jueves, 14 de junio de 2018

El rato


Era un buen rato. Yo sé que no debería llamarlo así, pero es que era parecido a un ratón aunque mucho más grande, como una rata. La diferencia principal es que éstas suelen tener un rabo grueso y, sobre todo, son huidizas. Sin embargo, el rato tenía físicamente el porte de un pequeño ratón, pero mucho más grande y, sobre todo, me hacía cara, desafiante.

Ilustración de Gris Medina
Se plantó  de nuevo delante de mí, mirándome fijamente, como retándome. Yo me quedé paralizado, no era capaz de moverme, temiendo algo absurdo, como que saltase de repente hacia mí para pegarme un feroz bocado. Por más irracional que parezca, su presencia me infundía el temor de algo tan desatinado como un salto acrobático.

En otras ocasiones, cuando se cansaba de mirarme, daba la vuelta con parsimonia y al momento lo perdía de vista.

¿Dónde demonios se escondía? Yo mismo hacía la limpieza y no encontré ningún agujero en las paredes por donde pudiera escabullirse. A no ser… Sí, no quedaba otra, debajo de la cama. Por ahí tan solo pasaba el cepillo, sin agacharme a ver si en la pared existía alguna especie de hueco. ¿O tal vez era debajo de este mismo catre donde había hecho el nido?

Pero esa vez iba a ser diferente. Me había precavido y tenía en la mano el zapato. El rato permanecía inmóvil retándome con su mirada. Mientras tanto, yo tensaba mis músculos, con el mayor disimulo posible, procurando que mis gestos no me delataran.

Efectivamente, como un resorte lancé el zapato en su dirección. Pero ni siquiera vi si le había dado, ya que nuevamente despareció de mi vista. Instintivamente levanté mi pie descalzo, ya que lo lógico es que hubiera pasado debajo del catre y temí de él una dentellada.

En ese momento se corrió el cerrojo exterior del chabolo y penetró un tipo cuya cara no me era desconocida del todo.

–Tienes de nuevo un compañero de celda –me dijo el guardia a sus espaldas–. Pero cuídalo bien que es un político condenado por corrupción. De los famosos. Seguro que si te cuenta su vida pasáis un buen rato.

 

miércoles, 30 de mayo de 2018

Si es arte no puede ser tebeo


Hasta ahora, cuando se hace historia de la Narrativa Gráfica europea, suele decirse que este “nuevo lenguaje” es importado de Estados Unidos y que, en todo caso, aquí existió un precedente en el siglo XIX. Un precedente que apunta algunas similitudes pero que no es en absoluto el lenguaje desarrollado que se inventó en 1896 en la prensa, con una serie denominada Yelow Kid.


Todo mentira. Es imposible que sea un “precedente”, porque o existe narración gráfica o no existe, no hay término medio, como en el chiste: o la mujer está embarazada o no lo está. Si los filmes de los hermanos Lumière son Cine, a pesar de ser toscos y no contar con recursos como la planificación, banda sonora o color, entonces las secuencias gráficas estáticas, con intención narrativa son tebeos. Algunos argumentan que, hasta que los norteamericanos descubrieron el lenguaje, los predecesores no sabían lo que hacían. Esto es irrelevante y además es mentira también. Algunos lo tenían incluso más claro que Outcault, autor norteamericano del Yelow Kid que, por casualidad, atinó con una narración gráfica. Transcribiré, para zanjar el tema, unas palabras del europeo Rodolphe Töpffer. Decía en 1837, 59 años antes del Yelow Kid: “Este pequeño libro (Histoire de M. Jabot) es de naturaleza mixta. Se compone de una serie de dibujos autografiados a mano. Cada uno de estos dibujos están acompañados de una o dos líneas de texto. Los dibujos, sin este texto, no tendrían más que un oscuro significado; el texto, sin los dibujos, no significaría nada. El conjunto forma una especie de novela...” ¿Más claro? El agua.

Para cerrar el tema de la Narrativa Gráfica anterior a lo que la historia “oficial” debemos adentrarnos en el siglo XX y hablar de artistas que se mantuvieron al margen  del “invento” de Outcault, a los cuales no consideraron autores de tebeos por ser reconocidos como artistas. Sí, esa era la mentalidad, si eran pintamonas no eran artistas.

