de plástico que contenía el único agua que me quedaba envasada. ¡Si parece que hierve! Podría cocer garbanzos con este agua sin ponerla al fuego.

¡La ducha!, ni esa puedo usar, debe ser también de plástico y se está deshaciendo. No pienso ponerme bajo el chorro que salga por ese trasto. Me abrasaría.

¡Qué hago! ¡Socorro! Esto es un infierno. ¿Estoy despierta o soñando? ¿Una pesadilla? ¿El sueño de una noche de verano…?

En todo caso no soporto tanto calor, me da la sensación de que yo también me estoy disolviendo.

¡Es imposible! No puedo creer lo que veo, el calendario de la cocina se derrite… Pero si es de papel, lo lógico es que se incendiara y se está licuando. ¡Ahí va el mes de julio, hecho garabatos sobre el suelo de la cocina! Y agosto también…

Septiembre se funde más despacio. En un momento se me ha desleído todo el verano. Me quedé sin verano, pero parece que el mes de octubre aguanta, se mantiene entero. A ver si con suerte…

¡Qué bien, octubre viene fresquito! ¡Qué gusto!

jueves, 14 de junio de 2018

El rato


Era un buen rato. Yo sé que no debería llamarlo así, pero es que era parecido a un ratón aunque mucho más grande, como una rata. La diferencia principal es que éstas suelen tener un rabo grueso y, sobre todo, son huidizas. Sin embargo, el rato tenía físicamente el porte de un pequeño ratón, pero mucho más grande y, sobre todo, me hacía cara, desafiante.

Ilustración de Gris Medina
Se plantó  de nuevo delante de mí, mirándome fijamente, como retándome. Yo me quedé paralizado, no era capaz de moverme, temiendo algo absurdo, como que saltase de repente hacia mí para pegarme un feroz bocado. Por más irracional que parezca, su presencia me infundía el temor de algo tan desatinado como un salto acrobático.

En otras ocasiones, cuando se cansaba de mirarme, daba la vuelta con parsimonia y al momento lo perdía de vista.

¿Dónde demonios se escondía? Yo mismo hacía la limpieza y no encontré ningún agujero en las paredes por donde pudiera escabullirse. A no ser… Sí, no quedaba otra, debajo de la cama. Por ahí tan solo pasaba el cepillo, sin agacharme a ver si en la pared existía alguna especie de hueco. ¿O tal vez era debajo de este mismo catre donde había hecho el nido?

Pero esa vez iba a ser diferente. Me había precavido y tenía en la mano el zapato. El rato permanecía inmóvil retándome con su mirada. Mientras tanto, yo tensaba mis músculos, con el mayor disimulo posible, procurando que mis gestos no me delataran.

Como un resorte, lancé el zapato en su dirección. Pero ni siquiera vi si le había dado, ya que nuevamente despareció de mi vista. Instintivamente levanté mi pie descalzo, ya que lo lógico es que hubiera pasado debajo del catre y temí de él una dentellada.

En ese momento se corrió el cerrojo exterior del chabolo y penetró un tipo cuya cara no me era desconocida del todo.

–Tienes de nuevo un compañero de celda –me dijo el guardia a sus espaldas–. Pero cuídalo bien que es un político condenado por corrupción. De los famosos. Seguro que si te cuenta su vida pasáis un buen rato.

 

miércoles, 30 de mayo de 2018

Si es arte no puede ser tebeo


Hasta ahora, cuando se hace historia de la Narrativa Gráfica europea, suele decirse que este “nuevo lenguaje” es importado de Estados Unidos y que, en todo caso, aquí existió un precedente en el siglo XIX. Un precedente que apunta algunas similitudes pero que no es en absoluto el lenguaje desarrollado que se inventó en 1896 en la prensa, con una serie denominada Yelow Kid.


