martes, 30 de junio de 2020

La polémica


La polémica se tornó agria. Había comenzado como una simple discusión sobre el tema de comer caracoles, donde unos mantenían que era algo asqueroso y otros que se trataba de degustar un auténtico manjar.

Después saltaron de la cuestión culinaria a la moral. En el bando partidario de comer caracoles, que era el menos numeroso, se argumentó que la Naturaleza se fundamentaba en la depredación pura y dura, y contra eso no se podía luchar. Los seres debían alimentarse unos de otros o se rompía la cadena trófica, con la destrucción del ecosistema que nos sustenta a todos. Así los carnívoros devoran a los herbívoros, estos pastan hierba, que no deja de ser un ser vivo, y todos son engullidos por los insectos, cuando mueren por vejez o violencia. Lo que no participa de la ética es hacer sufrir a nadie, sea quien sea en el mundo animal; pero, si no se le da una muerte cruel ni sádica, con el cuerpo de un muerto se puede hacer cualquier cosa, pues un cadáver no es más que un despojo, materia inerte. Es indiferente que se convierta en polvo, en ceniza o en alimento. Es más, si sirve para alimentar y así dar placer a un ser vivo, moralmente es más plausible que si desaparece degenerado en ceniza.

Sin embargo en el bando partidario de no comer caracoles, uno de los presentes levantó el cuerpo, elevando su concha, estiró los cuernos y afirmó que, por mucho que argumentaran, el canibalismo era inmoral. Y punto. El resto de caracoles hubieron de darle la razón y concluyó la polémica.

Ilustración de Julio Veredas Batlle

martes, 16 de junio de 2020

En busca de los senderos de la fama

Quería ser un escritor original. A lo largo del tiempo se habían escrito miles de historias, millones o más bien billones de historias. Sin embargo muy pocas eran originales, porque sus argumentos se repetían una y otra vez.

Se dio cuenta de ello cuando escribió una novela, que había surgido de lo más profundo de su introspección y después de auto publicarla, ya que ninguna editorial tradicional confió en él, alguien le dijo que estaba bien, pero que ya había leído algo parecido y que no dejaba de ser la misma historia contada con otros personales. Eso le horrorizó pues él había querido ser original, pensando que lo había logrado.

Pero no se dejó vencer, se apuntó a talleres de escritura creativa y allí insistieron en algo que ya era conocido por todo aspirante a escritor, que el número de argumentos posibles era muy limitado. Todas las novelas que se habían escrito eran variantes de unos argumentos básicos, por lo cual no era posible ser original.

¿Cómo era posible que no fuera posible?

Le contaron que solo existen en resumen diez tipos de historias. La más trillada es el romance amoroso, que inevitablemente termina en final feliz, después de pasar por algún escollo. Los autores que quieren ser originales, cambian ese final por uno desgraciado, dejando al lector/espectador de la ficción totalmente frustrado y jurando en arameo contra el autor.

De la misma forma analizó con detalle el resto de los argumentos potenciales: el de la virtud no reconocida, el del defecto fatal, la deuda que debe ser reparada, el de forzar a alguien a conseguir algo que se propone el protagonista, el del personaje que pierde un don o cualidad y tiene que conformarse con su nueva condición, el de la búsqueda que puede finalizar con el hallazgo o el fracaso, los ritos de iniciación o tránsito, el del personaje que llega a un lugar encarando un problema del que puede o no alcanzar la solución y, por último, el protagonista incontenible que acepta desafíos y obtiene el éxito.

Los géneros de novela negra, romántica, de aventuras, etcétera tan solo aplicaban una mirada diferente sobre esos mismos argumentos. Pero no es posible encarar uno diferente.

Repasando todos sus escritos, una sola novela, pero muchos cuentos, hubo de reconocer que todas sus obras encajarían sin duda en alguna de las historias básicas. Por tanto la originalidad no existía. Su amor propio y ego de escritor se derrumbó. Decidió que ahí acababa su recién iniciada carrera, que despediría con un último texto.