Ejemplificaré en dos nombres únicamente que, desde luego, no son los únicos: Lynd Ward y Max Ernst. Pero hay muchos más, Will Eisner, por ejemplo, en su obra La Narración Gráfica cita a artistas del grabado como Frans Mesereel, Otto Nückel o Milt Gross, que también realizaron novelas gráficas.

Lynd Ward (1905-1985) es otro enésimo “inventor”, esta vez de novelas grabadas, como se las ha denominado eufemísticamente. Está considerado, sin ambages, como un artista, no como un dibujante de historietas. Se dedicó principalmente a la xilografía, cuyos grabados publicaba recopilados en libros. Pero esas recopilaciones de grabados no eran meros portafolios, sino que narraban historias sin palabras. La primera fue God’s Man, en 1929, que contaba la historia de un artista que vende su alma para lograr el éxito. Aparte de ilustrar obras literarias realizó otras cinco novelas grabadas más entre 1930 y 1973. Él admite la influencia del cómic norteamericano, pero ojo, obsérvese que una cosa es que le influya y otra que admita que su obra sea cómic. También a los pintores Warhol y Linchtenstein les influyó el mismo “subproducto de la cultura de masas”, sin realizar nunca un cómic.


Max Ernst (1891-1976) fue una figura fundamental de los movimientos Dadá y Surrealista. Este alemán que vivió en París se integró en los ambientes artísticos y en 1930 trabajó como actor en la película L’Age D’or, de Luis Buñuel. En 1941 emigró a EE.UU., regresando a Francia en el 53. Ernst se caracterizó por ser un infatigable experimentador y así cuando quiso narrar historias con imágenes utilizó la técnica de las novelas collage, siendo la más ambiciosa Una semana de gentileza (Une semaine de bonté ou les sept éléments capiteaux), de 1934. Consta de 182 láminas que en todo lugar quedan catalogadas como obra de arte excepcional del siglo XX… Pero son un tebeo, lo cual no niega, no debería, su clasificación como gran obra de arte. Cuenta una historia surrealista, sin más palabras que los títulos de sus siete capítulos.


Estos ejemplos del siglo XX evidencian, para quien no acababa de creérselo, que la narración gráfica es despreciada aún en ambientes intelectuales, pues al ser notorio y conocido que ya existe un lenguaje narrativo que utiliza secuencias ordenadas de imágenes, tanto las obras de Ward como de Ernst deberían haberse considerados tebeos, en lugar de excentricidades o rarezas artísticas.

Creo que ya estamos en el momento adecuado, y sin retorno, de reconocer a las narraciones gráficas como un lenguaje independiente de la literatura, el cine o la pintura, que puede ser vehículo de obras de arte sin ambages.

lunes, 14 de mayo de 2018

El Inmaterial


Uno mismo no puede reseñar sus libros. Sería hacer trampas, convirtiendo la reseña en mera publicidad. Esto desde luego no es una reseña, aunque lo etiquete así, y procuraré por todos los medios conscientes que no sea publicidad. Pero me gustaría hablar de mi primera novela y explicar de qué va y cómo surgió. O, al menos, contar una historia que tenga como referente mi iniciación en el oficio literario.

Yo jamás pensé que un día sería escritor, que disfrutaría escribiendo, que publicaría y que vendería novelas. Cerca de los cincuenta años me di cuenta de que disfrutaba con ello. Primero me probé escribiendo un ensayo sobre lo que era mi pasión declarada, la narrativa gráfica, los tebeos, que ahora estoy reescribiendo para este blog. Eso fue en 2006. Después di el salto y me atreví con una novela, El Inmaterial, publicada en Bubok en impresión bajo demanda en 2008, y que ahora, coincidiendo con el décimo aniversario, reedito, actualizada y corregida, sobre todo en estilo.

En aquel lejano año, no sabía si sería capaz de acabarla o si vendría una segunda y tercera novela, como así ha sido. Por lo que decidí darlo todo y el proyecto fue ambicioso. Mucho. Volqué todo mi conocimiento, toda mi filosofía y todo mi interés, a riesgo de pasarme de frenada.

