lunes, 30 de mayo de 2016

Y España quedó la veintidós de veintiséis

En este blog llevo a cabo una lucha contra molinos de viento en la que es muy posible que acabe como nuestro don Quijote, magullado y derrotado. Me quedará, no obstante, la no pequeña satisfacción de poder decir “lo he intentado”, aunque esta no aliviará la evidente amargura de la derrota. Pero, en fin…

Me refiero, evidentemente, a la defensa del idioma castellano, a cuya causa voy a darle aquí otro empujoncito. Si no estuviera yo solo en la batalla, o más bien, si fuéramos millones en ella, no me cabe duda de que el resultado sería positivo, porque tenemos razón.

Cuando me enteré de que la participante “española” (resáltense las comillas) en Eurovisión cantaría en Inglés, me llevé un disgusto tremendo y escribí aquí una entrada deseando que quedara la última.


Al respecto, cumplí mi propósito de evitar ver la emisión televisiva del evento, pero cuando me enteré de que prácticamente quedó la última, una honda y maléfica satisfacción me invadió por completo. Esto validaba mi tesis. Al quedar muy por detrás de gamberradas como la del Chikilicuatre en el año 2008, se demuestra que la calidad no es algo que se valore en este concurso de canciones ligeras. Sostenía yo entonces, y me reafirmo, que lo único que podíamos aportar en un foro como este era el orgullo de aldea gala de poner en valor nuestra lengua, una de las principales del mundo. Lo más positivo del resultado es que ya nadie podrá volver a argumentar que siempre quedamos de los últimos porque llevamos canciones en castellano que nadie entiende. Para poner la guinda a este pastel es importante subrayar que la ganadora, una ucraniana llamada Jamala, cantó en idioma tártaro.

Yo no tengo nada personal contra esa tal Barei que representó a TVE -pero nunca a mí-, por más que me alegre de su estrepitosa derrota; aunque debo confesar que un poco de manía sí que le cogí cuando declaró que por ella “no llevaría una sola palabra en español”, pues los coros eran en castellano. Parece ser que los directivos de la cadena estatal de televisión tuvieron su prurito de vergüenza y se lo impusieron.


El problema verdadero está en que esta persona, como representante de una gran masa de castellanoparlantes -sobre todo jóvenes- tienen complejo de inferioridad de su lengua, considerando muy superior al inglés. Y esto es culpa de todos, que no les hemos sabido transmitir los valores de una lengua que no tiene nada que envidiar a ninguna de las que le rodean. Una cosa es utilizar un idioma internacional -considero para ello mejor el esperanto- y otra avergonzarse del propio.

Espero convencer a todo el mundo de que ya nadie puede permanecer al margen, hay que posicionarse y defender un lado u otro de la trinchera; el no hacerlo significará que dejaremos que la corriente siga su curso y nuestro idioma termine por ser lengua muerta.

Para terminar con un punto de optimismo anotaré que me llevé una gran alegría al descubrir a otro Quijote -yo me apunto a ser su Sancho- cuyo artículo dejo aquí como colofón al mío, y que no dará pereza leer por su brevedad. Me refiero a lo escrito por Julio Llamazares en El País: Dadaísmo. Desde que la cultura anglosajona manda, el único idioma respetable es el inglés, incluso en España, donde la mitad de la población no lo hablamos

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Existieron tebeos en la Prehistoria?

Intentaré demostrar que sí, aunque la Prehistoria, por definición, es el período anterior a la invención de la escritura.

No obstante es lógico pensar que cuando apareció la literatura escrita esta ya existía de forma oral, y la prueba está en que el libro de los libros, la Biblia, es el documento escrito de una tradición oral muchos siglos anterior. De lo que debemos deducir que la literatura nació antes que la escritura, al igual que la música es anterior al pentagrama.


Hace tan solo un instante de tiempo, en la larga carrera evolutiva de la humanidad, se pudo producir un tipo de actividad con la que un individuo intenta conseguir una reacción en un semejante que evidencie su sensibilidad humana y que llamamos Arte. Un ser de pensamiento complejo en cuanto vio que con un dedo tiznado de ceniza, o con un palo rascando la arena, podía hacer aparecer la silueta de un animal y con barro podía dar forma a algo que le resultara reconocible en la naturaleza, se convirtió en algo especial, inventando las artes plásticas, seguramente siglos antes de que realizara las pinturas rupestres que han perdurado. Estas primeras pinturas son la concreción religiosa de una técnica que ya dominaba, según demuestran las primitivas, que no simples, decoraciones murales paleolíticas. Como ya tenían desarrolladas capacidades de lenguaje simbólico, puestas de manifiesto en sus realizaciones artísticas, no hay que dudar de que por entonces nacería también la literatura oral, con historias de héroes tribales o de cacerías prodigiosas, tamizadas por la mitología fantasiosa, que se contarían alrededor de las hogueras nocturnas o en otros momentos de descanso. De igual forma nació la música haciendo ritmos con huesos y palos y consecuentemente también la danza. De todo ello no quedan restos, pero estoy seguro que nadie se atreverá a negarlo.


