viernes, 13 de julio de 2018

Dices tú de mili...

Hablando de mili, ¿os he contado que yo hice la mili en Ávila?

Me dirijo a vosotros, chicos, ya que las mujeres nunca me van a entender. Los más jóvenes tampoco saben lo que es la mili, pues la quitaron hace años, pero para muchas generaciones había un antes y un después: "Que te vas a hacer un hombre, que vas a conocer mundo...". Sí, yo hice la mili, así que supongo que ya soy un hombre, aunque ahora en el ejército haya mujeres; y recorrí mundo, si bien me tocó hacer la mili en Ávila, en casa... ¡Oye, que Ávila también está en el mundo!

Antes de ser hombre, yo era un joven de firmes ideales, que por aquellas fechas se asentaban en el inconformismo, en llevar la contraria, en el pacifismo… Y por tanto debía hacerme objetor de conciencia, así que cuando me llamaron a filas –a tallarse decían– pues...



Por mucho que no lo parezca, sí, soy yo.
Pero no nos vayamos del tema, que me pierdo. Yo hice la mili en Ávila, según os contaba, y la hice porque no objeté, es obvio. Que en mi época –por entonces aún se hacía la mili con lanzas– no existía la objeción de conciencia y al que no se presentaba lo declaraban desertor y lo enchironaban. Que si hay que objetar se objeta, pero un año y medio de calabozo… Así que me tallé y entré en el sorteo. Eso consistía en que sacaban un apellido y un destino y a partir de ahí se compaginaban la lista de apellidos de los quintos con otra de destinos –sigo sin comprender por qué nos llamaban quintos.
Cáceres. Reemplazo par. “¡Qué suerte tienes, macho de cabra! Después del campamento te tocará Ávila”. ¿Suerte? ¿Y para esto no objeto? ¿Me voy a hacer hombre yendo a dormir –y a comer– a casa? Ya sabéis, puro inconformismo, la juventud que siempre es contestataria.

Lo del campamento en Cáceres tiene poco que contar. El primer día ya estábamos ensayando para el último, pateando la pista de la jura de bandera. Pero hicimos más, como subir al monte cargados con el CETME –dícese del fusil antediluviano que utilizábamos–, teóricas de cómo ensartar con la bayoneta a los enemigos –que yo no sé por qué en lugar de eso, no me enseñaron a dispararlos a distancia–, tirar una granada detrás de unos montones de arena para levantar polvo, y esas otras cosas que hacen los soldados, como emborracharse en la cantina.
Total, que al mes a casita, a defender la patria con horario de oficina.

"¿Quién quiere hacer el curso de cabo?" Preguntaron. "Yo mismo". Respondí. Ya metidos en harina, y ya que iba a ser soldado, al menos que me licenciaran de sargento con mi paga de profesional. Un inciso, yo seguía siendo pacifista, pero como iba a llevar un arma en la mano, pensé que mejor mataría enemigos de sargento que de soldado. Entendedme, el homicidio es el mismo, pero los galones son los galones. De todas formas, no tenía a mi admirado Gila para preguntarle sobre esto de matar en la guerra.

Así que me apunté al curso de cabo… Y acabé siendo corneta.
Esto necesita una breve explicación. Es que antes de acudir a mi primera clase de cabo, se presentó el sargento de la banda de música y pidió voluntarios. Nuestro fervor guerrero nos hizo disimular y no salió ningún voluntario. ¡Con lo bonita que es la música! Así que se hicieron las cosas como se hacían en la mili. Dijo el sargento: “A ver, tú, tú, tú –me comeré unos cuantos “tus” para no cansar–, y tú, sois voluntarios para la banda”. Con ello terminaron mis ambiciones de mando, porque yo fui uno de los “tus”. Pero ahí no acabó la cosa, seguidamente repartió instrumentos, tuteando de nuevo indiscriminadamente: “Tú tambor, tú corneta”, etcétera. O sea, algún tambor más y muchas cornetas, aparte de un bombo. Que eso del oboe y la viola parece que no se estilaba mucho en el ejército.

Sí, sí, también soy yo.
¡Toma ya, yo corneta! ¿Pero por qué yo, que tengo un oído enfrente del otro? Que a mí la música me gusta mucho, sí, pero a los demás no les gusta nada que yo la “toque”. Vamos, que he nacido para el dibujo.
Y además desterrado en el “Planeta de los simios”, que es como llamábamos coloquialmente al Pradillo, donde tan sólo estaban las cuadras y la banda, apartados del mundo civilizado. Allí ensayábamos perdidos por las esquinas y en cuanto hacíamos sonar ese instrumento maléfico nos llevaban a bajar bandera para practicar. Yo por entonces tan solo hacía sonar el cuerno metálico, no había comprendido que se me exigía, además, que emitiera sonidos armónicos. Y en eso vinieron unos familiares andaluces, que no venían mucho porque vivían en Andalucía en lugar de en La Colilla, por ejemplo, y mi padre llevó orgulloso a mi tío Pepe para que viera cómo yo tocaba una bajada de bandera. Sí, se me ocurrió decírselo, inconsciencias de la juventud. Desde entonces pasé a ser el hazmerreír de la familia. El color rojo de mi cara de aquel día fue más por causa de la vergüenza de ver a mi padre y a mi tío presumiendo de ser familiares del corneta antes de la actuación, que por mi esfuerzo posterior de soplar: “tuuu tutú tutú tutuuuuu…”

Pero poco a poco fui aprendiendo y el resto de la mili la pasé en la Academia de Intendencia de la calle Vallespín, tocando diana a los cadetes y a la tropa, tocando fajina –que no sé cómo la llaman así, ya que nadie usaba faja para comer–, tocando “a paseo” para mandar a todo el mundo a paseo, bajando bandera con público y todo, turistas generalmente, y, como culminación, desfilando por El Grande el día del Corpus… Eso sí, ya tocaba bien, era “wisa” –es que cada tres meses subíamos de escalafón: quintos, padrecillos, abuelos y “wisas”, que viene de  bisabuelos, no me preguntéis por qué, pero lo escribíamos así–. Lástima que no hubiera vuelto mi tío Pepe en esas fechas para presenciar mi progresión. Vamos, tampoco hay que exagerar, no había alcanzado yo la calidad de un Mozart, que seguro que si está presente mi tío y pregunta a los oyentes ¿qué tal la ejecución del muchacho?, nadie le respondería que sí, que me ejecutaran allí mismo, si no que bastaría con un par de “guantás” bien “das”.
Desde entonces creció mi amor por la música y, en la Semana Santa, hasta me emociono con la banda de cornetas, y eso que soy agnóstico. Pero, bueno, también fui soldado siendo pacifista.

