viernes, 13 de noviembre de 2020

Anatomía de unos diarios

El transcurso del tiempo es algo subjetivo y no somos conscientes de ello. A veces el tedio hace eternos los minutos y en otras ocasiones el simple hecho de echar la vista atrás unos años nos da la sensación de vértigo: ¿Será posible que ya haga tanto tiempo de aquello que tengo tan fresco en la memoria? Entonces nos damos cuenta del fluir de los años y del camino andado. Como decía el poeta: cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando.

Entrando en las espesuras de la adolescencia se me ocurrió escribir un diario. Comenzaba a abrir mis ojos al inconmensurable abismo de la vida y pensé que en un futuro muy lejano, cuando las canas abonasen me cráneo senil, me gustaría recordar los momentos que formaron mi personalidad. Pensaba en aquel entonces, saliendo de la infancia, que la personalidad debía ser cimentada en la etapa en la que el niño deja de ser niño y no sabe en qué se convertirá. Más tarde fraguará en la madurez, quedando inamovible. Por tanto, esa etapa era crucial y yo pretendí dar fe de lo que a mí me estaba ocurriendo.

No voy a desvelar aquí el contenido de mis viejos cuadernos, eso queda para mí. Tan solo desvelaré que, cuando comencé a relatar mi día a día, no encontré nada interesante que contar; una jornada rutinaria no merecía pasar a la posteridad. Así que, después de la repetición de momentos insustanciales, lo que hice fue reflexionar sobre mi historia personal, desde que tenía recuerdos. Repasé los acaeceres que conformaron mi temperamento, tímido y cargado de complejos. Eso me sirvió, al menos, para intentar superarlos. Luego tuve el valor de dárselo a leer a un par de amigos. Puse en sus manos mi existencia desnuda, lo cual me liberó, en cierta manera. Después repetí el experimento en tiempos posteriores, escribiendo otros diarios que invariablemente comenzaban con un resumen vivencial, pero luego eran abandonados, sin continuarlos con el día a día. Al concluir mi segunda década se me agotó la vena escritora, guardándolo todo hasta esa lejana vejez.


Pues bien, sin darme cuenta, ya me encuentro a las puertas cumplir los sesenta, de ser sesenta añero —me niego a considerarme sexagenario por las connotaciones de ese palabro con el que no me identifico, aún—. Con una jubilación con la que tropezaré en menos de un mes, el día de hoy constituye ese futuro que imaginé remoto cuando era adolescente. Al reparar en ello, me he dado cuenta de que no es cierto que la niñez esté lejos de la vejez, tan solo hay que abrir un par de puertas et voilà, ahí la tienes.

A pesar del tiempo transcurrido, sé perfectamente lo que escribí y lo recuerdo porque para mí la distancia entre aquellos días y estos ha sido demasiado breve. Tanto como sospecho que será la que me separa de cerrar la última puerta.

Perdonad, hipotéticos lectores de este blog, si es que existís y no sois fruto de mi imaginación o deseos, el que aborde temas sombríos que solo a mí puedan interesar, pero tal vez al ser compañeros de viaje en este mundo material podáis veros un poco reflejados o, si no, sacar alguna enseñanza del desengaño ajeno.

De momento voy haciendo prácticas para dentro de unos días, como veréis en estas fotos. (El bastón es puro postureo).

Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.

Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre

viernes, 30 de octubre de 2020

Diario de un delirio

31 de octubre, sábado

Intuí que este era el día y que debía aprovecharlo. La angustia me oprimió, pero mi desesperación afirmó mis intenciones. Yo sabía que la clave de todo estaba en la caja. Un gran cajón de madera con las tablas medio podridas. Aunque debía alegrarme por ello, ya que esta circunstancia me facilitó la tarea de romperla. Difícil faena, por cierto, pues no tenía herramienta alguna, solo las manos. Aún así alcancé mi objetivo, guiado por la terquedad. Después tuve que cavar en la tierra. Otra vez con las manos. Mis dedos se desollaron con su roce granuloso y húmedo. El trabajo se hizo arduo, parecía que no lo iba a lograr. Tan solo el no tener otra empresa y la constancia embridada en mi obstinación me hicieron posible alcanzar el éxito. A media noche había conseguido abrir el hueco suficiente. Al asomar la cabeza, la suave luz de la luna abrasó mis delicados ojos, tanto tiempo atrapados en la oscuridad de la tumba.

jueves, 15 de octubre de 2020

Más cornadas da la vida

Un escritor tenía que escribir un cuento y ante la falta de ideas tan solo pensaba en su estructura. Debía tener un planteamiento, luego un nudo donde se desarrollase el conflicto y por fin un desenlace que fuese coherente con el planteamiento. Además debía utilizar economía de recursos literarios, es decir, pocas descripciones, escasos adjetivos y evitar conversaciones en estilo directo. Y también potenciar que ocurrieran cosas, a través de verbos y sustantivos.