Entonces se decidió a escribir un relato corto, tal vez sin sentido, con el único propósito de ser original, aunque sabía que no lo lograría. Lo tituló “En busca de los senderos de la fama” y comenzaba así: “Quería ser un escritor original…” El texto lo terminó con este punto final.

jueves, 28 de mayo de 2020

El encierro

Primer día de la fase cero de desconfinamiento.

Hoy por primera vez, después de un montón de semanas, he podido salir de paseo y pisar la calle de forma relajada. Es primavera y me parece que estoy descubriendo un mundo virgen, tras abandonar el oscuro encierro al que nos obligó la maldita pandemia.

Jamás pensé que pudiera ocurrirnos algo así. Parece una película de ciencia ficción. Hemos estado encerrados en casa sin poder salir a la calle, sin trabajar, sin ver a nuestros familiares y amigos. Careciendo de libertad. Ocupados tan solo con aquello que teníamos a mano, como la tele y las redes sociales. Menos mal que también los libros. Y nada más.

Recuerdo que cuando era niño y estaba abriendo mis entendederas al mundo, conocí que había habido guerras en todas las épocas históricas. Me asusté mucho y me he pasado la vida deseando que se me pasara la vida en paz. Sin guerras ni catástrofes. Casi lo consigo, pues acabo de jubilarme y mi existencia no se ha visto abocada a ninguna penuria, por mucho que algunas nos hayan rozado. Y ahora viene esto: el encierro y el miedo a la crisis económica.

A pesar de todo no puedo quejarme, pues mi salud es buena. Vivo solo y me levanto tarde. Realizo las tareas del hogar, tomo unas larguísimas siestas, leo, corro por el pasillo y veo televisión en exceso, además de estar pendiente de las redes sociales en el móvil. Mi lujo es bajar, de prisa y con miedo, a la tienda de la esquina a comprar el pan a diario. De vez en cuando traigo yogures, verduras, frutas, carne y algún capricho que otro, como palmeras de chocolate y cervezas.

Cuando llevo un rato cansado de no cansarme, me veo impelido a ponerme en pie y a deambular por la casa. Suelo acercarme a la terraza de la cocina, donde tengo un caracol en una caja cerrada con una malla y le saludo. Me siento como Robinson Crusoe cuando le hablaba a Viernes, un indígena que no le entendía. Le cuento a mi caracol, en voz alta, aquello que me preocupa y, con la confianza puesta en que me escucha, he llegado a contarle toda mi vida. Lo cual me ha permitido hacer una reflexión sobre mi pequeña historia particular. De vez en cuando me detengo en mi monólogo como dando lugar a una respuesta suya. Sé que no puede decirme nada, pero me imagino que me entiende y que, si pudiera hablar, me daría su opinión. Así, hemos estrechado mucho nuestra amistad.

Lo encontré, por casualidad, el último día de libertad antes del encierro, cuando cruzaba un jardín y me detuve para atarme un zapato. Lo vi cerca, casi lo piso. Un impulso me llevó a tomarlo por la concha y llevármelo a casa. Mi intención inmediata fue protegerlo de algún distraído que lo podría espachurrar sin siquiera darse cuenta. Lo metí en una caja de zapatos, pero por la mañana no estaba.

Fragmento de una ilustración de Julio Veredas Batlle

Lo busqué y ya lo daba por perdido, cuando, al seguir su rastro de babas, lo encontré subiendo por el cubo de la basura. Desde entonces me acostumbré a cerrar la caja con una malla de plástico. Trato de que no le falte de nada. Siempre tiene lechuga fresca y las distracciones que puedo darle. Pensé que era feliz, hasta que, después de que tuvimos una larga conversación, me preguntó que por qué lo tenía encerrado, que por qué no podía ser libre. Caí en la cuenta y mi ánimo se hundió.