Pero desde que el hombre descubrió la posibilidad de expresarse plásticamente, tuvo ante sí dos caminos posibles: el de la pintura y el de la narración. No es difícil imaginar que en el silencio del acecho de una partida de caza, el cabecilla hiciera en el suelo con la punta de su flecha algún esquema de los pasos a dar para lanzarse sobre la presa, y estos esquemas a veces serían yuxtaposiciones de dibujos en secuencias coherentes de intención narrativa, es decir, tebeos. Pero, claro, al igual que la literatura oral, de estas primeras manifestaciones no han pervivido restos para la posteridad, desapareciendo una vez cumplida su función comunicativa.


La intencionalidad de las realizaciones rupestres seguramente fuera de tipo religioso, en una visión espiritual panteísta y animista que quería propiciar la caza y la reproducción, fundamentales para la subsistencia grupal. Los cromañones del Magdaleniense, aparte de unas espléndidas venus esculpidas, nos han dejado muestras de una magnífica pintura naturalista de temática animal, que aún hoy sorprende por su perfección y belleza.

El Neolítico aparece entre el VIII y el VII milenio antes de nuestra Era en el meseta del Irán, costas meridionales del Mar Caspio, Siria, Palestina y la actual Turquía. Se crean las primeras aldeas sedentarias, tras domesticar la agricultura y a los animales más útiles; se inventa la cerámica y se abandonan las cuevas, aunque las herramientas, siguieron siendo de piedra, hueso y madera. Pero la pintura rupestre continuó su andadura, ahora en abrigos rocosos y en las entradas de las cuevas, siendo lógico que también se pintasen rocas al aire libre, árboles e incluso sus propios cuerpos, de lo que no han quedado muestras, como puede suponerse.


Si alguien quiere levantar una chabola colocando unos materiales de cerramiento, no dudo que acabará consiguiéndolo, encontrando la forma más práctica, aunque no hubiera visto ninguna antes, pues tiene a su alcance esos materiales y también la necesidad de cobijarse, que sería el motor de la realización. Así quien quisiera contar cómo vivía cotidianamente, sabiendo ya pintar figuras humanas, no sería extraordinario que lograse secuencias dispuestas en orden lógico, y si no ha sobrevivido ninguna muestra, eso no quiere decir que no tuviera la capacidad para hacerlo.
Si en la prehistoria pintaban podían utilizar esa técnica para otra cosa que no sea meramente plástica, sino comunicativa, al ser un lenguaje tan natural e intuitivo como hacer ritmos con palos (música) o contar hazañas memorizadas de héroes míticos (literatura oral).


La Pintura es, por decirlo de alguna manera, un arte decorativo, cuando no cargado de potencial mágico o religioso. Pero la narración gráfica es esencialmente un lenguaje comunicativo, más necesario cuando aún no estaba inventada la escritura, aunque, una vez cumplida su función de transmisión de información, ya no tenía otro valor intrínseco como la pintura y la escultura (magia, religión), siendo mejor candidato a ser olvidado y por tanto a desaparecer. Además, por su función comunicativa tendría ubicaciones menos “nobles” que un santuario rupestre, como sería la misma tierra, el barro, maderas pulidas o rocas exteriores más accesibles a los potenciales “lectores” que el interior de las cavernas.


El hecho de que la invención de la escritura se base en dibujos que simbolizan palabras, deja intuir que lo primero que se les ocurrió era dejar mensajes a los interlocutores no presentes por medio de dibujos, lo cual nuevamente apunta a pensar que en algún tiempo anterior a la invención de la escritura existieron comunicaciones narrativas o explicativas con secuencias de dibujos.


Por tanto, mi conclusión es que en la Prehistoria existió la Narrativa Gráfica, lo contrario sería una incoherencia. Sus registros, o bien han desaparecido por completo o están ahí, esperando a que revisemos los restos supervivientes con nuevos ojos, los ojos de personas que saben que se pueden leer los dibujos que se disponen ordenados.

jueves, 28 de abril de 2016

El Tontódromo

La revista de antropología “Vetones Today”, publicación científica de la Universidad Internacional de La Cacharra, se ha sumergido en los albores históricos de nuestra ciudad, Ávila de los Caballeros, para estudiar el comportamiento del sujeto “abulensis precarius” en un entorno hostil, como fueron las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. De ella recogemos los siguientes extractos:

En esos años, la ciudad apenas abarcaba lo que se veía desde el Mercado Grande: “Tirando p’allá está el Chico, p’al otro lao llegas hasta la estación, p’allí La Cacharra y p’abajo, pues ya lo ves, el Soto”. Según declaraciones realizadas en 1978 a este investigador por un ancianito de boina calada, sentado en el poyete de San Pedro; están recogidas en el libro: “Tipejus abulensis II”, reseñado en la bibliografía.

En tan lacónico espacio urbano, los foráneos se extrañaban de que, asomándose al paseo del Rastro, todo lo que se veía era campo, y eso que se encontraban en el centro de la urbe. Si a ello unimos la precariedad económica de esos años de la Transición -que ríete tú de crisis- y a la inexistencia, total o parcial, de lugares de esparcimiento para la juventud -la calle Vallespín aún no era lo que fue, antes de venirse a menos-, pues toda la ciudad se resumía en poco más que el Grande, el cual, a decir verdad, tampoco era tan grande.


