jueves, 27 de febrero de 2014

La rubia de la moto

Me veo en la necesidad de avisar. En casi todos mis artículos anteriores he hablado en primera persona para tratar diversos temas que me preocupan. En este voy a hablar también en primera persona, pero es un relato, es ficción y cualquier parecido con la realidad no es más que pura casualidad, provocada por la evocación de los años pasados. Estos no son recuerdos personales, ni los personajes han existido, aunque son unos años y un ambiente que sí he vivido. Al contrario que en mi anterior relato de este blog, titulado “Habladurías”, en este no utilizo el diálogo directo, sino a un narrador en primera persona, que no deja de ser un personaje literario. Todo es fruto de la imaginación, tal vez calenturienta, pues me parece haber visto en sueños a la rubia de la moto.

Ahí va el relato:


Cuando conocí a Marino ya tenía la moto, era una Bultaco de 125 cc. Hacía por lo menos treinta años que no lo había vuelto a ver y la casualidad quiso que lo encontrara bajándose de otra moto. Al quitarse el casco no lo reconocí en un principio, por su calva, su barriga y su pelo blanco, aunque su nariz seguía siendo la misma.

Después de los calurosos saludos, me contó que se había divorciado hacía un par de años y, desde entonces, había vuelto a montar en moto. La que tenía ahora era una hermosa Kawasaki. Me dijo que no se sentía solo, que había recuperado la libertad, pero yo no le creí, ya que se había vuelto a comprar una moto.

Eran los años setenta del siglo pasado. Al poco de mudarse a nuestro barrio, Marino nos sorprendió llevando a la grupa de su Bultaco a una rubia impresionante que vestía una falda mínima. Fuimos incapaces de disimular y levantar la vista hacia sus bellos ojos, que más tarde supe que eran verdes.

Se llamaba Sacramento y era peluquera. Y le encantaban las motos. Cuando Marino salía por la tarde del almacén de frutas en el polígono industrial donde trabajaba, recogía a Sacra de la peluquería y venían ambos en la moto al bar de Toni a fumar unos ducados y tomar unas mahous. Yo no faltaba una sola tarde, para no perderme las piernas de Sacra.

Las piernas de Sacra me tenían obsesionado, se ensanchaban prodigiosamente por encima de las rodillas y tras mucho recorrido al aire desaparecían bajo la pequeña falda, imprimiendo en mi mente una fotografía imborrable durante horas.

Pero a Sacra la despidieron de la peluquería y cambió la rutina… Mejoró.

Cada tarde, Sacra se pasaba por la puerta de Marino y tomaba su moto, para irlo a buscar al polígono. Luego bajaban los dos al bar de Toni. Pero, ya lo he dicho, a Sacra le gustaban las motos y antes de irse a por Marino, daba unas cuantas vueltas a la manzana para disfrutar del aire removiendo su rubia melena. Entonces no se usaba tanto el casco como ahora. Al pasar, en cada vuelta, me saludaba con la mano, sonriendo, con la melena al viento y con las piernas separadas que le achicaban aún más la falda.

Yo fui el primero en disfrutar del espectáculo, pero pronto Toni, Joaquín, Perico y Jose me hicieron compañía, en cuanto se dieron cuenta de lo que ocurría a diario. Aplaudíamos a Sacra en cada vuelta y ella nos saludaba. Esa maravilla duró varias semanas, pero alguien debió decírselo a Marino. Yo creo que fue su madre, que un día pasó por donde estábamos aplaudiendo, y le noté en el gesto que se había mosqueado.

Marino vendió la moto y se compró un 127 y mis sueños se rompieron de golpe.

Luego Marino se fue a hacer la mili a Burgos y allí preñó a una muchacha, se casó y no volvió. No sé qué pasaría con Sacra, pues desde que Marino compró el 127 no volvimos a verla.

Esta mañana, cuando nos hemos reencontrado, Marino me contó que tiene dos hijos mayores, ya independizados, y que se divorció de la burgalesa. Él dice que vive feliz, que no se siente solo, que ha recuperado la libertad, pero yo no le creo, ya que se ha vuelto a comprar una moto.


Luego, cuando se fue Marino, dejando la moto sola en la acera, me quedé mirándola durante unos segundos, cerré los ojos y vi a Sacra en la Kawasaki. Supongo que era Sacra, pues ya no recuerdo su cara, pero sin lugar a dudas eran sus piernas.

sábado, 15 de febrero de 2014

Brochazos gordos para pintar la crisis

En la vida siempre hay prioridades. Por ejemplo no debemos ocupar nuestro tiempo en cosas secundarias, mientras no tengamos resueltas nuestras necesidades primarias. Sin tener resuelta la alimentación, el cobijo y el vestido, ¿quién puede pensar en el arte o la literatura?

Y, sin embargo, lo hacemos.

En muchas ocasiones, cuando me planteo un tema para escribir en este blog, me pasa ligeramente por la mollera la idea de que qué hago hablando de temas retóricos cuando estamos en una crisis económica, social y política del calado de la que tenemos; cuando nos abochorna la corrupción política, empresarial y “real”, nos espanta la miseria de gentes hurgando en contenedores de basura, nos angustia el problema del paro, sobre todo el juvenil, nos escuece que el gobierno nos tome el pelo con eso de “nos votaste, te aguantas, más tonto eres tú si creíste nuestras mentiras, pues estaba claro que lo eran…”

Y, sin embargo, hablamos de literatura.

Y lo hacemos con razón. Sólo vivimos una vez, no podemos gastar nuestra vida llorando. El día es muy largo y, después de asistir a un escrache, podemos encerrarnos en un cuarto con Miguel Delibes, y amarle. Por ello este no es el lugar adecuado pero, aún así, voy a parar un poquito, muy poco, para hablar de política y así tranquilizar mi conciencia. Y lo haré pintando lo que veo con brochazos gordos, no con un discurso acertado desde una ideología determinada, la cual, sin lugar a dudas, la tengo. Pero prefiero coincidir en grandes rasgos con aquellos que incluso pueden tener planteamientos opuestos a los míos, porque todos vamos en el mismo barco y, si se hunde, nos hundimos desde el capitán hasta las ratas. Pienso que la gente es sensata y aunque parta de visiones diferentes, en el terreno pedestre coincidiremos.

El primer brochazo lo daré sobre los que orgullosamente se denominan apolíticos. Os engañáis, sois bobos. Nadie es apolítico en cuanto vive en una polis o sociedad en su sentido amplio. Vuestra postura política consiste en dejar que otros hagan la política, es decir, en lavaros las manos, y eso es participar en la condena, como hizo Pilatos. La política consiste, ni más ni menos, que en emplear el dinero común, y esto se puede hacer en hospitales o en subvencionar a los millonarios –el sector bancario–. Decís que pasáis de la política, o que no la entendéis, pero luego en los bares os quejáis de que os despiden, de que la luz sube por las nubes, etc. Y todo eso son medidas políticas.