Por eso, en esta primera salida de paseo permitida, mi intención es acercarme al jardín donde lo encontré para liberarlo y así dejar de llorar como un tonto.

viernes, 15 de mayo de 2020

La palabra más fea del idioma castellano

Esto no deja de ser algo subjetivo, ya que para cada persona será una diferente. No obstante lo corriente es preguntar cuál consideras la palabra más bella y no la peor de todas. En muchas ocasiones me he planteado qué palabra por su pronunciación o su significado, o más bien por la suma de ambas facetas, me resulta más hermosa. Siempre se me ocurren muchas. Pero nunca me han preguntado por la más fea. Llevo tiempo reflexionando sobre cuál sería y esta cavilación ha superado ya meses e incluso años. He llegado al fin a una conclusión que, aunque no sea compartida por el lector, espero que entienda mis razones para elegirla.

Para mí la palabra más fea del idioma castellano es fe.

Por un lado su fonética me recuerda al bufido de un gato: “¡fe!, ¡fe!, ¡fe!” Un sonido que no me resulta agradable, que al que lo profiere le hace poner un gesto deslucido, tocando los dientes superiores con el labio inferior, o, más ligeramente, soplando entre los labios, como cuando escupimos. Además es demasiado corta, una sola sílaba, y su grafía sinuosa tampoco es atractiva. Es tan fea que casi es igual que la palabra fea.

Aunque peor que todo ello es su significado. Fe es aquello que se cree porque quiere creerse, sin posibilidad de comprobar su veracidad, ya que si logramos una experiencia empírica de algo, no necesitamos la fe para creerlo. No es necesaria la fe para creer que la Tierra es redonda, porque hemos lanzado cohetes al espacio que la han fotografiado. No necesitamos la fe para saber que el corazón impulsa la sangre a través de arterias y venas, etc. Pero sí es necesaria la fe para afirmar que nuestro dios es el verdadero y el de los demás es falso. La fe llevada al extremo de la intransigencia es la excusa para los mayores crímenes que se han producido en la humanidad a lo largo de toda la Historia. Los atentados yijadistas, la guerra santa, la inquisición, la supremacía de una raza… Hay gente que ha tenido una fe infinita en esos conceptos y ha matado a troche y moche a quien le llevase la contraria. Y siempre habrá interesados que se aprovechen de la fe de los demás para controlarlos y dirigirlos.

Lo que yo creo es verdad porque quiero creerlo y a mí me da la gana que así sea. Luego ya justificaré con argumentos por qué es verdad, que siempre hay un alegato para la mayor atrocidad.

Yo no digo que mi razonamiento sea una verdad absoluta, no pido fe en él, tan solo lo expongo por si alguien quiere revisar sus creencias. Espero que se dé cuenta de que esas creencias en las que tiene fe son voluntarias, que si en lugar de donde nació, en medio de una cultura determinada, hubiese nacido, por ejemplo, en Japón, su fe con toda probabilidad sería sintoísta. Y si alguien apostata de la cultura dominante de su sociedad, debería preguntarse hasta qué punto no es un gesto de rebeldía, más que de evidencia de que su nueva fe es la verdadera. Incluso el ateísmo es una fe.

Ante la fe, lo más inteligente es la duda. Pero, para no ser pesimista, tras haber pretendido dinamitar el suelo de certezas donde cada uno se apoya, aconsejo cambiar el concepto tan horroroso de fe por uno de verdad hermoso, de cuatro sílabas y que suena mucho mejor: esperanza.

jueves, 30 de abril de 2020

La niña del Torreón 88


El día que cuelgo esta entrada en mi blog acaba el mes de abril. Un mes muy inusual que nos ha tocado vivir por sorpresa. En años anteriores la asociación La Sombra del Ciprés, a la que pertenezco, hubiéramos estado colmados de actividades culturales en torno al Día del Libro. La principal sería nuestra cita con un libro colaborativo de relatos. Teníamos ya fecha para su presentación. La edición completa la guardo en cajas en mi casa, pero no puedo decir tan siquiera su título o temática, aunque me muero de ganas. Para aliviarme un poco la pena voy a publicar mi relato del año pasado. El libro lo titulamos "Ávila Tenebrosa" y estaba dedicado al misterio y el miedo. Podéis comprar  el libro en las librerías abulenses o pidiéndolo al correo asociaciondenovelistas@gmail.com . Disfrutaréis pasando un poquito de miedo.