Por aquel entonces este espacio urbano tenía en medio un aparcamiento de coches en superficie, en batería a doble fila, que exigía que los motorizados dieran una vuelta tras otra al estacionamiento, esperando que saliera alguno, para meterse ellos, cosa que con el tiempo siempre acababa ocurriendo. Esta isleta motorizada separaba la fachada sur de la plaza, donde estaban la Caja Central de Ahorros y El Diario de Ávila, del espacio porticado norte, el cual se encontraba en un plano más elevado y era accesible a través de varios escalones corridos, que lo convertían en una palestra. Una vez arriba, “te hallabas en el foro”, dicho de manera coloquial por los vernáculos; que estaba libre de los bancos -de sentarse- que hoy lo ocupan.

Ahora viene lo más difícil de entender para los jóvenes que no hayan vivido esa época ignota. A dicho foro iba a parar todo quisque, de todo pelaje social. O sea, que salían de casa y no tenían que preguntar a dónde iban. Estaba claro, todo el mundo iba al Grande. Allí se formaba una riada de gentes en movimiento circular constante e ininterrumpido. Por la derecha, es decir, al lado de la grada de escaleras, se caminaba hacia San Pedro, de frente a lo que es hoy en día Bankia, entonces allí estaba Pepillo, internacionalmente conocido porque según figuraba en un cartel “On parle Français”. Ahí se giraba automáticamente a la izquierda, hacia Senén, en aquel tiempo Teto, y nuevamente a la izquierda para tomar el sentido contrario, hacia la muralla. A la altura de Disco 70, otro giro doble y de nuevo dirección a San Pedro. Y así una y otra vez. Y otra, y otra… Infinitamente. Una vez que se entraba en la dinámica era casi imposible salir. Existe una leyenda que cuenta que a uno, que todavía seguía dando vueltas, tuvieron que sacarlo con una camisa de fuerza cuando comenzaron a construir el actual aparcamiento subterráneo. Se dice que el hombre se preguntaba: “¿Estoy ya en la China?”

Este sistema circulatorio peatonal es el que bautizó al foro abulense como el “Tontódromo”, pues era un velódromo de tontos, y no es necesario realizar más explicaciones científicas. Veamos ahora cómo lo describe un aborigen:

“Como la circulación peatonal se hacía en doble sentido, y como en Ávila nos conocíamos todos -entonces sí era verdad este aserto-. pues no dejábamos de cruzarnos y de saludarnos, una y otra vez. Allí íbamos los preadolescentes a ligar los domingos por la tarde, tirando cáscaras de cacahuete a las jovencitas a cada vuelta que, en lugar de ofenderse, se reían melindrosamente, una y otra vez. Allí iban los intendentes de la Academia -aún no había traído Suárez la Escuela de Policía- a lucir uniforme y crear expectación entre las cadeteras a cada vuelta, una y otra vez. Ahí iban las madres de familia a pasear de la mano a sus vástagos, los domingos por la mañana, después de misa, descubriendo a cada vuelta que a la Juani se la nota que ya está embarazada, y se casó hace apenas un mes. “¡Adiós, Juani!”. “Adiós, Mariví”. Una y otra vez. Allí iban los maridos con sus mujeres, desesperados porque a cada vuelta se paraban ellas a enhebrarla con una amiga, y no se soltaban ni con aceite hirviendo, y cuando se ponían en marcha, nueva parada con otra conocida. Una y otra vez. Y los viejos… Bueno, los viejos no, que esos se sentaban en el poyete de San Pedro para mirar a cada vuelta las misma caras y saludarlas, una y otra vez. Que no se me olviden los estudiantes del Dioce, que salíamos en el recreo a diario, los mayores solo, a comernos el bocadillo, dando vueltas, una y otra vez”.

Consideración aparte merecen los americanos. Así se los denominaba por sus boinas, sus garrotas, el palillo en los dientes y la cartera repleta de billetes que les abultaba en la americana de pana. Se los veía todos los viernes, pues venían a la feria de ganado y en el Tontódromo cerraban los tratos, tomando luego unos vinos en el Pepillo, el Piquío, o El Águila. Pero estos no se metían en la riada de gentes, permanecían parados bajo los soportales, junto a El Águila -hoy 100 Montaditos-. En la otra esquina de la calle Estrada, la el Banco Central, paraban los rockeros de negras vestiduras, pelos largos, barbas cerradas y humos embriagantes. Ambos grupos protagonizaron un capítulo etnográfico de la National Geographic.

Pero todo eso cambió radicalmente y las nuevas generaciones de este siglo olvidaron pronto de la denominación de Tontódromo. Ahora todo es distinto, los hijos y nietos de aquellas gentes van al centro comercial "El Bulevar", donde se cruzan y se saludan todos… Una y otra vez.

(Este relato está publicado en el libro "El mundo según los abulenses", Éride Ediciones, Madrid, 2015.)


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domingo, 17 de abril de 2016

El mundo según los abulenses II

El año pasado, en la asociación “La sombra del ciprés”, quisimos conectar con nuestro paisanos con unos relatos cómplices, donde reconocernos desde el sentido del humor y apelando a la nostalgia. Reclamados por la buena acogida que tuvo, este año sacamos la segunda parte, esperando que, como en el El Quijote, la segunda parte supere a la primera. Al menos hemos puesto todo nuestro empeño en ello.

Ahora, tal y como hice el año pasado, me propongo hacer un breve resumen del contenido, para que los posibles lectores sepan lo que van a encontrarse. Para los que quieran hacerse con él, realizaremos su presentación el viernes 22, a las ocho de la tarde, en El Episcopio, donde estáis todos invitados. También estaremos en la Feria del libro, que se celebra en el Paseo del Rastro desde el día 23 de abril hasta el 3 de mayo.