Todo mentira. Es imposible que sea un “precedente”, porque o existe narración gráfica o no existe, no hay término medio, como en el chiste: o la mujer está embarazada o no lo está. Si los filmes de los hermanos Lumière son Cine, a pesar de ser toscos y no contar con recursos como la planificación, banda sonora o color, entonces las secuencias gráficas estáticas, con intención narrativa son tebeos. Algunos argumentan que, hasta que los norteamericanos descubrieron el lenguaje, los predecesores no sabían lo que hacían. Esto es irrelevante y además es mentira también. Algunos lo tenían incluso más claro que Outcault, autor norteamericano del Yelow Kid que, por casualidad, atinó con una narración gráfica. Transcribiré, para zanjar el tema, unas palabras del europeo Rodolphe Töpffer. Decía en 1837, 59 años antes del Yelow Kid: “Este pequeño libro (Histoire de M. Jabot) es de naturaleza mixta. Se compone de una serie de dibujos autografiados a mano. Cada uno de estos dibujos están acompañados de una o dos líneas de texto. Los dibujos, sin este texto, no tendrían más que un oscuro significado; el texto, sin los dibujos, no significaría nada. El conjunto forma una especie de novela...” ¿Más claro? El agua.

Para cerrar el tema de la Narrativa Gráfica anterior a lo que la historia “oficial” debemos adentrarnos en el siglo XX y hablar de artistas que se mantuvieron al margen  del “invento” de Outcault, a los cuales no consideraron autores de tebeos por ser reconocidos como artistas. Sí, esa era la mentalidad, si eran pintamonas no eran artistas.

Ejemplificaré en dos nombres únicamente que, desde luego, no son los únicos: Lynd Ward y Max Ernst. Pero hay muchos más, Will Eisner, por ejemplo, en su obra La Narración Gráfica cita a artistas del grabado como Frans Mesereel, Otto Nückel o Milt Gross, que también realizaron novelas gráficas.

Lynd Ward (1905-1985) es otro enésimo “inventor”, esta vez de novelas grabadas, como se las ha denominado eufemísticamente. Está considerado, sin ambages, como un artista, no como un dibujante de historietas. Se dedicó principalmente a la xilografía, cuyos grabados publicaba recopilados en libros. Pero esas recopilaciones de grabados no eran meros portafolios, sino que narraban historias sin palabras. La primera fue God’s Man, en 1929, que contaba la historia de un artista que vende su alma para lograr el éxito. Aparte de ilustrar obras literarias realizó otras cinco novelas grabadas más entre 1930 y 1973. Él admite la influencia del cómic norteamericano, pero ojo, obsérvese que una cosa es que le influya y otra que admita que su obra sea cómic. También a los pintores Warhol y Linchtenstein les influyó el mismo “subproducto de la cultura de masas”, sin realizar nunca un cómic.


Max Ernst (1891-1976) fue una figura fundamental de los movimientos Dadá y Surrealista. Este alemán que vivió en París se integró en los ambientes artísticos y en 1930 trabajó como actor en la película L’Age D’or, de Luis Buñuel. En 1941 emigró a EE.UU., regresando a Francia en el 53. Ernst se caracterizó por ser un infatigable experimentador y así cuando quiso narrar historias con imágenes utilizó la técnica de las novelas collage, siendo la más ambiciosa Una semana de gentileza (Une semaine de bonté ou les sept éléments capiteaux), de 1934. Consta de 182 láminas que en todo lugar quedan catalogadas como obra de arte excepcional del siglo XX… Pero son un tebeo, lo cual no niega, no debería, su clasificación como gran obra de arte. Cuenta una historia surrealista, sin más palabras que los títulos de sus siete capítulos.


Estos ejemplos del siglo XX evidencian, para quien no acababa de creérselo, que la narración gráfica es despreciada aún en ambientes intelectuales, pues al ser notorio y conocido que ya existe un lenguaje narrativo que utiliza secuencias ordenadas de imágenes, tanto las obras de Ward como de Ernst deberían haberse considerados tebeos, en lugar de excentricidades o rarezas artísticas.

Creo que ya estamos en el momento adecuado, y sin retorno, de reconocer a las narraciones gráficas como un lenguaje independiente de la literatura, el cine o la pintura, que puede ser vehículo de obras de arte sin ambages.

lunes, 14 de mayo de 2018

El Inmaterial


Uno mismo no puede reseñar sus libros. Sería hacer trampas, convirtiendo la reseña en mera publicidad. Esto desde luego no es una reseña, aunque lo etiquete así, y procuraré por todos los medios conscientes que no sea publicidad. Pero me gustaría hablar de mi primera novela y explicar de qué va y cómo surgió. O, al menos, contar una historia que tenga como referente mi iniciación en el oficio literario.