Y eso es todo, amigos. Ya veis, no soy un héroe, pero al menos soy una persona de principios, pues hice la mili sin usar armas. Conseguí entrar en la banda de música, para practicar ese arte noble, y así me libré de matar personas ya que, entonces, si hubiera habido alguna guerra, yo les habría tocado el “tu-tutú” a los enemigos, en lugar de rajarlos la tripa con la bayoneta. Que, digo yo, ¿no sería más fácil dispararlos desde lejos?

Relato publicado en "El mundo según los abulenses vol.2". La Sombra del Ciprés, 2016, Ávila.

lunes, 2 de julio de 2018

¡Qué calor!


¡Uf, qué calor! ¿Quién iba a decir que después del largo invierno y la espantosa primavera iba a venir este calor de repente?

Y además sin aire acondicionado y sin un triste abanico que me refresque, que ya tengo arrugadas todas las revistas y papeles de propaganda que tenía por casa, de sudarlas con las manos.

Me tomaré un helado. Pero, ¿qué diantre? Lo saco de la nevera y se me derrite al momento. Está tan licuado que cuando lo llevo a la boca me parece un café con leche. ¡Diablos, cómo he puesto el suelo de chorretones!

Y mira el bolígrafo, se está deshaciendo el plástico y se pega a la mesa. Esto es ya inaguantable.

¡Estoy desnuda por la casa y no hay una sola brisa que me refresque! El aire está más calentorro que el vapor de una infusión recién hecha.

Increíble, se está deshaciendo también la botella de plástico que contenía el único agua que me quedaba envasada. ¡Si parece que hierve! Podría cocer garbanzos con este agua sin ponerla al fuego.

¡La ducha!, ni esa puedo usar, debe ser también de plástico y se está deshaciendo. No pienso ponerme bajo el chorro que salga por ese trasto. Me abrasaría.

¡Qué hago! ¡Socorro! Esto es un infierno. ¿Estoy despierta o soñando? ¿Una pesadilla? ¿El sueño de una noche de verano…?

En todo caso no soporto tanto calor, me da la sensación de que yo también me estoy disolviendo.

¡Es imposible! No puedo creer lo que veo, el calendario de la cocina se derrite… Pero si es de papel, lo lógico es que se incendiara y se está licuando. ¡Ahí va el mes de julio, hecho garabatos sobre el suelo de la cocina! Y agosto también…

Septiembre se funde más despacio. En un momento se me ha desleído todo el verano. Me quedé sin verano, pero parece que el mes de octubre aguanta, se mantiene entero. A ver si con suerte…

¡Qué bien, octubre viene fresquito! ¡Qué gusto!

jueves, 14 de junio de 2018

El rato


Era un buen rato. Yo sé que no debería llamarlo así, pero es que era parecido a un ratón aunque mucho más grande, como una rata. La diferencia principal es que éstas suelen tener un rabo grueso y, sobre todo, son huidizas. Sin embargo, el rato tenía físicamente el porte de un pequeño ratón, pero mucho más grande y, sobre todo, me hacía cara, desafiante.

Ilustración de Gris Medina
Se plantó  de nuevo delante de mí, mirándome fijamente, como retándome. Yo me quedé paralizado, no era capaz de moverme, temiendo algo absurdo, como que saltase de repente hacia mí para pegarme un feroz bocado. Por más irracional que parezca, su presencia me infundía el temor de algo tan desatinado como un salto acrobático.

En otras ocasiones, cuando se cansaba de mirarme, daba la vuelta con parsimonia y al momento lo perdía de vista.

¿Dónde demonios se escondía? Yo mismo hacía la limpieza y no encontré ningún agujero en las paredes por donde pudiera escabullirse. A no ser… Sí, no quedaba otra, debajo de la cama. Por ahí tan solo pasaba el cepillo, sin agacharme a ver si en la pared existía alguna especie de hueco. ¿O tal vez era debajo de este mismo catre donde había hecho el nido?

Pero esa vez iba a ser diferente. Me había precavido y tenía en la mano el zapato. El rato permanecía inmóvil retándome con su mirada. Mientras tanto, yo tensaba mis músculos, con el mayor disimulo posible, procurando que mis gestos no me delataran.

Efectivamente, como un resorte lancé el zapato en su dirección. Pero ni siquiera vi si le había dado, ya que nuevamente despareció de mi vista. Instintivamente levanté mi pie descalzo, ya que lo lógico es que hubiera pasado debajo del catre y temí de él una dentellada.

En ese momento se corrió el cerrojo exterior del chabolo y penetró un tipo cuya cara no me era desconocida del todo.

–Tienes de nuevo un compañero de celda –me dijo el guardia a sus espaldas–. Pero cuídalo bien que es un político condenado por corrupción. De los famosos. Seguro que si te cuenta su vida pasáis un buen rato.

 

miércoles, 30 de mayo de 2018

Si es arte no puede ser tebeo


Hasta ahora, cuando se hace historia de la Narrativa Gráfica europea, suele decirse que este “nuevo lenguaje” es importado de Estados Unidos y que, en todo caso, aquí existió un precedente en el siglo XIX. Un precedente que apunta algunas similitudes pero que no es en absoluto el lenguaje desarrollado que se inventó en 1896 en la prensa, con una serie denominada Yelow Kid.


Todo mentira. Es imposible que sea un “precedente”, porque o existe narración gráfica o no existe, no hay término medio, como en el chiste: o la mujer está embarazada o no lo está. Si los filmes de los hermanos Lumière son Cine, a pesar de ser toscos y no contar con recursos como la planificación, banda sonora o color, entonces las secuencias gráficas estáticas, con intención narrativa son tebeos. Algunos argumentan que, hasta que los norteamericanos descubrieron el lenguaje, los predecesores no sabían lo que hacían. Esto es irrelevante y además es mentira también. Algunos lo tenían incluso más claro que Outcault, autor norteamericano del Yelow Kid que, por casualidad, atinó con una narración gráfica. Transcribiré, para zanjar el tema, unas palabras del europeo Rodolphe Töpffer. Decía en 1837, 59 años antes del Yelow Kid: “Este pequeño libro (Histoire de M. Jabot) es de naturaleza mixta. Se compone de una serie de dibujos autografiados a mano. Cada uno de estos dibujos están acompañados de una o dos líneas de texto. Los dibujos, sin este texto, no tendrían más que un oscuro significado; el texto, sin los dibujos, no significaría nada. El conjunto forma una especie de novela...” ¿Más claro? El agua.