No es tan complicado, permitidme que os explique brevemente el juego político a los que decís que no entendéis. Tan sólo hay dos posturas polarizadas. Por un lado está la derecha, que quiere un Estado mínimo y un liberalismo económico, que consiste en que el poder lo tiene el dinero. Pero como esta ideología nunca atraería a las masas obreras, entonces las engatusa con la religión y la patria y les hace creer que todo está fijo y nada puede cambiar. Luego está la izquierda que pide un Estado muy grande, intervencionista en la economía, que le quite el dinero a los que lo tienen para repartirlo. También es importante saber que no existen dos partidos que monopolicen estas posturas, existen más, pero entre todos –y con una ley electoral injusta, que debemos cambiar ya– hemos asentado el bipartidismo. Además, la democracia que legitima un gobierno, no le da carta blanca. Está totalmente justificado que el pueblo se movilice entre períodos electorales –periodismo de investigación, jueces con conciencia, huelgas, manifestaciones, escraches…– para corregir desvíos y corruptelas.

Segundo brochazo gordo. La crisis en España proviene de la burbuja inmobiliaria, que se hinchó partiendo de las decisiones del gobierno de Aznar de liberalizar terrenos públicos y fomentar la construcción sin límite. Esto fue además el germen de la corrupción galopante que nos embarra. Cuando “España iba bien”, iba de culo, cuesta abaja y sin frenos. El más simple de nosotros, en esos años “brillantes” que atrajeron tanta inmigración e incitaron a la juventud a abandonar en masa los institutos para forrarse en la obra, haciendo encofrados y comprando BMWs, era consciente de que todo acabaría de forma trágica. ¿Cómo iba a duplicarse el precio de un piso cada cuatro años? ¿Hasta dónde íbamos a llegar? ¿Cómo era posible que un constructor vendiera su promoción nada más anunciarla? ¿Cómo iba a pasar una ciudad –Ávila, por ejemplo– de cincuenta mil habitantes a cien mil? ¿Por qué se construía para acoger a toda esa gente que no existía?


Y ocurrió el desastre. El detonante fue la estafa financiera de las “subprime” norteamericanas, los activos tóxicos, etc. Se cargaron a grandes entidades bancarias mundiales y todo se fue al garete. Dejó de circular el dinero que tan falsamente se multiplicaba y se pinchó la burbuja. Y ¿qué receta se usó para corregirlo? Pues, empezando por Zapatero, comenzaron a seguir el catecismo neoliberal. Dieron dinero a los bancos y nos obligaron a recortar el estado del bienestar para devolver nosotros lo que otros se habían jugado especulando. Así los pobres pagamos la fiesta de los ricos, ya que jamás vivimos por encima de nuestras posibilidades. ¿Por qué no se dejó caer a los bancos y se llevó a la cárcel a sus dirigentes? En Islandia se ha hecho así y les ha funcionado. La respuesta es obvia, porque quien nos gobierna es el capital, que maneja los hilos de unos monigotes llamados gobiernos nacionales, santificadores del neoliberalismo. Sí es cierto, no tenemos una democracia real. Y la necesitamos ya.

Tercer brochazo. Consiste en deshacer una mentira gigantesca: los empresarios son los que crean empleo. Esto es más falso que el DNI de Jesucristo. Si fuera verdad, con que hubiera unos cuantos empresarios humanitarios, se solucionaba la crisis. Creaban empleo y en paz. ¿Por qué no lo hacen? Porque no pueden, los empresarios jamás han creado empleo, sino que se lo han repartido. Pongamos el ejemplo de una fábrica de galletas. Para que siga funcionando es requisito necesario que venda galletas, y el mercado tiene el tamaño que tiene. Si logra vender alguna galleta más será quitando beneficios a la competencia, la cual tendrá que despedir un trabajador por cada trabajador que contrate nuestro galletero humanitario. Señoras y señores, es el mercado de consumo –nosotros, no el financiero:  ¡vade retro Satanás!– quien, si tiene dinero podrá comprar más galletas, posibilitando que los dos galleteros puedan contratar trabajadores. Somos nosotros comprando, los que creamos empleo y no los empresarios.

La receta neoliberal despide a los trabajadores, para abaratar costes de producción pero, ¿de qué le sirve? ¿A quién se le va a vender algo si nadie trabaja? La única medida efectiva es crear empleo y subir sueldos y esto nunca lo hará la empresa privada, cainita que se hundirá antes de dar el paso de promover el empleo sin vender lo que produzca. Esto tan sólo lo puede hacer el Estado, ese que otros quieren minimizar. Si el Estado gasta recursos en dar empleo, en lugar de hacerlo en rescatar barcos/bancos hundidos por filibusteros, posibilitará que más personas puedan comprar galletas, a nuestro galletero y a la competencia. Así habrá más personas trabajando y esto hará que los galleteros contraten trabajadores y que estos nuevos trabajadores ahorren al Estado subsidios de paro y compren maquinillas de afeitar. Fin de la crisis. ¿Para cuándo?

No se han servido de estas medidas a pesar de que este gobierno prometió que crearía empleo y que bajaría impuestos. La explicación es que eso no está en los genes de la derecha y, además, en que llegaron los que mandan, los que manejan el capital y les dijeron que no, que se despidiera a los maestros, a los médicos, que bajaran los sueldos a todo el mundo, que subieran los impuestos –“si suben los impuestos de la cultura mejor, que en la ignorancia se basa nuestro poder” –. Y el capitalismo consiguió su objetivo: Los bancos y las grandes empresas multiplican sus ganancias, y tienen a miríadas de hambrientos mendigando pan y sin rechistar en caso de tener un mísero trabajo. ¿Qué no se lo creen? ¿Es que no leen la prensa? http://avilabierta.com/PDF/textos/1/bancamultiplicabeneficios.pdf

El enemigo de la sociedad es el capitalismo, que llega a legitimar la especulación del dinero sin base industrial. Es decir, el comprar y vender títulos, y con la compra y venta hacer que suban de precio, recogiendo ganancias de algo que no existe.

Último brochazo gordo y, quizá, el más polémico. La propiedad privada no es ilimitada. No, esa es mi opinión. En caso contrario quién nos libraría de un súper rico que se distanciara tanto de todos los demás ricos y alcanzara el nivel económico suficiente como para comprar todas las posesiones de los otros ricos y así obtener la propiedad de la Tierra entera. Si un rico puede comprar una isla, ¿por qué no un pequeño país y luego uno grande? ¿Por qué no un continente? Y si es propiedad suya, quién le va a rechistar. La gente pasaremos a ser súbditos, nuevos siervos de la gleba, semiesclavos, esclavos. Fin de la democracia, pues la empresa y el dinero no son demócratas.

¿Es esto un disparate? Pues en ello estamos si no ponemos límite a la propiedad privada. Nadie discute la pequeña propiedad hoy en día –un piso, o un par de ellos, coches, talleres…–. Un empresario puede comprar una fábrica y emplear su capital en producir. Pero una vez ha amortizado su inversión económica, ¿por qué la fábrica tiene que seguir siendo suya? Él, como empresario siempre podrá dirigir esa empresa, pero yo pienso que los trabajadores también han adquirido con el tiempo el derecho de propiedad, ya que son tan imprescindibles como el empresario para que el negocio se mantenga y prospere. Si el empresario se jubila, es de suponer que a lo largo de su vida le haya sacado la suficiente rentabilidad a su inversión, como para dejar la propiedad a los trabajadores. Porque esa propiedad ya es de los trabajadores. ¿Por qué ha de dejarlo en herencia a su hijo como si fuese un reyezuelo? El gran problema de los capitalistas es que se creen con derecho a enriquecerse sin límite y se ven legitimados a acumular enormes fortunas, que no quieren pagar ningún impuesto, que para eso son propiedad privadísima suya. Y se equivocan, todos nacimos desnudos y nadie está legitimado a acaparar las riquezas naturales, empobreciendo a la gran masa de la población. Eso es un robo, no un derecho.