Yo jamás pensé que un día sería escritor, que disfrutaría escribiendo, que publicaría y que vendería novelas. Cerca de los cincuenta años me di cuenta de que disfrutaba con ello. Primero me probé escribiendo un ensayo sobre lo que era mi pasión declarada, la narrativa gráfica, los tebeos, que ahora estoy reescribiendo para este blog. Eso fue en 2006. Después di el salto y me atreví con una novela, El Inmaterial, publicada en Bubok en impresión bajo demanda en 2008, y que ahora, coincidiendo con el décimo aniversario, reedito, actualizada y corregida, sobre todo en estilo.

En aquel lejano año, no sabía si sería capaz de acabarla o si vendría una segunda y tercera novela, como así ha sido. Por lo que decidí darlo todo y el proyecto fue ambicioso. Mucho. Volqué todo mi conocimiento, toda mi filosofía y todo mi interés, a riesgo de pasarme de frenada.

El primer escollo que me surgió fue decidir quién sería el narrador de la historia y no fui capaz de arrancar hasta que lo resolví. Más bien decidí que ese narrador sería la clave de la novela. Luego vino el argumento, que es a lo que le di menos importancia. Siempre he defendido que en una novela el factor más insignificante es el argumento y suelo emplear el ejemplo del Quijote. ¿Puede concebirse un argumento más simple que un lector que se cree las historias fantasiosas que lee y quiere ponerlas en práctica? Pues Cervantes con algo tan sencillo intentó una novela corta, del tipo de La Gitanillla, Rinconete y Cortadillo o el Licenciado Vidriera. Simples anécdotas para hacer pasar al lector un buen rato. Pero don Miguel se cebó. Después de acabar la novela corta con la primera salida del Quijote a hacer sus locuras se quedó con ganas de más y escribió una segunda salida mucho más larga. Así nació la novela moderna. Años más tarde, debido al éxito de su obra, y un poco para reivindicar el personaje que había sido plagiado, escribió la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Y ahí surgió la obra cumbre de la literatura hispana, a pesar de la ridiculez de su argumento.

Bueno, pues yo ingenié un argumento, del cual no puedo desvelar nada, ya que la historia da giros inesperados, convirtiéndose varias veces en algo distinto a lo que el lector pensaba que estaba leyendo. Esto me preocupó, temiendo que alguno de los giros pudiera defraudar o hacer sentir rechazo.

Fue algo experimental y no estaba seguro del resultado. Pero la novela creció y lo cierto es que me sorprendió. Sobre todo estuve encantado con todo lo que disfruté imaginándola y escribiéndola. Me obsesionaba. A todas horas la tenía en la cabeza dándome vueltas hasta que la concluí.

Me puse el mundo por montera y envié mi obra a todas las editoriales grandes, impresa y encuadernada en alambre. Una tras otra me rechazaron. Entonces me desilusioné, pero no desistí, recurrí a la autoedición. Conocí por una entrevista a una empresa recién fundada, llamada Bubok, que ofrecía los libros en impresión bajo demanda y no requería realizar más inversión que pagar el ISBN y los cuatro libros del depósito legal. A partir de ahí, cada ejemplar se imprimía para cada comprador. La maqueté, realicé una rudimentaria portada y me imprimí algunos ejemplares que ofrecí a mis amigos, comprometiéndoles a comprarlos.

La experiencia fue agridulce. Aunque estaba muy satisfecho con la obra realizada, me di cuenta de que algunos pasajes estaban subidos de tono y me avergonzó que lo leyeran algunos lectores que me la compraron. Entonces los suavicé cambiando el texto cada vez que realizaba alguna corrección. No sé si esto está bien, pero realicé muchas relecturas y en cada una cambiaba la maqueta para los siguientes lectores que demandaran su impresión. Este tipo de edición me lo permitía.

Primera portada
La idea de la portada era atraer compradores, por lo que utilicé un reclamo sexual, con una mujer desnuda vista a través de una cerradura, que era una metáfora del argumento. De ese del que no puedo hablar. Así, además, avisaba de algunas escenas tórridas narradas. Más adelante intenté perfeccionar un poco la rudimentaria portada, aunque manteniendo su esencia.

Y ahora vuelve a salir a la luz, renovada. Quise evitar la portada que entendí que me sonrojaba y podía apuntar a lo que no era la novela y se la encargué a una gran ilustradora y artista: Gris Medina. La tenía en casa, pero es una auténtica profesional y la recomiendo a todos mis amigos escritores y también a los escritores que aún no sean mis amigos. Seguro que no les defrauda. Aquí dejo su web: http://grismedina.mbit.ga/ y su Instagram: https://www.instagram.com/grismedinaart/.