Para cerrar el tema de la Narrativa Gráfica anterior a lo que la historia “oficial” debemos adentrarnos en el siglo XX y hablar de artistas que se mantuvieron al margen  del “invento” de Outcault, a los cuales no consideraron autores de tebeos por ser reconocidos como artistas. Sí, esa era la mentalidad, si eran pintamonas no eran artistas.

Ejemplificaré en dos nombres únicamente que, desde luego, no son los únicos: Lynd Ward y Max Ernst. Pero hay muchos más, Will Eisner, por ejemplo, en su obra La Narración Gráfica cita a artistas del grabado como Frans Mesereel, Otto Nückel o Milt Gross, que también realizaron novelas gráficas.

Lynd Ward (1905-1985) es otro enésimo “inventor”, esta vez de novelas grabadas, como se las ha denominado eufemísticamente. Está considerado, sin ambages, como un artista, no como un dibujante de historietas. Se dedicó principalmente a la xilografía, cuyos grabados publicaba recopilados en libros. Pero esas recopilaciones de grabados no eran meros portafolios, sino que narraban historias sin palabras. La primera fue God’s Man, en 1929, que contaba la historia de un artista que vende su alma para lograr el éxito. Aparte de ilustrar obras literarias realizó otras cinco novelas grabadas más entre 1930 y 1973. Él admite la influencia del cómic norteamericano, pero ojo, obsérvese que una cosa es que le influya y otra que admita que su obra sea cómic. También a los pintores Warhol y Linchtenstein les influyó el mismo “subproducto de la cultura de masas”, sin realizar nunca un cómic.


Max Ernst (1891-1976) fue una figura fundamental de los movimientos Dadá y Surrealista. Este alemán que vivió en París se integró en los ambientes artísticos y en 1930 trabajó como actor en la película L’Age D’or, de Luis Buñuel. En 1941 emigró a EE.UU., regresando a Francia en el 53. Ernst se caracterizó por ser un infatigable experimentador y así cuando quiso narrar historias con imágenes utilizó la técnica de las novelas collage, siendo la más ambiciosa Una semana de gentileza (Une semaine de bonté ou les sept éléments capiteaux), de 1934. Consta de 182 láminas que en todo lugar quedan catalogadas como obra de arte excepcional del siglo XX… Pero son un tebeo, lo cual no niega, no debería, su clasificación como gran obra de arte. Cuenta una historia surrealista, sin más palabras que los títulos de sus siete capítulos.


Estos ejemplos del siglo XX evidencian, para quien no acababa de creérselo, que la narración gráfica es despreciada aún en ambientes intelectuales, pues al ser notorio y conocido que ya existe un lenguaje narrativo que utiliza secuencias ordenadas de imágenes, tanto las obras de Ward como de Ernst deberían haberse considerados tebeos, en lugar de excentricidades o rarezas artísticas.

Creo que ya estamos en el momento adecuado, y sin retorno, de reconocer a las narraciones gráficas como un lenguaje independiente de la literatura, el cine o la pintura, que puede ser vehículo de obras de arte sin ambages.

lunes, 14 de mayo de 2018

El Inmaterial


Uno mismo no puede reseñar sus libros. Sería hacer trampas, convirtiendo la reseña en mera publicidad. Esto desde luego no es una reseña, aunque lo etiquete así, y procuraré por todos los medios conscientes que no sea publicidad. Pero me gustaría hablar de mi primera novela y explicar de qué va y cómo surgió. O, al menos, contar una historia que tenga como referente mi iniciación en el oficio literario.

Yo jamás pensé que un día sería escritor, que disfrutaría escribiendo, que publicaría y que vendería novelas. Cerca de los cincuenta años me di cuenta de que disfrutaba con ello. Primero me probé escribiendo un ensayo sobre lo que era mi pasión declarada, la narrativa gráfica, los tebeos, que ahora estoy reescribiendo para este blog. Eso fue en 2006. Después di el salto y me atreví con una novela, El Inmaterial, publicada en Bubok en impresión bajo demanda en 2008, y que ahora, coincidiendo con el décimo aniversario, reedito, actualizada y corregida, sobre todo en estilo.

En aquel lejano año, no sabía si sería capaz de acabarla o si vendría una segunda y tercera novela, como así ha sido. Por lo que decidí darlo todo y el proyecto fue ambicioso. Mucho. Volqué todo mi conocimiento, toda mi filosofía y todo mi interés, a riesgo de pasarme de frenada.

El primer escollo que me surgió fue decidir quién sería el narrador de la historia y no fui capaz de arrancar hasta que lo resolví. Más bien decidí que ese narrador sería la clave de la novela. Luego vino el argumento, que es a lo que le di menos importancia. Siempre he defendido que en una novela el factor más insignificante es el argumento y suelo emplear el ejemplo del Quijote. ¿Puede concebirse un argumento más simple que un lector que se cree las historias fantasiosas que lee y quiere ponerlas en práctica? Pues Cervantes con algo tan sencillo intentó una novela corta, del tipo de La Gitanillla, Rinconete y Cortadillo o el Licenciado Vidriera. Simples anécdotas para hacer pasar al lector un buen rato. Pero don Miguel se cebó. Después de acabar la novela corta con la primera salida del Quijote a hacer sus locuras se quedó con ganas de más y escribió una segunda salida mucho más larga. Así nació la novela moderna. Años más tarde, debido al éxito de su obra, y un poco para reivindicar el personaje que había sido plagiado, escribió la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Y ahí surgió la obra cumbre de la literatura hispana, a pesar de la ridiculez de su argumento.

Bueno, pues yo ingenié un argumento, del cual no puedo desvelar nada, ya que la historia da giros inesperados, convirtiéndose varias veces en algo distinto a lo que el lector pensaba que estaba leyendo. Esto me preocupó, temiendo que alguno de los giros pudiera defraudar o hacer sentir rechazo.

Fue algo experimental y no estaba seguro del resultado. Pero la novela creció y lo cierto es que me sorprendió. Sobre todo estuve encantado con todo lo que disfruté imaginándola y escribiéndola. Me obsesionaba. A todas horas la tenía en la cabeza dándome vueltas hasta que la concluí.

Me puse el mundo por montera y envié mi obra a todas las editoriales grandes, impresa y encuadernada en alambre. Una tras otra me rechazaron. Entonces me desilusioné, pero no desistí, recurrí a la autoedición. Conocí por una entrevista a una empresa recién fundada, llamada Bubok, que ofrecía los libros en impresión bajo demanda y no requería realizar más inversión que pagar el ISBN y los cuatro libros del depósito legal. A partir de ahí, cada ejemplar se imprimía para cada comprador. La maqueté, realicé una rudimentaria portada y me imprimí algunos ejemplares que ofrecí a mis amigos, comprometiéndoles a comprarlos.