No quiso profundizar en ningún tema vivencial ni en filosofías baratas, así que no le dio importancia al argumento. A pesar de que el cuento no era para niños, tampoco quiso meterse en tramas violentas o sexuales.

El planteamiento podría ser cualquier cosa, como por ejemplo un vendedor ambulante que había dejado de vender, ya que todo el mundo pedía los productos por Internet y nadie compraba lo que él llevaba con su camioneta de pueblo en pueblo.

Vale, se dio por satisfecho con esta primera idea. Como planteamiento, no estaba mal, además de ser un tema actual y de concienciación social. Ahora había que buscar el conflicto, la trama, el nudo. Podría ser algo así como que harto de las deudas y la bancarrota a la que estaba abocado, cansado de pasar hambre, frío y calor por el camino, enfurecido de que nadie acudiera a su reclamo, decidió acabar con todo y prenderle fuego.

Hizo una pira con todos sus productos en la plaza del pueblo que visitaba ese día… No es necesario precisar de qué pueblo se trataba, pues para la trama de este cuento es indiferente. Después de tener todo dispuesto, lo regó con gasolina, que le sacó a su camioneta, y le prendió fuego. Él mismo sería parte del espectáculo, iba a acabar sus días con un suicidio épico y se arrimó a la hoguera con intención de tirarse dentro.

Cojonudo, lo tengo, se dijo el cuentista. Ahora el final, el desenlace, que tiene que estar a la altura de lo planteado, porque si no, será un cuento malo.

Pensó, pensó y pensó y como no veía clara la mejor forma de concluir la historia, se dejó llevar por la primera idea que le surgió: El vendedor no pudo aguantar el calor de la lumbre por él prendida y no tuvo el valor de tirarse a las llamas, así que escaldado se apartó. Entonces vio que prácticamente todo el pueblo estaba alrededor de la hoguera y que le aplaudían a rabiar. No comprendía nada. O eran ellos los que no entendían el intento fallido de suicidio. Reparó entonces en que era la Noche de san Juan y que todos debían haber pensado que se trataba del inicio de la fiesta.

Aquí podía quedar concluido el cuento, por el simbolismo de que hay que quemar todo lo malo de nuestra vida pasada para iniciar una etapa nueva. Sería un buen punto y final.

Pero el cuentista no se sintió satisfecho. Supo que eso no fue lo que pasó en realidad, pues el viajante se quedó sin mercancía y seguiría con las deudas, además de no tener ya trabajo con el que intentar salir adelante. Lo que hizo dos días más tarde fue buscar en su teléfono móvil los contactos para remitir su C.V. a Amazon y AliExpress.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Alto secreto

(Estoy participando en un taller de micro relatos. Mañana debemos presentar un ejercicio, pero como yo me he auto impuesto publicar en mi blog los días 15 y último del mes, pues me he decidido a adelantarme y presentaros mi propuesta ya que estamos a 30 de septiembre y no tengo nada más preparado. Porfa, no se lo digáis al profe ni al resto de mis compañeros [por si acaso no os diré quiénes son]. El propósito es pulir el texto y corregir sus defectos. Yo lo presento aquí virgen, tal y como ha salido de mi mollera. Si luego me ponen a escurrir, pues trataré de que no os enteréis. Os cuento: las pautas son que tenga entre veinte y treinta líneas y que contenga tres palabras, sacadas por el profe al azar de un diccionario, además de darle importancia al título elegido. A mí me han tocado “puma”, “cajero” y una conjugación del verbo “aletargar”. A ver qué os parece el título)

El cazador vengativo

Me aposté con el rifle repetidor delante del cajero automático del banco, escondido en un portal cuya oscuridad me permitía pasar desapercibido. El cañón de mi arma apenas surgía de la penumbra que me cobijaba.