Pero, en fin, no me hagan caso, que no soy político, tan sólo son las ideas peregrinas de un escritor. Que cada cual saque sus conclusiones, yo tan sólo he mostrado las mías. Así que dejaré estas conversaciones para el bar y participaré con toda mi energía en desmontar esta estafa de crisis. Votando, pero también en el periodo intermedio de dos elecciones. Y, si es posible, apoyando una revolución, pacífica, claro. Después de esto, sin duda, me sobrará tiempo para las cosas que importan de verdad, como es la cultura y el ocio. Como es escribir en este blog. Para mi próximo artículo proyectaré otro relato corto. A ver si la bilis me deja hacerlo.

jueves, 30 de enero de 2014

Las chicas son guerreras

O el papel social de la mujer en la Historia, con un ejemplo poco edificante.

Hubo un tiempo –toda la Historia de la Humanidad, excepto posiblemente en el neolítico en ciertas regiones y en alguna tribu contemporánea perdida por ahí– en que la mujer jugaba un papel distinto que el hombre en la sociedad. El origen está en la organización social de subsistencia en la época de los cazadores-recolectores prehistóricos, que dejaba a las mujeres al cuidado de los hijos y enviaba a los hombres a las partidas de caza. En el neolítico, en principio, se democratizó el papel social de los sexos, ya que tanto unos como otras trabajaron la tierra, la cerámica y la domesticación de los animales, pero con la creación de excedentes se inventó la propiedad privada y con ella la defensa armada de los bienes que asumieron los hombres, creando castas de guerreros que volvieron a relegar a las mujeres a papeles domésticos, propagando el veneno de la guerra y el poder.

Podemos decir, por tanto, que históricamente los hombres y las mujeres han desempeñado papeles distintos, actuando unos en el marco público y otras en el marco privado o doméstico, hasta el punto de que hasta el siglo XIX, se pensaba que estos papeles eran decretos divinos y la función de la mujer era parir, criar hijos y cuidar al marido, el cual se encargaba del sustento familiar. Pero esto era una mentira institucionalizada, por supuesto, ya que las mujeres, desde siempre, aparte de esas tareas domésticas han participado del trabajo que procuraba el sustento familiar, es decir han trabajado, como el que más… Más que “el que más”, debemos admitir, si generalizamos.

A bote pronto, traigo un ejemplo de la literatura, que es lo que nos interesa en este blog: Cecilia Böhl de Faber y Larrea, escritora española del siglo XIX, adoptó el pseudónimo masculino de Fernán Caballero, para que la tomaran en serio.

Pero todo comenzó a cambiar en el siglo XIX. Con la revolución industrial nació también el movimiento sufragista en el Reino Unido que perseguía el voto femenino, es decir, sacar a la mujer del espacio exclusivamente doméstico en el que se la había enclaustrado. Luego, con otros movimientos, como el feminismo y la revolución sexual de los años sesenta del siglo pasado –con el hito de la píldora anticonceptiva que puso en manos de las mujeres la decisión de la maternidad–, todo fue cambiando lentamente hasta nuestros días, en los que sólo los necios retrógrados le niegan el papel público a las mujeres. El último hito que se ha roto, aunque todavía algún cromañón quiere revertir en nuestro país, es una ley de plazos en el tema del aborto, con el que las mujeres toman la última palabra sobre su cuerpo, sin que una decisión tan importante como el trauma de abortar tenga que adoptarlo un tribunal paternalista ideologizado: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Quedan, además, las equiparaciones salariales y la igualdad real de oportunidades laborales, que ya pocos cuestionan, pero que aún no son plenas, aunque estamos en ello.

Hoy en día, con una serie de pasos adelante y atrás, estamos en situación de decir que las mujeres pueden actuar en la esfera pública con las mismas oportunidades que los hombres. Que pueden abordar el mundo de la cultura, el laboral y el político, más la realización personal, sin traba alguna. O, al menos, que existe esa posibilidad que antes no existía.

Por ello podemos decir que históricamente la mujer no ha tenido relevancia en la esfera social pública que la hiciera pasar con visibilidad a la Historia. Algunos historiadores intentan paliar esa ocultación, pero habremos de admitir que pocos nombres de mujeres han transcendido en las crónicas y cronicones, batallas y conquistas, inventos y descubrimientos… Que es de lo que se nutre el avance histórico.

Aún así, algunas mujeres excepcionales dejaron su nombre escrito en un mundo de hombres. Citaré dos de ellas, por ser paisanas principalmente, Isabel I de Castilla y Teresa de Cepeda y Ahumada –una reina y una monja–. La una quiso –y lo logró– “montar” tanto como su marido y ser reina única de Castilla (Fernando tan sólo fue regente de Castilla a su muerte) y la otra llevó a cabo una labor literaria y de fundaciones de conventos, “entrevistándose” sin intermediarios masculinos con el mismísimo Dios. Pero había que ser una mujer demasiado brillante o poderosa para jugar un papel fuera del ámbito anónimo doméstico, y esto no estaba al alcance de todas, ni siquiera de una minoría, sino de una excepcionalidad histórica.

Pero hubo un camino, andado por mujeres valerosas, que consistió en desarrollar un papel fuera del determinismo de su condición, que fue el ocupar un puesto de hombre, vestida de hombre y haciéndose pasar por hombre. Hubo mujeres anónimas que lo realizaron, sin duda, pero como era algo que iba en contra de las leyes sociales y de las normas religiosas, debemos suponer que la mayoría de los casos quedaran en el anonimato. Hubo mujeres que vivieron como hombres y como tal fueron enterradas, sin que nadie lo descubriera.

Aparte del mito medieval de la papisa Juana, la literatura ha tratado estos trasvestismos de forma prolija, por más que resulte anecdótico –saga de Martín Ojo de Plata, de Matilde Asensi, El Rey Transparente, de Rosa Montero, etc.–, pero hay un caso real, único por su importancia y que es totalmente histórico, como es el de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, que vistió de hombre durante prácticamente toda su vida, dedicándose a tareas tan exclusivamente masculinas como las milicias.

                                     Catalina de Erauso, Juan van der Hamen, 1626

Catalina, con quince años en 1600, se cortó el cabello, se vistió de hombre y huyó del convento dominico de San Sebastián donde llevaba desde que cumplió los cuatro, y en donde su padre, importante militar de Felipe III, le había internado para darle una educación “apropiada” a su sexo. Pero Catalina era rebelde y pendenciera, rebelándose contra las convenciones sociales.

Con su nueva personalidad varonil, pasó por Vitoria, Vallladolid, o Bilbao, sin ser reconocida, ni por su propio padre con quien llegó a entrevistarse. Se ajustó de paje y de arriero, y más tarde de grumete en San Lúcar de Barrameda, bajo el mando de su tío, que no la reconoció, llegando al Nuevo Mundo en 1603. He aquí alguno de los nombres que llegó a utilizar: Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán y Antonio de Erauso.

Tres años campando a sus anchas, fue algo que en su condición femenina le hubiera resultado totalmente imposible realizar. A pesar de su valor, su fuerza y su habilidad con las armas –la iría ganando a través del tiempo–, hubiera sido asaltada por los caminos, violada, asesinada… No hubiera podido trabajar absolutamente en nada, ya que una mujer en esa época tan sólo tenía dos oficios, aparte del casamiento, como era el de monja y el de puta. He dicho oficios, no trabajos, ya que de estos hacía muchos, tanto casada como en el convento, por no hablar de la casa de mancebía, donde la palabra “trabajos” tiene otras connotaciones.