La experiencia fue agridulce. Aunque estaba muy satisfecho con la obra realizada, me di cuenta de que algunos pasajes estaban subidos de tono y me avergonzó que lo leyeran algunos lectores que me la compraron. Entonces los suavicé cambiando el texto cada vez que realizaba alguna corrección. No sé si esto está bien, pero realicé muchas relecturas y en cada una cambiaba la maqueta para los siguientes lectores que demandaran su impresión. Este tipo de edición me lo permitía.

Primera portada
La idea de la portada era atraer compradores, por lo que utilicé un reclamo sexual, con una mujer desnuda vista a través de una cerradura, que era una metáfora del argumento. De ese del que no puedo hablar. Así, además, avisaba de algunas escenas tórridas narradas. Más adelante intenté perfeccionar un poco la rudimentaria portada, aunque manteniendo su esencia.

Y ahora vuelve a salir a la luz, renovada. Quise evitar la portada que entendí que me sonrojaba y podía apuntar a lo que no era la novela y se la encargué a una gran ilustradora y artista: Gris Medina. La tenía en casa, pero es una auténtica profesional y la recomiendo a todos mis amigos escritores y también a los escritores que aún no sean mis amigos. Seguro que no les defrauda. Aquí dejo su web: http://grismedina.mbit.ga/ y su Instagram: https://www.instagram.com/grismedinaart/.

El Inmaterial es una obra muy diferente a mis otras dos novelas posteriores. A Lo demás es cosa vana, novela histórica, de aventuras y amoríos, y también a Operación Caipiriña, una novela negra con humor, que escribí con el sano propósito de divertirme.

Y esa es la historia. La otra, la que cuenta El Inmaterial, hay que leerla y no puedo adelantar más que su temática es el misterio, aunque no puede encuadrarse en ningún género. Por si alguien quiere curiosear el precio, aquí tiene el enlace: https://www.bubok.es/libros/2539/El-Inmaterial. La empresa funciona muy bien, es fiable y no tardan en enviarla al domicilio del comprador. O también puede encargarla en cualquier librería y así evitar los gastos de envío.

lunes, 30 de abril de 2018

Érase una vez… en Ávila


Es para mí un auténtico placer, cuando llegan estas fechas, realizar una reseña del libro colaborativo que saca la asociación La Sombra del Ciprés. Ya van cuatro.

Este año el reto ha sido auténticamente difícil, al menos para mí, ya que nos propusimos hacer un libro infantil, género que nunca había intentado, pero el resultado ha sido tan brillante que quiero mostrarlo con orgullo.

26 asociados hemos realizado 27 colaboraciones que se ven acompañadas de 26 dibujos a todo color. Entre estas colaboraciones hay cuentos y poemas. El único requisito era utilizar nuestra ciudad y provincia como marco de las historias. Para complicarnos la vida encargamos a niños entre 4 y 14 años que nos realizaran las ilustraciones, con su interpretación personal de los cuentos. Y, de nuevo, el resultado ha superado nuestras expectativas. En la presentación preguntamos a un niño que de dónde había sacado las ideas para el dibujo y él, sabiamente, explicó que las había copiado de su imaginación. ¿Puede haber mejor respuesta?

Autoras Ana e Irene Martín Garcinuño
La edición ha sido muy cuidada, en papel de brillo de alto gramaje, tapas de cartón con solapas y un total de 148 páginas.

Esta vez no me dedicaré a reseñar cuento por cuento, habrá que leerlos. Creo que la literatura infantil no debe ser simple, ni estereotipada. Debe ser inteligente, con un único aspecto a cuidar y es que sea entendida por el público al que va dirigida. Pero también los mayores tienen que disfrutar con ella o nos habremos equivocado. Y esto pienso que lo hemos conseguido.

Hemos querido hacer un libro familiar, que puedan leer hermanos de distintas edades, pero no hemos dividido los cuentos por edad, sino por dificultad lectora y contenidos. Hay tres bloques, Primeros Lectores, Segundos Lectores y Lectores Avezados. Así, además de estar adaptados a todos los hermanos, puede ser un libro que guarde el niño en su cuarto y vaya creciendo con sus capacidades lectoras. Esperamos que cuando haya superado estas capacidades, siga conservando el libro como un tesoro.

Autora Sofía Garcinuño Daza
Ha sido prologado por el exitoso escritor de literatura infantil Carlos Reviejo, que nos ha dejado en él unas bellas palabras. A Carlos le distinguimos en nuestros últimos premios La Sombra del Ciprés con un premio a toda su larga carrera literaria.

Y, por último, para dar unidad al conjunto, ideamos un elemento que nos ha vuelto a sorprender por el éxito que ha logrado. Se llama Vetonio y es un verraco de piedra de la cultura celta que habitó estos lugares, al norte del Sistema Central hasta Portugal, cuya relevante aportación son esculturas zoomorfas, un poco toscas y de tamaño variable, que aún adornan nuestras calles y pueblos. Este personaje habla a los lectores en las primeras páginas y les invita a acompañarle, ya que aparece una y otra vez a lo largo de las páginas, jugando a que los lectores lo encuentren. Le trasladamos la idea a la artista Gris Medina, quién también realizó la maravillosa portada, y nos ha diseñado a un personaje al que le adivinamos una vida muy longeva.


Y estos días de la Feria del Libro, los ejemplares nos los quitan de las manos. A partir del 3 de mayo estarán en todas las librerías de Ávila.


domingo, 15 de abril de 2018

Tres cantos a la desesperanza


Ritos

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
Jorge Manrique

Nuestras vidas son los ritos
que llegan a la indolencia,
que es el vivir;
así vamos unos y otros
derechos a cumplir
y consumir.
Nos programan nuestra vida
en etapas y festejos,
unas bodas, unos hijos
y poder llegar a viejos.
Pelear por un trabajo
que nos permita comer,
y pagar con lo que sobre
la hipoteca y el café;
para que cuando sea fiesta,
nos vayamos a beber.
Festejemos que vivimos
un poco mejor que ayer,
fingiendo que nos sentimos
felices de obedecer.