La niña del Torreón 88

Las murallas de Ávila tienen 87 torreones, aunque los abulenses solemos decir que son 88. Lo que voy a contar está ubicado en un torreón determinado, pero los hechos son tan espeluznantes que no quiero identificarlo, para que no caiga la maldición sobre quienes pasen cerca de él, como les ocurrió a los protagonistas de esta historia. Por eso, digamos que el lugar donde sucedió todo es el torreón número 88, sin determinar de cuál de los 87 se trata.

—Cuidado, David, no te hagas daño con las piedras —le dijo su madre.

David era un niño normal de siete años. Alegre, extrovertido y muy curioso. Salía de paseo los domingos por la tarde con sus pa­dres, Gema y Roberto, por las calles históricas de la ciudad donde vivían. Les gustaba pasear alrededor de la muralla, o más bien, de las murallas, tal y como solemos denominarlas los habitantes de Ávila. A veces, incluso daban una vuelta entera recorriendo los casi tres kilómetros de perímetro. Sobre todo con el buen tiempo, las vistas siempre son hermosas y evocadoras de épocas pasadas.

Esa tarde se pararon a conversar con una pareja de conocidos. Mientras, el niño se puso a jugar solo durante un buen rato al lado de uno de los torreones. Convengamos en que era el Torreón 88. Sentado en el suelo, su imaginación le llevaba a entretenerse con algún amigo imaginario, aunque los padres, distraídos, tan solo le echaban algún que otro vistazo, sin preocuparse demasiado.

—Bueno, pues a ver si volvemos a vernos, que se hace tarde —dijo Roberto a la pareja con la que ya llevaban más de cuarenta minutos detenidos.

—Vamos, David, levántate que nos marchamos —le pidió Gema al niño.

David se puso de pie y saludó con la mano, a modo de despe­dida, a su amigo imaginario.

—¿No te has aburrido jugando solo? —le preguntó su madre, dándole la mano.

—No estaba solo. Anabel ha jugado conmigo.

—¿Anabel? —preguntó Gema, agarrando del brazo a Roberto, pero sin soltar la mano de su hijo.

—Sí, la niña esa rara. Tenía la cara como rota por un lado, pero me dijo que no me asustara. Es muy simpática.

Ambos escucharon la explicación de su hijo, pero era tan extraña que no quisieron hacerle demasiado caso. Los niños siempre se inventan amigos imaginarios, aunque nunca habían escuchado algo parecido a una niña con la cara rota. No obstante, les quedó un punto de preocupación que, de momento, disiparon distrayén­dose en el resto del paseo.

Unos días después, Gema, mientras esperaba a David a la salida del colegio, se quedó absorta escuchando a dos madres que conversaban sobre algo muy extraño que les ocurrió a sus hijos en el mismo lugar donde David había estado jugando con esa amiga imaginaria tan rara. Hablaban también de una niña, con la cara desfigurada, a la que solo veían los niños.

Al llegar a casa, lo habló con Roberto.

—No es posible que todos los niños se inventen un amigo imaginario con las mismas características. Al menos cuando esos rasgos no son nada corrientes: una niña con la cara desfigurada.

—Un punto increíble sí que es —respondió él—. Pero, ¿qué otra cosa puede ser, más que un producto de la imaginación? Quién sabe, tal vez existen ideas que flotan en el ambiente y solo son captadas por las mentes más limpias de los niños.

—Pues a mí esto me asusta.

El siguiente domingo, en un paseo similar, cuando se acercaban al Torreón 88, a Gema se le puso el vello de punta. Apretó la mano de su hijo, dispuesta a pasar de largo lo antes posible.

—Espera, mami —dijo David—, que Anabel me está saludando.

—¿Quién es Anabel?

—Pues quién va a ser, la niña esa que le falta media cara.

—Ahí no hay nadie —dijo Roberto.

—Sí, está Anabel y me dice que me quede.

—Vamos —dijo Gema tirando de su hijo, que se resistía a andar.

—No —gimoteó el niño—, que se va a enfadar si nos vamos…

Roberto tomó a su hijo en brazos y caminaron lo más rápido posible. El niño lloraba.

—¡Que se enfada! Tiene su único ojo enfurecido, que da mie­do. Para, papi, para, ¡que se enfada!