En América se empleó como soldado, participando en guerras, escaramuzas y matanzas sin cuento: Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú, Chile…

En la Guerra de Arauco contra los mapuches, en el  Chile actual, se mostró valiente acabando por ser nombrada alférez. Durante la batalla de Purem murió el capitán y ella tomó el mando, distinguiéndose por su extrema brutalidad y actos vandálicos, que la dieron fama de terrible, lo cual paradójicamente la imposibilitó seguir ascendiendo en la carrera miliar. Se pasó de cruel, vamos, incluso para su época.

Participó en varios duelos, hiriendo e incluso matando a los contrincantes, por lo que llegó a estar encarcelada en varias ocasiones  y fue torturada y condenada a muerte, ajusticiamiento del que se libró huyendo.

Llegó a ser nombrada secretario de su hermano Miguel de Erauso, quien tampoco la reconoció, e incluso Catalina acabó matándole en un duelo, teniendo que huir por ello a Argentina.

Anduvo en tratos carnales con mujeres, “andándole a la hija entre las piernas” –palabras textuales suyas, pues llegó a escribir sus memorias–, y llegó a prometer matrimonio a dos doncellas, teniendo que huir a Potosí para evitar el casamiento y, por ende, el descubrimiento de su impostura.

En 1623 fue detenida en Perú y encarcelada y es entonces cuando confiesa, por fin, que es una mujer y que incluso fue monja en su juventud. Dos matronas la examinaron certificando sus palabras, sin duda era mujer y como hombre pasó 23 años seguidos sin que nadie lo supiera, habiendo tratado con mucha gente, alguna de la cual la había conocido como niña y como monja.

Como caso curioso, fue enviada a España, entrevistándose con el mismísimo rey, Felipe IV, quien le mantuvo su graduación militar de alférez y le puso el mote por el que a partir de entonces fue conocida: monja alférez. Más tarde se entrevistó con el mismísimo papa de Roma, Urbano VIII, que la autorizó a seguir vistiendo de hombre.

En 1630 se instaló en Nueva España (México) y regentó un negocio de transporte de mercancías, muriendo en 1650.


No es un ejemplo edificante, en absoluto, pues Catalina no sólo asumió el rol masculino, sino que con él interiorizó todo lo peor que el hombre ha generado en la historia: la guerra y la violencia, en su rasgo más extremo de falta de empatía con las víctimas. Pero es paradigmático el que una joven disfrazada de hombre, no fuese reconocida durante años por nadie, ni aún su propio padre o hermano, ya que no había quien pudiera imaginar que tras unas ropas masculinas y un comportamiento viril hubiera otra cosa que no fuera un hombre.

La literatura tiene un filón en historias de mujeres que pasaron por hombres, cuyos casos han quedado en el desconocimiento, como hubiera quedado el de Catalina si muere antes de su último encarcelamiento en el que confesó su impostura. No estoy proponiendo que se convierta en un género literario, pero sí estoy justificando que cuando un autor trate la historia de una mujer que se trasviste en varón, sin que nadie sospeche, sea creído, pues es algo que se hacía por necesidad, por mujeres que no aceptaron enclaustrarse en el papel social opresor en el que se las encadenó de por vida, por cuestión de nacimiento.

Dejemos que las mujeres ocupen su papel en nuestra sociedad, con la relevancia que merecen, y comprobaremos cómo la historia remonta hacia valores más positivos que los que hemos alcanzado los hombres escribiendo esa historia. Seguro que ellas tratan de evitar las guerras con más ahínco, ya que son las que las han padecido en mayor grado siempre: pérdidas de hijos y maridos, violaciones, ruina económica y hambre… Ellas más que nadie, pues el que queda es el que sufre.

Para saber más sobre Catalina de Erauso:



martes, 21 de enero de 2014

Habladurías

–Mariano, por fin, pensé que no llegabas nunca... ¿Por qué no contestabas al móvil?
–Dejé cargando la batería… Emilia, ¿qué pasa?
–Los vecinos... Esta tarde...
–¿Qué vecinos?
–Los del “C”... Creo que él la ha matado a ella.
–¿Pero qué estás diciendo?
–Que sí, Mariano, les oí gritar a los dos...
–Pero si nunca se oye un ruido en esa casa... ¿No serían los del “A”?
–Que no, Mariano, que los del “A” están de viaje. Gritaban como locos, y se oyeron muchos golpetazos en los muebles... La ha matado, te juro que la ha matado.
–¿Cómo la va a haber matado? ¿Pero qué película te estás montando?
–No me monto nada. No dejaban de gritar los dos y se oyeron muchos golpes, como portazos, y caída de cajones, y de repente... El silencio absoluto. Un silencio sepulcral, que me heló las venas. ¿Cómo iba a terminar la pelea así, tan de imprevisto?
–¿Y no habrá sido al revés? Ella es más grande que él, le saca casi dos cabezas de altura y, además, es fuerte como una mula. Esa mujer nunca me gustó.
–A mí tampoco me gusta ella, pero él es más raro, tiene el gesto más retorcido. Yo creo que es mala persona, de esas que parecen prudentes, pero que tienen mucha rabia contenida y que cuando explotan hacen barbaridades.
–Si sólo oíste ruidos y golpes, ¿cómo sabes quién es el que golpeaba y quién el que recibía? De esa pareja yo me esperaría cualquier cosa.
–Era él el que más gritaba e insultaba. Ella tan solo suplicaba y lloraba. La agresividad estaba en él y no en ella.
–Pero, ¿qué has oído?
–Lo que te he dicho: gritos, golpes y luego de pronto nada.
–¿Qué gritos, coño? ¿Qué decían?
–No sé qué decían, tan sólo distinguí las palabras más fuertes, cuando más chillaban.
–¿Gritaban los dos?
–Sí. Y ella lloraba...
–Pero, ¿cuándo ha sido eso?
–Nada más irte, sobre las cuatro y media de la tarde. Unos diez minutos antes de las cinco ya no se oía nada.
–Tú eres boba, son las nueve y media.
–Ya, pero yo no sabía qué hacer, me asusté, tuve miedo.
–¿Y no se te ocurrió llamar a la policía?
–Pues sí, se me ocurrió, pero no me atreví. Estaba sola en casa. Si llega a enterarse ese asesino viene a por mí...
–¿Y qué quieres que haga yo ahora?
–Pues llama tú a la policía.
–¿Y qué digo? Mire usted, señor agente, que mi mujer ha oído matar a mi vecina. ¿Ah sí, caballero? ¿Y cuando ha sido eso? Pues hace unas cinco horas...
–Mariano, eres idiota, no te burles. Si la ha matado no ha podido deshacerse aún del cadáver... He estado pendiente y nadie ha salido de esa casa, tiene que tener a la muerta todavía con él y estará esperando a que se haga de noche para sacarla... O la estará descuartizando. ¡Yo que sé!
–Por lo que a mí respecta, tú no has visto nada, tan sólo has oído una pelea, que ya ha terminado, así que...
–¿Y va a quedar impune un asesinato? ¿No piensas llamar a nadie?
–¿Y si no la ha pasado nada? ¿Hago yo el ridículo con la policía?
–¿Acaso dudas de mi palabra?
–¿Quieres que te responda con sinceridad, Emilia...?
–¿Entonces no vas a hacer nada?
–No, no vamos a hacer nada ninguno de los dos. ¡Tenías que haber hecho algo cuando estaba ocurriendo!
–Pero, Mariano...
–Si la ha matado, ya no le vamos a salvar la vida. Y yo no pienso meterme en líos por unos vecinos gilipollas a los que casi no conozco.
–Pues llevan más de cinco meses viviendo al lado de tu puerta.
–Como si llevan cinco años. Con él ni siquiera he hablado una sola vez, y ella es más estirada que el palo de una escoba, no te saluda aunque te la cruces en la escalera. Si ni siquiera sé sus nombres, no los han puesto ni en el buzón.
–Bueno, yo tampoco sé cómo se llaman, pero a ella un día me la encontré en la panadería y vinimos hablando hasta casa. No era tan desagradable como aparentaba... Quizá un poco tímida y por eso no se relacionaba con casi nadie. ¡Ay, pobrecilla!