Primero llegó un puma. Ágil terminó las gestiones y abandonó el lugar. Poco después un perezoso pareció eternizarse en el mismo sitio. Logró que una fila de cuatro bestias más se formase a sus espaldas, guardando las distancias prudenciales. Una foca, un lagarto, un león y una cebra. Esto me hizo desesperar, pues mi pieza no estaba entre ellas, a pesar de que ya debería haber llegado. El tiempo transcurría lento, el peso del arma parecía aumentar y mi cuerpo se aletargaba en mi forzada postura.

Aún el perezoso seguía enredado en sus tareas cuando, por fin, llegó el cerdo, mi objetivo, que ocupó el quinto lugar en la fila. Pude acabar con él en ese momento y marcharme, pero decidí esperar, para disfrutar lo máximo de la caza. Un disparo preciso sería tan breve que me sabría a poco. Mi deleite aumentaría sabiendo que ese animal no tenía escapatoria y que yo saborearía la espera.

Acabó el perezoso y la foca ocupó su lugar, extendiendo el contenido de su bolso en la inclinada repisa del cajero. La lógica fatalidad produjo que su monedero, unas llaves y un teléfono cayeran al suelo. Los demás se desesperaban, pero yo disfrutaba de la demora. La foca casi pareció entretenerse más que el perezoso, aunque el tiempo siempre es algo subjetivo.

Después de la foca, el lagarto fue hábil y antes de darme cuenta ya estaba el león en el cajero. A la cebra se la veía temerosa de que su antecesor se diera la vuelta y la descubriera, por lo que disimulaba mirando su teléfono móvil. Por fin, la cebra, que tampoco tardó mucho, dejó paso al cerdo.

Le apunté a la cabeza y la bala le traspasó con precisión, haciendo añicos de paso el cristal del cajero.

Puto cerdo, nunca sabrás que yo conocía la clave del móvil de mi esposa, si no, no le hubieras enviado el mensaje citándola a cenar.

martes, 15 de septiembre de 2020

Marramiáu

A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando. La furia insana con que se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... [¡Po-pac! Facebook. 23 personas han reaccionado a un recuerdo. Pues cojonudo, aquí me falta peña, sin duda. Katy Lalinda ha añadido contenido a su historia… Pasando. Hoy es el cumpleaños de Sara Díez y 2 personas más. No tengo tiempo. Además no conozco a ninguno de ellos. Retomemos]. Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y calladito el camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno le cogía del brazo, otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse y... pies, para qué os quiero. Entonces dos o tres de los más desvergonzados le tiraron piedras, gritando Miau; y toda la partida repitió con infernal zipizape: Miau, Miau. [¡Po-pac! Vaaaaya, Twitter. Maya Reis Gabeira la mujer que ha surfeado una ola de 22,4 metros de altura batiendo el record mundial. Alucino con el vídeo. ¡Like! Pablo Echenique, pasando. Voy a dejar de seguirle. El flipao del Maco y sus bobadas, pues no voy a likear su cara guapa, que no lo es].

El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. [¡Po-pac! Tik Toc. No tengo tiempo ahora para bobadas]. Siempre fue el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía o disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir a su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente a la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra a la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. [¡Po-pac! El Facebook ahora de los cojones. Jejé, esta Leire está tronada, pero muy buena eso sí. Toma like con todo mi love. Y qué amigas tiene… ¿Por dónde iba?] Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de Montserrat, le destinaba a seguir la carrera de Derecho, porque se le había metido en la cabeza que el mocoso aquel llegaría a ser personaje, quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló así a su compañero:

[¡Po-pac! Ahora el Instagram, que no me falte de na’. A ver, a ver a ver, el Jhonny y sus pasadas con el monopatín. Otra cover de la Jenny. Aprende a tocar la guitarra primero y luego a entonar, ¡que lo flipas!. Pero ahí va mi like, que también estás buenorra, a ver si pillo. Para, para, que no desengancho. ¿Dónde puse el puto libro?]. «Mia tú, Caarso, si a mí me dieran esas chanzas, de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo que no se deben poner motes a las presonas. ¿Sabes tú quién tie la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos. Ayer fue contando que su mamá había dicho que a tu abuela y a tus tías las llaman las Miaus, porque tienen la fisonomía de las caras, es a saber, como las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: 'Ahí están ya las Miaus'». Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de su familia. [Cojones, ¿de qué iba la cosa?… ¿Quién es Luisito Cadalso? A tomar por culo el libro… (Tik Tok. Jejé, ¡cómo bailan estas coreanas! Yo es que me parto)].