La magnífica portada de nuevo corre a cargo de nuestra compañera Gemma Campos, que ha querido versionar de forma amable la descripción que realiza nuestro referente literario, Miguel Delibes, de Ávila nevada en “La sombra del ciprés es alargada”. Pero hay sorpresa: el interior incluye otras cuatro espléndidas ilustraciones. No os las podéis perder. Gemma, además, pondrá la guinda al libro con un sencillo y bello poema “Andariega de versos”, dedicado a nuestra paisana más universal. Sí, hablo del Universo y no exagero, que somos de Ávila.

Para que nadie se pique, seguiré en la reseña el orden de autores que tiene el libro.

Comienza Guillermo Buenadicha con “El palacio de las revolconas engoladas”, curiosa historia que recoge la visita de Felipe II, como niño consentido, a la ciudad de Ávila, que se hará muy cercana a los tópicos que de nuestra ciudad tenemos en nuestros días. Su otro relato, “Dónde se habrá metido esta mujer”, parafrasea al recientemente desaparecido Javier Krahe, para narrarnos una peculiar cita entre dos jóvenes ¿incompatibles? Je, je… Hay que leerlo.

Luego me toca a mí, que repaso recuerdos personales con “Abulenses en la mili”. Todos los que la hicimos, con gusto o sin él, no resistimos la tentación de hablar de ello y yo he tenido el privilegio de poder contarlo. Mi otro relato, “El orgullo de enseñar nuestra ciudad”, es ficción, y relata la odisea de un adolescente al que obligaron sus padres a enseñar la ciudad a unos parientes andaluces, lo cual no resultará tan sencillo como parecía.

“El gen biográfico” de Carolina Ares, repasa un… ¿Cómo decirlo…? ¿Defectillo de una ciudad como la nuestra, que consiste en que en ella habitan personas que conocen los dimes y diretes de cada paisano? Sí, algo así. Acaba Carolina sacándose una espina que tenemos todos los abulenses, como es la rivalidad con la ciudad vecina, "Ávila contra Segovia". Aunque las comparaciones son odiosas, esta es para reír a mandíbula batiente. Siempre que tengamos sentido del humor, ¡que si no…!

José Luis Lázaro repasa sus recuerdos personales de "Los antiguos viernes", que coincidirán con los de muchos de nosotros. Quien no sea de Ávila, incluida provincia, no entenderá qué tenían de extraordinarios los viernes, pero para los abulenses eran algo prodigioso que se repetía semanalmente, con su mercado de frutas y verduras en El Chico, pero sobre todo con los “americanos” en el Mercado de Ganados y en el Grande, donde ultimaban los tratos. Termina José Luis describiéndonos "Las diez fotos más características de Ávila", que todo abulense, como todo turista que se precie, hará en nuestra ciudad.

A continuación nuestro querido abulense en el exilio Alejandro Pérez García, con sus “Gritos de despedida”, nos traslada al Arévalo de Álvaro de Zúñiga, cuando un joven, Fernando “El cartero”, emprende una valiente aventura en el famoso castillo de la ciudad, abandonado por entonces y del que se decía estaba habitado por fantasmas.

“La jaula de Mobutu” es un relato costumbrista, con un amable acercamiento a la infancia de su autora, Begoña Jiménez Canales, que repasa la visita a la ciudad, recorriendo sus calles y sus comercios, por parte de la familia para abastecerse de lo que no era posible adquirir en el pueblo. En su segundo relato, "Historias de biblioteca", repasa algunas divertidas anécdotas de la biblioteca pública, cuando la visitan unos peculiares jubilados.

Javier Asenjo nos describe diferentes parejas. En su primer relato “Exparejas en la menuda ciudad” nos habla de las dificultades de la convivencia, cuando los rencores y los malentendidos están a flor de piel. En su siguiente relato “Nuevos recuerdos” aborda un encuentro poético al pie de la muralla.

El inefable Carlos Fernández-Alameda nos deja tres relatos. Con el primero: “¿Doc, dónde aparco el Dolorean en Ávila?”, nos embarca en un viaje de ciencia ficción donde un manido “a que no te atreves” lleva a los protagonistas de la famosa saga "Regreso al futuro" a visitar nuestra ciudad. Luego nos cuenta los avatares de un “Ciclista aficionado en Ávila”; para terminar con un sentido homenaje a un abulense que dejó honda huella a través de la docencia en muchas generaciones de abulenses: “Adiós a Tomás Sobrino”.

“Y Ávila vendió su alma al diablo”, según Alfredo Rodríguez, que nos plantea una peculiar posibilidad, que enreda la cuestión hasta límites inauditos. Pero ahí no acaba la cosa, ya que Alfredo continúa con “Ávila, desmitificando la ciudad”, donde se atreve con los estereotipos.

Os recomiendo que no os perdáis ninguno de los relatos reseñados hasta ahora, pero es imperdonable que no leáis: “Llegó la primavera a Ávila”, en el que Paula Velasco en forma de monólogo repasa las peculiaridades del tiempo climático que sobrellevamos los abulenses, ligándolo a la ropa y a las modas… Ya será primavera en el Corte Inglés, pero en Ávila las estaciones son cuatro: verano, invierno, RENFE y autobuses.