–Emilia, ¿por qué das esos portazos?
–¡Ay, Mariano! Clara...
–¿Qué tripa se le roto a esa gilipollas?
–Que está llamando a la policía. Como no me hiciste caso ayer con la pelea de los vecinos, hoy cuando me encontré con ella en el súper se lo conté todo, y ella...
–Pero si ocurrió ayer, cómo les llama ahora.
–Les va a decir que ahora mismo se están volviendo a pelear...
–Pero, ¿esa Clara es imbécil? ¡No sé por qué te hago una pregunta tan tonta!
–Mariano, aquí pasó ayer algo muy grave y tiene que saberse. Cuando los policías vean a la vecina seguro que tiene algún morado que no sabe explicar. Y eso, si está viva y aparece.
–¿Y por qué nos involucra a nosotros la tonta de Clara?
–Por eso vengo, para avisarte. Si te preguntan, tú di que acabas de llegar... Diremos que acabamos de llegar los dos y que no hemos oído nada. Que no hemos oído nada hoy, pero que otros días sí que hemos escuchado peleas... Y no será mentira, porque yo les oí ayer... ¡Ay, Mariano! ¡Que ya están aquí! Abre tú...
–¿Cómo van a llegar tan pronto?
–¿Pero, entonces, quién está tocando el timbre?
–Pues abre, joder, y nos enteramos.
–No, Mariano, ¡abre tú, hombre...!
–¡Lo tienes claro! Por mí como si tiran la puerta. Tú eres la que lo has enredado todo, contándoselo a la cotilla de tu amiga.
–¡Ay, Mariano, cómo eres!
–¡Abre de una puta vez, coño!


–¡Eh…!
–Hola, vecina, tengo que pedirte un favor.
–Ho… Hola...
–Mi marido y yo tenemos que ir al funeral de... Un tío, un tío carnal... Y es en Francia. Tomaremos un avión... Estaremos unos días fuera... Tal vez una semana, o dos, o quizá algo más... ¿Podría dejarte la llave del piso...?
–Sí, claro… ¡Cómo no!
–Lo siento, tenemos  mucha prisa. Si no nos vamos rápido perderemos ese avión... ¿Me regarías las plantas? Pero sobre todo es por el gato, para que lo cuides, ¿lo harás?
–Por supuesto...
–Gracias, vecina. Con que estés pendiente de que las plantas tengan humedad es suficiente, no es necesario que las riegues todos los días. Pero al gato sí que tendrás que verlo todos los días y asegurarte de que tiene suficiente agua y comida. He dejado dos bolsas grandes de pienso en la encimera de la cocina. ¡Ah! Y cámbiale la tierra absorbente cada cuatro o cinco días. Es muy cariñoso…
–Sí, sí, claro.
–Gracias... De verdad.
–No pasa nada, para eso estamos las vecinas.
–Adiós...
–Hasta pronto.


–¿Ves, gilipollas? La vecina está viva y el marido también. Y ninguno de los dos tiene moretones. ¿Qué le vas a decir ahora a la policía cuando venga?
–Pero, Mariano…
–¡Clara y tú sólo sois un par de cotillas! Con cuatro ruidos sueltos te montantes tu película particular, pero en realidad no sabes nada, nada.
–Nunca creerás una sola palabra de lo que digo, ¿no? Piensas que soy idiota. Pues, ¿sabes una cosa? Ya estoy harta, ¡harta!
–No me hagas hablar, Emilia, no me hagas hablar...


–Buenas tardes, señora.
–Buenas...
–Somos policías, mire... ¿Le importaría responder a unas preguntas?
–No, no... Ustedes dirán.
–Es sobre los vecinos del “C”. Hemos recibido una llamada, pero parece que no hay nadie en esa casa. ¿Ha oído usted algo raro en los últimos días? ¿Ha visto alguna cosa extraña?
–¡Uy, no! Son unos vecinos ejemplares, no dan un ruido. No he llegado a oírles pelear nunca, y ¡mire que son delgadas las paredes de hoy en día…!
–Ya... ¿Y no sabrá usted dónde han ido?
–Seguro que a ustedes les llamado la vecina del primero. Esa chismosa se lleva muy mal con todo el vecindario y apuesto a que les ha molestado con una llamada anónima diciendo que andan todo el día peleándose... Mentira, todo mentira, ¡pero si no se oye un ruido en esa casa!
–Perdone, señora, tenemos algo de prisa, nos interesaría localizar a sus vecinos cuanto antes. ¿Seguro que no puede decirnos dónde están ahora?
–Están de viaje, se fueron ayer, ¿verdad, Mariano? Pero son muy buenas personas, se lo aseguro, no dan un ruido.
–¿Y dónde han ido de viaje?
–Pues no me lo han dicho.
–Ya...
–Bueno, esté atenta y si escucha algo fuera de lo normal nos avisa.