Salieron huyendo de allí con el vello de la espalda erizado.

Luego, en casa, cuando estaban más tranquilos, conversaron sobre ello.

—Cuidado que somos idiotas —dijo Roberto—. No había nadie y nos hemos ido corriendo como si huyéramos del diablo.

—Calla, no lo menciones. No es algo irreal. A mí me recorrió el cuerpo una sensación de frío que aún me dura. No habrá nada visible, pero algo hay en ese sitio.

El caso es que alteraron su rutina y ya nunca volvieron a pasar por ese lugar. Cuando se acercaban en un paseo, con el niño o sin él, entraban por la puerta más próxima de la muralla antes de llegar al Torreón 88 y se perdían por el centro del casco antiguo.

Ya casi lo habían olvidado, cuando una noche, sobre las tres de la madrugada, Gema se despertó con un sudor frío y chilló.

—¡Noooo…!

Roberto se despertó asustado y tuvo la sensación de que una barra de hielo se le había metido en las entrañas.

—¡David! —gritó Gema.

Ambos se levantaron y corrieron al dormitorio de su hijo. No estaba. La cama permanecía deshecha y removieron las sábanas, descubriéndola entera.

—¡No está! —gritó de nuevo Gema—. ¡David, David!

Recorrieron ansiosos toda la casa. La puerta de la calle estaba abierta, pero, después de mirar en el descansillo y las escaleras, regresaron dentro para buscarle en todos los rincones y armarios.

—¡David, David!

—No grites. Vas a despertar a los vecinos.

—¿Y qué quieres? —preguntó Gema.

—Voy a llamar a la policía.

—Espera, va a ser una pérdida de tiempo. Si los llamas, tendremos que esperar a que vengan y darles todos los datos. Yo sé dónde está.

—¿Dónde? —inquirió Roberto, aunque sospechaba que él también sabía la respuesta.

—En el Torreón 88.

Corrieron a su dormitorio y se pusieron ropa de calle encima de los pijamas. Se calzaron y salieron disparados a la calle. No buscaron el coche, porque por la noche y tomando atajos tardarían menos andando. O más bien, a la carrera.

Llegaron al Torreón 88 sudando hielo frío, con el vello de punta y sin un solo hálito de aire en los pulmones. La noche era muy cerrada, pero la tenue iluminación de las farolas hacía visible el lugar. Divisaron un pequeño bulto. Podía ser el niño, sentado en el suelo, como la vez que lo vieron jugando con el que creían su amigo imaginario.

—¡David! —gritó Gema. Volvió la cara. Sí era él.

El sudor frío fue en aumento.

—David, hijo —dijo Gema, tomándolo en brazos y sintiendo por encima el abrazo de Roberto. Gema lloraba. Roberto temblaba. David sonreía, con una expresión rara. Estaba absorto mirando a algo en el suelo.

—Es Anabel —respondió el niño—. Os está diciendo hola.

—Vámonos de aquí —apremió Gema.

—No, que Anabel se enfada. Estaba muy triste y me dijo que viniera a verla.

—¿Qué dices, idiota? —Roberto ya no controlaba sus palabras por el miedo que tenía y David echó a llorar.

Roberto cogió al niño y comenzaron a andar deprisa, huyendo del lugar. David extendía un brazo, como queriendo anclarse en el aire y no moverse.

—Anabel, Anabel —repetía.

—Ahí no hay nadie —le dijo Gema a David.

—Sí, estaba Anabel. Papi, ¿me vas a matar?

—Pero, ¿qué dices? —rugió destemplado el padre.

—Roberto, ten paciencia —suplicó Gema.

—Lo siento, perdona, cariño. Pero, ¿cómo me dices algo así, hijo?

—Es que el papá de Anabel la mató. En ese sitio. Le golpeó la cara con una piedra muchas veces. Por eso la tiene así de rota. Ella vivía con su madre y un día vino su padre a buscarla. Anabel no quería irse, pero se la llevó. Luego, en ese sitio, la mató.

—¿Quién te ha contado eso, cariño? —le dijo Gema, con las lágrimas en sus ojos.