El primer escollo que me surgió fue decidir quién sería el narrador de la historia y no fui capaz de arrancar hasta que lo resolví. Más bien decidí que ese narrador sería la clave de la novela. Luego vino el argumento, que es a lo que le di menos importancia. Siempre he defendido que en una novela el factor más insignificante es el argumento y suelo emplear el ejemplo del Quijote. ¿Puede concebirse un argumento más simple que un lector que se cree las historias fantasiosas que lee y quiere ponerlas en práctica? Pues Cervantes con algo tan sencillo intentó una novela corta, del tipo de La Gitanillla, Rinconete y Cortadillo o el Licenciado Vidriera. Simples anécdotas para hacer pasar al lector un buen rato. Pero don Miguel se cebó. Después de acabar la novela corta con la primera salida del Quijote a hacer sus locuras se quedó con ganas de más y escribió una segunda salida mucho más larga. Así nació la novela moderna. Años más tarde, debido al éxito de su obra, y un poco para reivindicar el personaje que había sido plagiado, escribió la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Y ahí surgió la obra cumbre de la literatura hispana, a pesar de la ridiculez de su argumento.

Bueno, pues yo ingenié un argumento, del cual no puedo desvelar nada, ya que la historia da giros inesperados, convirtiéndose varias veces en algo distinto a lo que el lector pensaba que estaba leyendo. Esto me preocupó, temiendo que alguno de los giros pudiera defraudar o hacer sentir rechazo.

Fue algo experimental y no estaba seguro del resultado. Pero la novela creció y lo cierto es que me sorprendió. Sobre todo estuve encantado con todo lo que disfruté imaginándola y escribiéndola. Me obsesionaba. A todas horas la tenía en la cabeza dándome vueltas hasta que la concluí.

Me puse el mundo por montera y envié mi obra a todas las editoriales grandes, impresa y encuadernada en alambre. Una tras otra me rechazaron. Entonces me desilusioné, pero no desistí, recurrí a la autoedición. Conocí por una entrevista a una empresa recién fundada, llamada Bubok, que ofrecía los libros en impresión bajo demanda y no requería realizar más inversión que pagar el ISBN y los cuatro libros del depósito legal. A partir de ahí, cada ejemplar se imprimía para cada comprador. La maqueté, realicé una rudimentaria portada y me imprimí algunos ejemplares que ofrecí a mis amigos, comprometiéndoles a comprarlos.

La experiencia fue agridulce. Aunque estaba muy satisfecho con la obra realizada, me di cuenta de que algunos pasajes estaban subidos de tono y me avergonzó que lo leyeran algunos lectores que me la compraron. Entonces los suavicé cambiando el texto cada vez que realizaba alguna corrección. No sé si esto está bien, pero realicé muchas relecturas y en cada una cambiaba la maqueta para los siguientes lectores que demandaran su impresión. Este tipo de edición me lo permitía.

Primera portada
La idea de la portada era atraer compradores, por lo que utilicé un reclamo sexual, con una mujer desnuda vista a través de una cerradura, que era una metáfora del argumento. De ese del que no puedo hablar. Así, además, avisaba de algunas escenas tórridas narradas. Más adelante intenté perfeccionar un poco la rudimentaria portada, aunque manteniendo su esencia.

Y ahora vuelve a salir a la luz, renovada. Quise evitar la portada que entendí que me sonrojaba y podía apuntar a lo que no era la novela y se la encargué a una gran ilustradora y artista: Gris Medina. La tenía en casa, pero es una auténtica profesional y la recomiendo a todos mis amigos escritores y también a los escritores que aún no sean mis amigos. Seguro que no les defrauda. Aquí dejo su web: http://grismedina.mbit.ga/ y su Instagram: https://www.instagram.com/grismedinaart/.

El Inmaterial es una obra muy diferente a mis otras dos novelas posteriores. A Lo demás es cosa vana, novela histórica, de aventuras y amoríos, y también a Operación Caipiriña, una novela negra con humor, que escribí con el sano propósito de divertirme.

Y esa es la historia. La otra, la que cuenta El Inmaterial, hay que leerla y no puedo adelantar más que su temática es el misterio, aunque no puede encuadrarse en ningún género. Por si alguien quiere curiosear el precio, aquí tiene el enlace: https://www.bubok.es/libros/2539/El-Inmaterial. La empresa funciona muy bien, es fiable y no tardan en enviarla al domicilio del comprador. O también puede encargarla en cualquier librería y así evitar los gastos de envío.

lunes, 30 de abril de 2018

Érase una vez… en Ávila


Es para mí un auténtico placer, cuando llegan estas fechas, realizar una reseña del libro colaborativo que saca la asociación La Sombra del Ciprés. Ya van cuatro.