–Jorge, un café con leche para mí y uno cortado para Clara... Espera, Jorge, pon otro con leche, que ya está aquí Sonia.
–No os lo vais a creer... Casi me desmayo al enterarme...
–Tranquila, cariño, anda, siéntate.
–Clara, Emilia... Emilia, tus vecinos...
–¿Qué vecinos?
–Los de la pelea, aquella del año pasado, a los que Clara denunció a la policía al día siguiente de la bronca...
–Sí, cariño, se refiere a tus vecinos del segundo “C”.
–Acabo de verlos.
–¿Acabas de verlos? ¿A los dos?
–Sí, a los dos.
–Imposible. Y, ¿donde los has visto?
–En la tele.
–¿En la tele?
–¿Es que vas a repetir todo lo que yo diga, Emilia? ¡Callaos de una vez las dos y dejadme hablar a mí!
–Vale, cariño, cuenta.
–En un informativo de la tele. Hablaban de terroristas... Y eran ellos... Estoy segura. Han dado un montón de datos y ahora me encaja todo.
–¿Qué datos? Acaba de explicarte.
–Eran terroristas. Los dos. Y tenían un piso franco aquí... Al lado de tu casa, Emilia, eran tus vecinos y tú sin sospechar nada. Iban a hacer un atentado gordo, la mujer iba a inmolarse en un autobús. El caso es que estuvieron a punto de cometer el atentado, pero la chica falló... Según dicen se acobardó porque vio a unos policías que les iban siguiendo. Pero lograron huir. La policía les controlaba desde hacía tiempo, pero no sabía dónde se escondían... Ahora, en Irak, acaban de matar a veinte personas, inmolándose juntos y como eran de nuestro país han dado las fotos. ¿Os dais cuenta? Podían haberles detenido aquí.
–Cielos, yo tengo la culpa, si hubiera llamado al oír los gritos les habrían pillado, y encima al día siguiente, cuando llamaste tú, Clara, intenté despistar a la policía en lugar de decirles que iban hacia el aeropuerto...
–Pues la liaste gorda, Emilia. Eran muy peligrosos y con un montón de muertes a sus espaldas.
–No me lo puedo creer, Sonia, cariño. Tú los confundes con otros.
–Que no, que estoy completamente segura. Un día que iba a casa de Emilia, subí en el ascensor con ellos. Pensé que eran unos maleducados, porque no respondían a lo que yo les preguntaba, como si fuera una cotilla, y yo únicamente quería ser amable y mantener una conversación intranscendente. Ahora me explico por qué disimulaban y casi me daban la espalda. Pero yo los miré bien y estoy completamente segura de que conozco sus caras, a mí no se me despinta un rostro.
–Emilia, cariño. ¿Te das cuenta?
–Me doy cuenta, Clara, joder...
–Y tú pensando que era una riña de matrimonio y que el uno había matado al otro.
–No se lo digáis a mi Mariano, por favor...
–¿Estás tonta? ¿Qué importa que se lo digamos? Además, así tendrá que admitir que tú tenías razón cuando les oíste gritar.
–Sí, yo tenía razón, pero le hice caso a él y negué lo que yo había escuchado. Soy idiota.
–Se enterará de todas formas, lo repetirán en todas las cadenas de televisión.
–No, no se enterará, él sólo ve los deportes y no habla de otra cosa con sus amigotes, sólo le interesa el fútbol y la cerveza. Si se enterase, pensaría que soy tonta... ¡Por Dios...! Nunca se entera de nada, no se enterará tampoco esta vez... Y, además, ahora tengo un gato cariñoso.

jueves, 9 de enero de 2014

Guerra de sexos

(Advierto, esta entrada va sin fotos, pues habla de letras, y de esas he puesto muchas)

Me voy a meter en un jardín del que no sé cómo saldré. Esta vez me voy a ganar unos pocos enemigos y enemigas más, que espero lo sean menos si reflexionan sobre mis razones. Y es que quiero hablar de trabajadores y trabajadoras, de padres y madres, de señoras y señores, en fin, de miembros y de miembras…

Desde siempre he tenido una admiración reverencial por la lengua castellana. Ésta, como cualquier otra, se ha sedimentado a través de los siglos y ha ido cambiando, adaptándose a sus oradores. Nuestro idioma, como otros cuantos más, nació del Latín y, poco a poco, derivó con el carácter de sus gentes, variando y, creo yo, mejorando y ganando en expresividad y precisión. Esto quiere decir que no hay nada inmutable, y menos un idioma, el cual evoluciona por leyes naturales de economía, precisión y belleza –gracias a escritores, poetas sobre todo–, pero también de forma forzada por intereses nobles o espurios. Me refiero a cuando se meten con calzador expresiones y palabras de otros idiomas, algunas de las cuales enriquecen, pero muchas no, y menos si son masivas como ocurre en nuestros días con el inglés (ver desahogos en artículos anteriores de este blog).

Ahora aterricemos en nuestra realidad social. La mujer está tomando el papel que le corresponde, después de haber sido marginada a través de los siglos por una sociedad desigual y machista, que la ha postergado a desempeñar su función únicamente en el ámbito privado. Gracias a su lucha, y a la de los hombres que compartimos el sentir de esa injusticia, está recuperando la libertar de integración y de protagonismo social que le correspondía y que nos beneficiará a todos cuando sea plena.

Pero para hacer visible esa igualdad social se está forzando el idioma castellano, y se está deformando de una forma antinatural que a mí, al menos, no me gusta. Y no me gusta porque no es práctica y lo empobrece. Y, además, todo ocurre por un error pueril, como es confundir el género gramatical con el sexo, cuando son dos conceptos totalmente diferentes. El género es masculino y femenino, al igual que el sexo, pero tienen una entidad divergente. No son lo mismo, en absoluto.

El idioma castellano perdió el género neutro latino. Y no pasa nada. Una palabra de género masculino puede hacer referencia al sexo femenino y otra de género femenino al sexo masculino (ruego no pensar obscenidades, que hay equivalentes científicos). Y no pasa nada. Yo, como hombre, soy una persona (femenino) y pienso que soy buena gente (femenino). Una jueza puede ser un miembro (masculino) del poder judicial. Y no pasa nada. Se entiende.

El rizo rizado viene cuando hablamos de hombres y mujeres y no queremos generalizar en masculino, para deshacer injusticias. Si yo hablo de los padres (masculino plural) de un niño, no estoy determinando nada, hablo en conjunto y todo el mundo entiende que me puedo referir a un hombre y una mujer, o a dos hombres. Generalmente será lo primero porque es lo más común, pero según el contexto puede ser la otra opción. Si pretendiera especificar hablaría del padre y de la madre. Si, por otro lado, menciono a los trabajadores (masculino), todo el mundo entiende que hablo de los trabajadores y las trabajadoras, porque el género masculino generaliza por tradición al conjunto de los sexos. Duplicar me sigue sonando ridículo, por más que lo oigo. Que se hable de trabajadores y trabajadoras cada vez que un político hace un discurso intentando ser políticamente correcto, no añade comprensión y sí palabras. Es preferible que mencione a la clase trabajadora (femenino) o simplemente a las trabajadoras, dando por entendido que se ha elidido la palabra “personas”.  Pronto nos acostumbraríamos y no pasa nada: “Nosotras –las personas aquí reunidas– estamos orgullosas de ser trabajadoras, todas nosotras –personas–“. ¿No es mejor que la alternativa: nosotros y nosotras, trabajadores y trabajadoras…? Si queremos hacer presente el sexo femenino en nuestra sociedad, no desvariemos con el lenguaje, seamos osados y generalicemos en femenino. Es más fácil de tragar, que duplicar palabras de forma reiterativa y absurda, ya que no es necesario, cuando es perfectamente comprensible y no posterga a nadie, creo yo.

Para ser conscientes de hasta dónde hemos llegado haciendo el ridículo, por no diferenciar sexo de género gramatical, pondré el ejemplo más llamativo que se me ocurre.

Durante siglos cuando se hablaba de los padres de un niño (o de una niña), ya lo he mencionado antes, no existía ningún idiota, por mucho que el oyente fuera simple de entendederas, que no supiera que esa palabra de género gramatical masculino abarcaba al sexo masculino y al femenino. Así, existía en todos los colegios desde hace décadas una asociación (palabra de género femenino aunque incluya hombres) de padres de alumnos, o sea, A.P.A. en siglas. Y no había necio alguno que pensara que las madres estaban excluidas de esta generalización. Pero el excesivo celo de dar visibilidad a las mujeres acarreó el pensamiento de que esto no estaba bien, que era una aberración. La solución: se cambiaron las siglas para dar cabida a las madres y, además, se las puso por delante de los padres, que para eso ellas son las que paren. Así, se transformó, por arte de birlí-birloque la A.P.A. en hampa… Perdón, no resistía las ganas de hacer el chiste: en A.M.P.A., quiero decir. Asociación de Madres y Padres de Alumnos.

