domingo, 14 de octubre de 2018

Los primeros historietistas de profesión


De la primera hornada de narradores gráficos norteamericanos destaca Winsor McCay (1867-1934), que cuenta con una de las obras míticas del género, Little Nemo in Slumberland, donde el niño protagonista cada noche es transportado al país de Slumberland, viviendo las más surrealistas aventuras oníricas, que concluyen con el muchacho despertando en la última viñeta. Posee un dibujo de línea clara muy trabajado, un espléndido colorido y una imaginación desbordante, recreándose en edificios modernistas y encuadres que se anticipan a las realizaciones cinematográficas que, esta vez sí, lo convierten en una verdadera obra de autor, que tuvo la suerte de ser realizada porque era del gusto del público. Esta serie supone un hito en la consideración de la Narrativa Gráfica como Arte, ya que en 1966 sus planchas originales fueron presentadas en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

También destaca George McManus (1884-1954) que, con su serie Bringing Up Father, ridiculizó el afán insaciable de riqueza de la sociedad norteamericana. Relata las aventuras de un nuevo rico utilizando un fino análisis sociológico. Igualmente, la realización fue preciosista y los decorados y vestuarios eran fiel reflejo del Art Decó y el estilo Moderno. Es de remarcar la relación de los mejores autores con las tendencias artísticas de su época, aunque desgraciadamente es algo que no cuajó, pues el motor que movió estas realizaciones era meramente comercial, ya que se pretendía llegar a las masas antes que a las élites cultas.

George Herriman (1880-1944) alcanzó fama con una tira marginal, sin título, que iba al pie de su serie The Family Upstairs o The Dingbat Family, como se denominaría después. La tira, que llegaría a ser independiente, se denominó Krazy Kat, teniendo luego su plancha dominical. Sin abandonar un dibujo minimalista y un ambiente surrealista, mezcla la lógica más coherente con una sinrazón fantasiosa, en un paisaje que cambia de viñeta a viñeta sin motivo alguno. El trío protagonista son un ratón agresivo, una gata, o gato que nunca queda claro, perpetuamente enamorada/o de su pillo maltratador y un policía de carácter simple y paternalista que intenta proteger al minino, del que también está enamorado en secreto. Esta trama enrevesada y surrealista logró subsistir gracias al empeño del editor Hearst, que estaba encantado con ella.

En un principio los periódicos mantenían su propia plantilla de dibujantes, lo cual limitaba el fenómeno a las grandes ciudades. Los más importantes vendían los derechos de reproducción a los periódicos más pequeños que no competían con ellos. Para la distribución eficiente habían nacido los Syndicates que se encargaron de suministrar chistes y producciones gráficas desde mediados del siglo XIX a los periódicos rurales. A pesar del nombre de sindicatos se trataba de agrupaciones dirigidas por empresarios que contrataban a los dibujantes como trabajadores asalariados. Por este camino llegaron, primero los gag-panel y luego los comics, a distribuirse por todo el país, popularizando el género y consiguiendo el fortalecimiento de estas “agrupaciones sindicales”, que terminaron por ser los únicos agentes de distribución de las series de cómic para la prensa. Los más importantes fueron el King Features Syndicate y el United Feature Syndicate, que proceden de fusiones de anteriores Syndicates y eran controlados por los magnates de la prensa como Randolph Hearst.

Pero entre los creadores que asentaron el lenguaje hubo más paja que grano. La unión de magníficos dibujantes, muchas veces excelentes narradores gráficos, con guionistas, las más de las veces de escasa capacidad intelectual, junto a las limitaciones del género (intentar no ofender a los lectores, pretensión de vender periódicos...) dieron como resultado series de entretenimiento sin pretensiones y con muy pocos logros artísticos.

En las décadas de los años diez y veinte los cómics generalizaron la continuidad narrativa, es decir el “continuará” de día a día y semana a semana. Las series se diversificaron creando géneros de testimonio cotidiano, que cristalizaron en los años veinte, dominando el punto de vista humorístico y la caricatura. Los temas eran la familia, los niños traviesos, animales humanizados, series “de chica” o de individuos marginados. Hay que citar, al menos, las más famosas: The Katzenjammer Kids, de H.H. Knerr; Blondie, de Chic Young; Thimble Theatre, de E.C. Segar, del cual nacería el famoso Popeye; Flahs Gordon, de Alex Raymod; Polly and Her Pals, de Cliff Sterret; Little Orphan Annie, de Harold Gray,  Li'l Abner de Al Capp...