Este año el reto ha sido auténticamente difícil, al menos para mí, ya que nos propusimos hacer un libro infantil, género que nunca había intentado, pero el resultado ha sido tan brillante que quiero mostrarlo con orgullo.

26 asociados hemos realizado 27 colaboraciones que se ven acompañadas de 26 dibujos a todo color. Entre estas colaboraciones hay cuentos y poemas. El único requisito era utilizar nuestra ciudad y provincia como marco de las historias. Para complicarnos la vida encargamos a niños entre 4 y 14 años que nos realizaran las ilustraciones, con su interpretación personal de los cuentos. Y, de nuevo, el resultado ha superado nuestras expectativas. En la presentación preguntamos a un niño que de dónde había sacado las ideas para el dibujo y él, sabiamente, explicó que las había copiado de su imaginación. ¿Puede haber mejor respuesta?

Autoras Ana e Irene Martín Garcinuño
La edición ha sido muy cuidada, en papel de brillo de alto gramaje, tapas de cartón con solapas y un total de 148 páginas.

Esta vez no me dedicaré a reseñar cuento por cuento, habrá que leerlos. Creo que la literatura infantil no debe ser simple, ni estereotipada. Debe ser inteligente, con un único aspecto a cuidar y es que sea entendida por el público al que va dirigida. Pero también los mayores tienen que disfrutar con ella o nos habremos equivocado. Y esto pienso que lo hemos conseguido.

Hemos querido hacer un libro familiar, que puedan leer hermanos de distintas edades, pero no hemos dividido los cuentos por edad, sino por dificultad lectora y contenidos. Hay tres bloques, Primeros Lectores, Segundos Lectores y Lectores Avezados. Así, además de estar adaptados a todos los hermanos, puede ser un libro que guarde el niño en su cuarto y vaya creciendo con sus capacidades lectoras. Esperamos que cuando haya superado estas capacidades, siga conservando el libro como un tesoro.

Autora Sofía Garcinuño Daza
Ha sido prologado por el exitoso escritor de literatura infantil Carlos Reviejo, que nos ha dejado en él unas bellas palabras. A Carlos le distinguimos en nuestros últimos premios La Sombra del Ciprés con un premio a toda su larga carrera literaria.

Y, por último, para dar unidad al conjunto, ideamos un elemento que nos ha vuelto a sorprender por el éxito que ha logrado. Se llama Vetonio y es un verraco de piedra de la cultura celta que habitó estos lugares, al norte del Sistema Central hasta Portugal, cuya relevante aportación son esculturas zoomorfas, un poco toscas y de tamaño variable, que aún adornan nuestras calles y pueblos. Este personaje habla a los lectores en las primeras páginas y les invita a acompañarle, ya que aparece una y otra vez a lo largo de las páginas, jugando a que los lectores lo encuentren. Le trasladamos la idea a la artista Gris Medina, quién también realizó la maravillosa portada, y nos ha diseñado a un personaje al que le adivinamos una vida muy longeva.


Y estos días de la Feria del Libro, los ejemplares nos los quitan de las manos. A partir del 3 de mayo estarán en todas las librerías de Ávila.


domingo, 15 de abril de 2018

Tres cantos a la desesperanza


Ritos

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
Jorge Manrique

Nuestras vidas son los ritos
que llegan a la indolencia,
que es el vivir;
así vamos unos y otros
derechos a cumplir
y consumir.
Nos programan nuestra vida
en etapas y festejos,
unas bodas, unos hijos
y poder llegar a viejos.
Pelear por un trabajo
que nos permita comer,
y pagar con lo que sobre
la hipoteca y el café;
para que cuando sea fiesta,
nos vayamos a beber.
Festejemos que vivimos
un poco mejor que ayer,
fingiendo que nos sentimos
felices de obedecer.