El año pasado fue el centenario del nacimiento de nuestra Santa y este año el centenario del fallecimiento de Cervantes. No sé por qué, pero algo de la mezcla de ambos tiene el relato de Pablo Garcinuño “Trastorno del centenario”. Luego Pablo se pone el traje de biólogo, muy limpio él siempre, para hablarnos del “Yematus abula”, una especie de gusano, insecto o vaya usted a saber, que se hospeda endogámicamente en los huecos de nuestra muralla.

Ismael López nos deja un sabroso relato de los sinsabores que nos ha supuesto a muchos el buscar la forma más deseable de salud y consecuentemente tener que pasar por el intrincado laberinto de apuntarse a un gimnasio. Bueno, apuntarse, porque lo de asistir de forma periódica ya es otra cosa. No os perdáis “Gimnasios en Ávila”, os sentiréis retratados.

“Astillas, naúfragas y pichones”, nos plantea César Díez Serrano, aunque así, a bote pronto, no sabremos lo que quiere decirnos, pero no me cabe duda de que cualquier abulense que lo lea se verá identificado, o cuando menos identificará estas “especies” humanas entre sus convecinos. Y no aclaro más. Termina César con “Factor frío”, dices tú de frío, pero no hay exageración alguna, real como la vida misma, que esto es Ávila y, ya lo dije antes, las estaciones son cuatro, pero dos de ellas son de transporte, aunque éstas estén en peligro de extinción. Pero eso es otra historia.

Y no vamos a acabar con nuestro presidente, sino con el vicepresidente, Sergio Sánchez, que muy rotundamente afirma que “En Ávila no hay de nada”. ¿Qué abulense no ha pronunciado esto en numerosas ocasiones? Porque si no ha llegado a decirlo es que no ha vivido nunca aquí. A pesar de ello, y de que esto es verdad, no nos cabe duda de que tenemos de todo y aún estamos orgullosos de enseñárselo a los demás, que es lo que de alguna forma estamos haciendo con este libro.

Un libro que sin duda os dejará satisfechos, y si descubrís en él alguna página en blanco no os asustéis, los de Ávila somos así. Aprovechadlas para escribir en ellas vuestra visión personal del abulensismo.

Y si esto no os parece suficiente, aquí tenéis un enlace al monólogo que nuestro genial compañero Carlos Fernández-Alameda ha realizado para promocionar este libro.

martes, 29 de marzo de 2016

Islamofobia

Las fobias son enfermedades mentales, trastornos de salud emocionales o psicológicos, caracterizadas por un temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, un grupo, una cosa o una situación. Y como tal debemos tratar, sin lugar a dudas, la islamofobia.

El Islam es practicado hoy en día por más de mil millones de personas, de los siete mil que constituyen la humanidad. Más del ochenta por ciento de los atentados extremistas de grupos como el ISIS o Al-Qaeda los sufren los musulmanes. La práctica totalidad de los que huyen de la guerra y acuden a nuestras costas como refugiados son musulmanes y los refugiados son los más activos enemigos del ISIS. Y a pesar de todas estas evidencias, hay quienes criminalizan a las víctimas.


Aquellos que buscan razas puras, como si fuéramos perros, que temen a todo lo que no conocen -siempre por ignorancia-, que quieren un país para cada cultura, lengua y religión, no solo están verdaderamente enfermos, sino que son un peligro para el resto. Atacan la multiculturalidad por miedo, por fobia, sin darse cuenta de que hoy en día no solo es algo positivo, sino que es del todo imposible erradicarla. ¿Vamos a limitar la libertad de conciencia? ¿Expulsaremos de nuestro país de nuevo a los judíos? ¿Y a los musulmanes? ¿Y a los protestantes, evangelistas, budistas…? ¿Reimplantamos la inquisición? ¿Regresamos a la Edad Media?

Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. En el mundo globalizado en el que vivimos, las fronteras han de desaparecer lo queramos o no, porque vivimos a dos horas de avión de lo que antes eran fronteras infranqueables, porque lo que le hagamos al clima en una punta del planeta afectará a sus antípodas, porque si hay una epidemia en Asia debemos precavernos en Europa, porque la única forma de acabar con las diferencias de riqueza es con el movimiento de gentes, etc.

La democracia es el único sistema político que garantiza el respeto a los demás y únicamente ella permitirá la convivencia y que seamos libres. Las religiones tan solo tienen espacio en el laicismo, donde cada cual lleva sus ritos de forma privada, fuera de las escuelas, sabiendo que al lado otros están celebrando ritos diferentes y respetándolos, de la misma forma que otros exigimos que respeten nuestro derecho a no creer. A los grupos religiosos o culturales que convivan en un país tan solo hay que ponerles los límites de la ley, basada en principios de laicismo y respeto. Así, no se deben permitir prácticas religiosas inhumanas o aberrantes, como la ablación del clítoris, el uso del burka, los matrimonios forzados de niñas, las conversiones forzosas o la esclavitud.

No podemos dividir en mundo entre musulmanes y no musulmanes, como tampoco entre cristianos y los que no lo son, o creyentes y ateos, ya que en grupos tan extensos habrá infinidad de sensibilidades. La única división racional es entre fundamentalistas y personas decentes. Los fundamentalistas son los sádicos asesinos que no consideran el derecho de los demás de pensar diferente y que son unos putos miedosos, que temen que los otros los van a exterminar. Y los fundamentalistas están en todas las religiones, los hay judíos, musulmanes, cristianos e incluso ateos.