Echad las campanas al vuelo, hemos solucionado la iniquidad de olvidarnos que los alumnos tienen también madres. Hemos alargado el título pero, ¿eso qué es comparado con el reparo de la injusta injusticia histórica. ¡Hala, pues! Ahora que nos hemos lanzado, ¿y si nos inventamos la palabra “miembras”? Pues hecho, señoras y señores miembros y miembras de nuestro país y nuestra paísa, lleno de gentes y gentas trabajadores y trabajadoras, empresarios y empresarias, sindicalistas y sindicalistos… Ya tenemos la absoluta igualdad… Idiotizada.

Para demostrar que los “amperos” –integrantes e integrantas de las A.M.P.A.s– pensaron a medias, les voy a descubrir que se olvidaron de las alumnas: sí generalizaron a los dos sexos con la palabra “alumnos” ¡Qué horror! ¡Qué olvido imperdonable! Sí, volvamos a cambiar las siglas (y los siglos, dijo yo), olvidémonos de la A.M.P.A. y hablemos de la A.M.P.A.A.: Asociación de Madres y Padres de Alumnos y Alumnas. ¿Oye, y ya que traducimos el sexo en el género gramatical, no deberíamos también hacer mención a los alumnos y alumnas gays y lesbianas? ¿Y a los padres transexuales?

A partir de ahora debemos hablar de la A.M.P.T.A.A.G.L. Va una caña para el que lea estas siglas –yo invito, pero luego me tiene que invitar a otra a mí.

¿Te das cuen del absurdo?

Abogo, como mal menor, por generalizar los sexos en el género gramatical femenino. No pasa nada, yo no me ofendo pues el género femenino me contiene, ya he dicho que soy una (femenino) buena (femenino) persona (femenino, ¿o debería decir femenina?). Y todos los que me leen son mejores personas (femenino plural) que yo, no me cabe la menor duda.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Recapitulando 2013

Se ha acabado el año, ya no hay marcha atrás, y uno de los tópicos de estas fechas es hacer recuento de lo que ha sucedido en los últimos trescientos sesenta y cinco días. Pero es un tópico, y una persona inteligente debe de huir de ellos. Tal vez yo no sea inteligente, porque me apetece meterme en harina. Esa es la razón y no otra.


En este último artículo del año quiero hacer un repaso, pero no del año 2013, ya que habría muchos asuntos que no son adecuados para tratarlos aquí. Soy un zoon politikon como decía Aristóteles, ¿y quién no? Incluso el que reniega de ello y presume de que pasa de la política está haciendo política, al dejar estos asuntos importantes en manos de quien sea; tal vez un generalote que nos ponga a todos firmes. Y no, por eso no paso, soy un político activo, y tengo mi opción, la cual no debo compartir aquí, ya que este blog va de otra cosa. Es el blog de un escritor.

Podía, entonces, hacer un repaso literario al año que concluye, pero no me veo con erudición suficiente. He dicho que soy escritor, lo cual no significa ser un buen lector, ni un entendido en la materia. Tan sólo soy un pobre tipo que tiene cosas que decir y que las escribe y que intenta leer todo aquello que caiga en sus manos que pueda aportarle algo, no para aprender, sino para ser más humano, que es el objetivo de la Literatura. Identificarnos con otros y compartir rasgos de humanidad en nuestro paso por la finita vida en la materia, especulando sobre la transcendencia o no y sobre el sentido, o falta de él, que tiene el hecho de nacer y morir, porque, ya saben mis lectores: “sólo hay hacer y morir, lo demás es cosa vana”.

Cuando inicié este blog, allá por el verano, me propuse escribir regularmente para tratar los temas que me preocuparan como escritor. He emprendido una carrera literaria y por tanto me he hecho una persona pública, por lo cual decidí compartir mis reflexiones con quien quisiera acercarse a ellas. Sin imposiciones, pues tan sólo entrará por aquí aquel al que le dé la gana, y me abandonará en cuanto considere oportuno. Escribo para un potencial de millones de lectores, siendo consciente de que los lectores efectivos serán muy pocos, o incluso ninguno, pero eso no va a modificar la seriedad con que me planteo el proyecto. Esto quedará aquí, y estará disponible para quien quiera.

Es el blog de un escritor, pero no ha de ser un blog didáctico que enseñe literatura. Tan sólo es un espacio de reflexiones inconexas alrededor de los temas literarios que le preocupan a un escritor. Yo. Pero la literatura es tan amplia que abarca todo tipo de temas, desde culturales a políticos, e incluso sexuales. Basta con que me parezcan procedentes.


Así, lo que quería era repasar los temas que he tratado en este año, en que comienzo mi blog, y crear un precedente para continuar haciéndolo en años sucesivos, si mi vida y mi pasión literaria continúan. Para hacer balance, para ser consciente de lo tratado y para poder hacer propósitos para el año que comienza.

Empecé el 26 de agosto, presentándome al mundo, foto incluida, con un post titulado igual que mi novela, que ya estaba en talleres para salir a la luz. Planteé los temas que iba a tratar: hablar sobre literatura, publicar relatos cortos, dar noticia sobre mis éxitos y fracasos… Todo ello en una visión resignada sobre la vida, concluyendo con la frase lapidaria: Ayer nací, mañana moriré, y lo demás no importa mucho.

En el siguiente artículo presenté mi novela, hablando sobre su contenido y adelantando su portada. Continué con un análisis parcial de “La vida en otros tiempos”, donde pretendí romper el mito de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y hablé de la violencia.

A continuación traté un tema que me obsesiona, como es la imposición del idioma Inglés, al precio que sea, considerando ignorante a todo aquel que no lo hable correctamente. En nuestros días hasta las guarderías son bilingües, y el bilingüismo es algo pretendido para acabar con nuestro “paletismo” castellano. Y yo me rebelo contra ello. Estoy frontalmente en contra de toda globalización y homogeneización de la vida y la cultura. Me opongo fervientemente a los macdonals y las cocacolas. A las producciones agrícolas extensivas, que generan excedentes que hay que destruir para mantener precios… ¿Por qué cualquier turista nos muestra su arrogancia cuando no le entendemos en Inglés…? Pararé, porque me caliento y volvería a escribir un artículo monográfico. Allí quedó, y me temo que es un tema que volveré a abordar. I don't speak english… porque no me da la gana.


Volví a tratar, de forma más amplia, el tema de la violencia. Un tema que fue la idea que generó mi novela publicada este año y, a continuación, hablé sobre la profesión de novelista.

Ya en el mes de octubre, puse el vídeo publicitario de mi novela, sin más literatura añadida, y publiqué un artículo que contenía una leyenda abulense, redactado años atrás. Mes poco productivo este de octubre, ya que todos los anteriores artículos, menos el primero de agosto, los publiqué en el mes de septiembre.

El mes de noviembre escribí tres artículos, directamente relacionados con lo que para mí ha sido el acontecimiento de este año, la presentación de mi novela el día 7. Primero puse sencillamente unas fotos, luego narré mis sensaciones y, por último, colgué el vídeo con el acto de la presentación.


Y este mes de diciembre, aparte de esta recapitulación, he hablado sobre la novela de un amigo, César Díez Serrano, y realicé un homenaje póstumo a mi admirado profesor del bachillerato, que despertó en mí el amor por la literatura.