La depresión económica de los años treinta, que generó legiones de parados, sumada al gansterismo proveniente de la Ley Seca, multiplicó el crimen organizado. La violencia, la inseguridad y el asesinato prosperaron tanto que surgieron héroes implacables, cuyo precursor fue Dick Tracy, de Chester Gould. Las historias de continuidad fueron reinas en los años treinta y produjeron el desarrollo de las series de aventuras, siendo pionero Roy Crane (1901-1977) con el Captain Easy. Luego llegó la avalancha de héroes, siendo los más conocidos Prince Valiant y Tarzan, de Hal Foster o Bucks Rogers, de Dick Calkins. También proliferaron detectives, aviadores, ciencia ficción, far west y superhéroes. Éstos últimos en un principio sin poderes extraordinarios (The Phanton o Mandrake) y a partir de Superman, con la proliferación de toda clase de extrapoderes pseudocientíficos. La continuidad pervivió hasta que en la década de los años cincuenta crecieron las tiras de gag diario. Durante la II Guerra Mundial las series se hicieron más realistas e implicaron a los personajes en la contienda, la más famosa fue Terry and The Pirates, de Milton Caniff. Después de la contienda  las series de humor dejaron de ser divertidas y las de aventuras perdieron su espíritu tras una catástrofe que dejó más de treinta millones de muertos e infinitos sufrimientos. Entonces florecieron series que pretendían reflejar situaciones realistas: Brenda Starr, Rex Morgan, Mary Worth, Juliet Jones, On Stage, Rip Kirby, Casey Roggles, Cisco Kid...


Con el paso de los años, a partir de la década de 1950, las strip y las sunday sufrieron un cambio de estilo; se hicieron más pequeñas, con dibujos más sencillos, sin complicadas tramas, aligerando a su vez los diálogos, con dibujantes como Mort Walker, Charles Schulz o Walt Kelly.

domingo, 30 de septiembre de 2018

¿Quién inventó los tebeos?


He señalado varias veces en esta serie de artículos sobre la narrativa gráfica que este lenguaje no lo inventaron los americanos a finales del siglo XIX, y sigo manteniéndolo —a las pruebas me remito—, pero concedámosles algún mérito, que lo tienen. La misma América que fue descubierta por Cristóbal Colón, ya la habían descubierto los vikingos, los chinos, los cruzados y sus propios habitantes indígenas; sólo que, a partir de Colón, se hizo consciente el resto del mundo de que América existía. De la misma forma fueron los Estados Unidos quienes concienciaron al mundo entero de la existencia del método de narrar con imágenes, cuando se dieron cuenta de que podía hacerse, a pesar de que otros lo supieran antes.

Veamos cómo ocurrió.

En el siglo XIX EE.UU. se estaba formando como nación. Con apenas un siglo de existencia en esa época, no tenía historia donde leer su pasado y sentía recelo de las fuentes culturales de la decrépita Europa de la que se había emancipado. Pero era una joven nación con mucha riqueza natural y una pujante burguesía liberal que, en pocos años, pondría a su país a la cabeza de las naciones industriales. En este ambiente, el negocio de los periódicos y revistas alcanzó una vitalidad que llevó al surgimiento de grandes emporios como los de Joseph Pulitzer y Wiliam Randolpf Hearst, que fueron grandes competidores.

El naciente país recibió grandes cantidades de población inmigrante, atraídas por su brioso desarrollo, que huían de las penalidades sociales del viejo continente. Muchos de ellos eran latinos o eslavos, que manejaban precariamente el idioma de acogida y, además, en gran parte eran analfabetos. Los diarios, tratando de incrementar el número de lectores, distribuían los domingos suplementos, en los cuales tomó mucha importancia la ilustración y el color, generalizándose los gag-panel, o ilustraciones humorísticas que abarcaban bastante espacio. Se dio así la oportunidad a muchos dibujantes de labrarse carreras profesionales y la competencia entre ellos fomentó la innovación. Los editores se disputaban a los mejores, convencidos de que sus realizaciones incrementaban las ventas.