Vivimos

Vivimos, pues nacimos,
la gente nos rodea,
nos sigue y antecede,
custodia nuestros días
llenando atardeceres.
Tardes de cumpleaños,
mañanas de trabajos,
noches vertiginosas
y duros despertares.
Neones fluorescentes,
bombillas amarillas
y focos que se apagan;
velando nuestros sueños
nocturnas alimañas.
Pasamos nuestros días
en tertulias y charlas,
en fiestas y paseos,
en luchas y demandas.
Y un día acontecerá,
sin saberlo siquiera,
que no tendrá mañana,
o acaso anochecer,
pues todo aquel que nace
tiene que fallecer.

Muerte

Compañera de mis días
y de mis noches,
testigo de mis éxitos
y mis fracasos,
horizonte de mi paisaje,
meta no buscada.
Triste derrota.

Cuando llegue el aciago día
en que pueda contemplar tu rostro,
seré ciego a tus encantos,
mudo a tus preguntas,
indolente a tus designios,
y ya nada podrá evitar
mi entrega total a ti.

Hasta entonces déjame olvidarte,
mientras río y mientras lloro,
durante mis gozos y mis penas,
cuando busque sentido a la vida
y cuando la vida me dé sentido,
sin buscarlo.

Mujer de horrible nombre,
dama azul y fría,
esposa atada a mi piel,
sorpresa final, tan temida,
puerta a la nada,
ausencia de todo,
cumbre de la existencia,
desasosegante Muerte.

domingo, 1 de abril de 2018

El género gramatical

Me educaron machista, pero la reflexión me ha llevado a aceptar la igualdad real. Es más, pienso que se debe dar visibilidad a las mujeres y me parece una compensación necesaria la discriminación positiva. En fin, defiendo el feminismo sin reticencias y apoyo sus movilizaciones.

Que el castellano es un idioma machista, no tengo ninguna duda. No hay más que recurrir a algún tópico, como que algo te resulte cojonudo o un coñazo. O las connotaciones que tienen muchas palabras, como fácil, o público/a, atribuidas a un hombre o una mujer. Es lógico que si el idioma se ha conformado en una sociedad machista lo refleje, pero también es lógico que nos demos cuenta e intentemos revertirlo. Contra esto sí que hay que luchar y es posible hacerlo. Con educación y con medidas académicas y legislativas. Estoy completamente de acuerdo en erradicar el machismo en el lenguaje.

Atención, ahora viene el pero:

PERO esto no tiene nada que ver con el género gramatical.

Sí, el género gramatical no es equivalente al sexo al que se refiere, por mucho que ambos se adjetiven como masculino o femenino. Una palabra puede ser gramaticalmente de género masculino y referirse a una mujer. Y viceversa (¿por qué será que esta palabra me produce grima? ¡Ah, claro, la tele!).

Este matiz del género gramatical no es captado por muchos hablantes y reaccionan duplicando innecesariamente palabras —trabajadores y trabajadoras— o fuerzan feminizaciones sin sentido alguno —miembras—.

Una salvedad, sí que es lógico hablar de trabajadores y trabajadoras, para hacer visible a este colectivo de mujeres, más discriminado que el resto. Cuando no lo veo apropiado es cuando por ejemplo hablamos de los trabajadores de una empresa determinada.

Una anécdota significativa. Hace tiempo nadie ponía en duda que los padres (masculino plural) de un niño eran un hombre y una mujer, pero alguien se escandalizó, pensando que no estaba incluida, en el genérico padres, la madre.  Desde entonces la APA (Asociación de Padres de Alumnos) pasó a denominarse AMPA y se quedaron tan satisfechos de haber terminado con la injusticia secular. Preferían los chistes que podían hacerse con la palabra homónima, hampa, que asumir que el género gramatical no tiene por qué referirse al sexo de las personas a las que alude. Así se llega al absurdo, ya que no fueron consecuentes, al no darse cuenta de esas siglas significaban Asociación de Madres y Padres de Alumnos… ¡Horror, olvidándose de mencionar a las alumAS! Y al resto de los sexos (trans, homo, etc.).

Lo único que demuestran estas patadas a la lógica y a la razón es el poco respeto que los dicentes le tienen a su lengua materna. Es como si nos dan miedo las avispas y matamos otros insectos, como las hormigas, porque las tenemos más a mano y porque nos dan igual todos los insectos —hay quien a las hormigas las llamaría insectas, por cierto.

Pienso que debemos respetar un poco más el lenguaje y, aunque comprendo lo de visibilizar a las mujeres, creo que se va por camino errado en ciertas cuestiones. Se confunde el género gramatical con el sexo. En género femenino se pueden hacer referencias a personas de sexo masculino, como en las palabras: gente, (el) oculista... Y viceversa —¡maldita telebasura!—, (la) conferenciante, (la) miembro.

Si hablamos de una mujer concreta, es totalmente adecuado referirnos a ella como jueza, pilota, arquitecta o médica. O a un hombre azafato, modisto… De acuerdo. Pero si generalizamos a un colectivo, veo absurdo hablar de jueces y juezas, padres y madres, trabajadores y trabajadoras, cuando se puede simplificar con el masculino generalista.

El problema fundamental deviene de que en latín existía el género neutro, pero en el castellano esta función la tomó el género masculino, generalizando en masculino las palabras colectivas que abarcaban a los dos sexos.

Si el problema es que no existe el género neutro, solo veo dos alternativas, lo inventamos —no pasaría nada— o dejamos las cosas como están. La tercera vía sería generalizar en femenino, cosa que me parece fenomenal. Tal vez es lo que toca. Hablemos de nosotras, cuando haya una reunión de personas de ambos sexos. Cojonudo… digo, coñazo… digo… Mejor me callo.

Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto, y más para gentes de izquierdas, entre las que me considero incluido, pero es que a mí el miembras  —y el portavozas— me sonaron como una patada en los dientes y aún me duelen. ¿No se dan cuenta de que la palabra VOZ es femenina? ¿Se quiere feminizar una palabra de raíz femenina?

¿Seguimos perdiendo el respeto a nuestra lengua? De acuerdo, pues entonces olvidémosla, aprendamos todos inglés, que no tiene este problema, y que el castellano se vaya a tomar por cula.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La ascensión de Ascensión


María de la Ascensión un día tendía unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y se la llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Me pregunto si Ascensión ascendió a los cielos, como en el caso de la mujer de Macondo que nos cuenta García Márquez en el libro ese raro que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Que digo yo, ¿en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse?

Pero, bueno, que esto que estoy contando no es realismo mágico. Es realismo real o verdad verdadera y no falsa mentira, como esa otra historia que hay escrita en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

El caso es que Ascensión se asustó mucho en su vuelo y no soltó los picos de las sábanas, los cuales dio varias vueltas en sus muñecas para asegurarlos. En principio pensó que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se le presentaban a su vista, pero cuando los rebasó, advirtió Ascensión que ascendía más. Tanto ascendió que los prados a sus pies se le antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas como figuritas de un belén.