Vivimos

Vivimos, pues nacimos,
la gente nos rodea,
nos sigue y antecede,
custodia nuestros días
llenando atardeceres.
Tardes de cumpleaños,
mañanas de trabajos,
noches vertiginosas
y duros despertares.
Neones fluorescentes,
bombillas amarillas
y focos que se apagan;
velando nuestros sueños
nocturnas alimañas.
Pasamos nuestros días
en tertulias y charlas,
en fiestas y paseos,
en luchas y demandas.
Y un día acontecerá,
sin saberlo siquiera,
que no tendrá mañana,
o acaso anochecer,
pues todo aquel que nace
tiene que fallecer.

Muerte

Compañera de mis días
y de mis noches,
testigo de mis éxitos
y mis fracasos,
horizonte de mi paisaje,
meta no buscada.
Triste derrota.

Cuando llegue el aciago día
en que pueda contemplar tu rostro,
seré ciego a tus encantos,
mudo a tus preguntas,
indolente a tus designios,
y ya nada podrá evitar
mi entrega total a ti.

Hasta entonces déjame olvidarte,
mientras río y mientras lloro,
durante mis gozos y mis penas,
cuando busque sentido a la vida
y cuando la vida me dé sentido,
sin buscarlo.

Mujer de horrible nombre,
dama azul y fría,
esposa atada a mi piel,
sorpresa final, tan temida,
puerta a la nada,
ausencia de todo,
cumbre de la existencia,
desasosegante Muerte.

domingo, 1 de abril de 2018

El género gramatical

Me educaron machista, pero la reflexión me ha llevado a aceptar la igualdad real. Es más, pienso que se debe dar visibilidad a las mujeres y me parece una compensación necesaria la discriminación positiva. En fin, defiendo el feminismo sin reticencias y apoyo sus movilizaciones.

Que el castellano es un idioma machista, no tengo ninguna duda. No hay más que recurrir a algún tópico, como que algo te resulte cojonudo o un coñazo. O las connotaciones que tienen muchas palabras, como fácil, o público/a, atribuidas a un hombre o una mujer. Es lógico que si el idioma se ha conformado en una sociedad machista lo refleje, pero también es lógico que nos demos cuenta e intentemos revertirlo. Contra esto sí que hay que luchar y es posible hacerlo. Con educación y con medidas académicas y legislativas. Estoy completamente de acuerdo en erradicar el machismo en el lenguaje.

Atención, ahora viene el pero:

PERO esto no tiene nada que ver con el género gramatical.

Sí, el género gramatical no es equivalente al sexo al que se refiere, por mucho que ambos se adjetiven como masculino o femenino. Una palabra puede ser gramaticalmente de género masculino y referirse a una mujer. Y viceversa (¿por qué será que esta palabra me produce grima? ¡Ah, claro, la tele!).

Este matiz del género gramatical no es captado por muchos hablantes y reaccionan duplicando innecesariamente palabras —trabajadores y trabajadoras— o fuerzan feminizaciones sin sentido alguno —miembras—.

Una salvedad, sí que es lógico hablar de trabajadores y trabajadoras, para hacer visible a este colectivo de mujeres, más discriminado que el resto. Cuando no lo veo apropiado es cuando por ejemplo hablamos de los trabajadores de una empresa determinada.

Una anécdota significativa. Hace tiempo nadie ponía en duda que los padres (masculino plural) de un niño eran un hombre y una mujer, pero alguien se escandalizó, pensando que no estaba incluida, en el genérico padres, la madre.  Desde entonces la APA (Asociación de Padres de Alumnos) pasó a denominarse AMPA y se quedaron tan satisfechos de haber terminado con la injusticia secular. Preferían los chistes que podían hacerse con la palabra homónima, hampa, que asumir que el género gramatical no tiene por qué referirse al sexo de las personas a las que alude. Así se llega al absurdo, ya que no fueron consecuentes, al no darse cuenta de esas siglas significaban Asociación de Madres y Padres de Alumnos… ¡Horror, olvidándose de mencionar a las alumAS! Y al resto de los sexos (trans, homo, etc.).

Lo único que demuestran estas patadas a la lógica y a la razón es el poco respeto que los dicentes le tienen a su lengua materna. Es como si nos dan miedo las avispas y matamos otros insectos, como las hormigas, porque las tenemos más a mano y porque nos dan igual todos los insectos —hay quien a las hormigas las llamaría insectas, por cierto.