—Anabel. Y luego su padre se marchó dejándola en el suelo. Ella dice que el primer golpe le dolió mucho, pero que luego ya no le dolió nada. Vio cómo su padre echó a correr y desapareció. Más tarde, se enteró de que llegó a un árbol y se colgó con una cuerda, muriéndose también. Se lo contó él mismo, su padre, porque después vino otra vez a buscarla. Pero ella tampoco se quiso ir con él y se quedó allí jugando.

Roberto, con el niño en brazos y agarrado a Gema, los llevaba a ambos casi en volandas. Corrían todo lo que podían, mientras escuchaban lo que les contaba su hijo. Ambos iban llorando, con los ojos inundados de lágrimas, sin apenas ver por dónde caminaban.

De pronto, Roberto se dio cuenta de que hacia ellos venía un hombre dando la mano a una niña pequeña. El hombre llevaba una soga al cuello y la niña… la niña… no podía ser otra que Anabel. Le faltaba media cara…

Los pelos de Roberto se volvieron blancos y se pasó las manos por los ojos para aclarar las lágrimas y ver mejor. El niño también se quitó las lágrimas de los ojos y vio lo mismo que su padre.

—Es Anabel. Mira, va con su papi —dijo David. Gema no se había dado cuenta aún, pero se apartó los pelos de la cara y también los vio.

Roberto, con su hijo en brazos y con Gema agarrada a ambos, detuvo su carrera sin atreverse a dar un paso más.

—¿Quién demonios eres tú? —le dijo Roberto al hombre.

Delante tenían a un tipo extraño; llevaba una soga apretando su cuello que no se veía dónde acababa y de la mano agarraba a una niña, similar a las descripciones que les había hecho David de Anabel. Esos seres insólitos les cerraban el paso. Habían surgido de la nada y el extraño individuo les miró con intensidad, sin soltar la mano a la niña. Tras un leve silencio, respondió:

—¿Pero es que no os habéis dado cuenta? —les dijo—. Os acaba de atropellar el camión de la basura: estáis tan muertos como nosotros.

martes, 14 de abril de 2020

Día de nieve


No me suelo prodigar en reseñas en mi blog y tan solo acudo a ellas cuando pasa por mis manos un libro que me gustaría recomendar. Además, suelo traer obras de autores noveles o desconocidos, que merecen tener en las librerías un espacio junto a esos libros, que se promocionan profusamente, de las grandes editoriales.

José Francisco Fabián es Arqueólogo Territorial de la Junta de Castilla y León en Ávila. Un reconocido profesional, pero en lo más profundo de su ser es un amante de la literatura y un destacado escritor, reconocido con varios premios. He leído muchos relatos suyos, pero esta es su primera novela y tiene una calidad sobresaliente.

Día de nieve es eso que promete, el relato del transcurso de una jornada en la que ha nevado. Esto podría hacernos pensar que no es más que una anodina narración costumbrista, pero no lo es en absoluto.

El argumento se resume en la nevada que sorprende una mañana a Alonso Hinojosa, jubilado que vive en la ciudad salmantina de Béjar, a la que ha vuelto una vez transcurrida su vida laboral. Está al lado de su nueva pareja, Teresa, y el reencuentro con las calles nevadas de su infancia le traerán unos recuerdos con los que repasará toda su vida. O, más bien, los acontecimientos destacados de una vida que no ha concluido y que aún tiene mucho que ofrecerle.

Según la promoción del propio autor, todo hombre lleva dentro una novela, solo tiene que buscar un escritor que la saque a la luz. Así, Alonso, ha encontrado a Fabián, que nos hace un retrato de la España de postguerra, con un protagonista que era niño durante la Guerra Civil y buscó acomodo en la sociedad burguesa posterior, en la que nunca se sintió muy integrado.