El Inmaterial es una obra muy diferente a mis otras dos novelas posteriores. A Lo demás es cosa vana, novela histórica, de aventuras y amoríos, y también a Operación Caipiriña, una novela negra con humor, que escribí con el sano propósito de divertirme.

Y esa es la historia. La otra, la que cuenta El Inmaterial, hay que leerla y no puedo adelantar más que su temática es el misterio, aunque no puede encuadrarse en ningún género. Por si alguien quiere curiosear el precio, aquí tiene el enlace: https://www.bubok.es/libros/2539/El-Inmaterial. La empresa funciona muy bien, es fiable y no tardan en enviarla al domicilio del comprador. O también puede encargarla en cualquier librería y así evitar los gastos de envío.

lunes, 30 de abril de 2018

Érase una vez… en Ávila


Es para mí un auténtico placer, cuando llegan estas fechas, realizar una reseña del libro colaborativo que saca la asociación La Sombra del Ciprés. Ya van cuatro.

Este año el reto ha sido auténticamente difícil, al menos para mí, ya que nos propusimos hacer un libro infantil, género que nunca había intentado, pero el resultado ha sido tan brillante que quiero mostrarlo con orgullo.

26 asociados hemos realizado 27 colaboraciones que se ven acompañadas de 26 dibujos a todo color. Entre estas colaboraciones hay cuentos y poemas. El único requisito era utilizar nuestra ciudad y provincia como marco de las historias. Para complicarnos la vida encargamos a niños entre 4 y 14 años que nos realizaran las ilustraciones, con su interpretación personal de los cuentos. Y, de nuevo, el resultado ha superado nuestras expectativas. En la presentación preguntamos a un niño que de dónde había sacado las ideas para el dibujo y él, sabiamente, explicó que las había copiado de su imaginación. ¿Puede haber mejor respuesta?

Autoras Ana e Irene Martín Garcinuño
La edición ha sido muy cuidada, en papel de brillo de alto gramaje, tapas de cartón con solapas y un total de 148 páginas.

Esta vez no me dedicaré a reseñar cuento por cuento, habrá que leerlos. Creo que la literatura infantil no debe ser simple, ni estereotipada. Debe ser inteligente, con un único aspecto a cuidar y es que sea entendida por el público al que va dirigida. Pero también los mayores tienen que disfrutar con ella o nos habremos equivocado. Y esto pienso que lo hemos conseguido.

Hemos querido hacer un libro familiar, que puedan leer hermanos de distintas edades, pero no hemos dividido los cuentos por edad, sino por dificultad lectora y contenidos. Hay tres bloques, Primeros Lectores, Segundos Lectores y Lectores Avezados. Así, además de estar adaptados a todos los hermanos, puede ser un libro que guarde el niño en su cuarto y vaya creciendo con sus capacidades lectoras. Esperamos que cuando haya superado estas capacidades, siga conservando el libro como un tesoro.

Autora Sofía Garcinuño Daza
Ha sido prologado por el exitoso escritor de literatura infantil Carlos Reviejo, que nos ha dejado en él unas bellas palabras. A Carlos le distinguimos en nuestros últimos premios La Sombra del Ciprés con un premio a toda su larga carrera literaria.

Y, por último, para dar unidad al conjunto, ideamos un elemento que nos ha vuelto a sorprender por el éxito que ha logrado. Se llama Vetonio y es un verraco de piedra de la cultura celta que habitó estos lugares, al norte del Sistema Central hasta Portugal, cuya relevante aportación son esculturas zoomorfas, un poco toscas y de tamaño variable, que aún adornan nuestras calles y pueblos. Este personaje habla a los lectores en las primeras páginas y les invita a acompañarle, ya que aparece una y otra vez a lo largo de las páginas, jugando a que los lectores lo encuentren. Le trasladamos la idea a la artista Gris Medina, quién también realizó la maravillosa portada, y nos ha diseñado a un personaje al que le adivinamos una vida muy longeva.


Y estos días de la Feria del Libro, los ejemplares nos los quitan de las manos. A partir del 3 de mayo estarán en todas las librerías de Ávila.