Una vez revisado lo anterior, me doy cuenta de que debo enderezar el rumbo. En el 2014 también espero algún acontecimiento, al que daré su espacio, pero me propongo ser más regular, y escribir de forma más sistemática. Alternaré las reflexiones sobre los temas que me interesen, y que crea pueden interesar a los potenciales lectores, con noticias sobre mi carrera literaria y aquello que me propuse en mi primer post, realizar relatos cortos, que me sirvan de ejercicio creador, y que gratifiquen a quienes pinchen en el blog de un escritor. ¡Ostras, tal vez pueda recopilarlos luego en un libro…! Y venderlo… Y hacerme millonario… De euros, no de pesetas, claro.

Bueno, que en diciembre de 2014 daré cuenta de todo ello de nuevo. Espero que se me perdonen mis carencias de 2013, por la inexperiencia, y que el año que entra sea para todos propicio a cumplir vuestros deseos.

Y termino sin haber hablado de la crisis, pero dejo constancia en estas últimas líneas de que la sufrimos y, siendo políticamente incorrecto, acuso al neoliberalismo de su creación artificial para empobrecer a la masa trabajadora en beneficio del crecimiento de las grandes empresas: Las multinacionales, que manejan a los gobiernos y que en la publicidad nos seducen y en el día a día nos están arruinando.

(Esta foto es de La Alberca, del verano de 2012. D.E.P.)

lunes, 16 de diciembre de 2013

Homenaje póstumo a Jacinto Herrero

Hoy, que ya no escuchas, te digo aquello que nunca te dije. Porque yo era joven, porque era inexperto, pero sobre todo porque era tímido y quería pasar desapercibido, que nadie supiera de mi existencia, que nadie reparase en mí, para que nadie pudiera dañarme.

Tú me abriste los ojos y me hiciste saber que existen pensamientos elevados, que las palabras son instrumentos de gentes sabias que las combinan y pueden crear belleza con ellas, recrear historias que nos hablen de nosotros los lectores, dignificar un idioma, despertar corazones.

Te fuiste hace dos años, pero no te has ido, porque estás en el recuerdo.

Te conocí durante cuatro cursos, que pasé bolígrafo en mano tomando notas, como en la universidad, nos decías. “Debéis empezar a entrenaros, porque luego no tendréis libros de texto, tan sólo un profesor y su sabiduría”. Y tú de esta estabas sobrado.

En los primeros tiempos nos pediste que escribiéramos un poema: “¡Oh, Morfeo, que sueñas nuestras vidas…!” Leíste en alto, esto o algo parecido, haciendo hincapié en que no revelarías al autor, para no avergonzarle. Pero me avergoncé de que tú sí supieras que era yo. Entonces no comprendía, pensaba que eso era poesía, sólo palabras grandilocuentes y sonantes, que hablaran de mitología. Aún así alabaste la cultura del impúber osado que tal escribiera, sin saber que yo conocía al dios mitológico por los chascarrillos de los tebeos.

Metido en mi invisibilidad, escuché con los ojos y vi con los oídos a partir de entonces, pues quise aprender de quien tanto sabía y me enamoré de la literatura, un amor platónico que aún mantengo, aún sin saber durante mucho tiempo que quería ser escritor. No, yo quería ser dibujante o pintor. Los tumbos de la vida, y mis pocas facultades plásticas, me han hecho escritor. Sí, ya lo dije una vez, soy escritor porque escribo.

Te confieso una cosa que nunca supiste, yo me iba a la “Casa de la Cultura”, tomaba tu “Tierra de conejos” y la copiaba a bolígrafo en cuartillas, verso a verso, para poder llevarme tu libro a mi casa y tenerlo siempre. Esas letras impresas eran de un escritor al que yo escuchaba todos los días. Yo era un privilegiado.

Recuerdo cómo algunos días nos leías en voz alta, impostando la voz de los personajes, variados pasajes de lo mejor de la literatura castellana. Era un deleite y la mejor iniciación a la lectura que puede tener cualquier persona.

Cuatro años empapándome de tu sabiduría, en un BUP de letras puras y en un COU con Griego y Latín, me hicieron menos ignorante. ¿Pero tú te diste cuenta de que yo estaba en tus clases? Supongo que sí, según una segunda anécdota elegida de los tiempos postreros para compensar la otra de los inicios. Nos habías encomendado el día anterior un comentario de textos y pediste, alumno tras alumno y alumna tras alumna, en el Dioce ya había chicas en las clases de COU, que expusiéramos nuestro trabajo. Uno tras otro, demostraron su ignorancia, o el hecho evidente de que no habían trabajado en casa. “Venga, hazlo tú y acabemos. Lúcete ante estos patanes”. Fue un halago, ya sabías que yo existía y además confiabas en que era de los buenos. Me emocioné y me enorgullecí, pero yo tampoco lo había preparado, la verdad es que no me enteré de que teníamos que trabajar ese texto: ¡Qué narices estaría pensando! Así que improvisé, fiándome de mis conocimientos. Quedé tan mal como el resto y tú volviste a decepcionarte por unos pupilos tan ineptos. ¡Qué juventud! ¡Qué futuro le espera al país!

Pero luego las notas sí que me valoraban. Yo era de los buenos, a pesar de todo…


Hasta hace poco más de cinco años no se me había ocurrido convertirme en escritor. Siempre he sabido que se me daba bien la expresión escrita, pero no me había planteado que pudiera escribir algo que interesara a los demás.

                En mis estudios de bachillerato tuve un maestro excepcional que me despertó el interés por la literatura. Se trata de Jacinto Herrero Esteban que falleció justo hace dos años, el 19 de diciembre de 2011, y era un excelente poeta que aún no ha sido reconocido con el mérito que tiene. Su erudición y su amor a la literatura encandilaban, siendo sus explicaciones auténticas clases magistrales que bien podían haberse impartido en una facultad universitaria. No sólo hablaba de los autores más prestigiosos, a los que conocía en persona, como Dámaso Alonso, Jiménez Lozano o Ernesto Cardenal, sino que él mismo tenía libros publicados, lo cual deslumbraba a unos adolescentes de una pequeñísima capital de provincias.

                Hay que valorar y poner en su justa medida la importancia de un buen maestro, que es el que sabe motivar a los alumnos y les abre los ojos al mundo fascinante de la literatura. Recuerdo que él siempre prestigiaba la palabra “maestro” como la más hermosa, y superior a la de “profesor” que por entonces se imponía sobre la otra, al estar en plena implantación el plan nuevo educativo que trajo la E.G.B., el B.U.P. y el C.O.U.

                Además de su erudición literaria nos facilitó un arma poderosísima para entender la literatura como es el comentario de textos. Nos enseñó a manejarlo y con él a entender a los autores y a lo que querían decir. Sus análisis eran profundos y brillantes y nos hacían ver lo que  superficialmente no se veía. La técnica de comentarios de textos que nos enseñó me ha servido el resto de mi período de estudios y de lecturas.

               Con él leí lo más importante de la literatura clásica castellana, fundando la base para entender la literatura contemporánea. A partir de entonces mis lecturas han sido anárquicas, pero de vez en cuando he vuelto a los clásicos y a completar las lecturas que me faltaban y que me hacen comprender que nunca llegaré a tener el amplio conocimiento que él tuvo.

¿He dicho que era cura? Es igual, no importa, no se le notaba.