Se resignó a volar y quitó de su mente los pensamientos tremendistas. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y se estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores ratos de su vida. ¡Que me quiten lo bailao! Pensó, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire le removía las faldas, enfriándole el vientre. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Cruzó varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesó carreteras, ennegrecidas desde esas alturas; rebasó montañas de picos pardos y otras de romas lomas. Llegó a unos suburbios urbanos y oyó cómo unos niños la señalaban: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde lejos las palabras se confunden.

Sobrevoló luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y la saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y una especie de loco con sombrero.

Se las vio muy difíciles ante una torre Eiffel que le cortaba el paso. ¿Habré llegado a París? Pensó. Pero no lo pensó mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarse. La fatalidad le llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsaba la sábana. Con desesperación giró el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logró desviar la trayectoria, evitando chafarse las narices con los hierros.

Visitó varias ciudades más. Una con una torre inclinada, otra con dos torres inclinadas, otra más con una noria muy grande al lado de un río enorme, otra llena de rascacielos y una más que no rascaba nada. En fin, observó todo aquello que el azar le puso delante de los ojos. Que fue mucho.

El caso es que, sin saber cómo, estaba volando de nuevo por prados conocidos. Distinguió su pueblo, su casa, el arroyo donde había estado lavando y la alambrada donde tendía la ropa. En ese momento el aire parecía más calmado y comenzó a descender.

Aterrizó suavemente, muy cerca de donde los vientos le habían arrebatado, justo en el lugar donde su hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire.

—¿Dónde te has ido, mamá? —le dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondió con una sonrisa. —Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

¿Que cómo lo sé yo? Claro, es que no lo he explicado. Yo soy un caracol que estaba trepando por las zapatillas de Ascensión, cuando fue arrebatada por unas corrientes nada corrientes.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El Cid Campeador, simplemente Rodrigo


Una de las cosas más positivas de pertenecer a una asociación de escritores es que conoces y te relacionas con personas muy interesantes. Así entablé amistad con Carlos del Solo, cuando me pidió que le acompañara en la presentación de su libro, del que voy a realizar una breve reseña.

Es un libro de esos que te enganchan y te hacen disfrutar de la lectura, sumergiéndote en una historia interesante. ¿Qué más se le puede pedir?

La trama es conocida, ya que se trata de una figura histórica, aunque su paso por el tamiz de la mitología ha deformado su imagen y lo ha alejado de su esencia de ser humano. Y eso es lo que ha intentado solventar Carlos, vistiendo una biografía de una piel que lo recubra. Se ha puesto en el lugar del protagonista, imaginando la cotidianidad en la distancia corta. Esa en la que el personaje se enfrenta a sus dudas, a sus miedos, a sus proyectos e incluso a sus momentos más íntimos, con escenas sexuales explícitas. Dando importancia al algo que sí la tiene, y mucha, en cualquier biografía humana; pero son momentos que suelen evitarse compartir y se guardan en la intimidad. Y ahí quedan, en la intimidad del silencio de la lectura. Será un secreto que tendremos los lectores con el libro, pero que nos ayudará a conocer mejor el retrato del personaje que nos dibuja el autor.

Carlos nos invita a habitar la piel de un héroe que no sabe que lo es. Cuando vivimos algo, no nos damos cuenta de su posible transcendencia y así la novela relata la vida cotidiana como algo rutinario. Luego serán los demás los que lo conviertan en hechos heroicos, pero mientras ocurren no somos conscientes, ni podemos valorar su importancia real.

La literatura tiene sus licencias, para presentarnos personajes y no meras estatuas. El autor respeta los acontecimientos de los que se ha documentado, pero nos los transmite de manera que podamos identificarnos con los personajes, actualizando no solo lenguaje, sino también las situaciones. Nos hace preguntarnos si no reaccionaríamos igual que el protagonista en sus mismas circunstancias. Aquellos que no conozcan la historia del Cid, sacarán una idea muy precisa de quién fue y qué es lo que ocurrió, pero además vivirán con él todas sus dudas y sus temores.

El estilo de Carlos es directo y ameno, narrando en presente de indicativo y en primera persona. Los hechos no los recuerda el narrador, no son una interpretación interesada, si no que los está viviendo en directo. Y los lectores con él.

El Cid nos es presentado como una persona que se cuestiona las convenciones sociales y es tremendamente respetuoso con, por ejemplo, la libertad femenina, dotando a Jimena de una autonomía y poder de decisión igualitario al de su pareja. De la misma forma plantea el tema de la violencia, cuestionándolo. El siglo en el que le tocó vivir a Rodrigo Díaz era tremendamente violento y él, además, pertenecía a la escala social de los guerreros. Como integrante de la nobleza no podía siquiera plantearse desempeñar otro oficio. Lo suyo era la guerra, algo que debía aceptar de forma natural. Y desempeñó su trabajo con toda la eficacia, lo que le convirtió en uno de los mejores guerreros de la historia. Esto le llevó a ser una figura mítica, que pasó a los romances y a ser conocido y admirado por toda la sociedad de la época y las posteriores.

Por ello no podemos juzgarle con la mentalidad de hoy, sino con la de la época, y entonces esto era admirable, ya que sus hazañas permitían la seguridad de sus compatriotas. Pero la violencia en sí no es un fin en la mentalidad de Rodrigo, es algo que, como se verá en la narración literaria que nos plantea Carlos, no le satisface lo más mínimo. Para él solo es importante su vida familiar, el amor a su mujer y a sus hijos y el tumbarse en la hierba para solazarse y meditar.

Otra característica del personaje literario es su inteligencia. Nos presenta a un Rodrigo Díaz interesado en los libros y en el conocimiento, aunque en principio no sea más que para llevar a cabo mejor su papel guerrero. Así lee y aprende. Piensa y desarrolla. En el ambiente social del feudalismo del siglo XI se tenía a gala ser iletrado y basarse en la fuerza bruta y la crueldad para imponerse a los demás. Ya se encargaban los oratores de cultivar la cultura, tarea que tenían en exclusiva frente a los laboratores y a los bellatores. Pero Carlos nos presenta a un Rodrigo más moderno, equiparable a esos caballeros de siglos posteriores que, en el Renacimiento, lucían a gala estar tan versados en las armas como en las letras. La pluma y la espada.