Richard Outcault (1863-1928) comenzó a publicar en el New York World, del grupo Pulitzer, en 1895 una gran viñeta humorística (gag-panel) con un batiburrillo de personajes callejeros juveniles, usando texto colocado en cualquier parte vacía del dibujo: cajas, paredes... y el camisón de un niño oriental, el cual sería luego conocido como Yelow Kid, o Muchacho Amarillo, por ser éste el color del camisón. Las frases, a modo de las camisetas actuales, en principio eran ocurrencias graciosas, pero fueron a convertirse en diálogos expresados por el chinito. Hasta aquí nada de innovación, pues la unión de texto y dibujo llevaba siglos discurriendo por el Mundo. Tampoco hay narración gráfica, pues son secuencias únicas. La serie, que se titulaba Down Hogan's Alley, iba asumiendo rasgos secundarios del lenguaje narrativo, pero no era una narración gráfica.


Hearst consiguió llevarse al dibujante estrella al New York Journal, convirtiendo al personaje amarillo en protagonista, el cual dio título a la serie: The Yelow Kid. Y sucedió que el 25 de octubre de 1896 a Outcault se le ocurrió hacer una pantomima con dos imágenes consecutivas coherentes y de intención narrativa. En la primera había un gramófono que está soltando unas frases, y para ello el dibujante las metió en un “globo” cuyo rabo salía del aparato, como si éste hablara. También había otro texto con la frase habitual del camisón del muchacho. En la siguiente escena un loro sale del gramófono con un globo de diálogo cuyo “rabo” sale de la boca del animal, para hacer ver que es el loro el que habla y no la máquina.    

En esta Narración Gráfica, que lo es realmente, se han puesto de acuerdo los estudiosos del género para fechar el nacimiento de un nuevo lenguaje. Pero ni la secuencia de imágenes consecutivas que narran algo son nuevas (al menos podemos remontarnos hasta el Arte Egipcio y Mesopotámico), ni los globos de diálogo tampoco (recordemos las filacterias del arte europeo). Y si se argumenta que lo original es la unión de narración gráfica y bocadillo, responderé que tampoco es un invento nuevo y además lo segundo es prescindible. El texto tan solo enriquece la figuración narrativa, no es esencial. El Cine no nació con el cine sonoro, sino con el mudo. Por otra parte Outcault, al igual que, por ejemplo, Goya con su Bandido Maragato, no se dio cuenta de lo que hacía y no le dio ninguna importancia, no fue consciente de haber inventado nada. Pero hizo lo que quería hacer, es decir, narrar con dibujos una historia. Y tuvo la ocurrencia de utilizar también bocadillos de diálogo.

El caso es que, a partir de aquí, se generalizó el sistema en el resto de los dibujantes, hasta acabar por constituir una manera común de realizar las gracietas que publicaban los periódicos. Los dibujantes de los suplementos dominicales, denominados sundays, generalmente realizaban pantominas mudas, a veces con niños como protagonistas, a las que fueron habituando paulatinamente los recursos que las enriquecían, especialmente los diálogos colocados en globos (ballons) sobre los personajes, que sustituyeron por su mayor expresividad y agilidad a los subtítulos impresos al pie de las ilustraciones.

La competencia comercial entre los diarios propició el nacimiento de las daily strip, o tiras diarias. En lugar de ocupar extensiones irregulares en las páginas dominicales, se homogeneizaron en el formato de tiras, con número variable de viñetas. Apilar a varios autores en una misma página, con formatos similares le permitía al periódico sustituir sin problema las series que no llegaran a ser populares. El sistema generaría la permanencia de autores fijos que, a su vez, fidelizaban a los lectores en torno a sus creaciones, estimulándoles a comprar el periódico. Las tiras se ubicaron en una sección específica del diario compuesta de una o dos páginas en blanco y negro, teniendo continuidad en las planchas dominicales y a color; pero dailys y sundays tendieron a hacerse independientes, narrando por separado historias diferentes de los mismos personajes. Las secciones de cómic eran popularmente denominadas funny papers, o “páginas divertidas”.