La última muestra de esta gentuza tuvo protagonismo en Bruselas el pasado 27 de marzo, cuando unos neonazis trataron de reventar un homenaje a las víctimas del reciente atentado en el aeropuerto y metro belga por parte de unos fundamentalistas. No podemos pensar que sea gente cristiana que se opone a gente musulmana, sino extremistas tan solo comparables a los que realizaron tal atentado.

Si hay un ellos y un nosotros, “ellos” son los extremistas, y “nosotros” somos la mayoría, que tan solo pretendemos llevar una vida digna, tener un trabajo y poder realizar proyectos de vida. “Ellos” son degenerados y “nosotros” somos musulmanes, cristianos, ateos...

Para combatir a los extremistas tan solo existen dos vías, una es tratarlos como a delincuentes, y la otra considerarlos partes de una colectividad y vengarnos de esa colectividad. La primera es efectiva, la segunda no. Pondré dos ejemplos.

En España, sabemos mucho de terrorismo y, simplificando, hemos acertado con que la única forma de vencerlo es considerando que los que lo perpetran son delincuentes comunes y no pertenecen a la colectividad que dicen representar. Recordemos el famoso: “no son vascos, son asesinos”. Persiguiéndolos de forma individual, ellos solos pondrán en evidencia su sinrazón y perderán apoyos que, tratados de otra forma, se hubieran enquistado y multiplicado.

Del otro lado está el ejemplo de Israel, país que sufre el terrorismo desde mucho antes de la existencia de ETA y su forma de luchar contra él es identificando a todo palestino con un terrorista, realizando incursiones de castigo y crímenes generalizados a manera de represalias, tan solo comparables a los ataques terroristas que rechazan. La realidad se está empeñando en demostrar que están totalmente equivocados y que así jamás lo vencerán, por el contrario, sufrirán irremediablemente la muerte de los suyos de forma periódica en un toma y daca.

Recuerdo una anécdota que a pesar de los años no se me borra de la memoria. En los años noventa, en pleno terrorismo de ETA, alguien me contó cómo un israelí le dijo que si teníamos aviones caza en el Estado español, no comprendía cómo no atacábamos el País Vasco, para acabar de una vez con ese conflicto.

Esta anécdota es real. Lo siento por ese israelí y por su enfermedad mental, pero más lo siento por los que sufren las consecuencias de esa política demencial.

martes, 15 de marzo de 2016

Reo de muerte

El reo había decidido no dormir en toda la noche. Si lo íbamos a ejecutar en cuanto los primeros rayos del sol aparecieran por el horizonte, mejor sería no perder el tiempo durmiendo, para así poder ponerse en paz consigo mismo. Aún tenía por delante casi nueve horas, toda una eternidad, todo un abismo, para quien tiene su fin prefijado.

Supe todo lo que pensó aquella noche, a pesar de que no intercambiamos palabra alguna. Y lo supe tan solo mirándole a la cara. Yo era su guardián y él, pocas horas antes, había sido mi compañero de milicias, a pesar de lo cual, yo estaba armado para impedir que se escapara, dispuesto a adelantar su muerte si lo intentara. Y lo haría, por la cuenta que me tenía. Mirándolo fijamente, fui testigo de todos sus gestos y supe lo que pensó durante esas horas. Desde la angustia primera a la paz interior al borde del amanecer.

Primero repasó su vida, dándose cuenta de que había sido feliz.

Luego hizo memoria de cómo lo habían obligado a participar en esa guerra que no era la suya, y cómo le habían forzado a aprender a manejar un fusil, que nunca tuvo intenciones de utilizar.


Durante la batalla de la mañana, se agazapó en la trinchera, haciendo como si disparase, cubriéndose con el ruido de todos los demás.

Cuando acabó la refriega, tan solo capturaron vivo a un guerrillero. Lo pusieron de rodillas en el suelo, con las manos sobre la nuca, mientras el joven oficial mandaba formar a su tropa para pasar revista. Era un imberbe veinteañero, con el rango de capitán logrado en una academia militar donde se encontraba cuando estalló la guerra, habiéndose beneficiado de la graduación por la necesidad de mandos profesionales. Éste había sido su bautizo de fuego y la estrategia, aunque había sido simple, estuvo dirigida por él, no se había amilanado y había tenido los santos cojones de imponerse a gritos a sus hombres. La tensión de poner en riesgo la vida le hizo rebosar de vigor. Él era quien mandaba y no el veterano sargento chusquero que nerviosamente obedecía sus órdenes.

Cuando estuvieron todos marcialmente formados, el capitán comprobó uno a uno los fusiles, quitándoselos de la mano a los soldados y devolviéndoselos de forma displicente. A uno le dijo que se abrochara la camisa, pues estaba desabotonada hasta medio pecho y añadió que no lo fusilaba en ese momento porque lo había visto comportarse como un héroe poco antes. Obviamente, el resto se abotonó hasta la barbilla.

Entonces le tocó el turno a él.  El capitán le cogió el fusil, descerrajó el cargador y comprobó que tenía todas las balas.

–Está frío¼

Él comenzó a sudar perlas líquidas.

–Este hijoputa no ha tirado un solo tiro –dijo sin mirarle, volviendo el rostro hacia los demás–. ¡Tú! ¿Has disparado? Contesta.