Un atractivo literario de la novela es cómo plantea sus batallas empleando la inteligencia. Rodrigo estudia al enemigo con detenimiento y los factores que pueden influir en la victoria o la derrota. Según el planteamiento, el héroe es invencible no por el poder de su brazo o la fuerza bruta, sino por utilizar estratégicamente tanto a sus hombres como el terreno de la mejor forma posible.

Carlos nos mantiene el interés planteando cada batalla como si fuera un problema a resolver. Estudia las fuerzas que se le oponen, su posición y sus defensas, todo lo cual es muchas veces superior al ejército que él comanda y, no obstante, siempre triunfará. Una vez estudiada la situación plantea alguna argucia que luego lleva a cabo.

Vencedor en todos los lances, Rodrigo gana fama de invencible, siendo bautizado con los apelativos de Cid –sidi–, señor en árabe, y Campeador –campidoctor–, por ser triunfador en batallas campales.

Su fama, por un lado, le labró la admiración de las gentes sencillas, pero también las envidias cortesanas que le tratarán de arruinar y desposeer tanto de los favores reales como de su hacienda. Esto le llevará a sucesivos destierros y desgracias que nos narra la historia. Desgracias ante las que no se rinde y que supera con la fuerza de su voluntad y su inteligencia.

Otro factor fundamental para entender la figura de nuestro héroe es conocer la situación política de la Península Ibérica en el siglo XI, la cual era ciertamente enrevesada. Simplificarlo con la etiqueta de Reconquista es perderse muchas cosas y que otras resulten incomprensibles. ¿Cómo, si no, iba un caballero cristiano como Rodrigo a luchar por los intereses del rey moro de Zaragoza en contra de los reinos cristianos de Aragón y Navarra? ¿Cómo unas tropas cristianas, comandadas por la figura mítica cidiana, iban a saquear las católicas tierras de La Rioja, igual que hicieron con las tierras moras de Toledo? ¿Cómo el rey musulmán de Lérida iba a prestar apoyo a las tropas cristianas contra las tropas musulmanas de Valencia?

La Hispania geográfica del siglo XI estaba dividida en distintos reinos, con un amalgama de razas y culturas en cada uno de ellos. Predominantemente unos eran cristianos y otros musulmanes, estando las minorías dentro de ellos perfectamente establecidas y toleradas.

La estructura social real era la de una sociedad señorial, en la que distintos señores territoriales, condes, príncipes, duques, etc., respetaban la autoridad superior de un rey o emperador, el primus inter pares, pero que en sus tierras ejercían tanto la política, como la administración o la justicia. Aunque ciertamente sí que la cristiandad era una realidad en la que se reconocían unos y el mundo musulmán otros, pero tanto la cristiandad como el mundo musulmán superaban políticamente el ámbito Hispano.

Así un señor musulmán podía rendir vasallaje a un señor cristiano y viceversa. Esto explica que el caballero cristiano Rodrigo pusiera su ejército desterrado, sin ningún remordimiento, al servicio del rey musulmán de Zaragoza, en contra de los intereses de “reconquista” de los reyes cristianos de Aragón y Navarra o que fuera el adalid del reino musulmán de Valencia hasta que se decide a conquistarlo con ayuda musulmana.

Carlos recorre la biografía contrastada del Cid, desde su adolescencia a su muerte y nos dibuja el tipo de persona que pudo haber sido. Hace una recreación literaria, acercándonos el personaje. Repasa los acontecimientos que vivió y los da sentido. Tal vez nos parezca demasiado actual, pero si es así, es que el autor ha logrado su propósito de traer a nuestros días a una figura legendaria para su comprensión. Esto es literatura y lo demás es otra historia.

sábado, 17 de febrero de 2018

El siglo XIX y los tebeos


En entradas anteriores hemos visto ejemplos de narraciones gráficas, tebeos yo los llamo, que pasaron desapercibidos como tales, cuando es evidente que tienen toda la esencia del lenguaje que consiste en narrar una historia con secuencias de imágenes sucesivas.

[1]
1896 es una fecha que marcaron algunos como nacimiento de los cómics. E incluso otros señalan el siglo XIX como precursor del lenguaje. No estoy de acuerdo con ninguna de estas afirmaciones y creo haberlo demostrado. Vamos a ver ahora someramente qué narraciones gráficas se hicieron en el siglo XIX, eso sí, la mayoría sin ser conscientes de lo que hacían.

Comencemos con una ilustración, una de tantas que se prodigaron durante todo del siglo XIX, siglo que podíamos decir que comenzó unos años antes con la Revolución Francesa. Estas sátiras solían tener intención sarcástica e hiriente y presentan características que algunos estudiosos se empeñan en identificar para definir el lenguaje del cómic, cuando no lo es. La traigo aquí especialmente por los estupendos bocadillos que, en este caso, tienen más de cien años de antigüedad a su “invención oficial”. Se trata de un grabado de Gillray de 1791 [1]. En todo el siglo XIX existieron publicaciones periódicas en Europa y en ellas abundaron las sátiras políticas, en general muy radicales e hirientes.

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Mención aparte merece un género marginal, que no es estudiado dentro de la Historia del Arte, sino como propio del costumbrismo popular, como son los libros de cordel. Ediciones baratas que eran vendidas en portales y kioskos suspendidos en un cordel, del que eran extraídos. Eran cuadernillos de pocas hojas que, en su origen, consistían en un pliego con dos dobleces, aunque con el tiempo llegaron a tener más de 30 páginas [2]. Era literatura fugaz que incluía grabados para facilitar su lectura y éstos a veces ofrecían narraciones gráficas. Pensemos en los altísimos índices de analfabetismo del siglo XIX, que obligaba a minimizar el texto, pues el público al que se dirigían estas publicaciones era de clase baja. Las historias vienen de la tradición de ciegos y juglares que recorrían los caminos para explicarlas con el apoyo de los pliegos de dibujos. Había temática de historia sagrada, epopeyas medievales, hazañas de bandidos y romances vulgares.

[3]
Las aleluyas, conocidas como aucas en Cataluña y Valencia donde tuvieron expansión notable, eran unos pliegos de tamaño equivalente al doble folio, que también fueron vendidos como de cordel [3]. Normalmente tenían 48 viñetas cuadradas, que se denominaban estampas, ordenadas en ocho filas de seis, teniendo cada viñeta al pie un breve pareado. Solía quedar en el anonimato tanto el autor del texto como del dibujo. Las primeras impresiones se realizaban en xilograbado y más tarde en litografía e incluso se llegó al fotograbado. Su función era recreativa, siendo las más antiguas enumerativas; recogiendo una sucesión de estampas sin carácter narrativo, imágenes que describían costumbres o tipos populares, o mostraban monumentos, oficios o sucesos. Pero muchas de las posteriores adquieren ese carácter narrativo, pues cuentan historias pintorescas con una sucesión coherente de escenas significativas, completando su sentido con el texto rimado, el cual a veces quiere brillar por sí mismo; pero eso tan solo le resta efectividad, no lo anula como complemento de la narración gráfica. Estaban dirigidas al público adulto en general, aunque algunas eran infantiles. Tienen su equivalente, salvadas las diferencias, en los bilderbogen alemanes o las Stampas D’Epinal francesas [4].