Me gustaría que este relato fuera una rallada de mi coco, pero… En todo caso sirva como homenaje a don Benito Pérez Galdós, del que celebramos este año el centenario de su muerte los que apagamos el teléfono móvil para leer. De su novela “Miau” he tomado los coitus interruptus anteriores.

viernes, 28 de agosto de 2020

La Santa Infamia

5 de junio de 1490, Astorga. Un judío converso llamado Benito García de las Mesuras come en una taberna y unos borrachos la toman con él, para divertirse. Después de incordiarle un rato le quitan el fardel y descubren que tiene un pan ázimo que confunden con una oblea. Le denuncian a la Inquisición que le detiene y le tortura. El reo acaba diciendo cualquier cosa con tal de que le dejen de atormentar e implica en un supuesto delito a conocidos suyos de su lugar de procedencia, La Guardia y Tembleque, en Toledo. Se entera de todo Tomás de Torquemada, Inquisidor General del Reino, y hace llevar a todos, en total 12 entre conversos, cristianos y judíos, a su monasterio de la Santa Cruz en Segovia y posteriormente al de Santo Tomás en Ávila. Allí son torturados hasta hacerles confesar lo que querían oír los inquisidores: que habían robado una forma consagrada y que habían torturado y matado a un niño para hacer un conjuro con su sangre y la oblea. Nunca se supo quién era ese niño, ni de dónde procedía, ya que los distintos torturados ofrecieron versiones dispares. Cuando por fin dieron una ubicación para su enterramiento, al no hallarse ni un solo hueso, dedujeron con mucha desvergüenza que al tercer día había resucitado y estaba en el cielo en cuerpo y alma. Hubo irregularidades de todo tipo, como que la Inquisición no podía juzgar a judíos o que el proceso debía haberse llevado sí o sí en la jurisdicción de Astorga y no donde estuviera por su libre albedrío el nefasto Torquemada. Pero es igual, el 16 de noviembre de 1491 se asesinó en el Braseo de la Dehesa, en Ávila, a nueve reos y otros 3 más en efigie al estar ya fallecidos. 6 judíos, 2 conversos y 4 cristianos. Seis de ellos quemados vivos y tres, que cedieron al miedo al sufrimiento y mostraron arrepentimiento, fueron quemados muertos tras ser ahogados. Poco después Torquemada lograría el proyecto de su vida, que los Reyes Católicos firmasen la orden de expulsión de los judíos de sus territorios. Hoy en día aún existe un santuario dedicado a ese niño imaginario, creado por la mente calenturienta de un fanático y sus acólitos. Ese niño estuvo a punto de ser patrón de España.

Estos son los hechos, es Historia. No hay vuelta de hoja. Sin embargo aún circula por ahí la versión inventada que quiere hacerse real a golpe de fanatismo. No existen documentos válidos para los defensores de este santo de pacotilla, más que la tradición creada a raíz de una mentira. A pesar de conservarse el acta del juicio correspondiente a uno de los judíos, a pesar de que nunca se supo quién era el niño torturado y asesinado, a pesar de que no hubo más pruebas que las declaraciones sacadas con tormentos, a pesar de las numerosas irregularidades en el proceso, la mentira campa a sus anchas. Y como es cuestión de fe, no puedes discutirla.

Es hora ya de reivindicar y rendir homenaje a los auténticos mártires, que existieron de verdad y fueron torturados hasta la muerte: Benito García de las Mesuras, Juan de Ocaña, Juan Franco, Alonso Franco, García Franco, Lope Franco, Juçé Franco, Mosé Franco, Yuçá Tazarte, David Perejón, Don Ça Franco y Mosé Abenamías.

El periodista José Ramón Rebollada, intrigado por las noticias que tuvo de este caso cuando vivía en Ávila, estudió el suceso a fondo, recopilando numerosa documentación y datos que están ahí, para quien tenga interés por conocer la verdad. Con todo el material histórico ha realizado una brillante novela que tiene como eje fundamental el proceso del Santo Niño de La Guardia y su epílogo con la expulsión de los judíos de los territorios de los Reyes Católicos. Trata también la figura retorcida e intransigente de Tomás de Torquemada, con varias pinceladas que le retratan con verismo.