Los paisajes son los de Béjar, que el autor conoce muy bien, y del Madrid de los años cincuenta en adelante. Hay numerosos retratos humanos, desde las mujeres que amó hasta a los amigos. Y los evoca a partir de las experiencias conjuntas compartidas. Podríamos decir que hay varias novelas en una, ya que cada semblanza es desarrollada de forma independiente. Es de destacar su suegro, un peculiar personaje rancio, al que yo juraría que he llegado a conocer, aún sabiendo que es pura ficción. El fondo es una España en blanco y negro, del Nodo, que no es criticada de manera expresa, sino expuesta de forma cruda. Ambiente que el protagonista logra sobrellevar gracias a su inteligencia y adaptabilidad.

Fabián utiliza un lenguaje muy sencillo e intimista. El narrador habla en primera persona y es muy fácil identificarse con él, ya que detalla los acontecimientos con una delicadeza que es capaz de atraparnos. Hay música, hay poesía, hay mucha vida en las páginas de Día de nieve. Anécdotas, reflexiones y evocaciones de paisajes y recuerdos nos permiten adentrarnos en el dolor de la muerte y en la sensibilidad del fino erotismo que subyace durante todo el libro.

Alonso revisa su pequeña historia, la de un hombre corriente, destacando y valorando todo aquello que le ha formado la personalidad desde la niñez. Sobre todo las mujeres que le han marcado: su madre, su hermana, su primer amor y la mujer con la que se casó y compartió la cotidianidad de su existencia, dándole tres hijas, a una de las cuales se siente muy ligado.

Es destacable el relato del aprendizaje y el despertar sexual de un muchacho en una época pacata y de represión, que trata de estigmatizar algo que es del todo natural, como es la vida afectiva. La narración no esconde esos momentos íntimos que tanta importancia tienen en la biografía de cualquiera y que suelen ser soslayados. Pero sus descripciones, que son vívidas y evocadoras, aluden a la experiencia del lector para que resulten sugerentes y sensuales sin una sola palabra o imagen soez.

Recomiendo sin ambages esta excelente novela, con la seguridad de que nadie se verá defraudado. Podéis localizarla buscando al autor en las redes sociales o en su página web:

viernes, 27 de marzo de 2020

La fauna del jardín

Soy un caracol de jardín. Mi vida es aburrida: subir tallos, bajarlos, buscar humedad, mordisquear, en fin lo corriente en alguien de mi insignificancia. Aunque esto me sirve también para pasar desapercibido y, como este jardín es urbano y está muy frecuentado, me dedico a estudiar a la fauna. De lo que más hay son perros, que traen a unos humanos grandotes arrastrados por una cuerda. Pero no me interesan los seres inteligentes, que ríen, disfrutan, corren y traban relaciones con otros similares. Esos no. A los que me gusta estudiar es a los otros, a los humanos. Seres taciturnos, que parece que vienen por aquí solo a cuidar y proteger a sus amos caninos. No se les ve rasgo de felicitad alguno, sino de resignación más bien.

Ilustración Julio Veredas Batlle

Estoy haciendo un catálogo de ellos, de sus diversas tipologías, aunque no haya demasiada variedad. Pero, afinando, sí que encuentro diferencias. Por ejemplo, los humanos de sexo femenino son algo más alegres. Suelen ser de tamaño ligeramente más pequeño, perfumados, huelen bien y hasta ríen alguna vez. Visten de forma muy variada y colorida. Tienen largas melenas y a veces van con trasquilones o con pelos pintados de forma artística. Sin embargo, los humanos de sexo masculino son todos… ¿cómo lo diría? Grises. Sí, aunque su aspecto no siempre sea de este color, su variedad en la vestimenta es tan pobre y tan descolorida, que parece que todos sufren alguna enfermedad. Su mayor tamaño no parece que les dé ninguna ventaja.

El ser humano es insustancial, aburrido, ya digo. Hilan unas palabras con otras y parece que se escuchan, pero ni se miran entre sí. Caminan y no saltan. Sujetan las carreras de sus amos, pero no corren. No se salen de los senderos marcados por setos y bordillos. Cuando se cruzan con un desconocido no lo saludan, ni le preguntan a dónde va. Se ignoran entre sí.

Ya podrían aprender un poco de sus amos perros, más desinhibidos, que no se andan con remilgos. Todavía no he visto a ningún humano acercarse a otro a olerle el culo.