[4]
El estudioso Antonio Martín (1) niega que las aleluyas sean cómic e, incluso, que estén en el paso inmediatamente anterior, pero es una opinión que no comparto. Aquellos casos en que los dibujos se ordenan para contar una historia con una selección de momentos significativos y con el apoyo de textos, sino son narraciones gráficas ¿qué son? Ilustraciones desde luego que no, porque lo que les da sentido es su ubicación en una secuencia, sin la cual no dicen nada, ni sirven para nada. No ilustran un texto literario, ni tienen valor intrínseco por sí mismas; se necesitan entre sí, para que cada estampa haga su aportación ordenada en función de avanzar la historia. Y además utilizan convencionalismos auxiliares. El texto es tosco, la planificación es pobre y la elipsis entre viñetas suele dar saltos significativos, pero hoy en día se pueden crear narraciones gráficas con grandes saltos en el tiempo entre viñeta y viñeta y nadie las pone en duda.


Y ahora vayamos a otra cosa y veamos algunos autores.

[5]
Rodolphe Töpffer, un suizo que trabajó en Francia, se consideró a sí mismo como inventor, otra vez, de una forma de narrar, que utilizaría exclusivamente como pasatiempo, y que él denominó Literatura con estampas. Se equivocó en lo de ser el primero en lograrlo, pero nos encontramos con otro autor plenamente consciente de que sus creaciones no eran ni ilustraciones, ni literatura, sino un híbrido de ambas que generaba un nuevo lenguaje consistente en narraciones gráficas que utilizaban el auxilio de un texto para completar el significado. Sentó las bases del lenguaje pensando que no era una extravagancia, sino que otros podían hacer lo mismo que él y así fue un autor imitado, e incluso plagiado. Töpffer por sí solo serviría para desmontar teorías con pies de barro que no quieren ver el lenguaje hasta que los textos fueron metidos en bocadillos. Es oportuno enumerar sus títulos para resaltar las fechas de publicación. Les amours de M. Vieux Bois (1827), publicado una década más tarde, Le Docteur Festus (1829), Histoire de M. Cryptogramme (1830), publicada en 1.845, M. Pencil (1831), publicada en 1840, Historie de M. Jabot (1831), publicada en 1837, M. Crépin (1837) e Histoire D'Albert (1844). Publicó sus historias en álbumes que fueron editados en Francia, Alemania y EE.UU. Estaban dirigidos al público adulto y tenían formato horizontal, con una tira de viñetas por página y un breve texto al pie de los dibujos [5].

[6] Segundo capítulo, suprimiendo el texto rimado.
Wilhem Bush (1832-1908) es un alemán que publicó una serie de relatos con anécdotas mudas para el semanario Fliegen Blättern en 1861, que había sido fundado por Kaspar Braum (2). Es el autor sobre todo de Max und Moritz, dos niños traviesos considerados, sin ambages, como precedentes de los famosos Katzenjammer Kids norteamericanos, los cuales constituyen un hito en la “Historia oficial del Cómic”. Se trata de una serie con unos chicos gamberros, que son el tormento de los adultos que les rodean y acaban pagando con creces sus fechorías. Busch experimenta con un lenguaje del cual desconoce su existencia y sus reglas y, por lo tanto, no consigue un resultado redondo, al mezclar las palabras y el dibujo de una forma forzada. Utiliza un largo texto rimado en el que intercala los dibujos, no siendo el poema más que un contrapunto a la estupenda narración gráfica, cuyas anécdotas visuales se entienden perfectamente sin el texto. Esto demuestra, como venimos defendiendo, que el lenguaje de la narrativa gráfica es intuitivo y natural.
[6] Conclusión del capítulo, más dos viñetas con onomatopeyas.
Pero el autor, en este caso, se equivoca al hacer su planteamiento intelectual y decidir que la información aportada por el texto debía ser amplia, intentando darle calidad literaria, cuando hubiera bastado lo mínimo imprescindible para completar a las imágenes. Pero la efectividad narrativa de sus dibujos yuxtapuestos no es su único logro, pues también acierta a utilizar otros recursos, como las onomatopeyas, con el inconveniente de que en lugar de introducirlas en el dibujo las pone en el texto. Por ejemplo el cacarear y el picotear de unas gallinas, el sonido de una sierra o la espectacular explosión de una pipa de fumar, con la cual se atreve a explorar la expresividad del dibujo, intentando hacer ver la onda expansiva, aunque el “¡BUM!” figure en el texto y no en el dibujo. De todas formas consigue una narración gráfica más brillante que muchas de las actuales, que sólo tienen el mérito de ser posteriores al siglo XIX [6].

[7]

Gustave Doré (1832-1883), uno de los más importantes y fecundos ilustradores del siglo XIX, es el autor, entre otras, de la narración gráfica Histoire Pittoresque, Dramatique et Caricaturale de la Sainte Russie de 1854 [7].

[8]

Emmanuel Poiré (1858-1909), conocido como Caran D'Ache, realizó narraciones gráficas humorísticas con textos al pie de los dibujos, como era común entre los autores de entonces [8].
Georges Colomb (1865-1945), utilizó el seudónimo de Cristophe y publicó en la prensa relatos gráficos con pantomimas, utilizando textos impresos que contienen los diálogos. Destaca, entre otras creaciones, La famille Fenouillard (1889-1893), por la implantación de personajes permanentes en la prensa, hecho que se considera habitualmente como también de invención norteamericana [9].

[9]

(1)    Antonio Martín, Las aleluyas (primera lectura y primeras imágenes para niños, siglos XVIII-XIX). Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, nº 179, febrero 2005.
(2)    Kaspar Braum comienza a publicar el periódico satírico Fliegende Blätter en 1844, siendo también editor de Münchner Bilderbogen, publicaciones que eran ilustradas por dibujantes de la Academia de Bellas Artes de Munich. Los bilderbogen eran historias humorísticas que tenían su antecedente en los moritat u hojas llenas de dibujos que llevaban unos cantores ambulantes, que relataban acontecimientos bíblicos o sensacionalistas.