–No, mi capitán –confesó.

–Y encima lo admite, el muy cabrón. ¿Acaso eres un traidor? ¿Querías ver muertos a tus compañeros?

–Nada me han hecho los enemigos¼

–¡Cómo te atreves a pensar por tu cuenta! Tú eres un puto soldado que está bajo mis órdenes, y yo ordené disparar a matar. ¡Tráeme al prisionero! –dijo al que lo custodiaba, volviéndose hacia él y señalándolo con el dedo.

El prisionero llegó ante el oficial con la cabeza baja, conducido a empellones por su guardián. El capitán levantó con ímpetu el fusil que apoyaba en el suelo y se lo devolvió a su propietario.

–Tu vida depende de que atravieses el cráneo a este enemigo.

Tímidamente agarró el arma que le ofrecía su superior, pero miró fijamente los ojos asustados del prisionero y bajó el fusil.

Entonces el joven oficial le apuntó a él con su pistola. En aquel momento fue valiente, sabía que iba a morir y deseaba que fuera rápido,  tuvo la seguridad de que había hecho bien, moría en paz. Pero el capitán en lugar de dispararle, se giró y voló los sesos al prisionero, salpicando de pedazos sanguinolentos al asustado soldado que lo custodiaba. La frialdad de la ejecución heló las venas a todos los presentes.

–Gilipollas –le gritó tan cerca de la cara, que le salpicó de saliva las narices–. El prisionero está muerto y no le has salvado la vida. Si le hubieras matado tú, en lugar de yo, habrías preservado la tuya. Así te vas a ir al infierno a encontrarte con este desgraciado; pero lo harás mañana, al amanecer, para  que pases una noche entera esperando la muerte y puedas reflexionar sobre tu cobardía. A ver si así te arrepientes.

Y pasó la noche bajo mi custodia, pero no se arrepintió, lo sé.

Cuando la claridad del día empezaba a iluminar la pequeña estancia, despertó sobresaltado, siendo consciente de que a pesar de todo se había quedado dormido. ¿Cómo era posible que ante esas circunstancias terribles hubiera podido conciliar el sueño? Sin duda el cansancio. Llevábamos varios días recorriendo los riscos, sin apenas comer, pasando sed y cargando con el petate. Luego la tensión de la batalla…

Sin tiempo a reaccionar, se abrió la puerta y penetraron dos sombras a contraluz. Él se puso en pie y se dirigió a mí:

–No necesito perdonarte, porque no eres culpable, tú eres tan víctima de esto como yo. Diles a los del pelotón de fusilamiento que muero sin rencor. Vosotros vivís en guerra, pero yo muero en paz.

Lo único que siento es que no tuve el valor de dirigirle la palabra en todo el tiempo que le custodié. Al menos debí haberle dicho que admiro su valor...

Tanto como detesto mi cobardía.

miércoles, 24 de febrero de 2016

El cementerio de los moros

Nosotros la llamábamos la “huerta del tío Paulino”.

Fotograma de la película Maqbara

Vivíamos en el Teso del Hospital Viejo, un barrio de casas sociales construidas por el franquismo y que estrenamos en 1966, cuando yo tenía cinco años; se llamaban “Grupo Isabel y Fernando”. Estaban en lo que antes era un teso de ganado en la vertiente sur de la muralla de Ávila, una zona soleada. El terreno terminaba en un talud, sujeto por un muro, que nosotros descendíamos descolgándonos y, cruzando la carretera, saltábamos la pequeña valla de piedra que cerraba la “huerta”. Este terreno, hacia el río Adaja, estaba sembrado como huerta, pero la parte superior, junto a la carretera, era una tierra pedregosa que llevaba largo tiempo sin cultivar, en la que teníamos los del barrio un extenso campo de fútbol, cuyas porterías eran sendas piedras a cada extremo.

Yo no era de los apasionados del fútbol, ni antes ni ahora, pero sí que hollé con mis piernas infantiles esa dura tierra. Un día escuché que, escarbando un poco, un chaval había descubierto unos huesos. No debíamos tocarlos, pues eran de los muertos en la guerra, según le dijeron a alguien sus padres. Entonces supe que donde yo vivía había habido una guerra como las de las películas, aunque no sabía cuál.

1968, en El Teso, con mi hermano J.A. y mi abuela Ignacia, yo soy el de la derecha.

Pasaron los años. Muchos. En 1999, cuando ya vivía lejos del Teso, leí en los periódicos que habían descubierto lo que podía ser el cementerio mudéjar abulense, la maqbara, en lo que para nosotros había sido la “huerta del tío Paulino”. Mi licenciatura en historia, mi interés por el patrimonio cultural y mis referencias infantiles me situaron muy cercano al descubrimiento. Se trataba del cementerio musulmán más extenso nunca encontrado en la Península Ibérica, y por extensión en toda Europa, que contaba parte de lo que había sido nuestra historia.

Fotograma de la película Maqbara

Se inició entonces una polémica en El Diario de Ávila, que seguí con interés. El concejal del Ayuntamiento de Ávila, e insigne historiador especializado en el siglo XVI y en minorías étnicas, Serafín de Tapia, pedía el estudio y la conservación de ese espacio, que podría enriquecer culturalmente la ciudad de “las tres culturas”, que tanto se reivindicará posteriormente con el manido “Mercado Medieval”. Era una ocasión única de enriquecimiento patrimonial y cultural, que podría tener su repercusión en la primera industria de la ciudad, el turismo. Esta petición fue apoyada por gran parte de la sociedad abulense, además de por eminentes historiadores y universidades.