Pienso que debemos respetar un poco más el lenguaje y, aunque comprendo lo de visibilizar a las mujeres, creo que se va por camino errado en ciertas cuestiones. Se confunde el género gramatical con el sexo. En género femenino se pueden hacer referencias a personas de sexo masculino, como en las palabras: gente, (el) oculista... Y viceversa —¡maldita telebasura!—, (la) conferenciante, (la) miembro.

Si hablamos de una mujer concreta, es totalmente adecuado referirnos a ella como jueza, pilota, arquitecta o médica. O a un hombre azafato, modisto… De acuerdo. Pero si generalizamos a un colectivo, veo absurdo hablar de jueces y juezas, padres y madres, trabajadores y trabajadoras, cuando se puede simplificar con el masculino generalista.

El problema fundamental deviene de que en latín existía el género neutro, pero en el castellano esta función la tomó el género masculino, generalizando en masculino las palabras colectivas que abarcaban a los dos sexos.

Si el problema es que no existe el género neutro, solo veo dos alternativas, lo inventamos —no pasaría nada— o dejamos las cosas como están. La tercera vía sería generalizar en femenino, cosa que me parece fenomenal. Tal vez es lo que toca. Hablemos de nosotras, cuando haya una reunión de personas de ambos sexos. Cojonudo… digo, coñazo… digo… Mejor me callo.

Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto, y más para gentes de izquierdas, entre las que me considero incluido, pero es que a mí el miembras  —y el portavozas— me sonaron como una patada en los dientes y aún me duelen. ¿No se dan cuenta de que la palabra VOZ es femenina? ¿Se quiere feminizar una palabra de raíz femenina?

¿Seguimos perdiendo el respeto a nuestra lengua? De acuerdo, pues entonces olvidémosla, aprendamos todos inglés, que no tiene este problema, y que el castellano se vaya a tomar por cula.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La ascensión de Ascensión


María de la Ascensión un día tendía unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y se la llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Me pregunto si Ascensión ascendió a los cielos, como en el caso de la mujer de Macondo que nos cuenta García Márquez en el libro ese raro que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Que digo yo, ¿en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse?

Pero, bueno, que esto que estoy contando no es realismo mágico. Es realismo real o verdad verdadera y no falsa mentira, como esa otra historia que hay escrita en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

El caso es que Ascensión se asustó mucho en su vuelo y no soltó los picos de las sábanas, los cuales dio varias vueltas en sus muñecas para asegurarlos. En principio pensó que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se le presentaban a su vista, pero cuando los rebasó, advirtió Ascensión que ascendía más. Tanto ascendió que los prados a sus pies se le antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas como figuritas de un belén.

Se resignó a volar y quitó de su mente los pensamientos tremendistas. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y se estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores ratos de su vida. ¡Que me quiten lo bailao! Pensó, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire le removía las faldas, enfriándole el vientre. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Cruzó varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesó carreteras, ennegrecidas desde esas alturas; rebasó montañas de picos pardos y otras de romas lomas. Llegó a unos suburbios urbanos y oyó cómo unos niños la señalaban: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde lejos las palabras se confunden.

Sobrevoló luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y la saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y una especie de loco con sombrero.

Se las vio muy difíciles ante una torre Eiffel que le cortaba el paso. ¿Habré llegado a París? Pensó. Pero no lo pensó mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarse. La fatalidad le llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsaba la sábana. Con desesperación giró el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logró desviar la trayectoria, evitando chafarse las narices con los hierros.

Visitó varias ciudades más. Una con una torre inclinada, otra con dos torres inclinadas, otra más con una noria muy grande al lado de un río enorme, otra llena de rascacielos y una más que no rascaba nada. En fin, observó todo aquello que el azar le puso delante de los ojos. Que fue mucho.

El caso es que, sin saber cómo, estaba volando de nuevo por prados conocidos. Distinguió su pueblo, su casa, el arroyo donde había estado lavando y la alambrada donde tendía la ropa. En ese momento el aire parecía más calmado y comenzó a descender.

Aterrizó suavemente, muy cerca de donde los vientos le habían arrebatado, justo en el lugar donde su hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire.

—¿Dónde te has ido, mamá? —le dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondió con una sonrisa. —Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

¿Que cómo lo sé yo? Claro, es que no lo he explicado. Yo soy un caracol que estaba trepando por las zapatillas de Ascensión, cuando fue arrebatada por unas corrientes nada corrientes.