Y  todo ello entremezclado con otras crónicas que enriquecen y dan colorido a la narración, contextualizando los hechos. De la historia general de España nos cuenta la Guerra de Granada y su conquista. Nos habla de la expedición de Cristóbal Colón, una figura enigmática, que estuvo muy preocupado por ocultar su procedencia. ¿Se avergonzaba de ella? ¿O es que era descendiente de judíos? También retrata un personaje ciertamente positivo en la Historia y que ha sido relegado a segunda fila, el obispo de Ávila por esa época, fray Hernando de Talavera, confesor de la reina que dirigió las negociaciones con Colón y organizó la integración del Reino de Granada en Castilla, respetando sus costumbres. Llegó incluso a aprender árabe para comunicarse con los nuevos súbditos de la corona. Era tan ingenuo que no quiso convertir a nadie a la fuerza, sino con el convencimiento, pero no le dejaron.

De la historia local el autor nos da varios retazos, como un episodio trágico de dos abulenses mudéjares, Abdalá el Rico y Alí Moharrache o la de los judíos adolescentes Samuel y Zulema. Así como también las últimas fases de la construcción del Monasterio de Santo Tomás, con los trabajos destacados del gran artista Pedro de Berruguete. Concluyendo con la partida de los judíos al exilio.

El protagonista que sirve de hilo conductor es un personaje de ficción, un monje erudito del monasterio de San Esteban de Salamanca, caído en desgracia y que vive en Ávila, llamado Lifardo Díaz. Junto a él otros secundarios interesantes, como el ayudante de bibliotecario, hermano Agustín, o la boticaria y hetaira Aldara.

La composición de la novela es ecléctica, el autor aborda el proyecto como un documental, con fragmentos intercalados de texto de muy diferentes estructuras estilísticas. Así hay episodios de novela canónica, junto a diálogos sin acotaciones que recuerdan la composición de La Celestina y otros capítulos en los que se refiere fielmente el suceso según las fuentes, como es todo el proceso inquisitorial. Hay diálogos filosóficos y hay resúmenes históricos. E ilustraciones, planos y fotografías que aclaran todos los hechos y su contexto.

El conjunto es una fascinante novela que, según el tópico, no dejará a nadie indiferente. La edición es muy cuidada, cosa de agradecer, y el papel de buen gramaje. Uno de esos libros de los que estarás orgulloso de tener en tu biblioteca.

Enlace al libro

sábado, 15 de agosto de 2020

La musiquilla


Los cánticos infantiles están bien. Tienen letras pegadizas y músicas sencillas que los hacen agradables y, sobre todo, fáciles de recordar. Pero todo esto también tiene su parte negativa y es que esas musiquillas se pueden volver machaconas y ya no te las puedes sacar de la cabeza.

Hay una sobre las demás que últimamente no puedo soportar, me gustaría deciros cuál es, pero temo que si pienso en ella, ya no habrá quién me la quite de la cabeza, así que me vais a perdonar que ahora mismo intente distraer mi mente con otra cosa para…

¡NO! ¡NOOOOOO!

¡Maldita sea! Una ráfaga de esa terrible música se me metió dentro y comenzó a iluminar mis neuronas, ¿no la escucháis? Pues yo sí. Ya la tengo en el interior de mi cabeza y supongo que seguiré con ella hasta la hora de irme a dormir. Es más, soñaré con ella.

Es igual, ya no puedo evitarlo, así que os contaré de qué se trata, ya que saqué el tema.

La primera que vez que la escuché me agradó. Incluso pensé que era para halagarme, para que disfrutara con lo que me decían. Luego, pensando más a fondo en la letra, me di cuenta de que era un insulto, porque se da la circunstancia de que mi pareja me dejó por otro: me estaban llamando cornudo. Pero tras sentirme halagado e insultado, se ha convertido en una agresión verbal. No puedo salir de casa, de mi casa, sin tenerlos a la puerta. No puedo asomarme afuera sin que sienta que me están haciendo un escrache.

¿Los escucháis?: “Caracol, col, col, saca los cuernos al sol…”

Ilustración de Julio Veredas Batlle