Pero surgió una voz crítica con esta petición. En las  “Cartas al director” de dicho diario, hubo quien tachó de filo musulmán al historiador, señalándolo como paladín de un lobby moro, que traicionaba a su patria, ya que a aquellos moros de siglos medievales los “habíamos” expulsado los cristianos, en “gloriosa Reconquista”. Los tintes racistas de aquellas epístolas nos motivaron a tres o cuatro personas más a argumentar a favor de conservar los restos de nuestro patrimonio histórico. Yo mismo argüí que quién podría asegurar que sus antepasados no fueron enterrados en dicho cementerio. Aludí también al abuelo judío de Santa Teresa de Jesús, a quien tanto se quiere en nuestra ciudad. A estos argumentos, nuestros contradictores respondían con simples insultos.

Una mañana de la primavera del año 2000, mi mujer recibió una llamada telefónica en casa preguntado por la viuda de Cristóbal Medina... El choque emocional fue grande, pues no sabía nada de mí desde primeras horas del día y la llamada, breve, no había entrado en más detalles. Ella entonces llamó al lugar donde yo trabajaba para saber qué me había ocurrido, pues en aquellos años no teníamos cada cual un móvil en el bolsillo, con la mala suerte de que no me encontraba allí circunstancialmente y mis compañeros no pudieron dar información de dónde estaba. Cuando pude hablar con ella estaba en un estado de estrés y angustia tal, que no era capaz de creerse que yo estaba vivo a pesar de estar hablando conmigo. Inmediatamente me fui al juzgado y puse una denuncia.

Pocos días después, a las cuatro de la madrugada, sonó el teléfono en mi casa. Mi mujer contestó asustada por la hora intempestiva desde el supletorio del dormitorio y le dijeron que a su marido lo iban a enterrar en breve en el cementerio de los moros, por traidor… “a la raza blanca”.

Estas llamadas continuaron a lo largo de aquel verano, sin dejarnos responder, pues soltaban su breve parrafada y colgaban. Así no tuve ocasión de cagarme en todos sus muertos.

Se pusieron en contacto conmigo los otros participantes en la polémica de El Diario, ya que a ellos también los estaban amenazando y sospechaban que de ahí venía todo. Habían aparecido pintadas en sus domicilios llamándolos traidores, también fueron molestados por teléfono y sufrieron pequeños desperfectos en sus vehículos. Las denuncias tanto al juzgado como a la policía se hicieron a continuación de cada amenaza. Nos intervinieron los teléfonos en casa, se hicieron esperas policiales en cierto teléfono público desde el que se efectuaban las llamadas nocturnas, el fiscal solicitó al Diario de Ávila la identificación de un tal Germán Martínez y una Elvira Hernández (nombres muy germánicos y carpetovetónicos a la vez), que son los que habían polemizado con nosotros, a lo cual respondió el periódico que lamentaba que los datos de nuestros oponentes epistolares habían desaparecido (¿?).



El resumen de los acontecimientos reseñados está grabado a fuego en mis recuerdos. Al principio nos temíamos detrás a una organización neonazi de cabezas rapadas capaz de hacer cualquier cosa. Así que no podíamos tomárnoslo a la ligera, pero hicimos deducciones…

En fin, aquella historia del desmantelamiento de un bien cultural que era testigo de nuestro pasado ha sido contada en un documental, titulado Maqbara, que se estrena este viernes 26 y sábado 27 de febrero. El autor, el periodista José Ramón Rebollada (Jota), ya sufrió las consecuencias del caciquismo local, siendo despedido de la Cadena Ser de Ávila, después de haber realizado otra película, Poder contra verdad, en la que quedaba patente la ineptitud y mala fe de las administraciones más cercanas, que dio como resultado la destrucción con alevosía y nocturnidad de parte de nuestro patrimonio histórico monumental, la conocida como Fábrica de Harinas, singular y pionero edificio fabril del siglo XVIII.


Maqbara, el nuevo documental de Jota, nos relata el desmantelamiento del cementerio mudéjar, para la construcción de una barriada de viviendas, la cual podría haberse edificado en cualquier otro lugar, ya que el empresario de la construcción que la levantó estuvo dispuesto a un trueque de terrenos. Un capítulo pequeño en esta sonrojante historia son las amenazas racistas que sufrimos unas personas decentes que escribimos en el periódico a cara descubierta, con nuestros auténticos nombres, porque no nos avergonzábamos de nuestras ideas. No así nuestros polemistas Germán y Elvira (el “alemán ario” y la una de las “hijas del Cid”), seudónimos ambos de un imbécil, que ante la falta de argumentos no hizo sino recurrir a las amenazas de muerte amparadas por el presunto anonimato.

Fotograma de la película Maqbara

Gracias Jota por sacarlo a la luz, exponiendo los acontecimientos con tu profesionalidad, para que generaciones futuras puedan juzgar unos hechos que, de otra forma, serían olvidados. Por desgracia en esto tenemos demasiada experiencia, recordemos la mencionada Fábrica de Harinas o la desaparición del Alcázar de Ávila a comienzos del siglo XX. ¿Será la última? De nosotros depende.