Las series no se conciben como narraciones con sentido global que se cierran a sí mismas con una conclusión, sino como anécdotas alternativas, que escasamente varían las circunstancias de los personajes para que el lector no habitual no se pierda. Así no hay problema de que una serie pase de un autor a otro, ya que éstos eran meros asalariados del empresario propietario. Incluso el autor que, agobiado por unos plazos esclavistas de entrega de trabajo, no daba abasto, con el tiempo recurrió a unas colaboraciones externas que generaron una de las características de este género: contratar ayudantes que pasaran a tinta los bocetos, rotularan los textos, dibujaran en exclusiva fondos, o personajes, e incluso escribieran los guiones; aunque luego todo fuera firmado únicamente por el titular. La profesión acabó convirtiéndose en una factoría de trabajadores que poco se diferenciaría de la Ford, por ejemplo.

Outcault posteriormente triunfaría con las aventuras de un travieso niño rubio llamado Buster Brown, obteniendo un éxito tal que le permitió dejar de trabajar en 1920, gracias al dinero conseguido con él. Esto prueba que lo suyo no era “amor al arte”, sino trabajo artesano para ganarse la vida. La serie fue continuada por otros dibujantes, haciendo notorio algo que durará muchos años: las obras pertenecen al editor, que paga el trabajo a un artesano y le mantiene en plantilla mientras éste tenga éxito y aguante el ritmo de trabajo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Crítica a la Historia de los Tebeos I


La narrativa gráfica es una forma de expresión que constituye un lenguaje, el cual es capaz de ser vehículo de expresiones artísticas. Este lenguaje consiste en una sucesión de imágenes estáticas que tienen relación entre sí, narrando una historia con escenas que se complementan, generalmente suponiendo cada escena un avance cronológico de la anterior. Para enriquecer la narración se le pueden añadir textos y onomatopeyas. Además de que se pueden editar en forma de libro.

En entradas anteriores etiquetadas como “Narrativa Gráfica” ya he demostrado que este lenguaje se ha utilizado en todas las épocas y culturas. Sí, desde la Historia Antigua, al menos. Pero a finales del siglo XIX, creyeron haberlo inventado de nuevo, más por ignorancia que por otra cosa. Y a las pruebas presentadas me remito.

Me propongo, a partir de la siguiente entrada, realizar una historia de las narraciones gráficas, que coincide con lo establecido como ortodoxo. Esto es, desde que los primeros teóricos consideraron erróneamente que el lenguaje nació en la prensa norteamericana de finales del siglo XIX, para atraer compradores inmigrantes que no dominaban el idioma.

Vamos ahora a contemplar cómo ha evolucionado un lenguaje que es un perfecto contenedor de diversos materiales, tanto artísticos como de entretenimiento, pero todos ellos beneficiosos para el desarrollo de la inteligencia y que posibilitan el poder disfrutar del placer de la lectura. En el siglo pasado, el XX, hubo tantísimas narraciones gráficas publicadas en el Mundo que resulta inabarcable la realización de un compendio de todas ellas. No queda más remedio que hacer un resumen con las más significativas. Pero, debido a la falta de perspectiva histórica, no conseguiré saber si estoy siendo objetivo. Por tanto, tan solo puedo destacar lo que personalmente me gusta, en el pequeño círculo de lo que conozco, tomando como referencia las antologías ya publicadas.

Me han sido de gran utilidad la Historia de los Cómics, de Toutain, dirigida por Javier Coma (Toutain Editor, Barcelona, 1983) y Del tebeo al manga, una historia de los cómics, coordinada por Antoni Guiral (Panini Comics, Barcelona, 2007-2014). Sirvan estos apuntes como bibliografía básica, aunque el número libros consultados, y disfrutados, es mucho mayor.

En este repaso, lo que pretendo es criticar de forma constructiva la denominada Historia de los Cómics del siglo XX para poner de relieve ciertos temas que nos aclaren por qué la Narrativa Gráfica no ha conseguido el respeto que logró el Cine en un mismo periodo temporal.

Veremos cómo el lenguaje se consolida en los primeros años del siglo XX en los EE.UU., cómo el resto del mundo importa esta codificación, y cómo, a partir de entonces, son pocas las aportaciones realizadas; destacando entre ellas el paso a la edad adulta del medio en los años 60, la dignificación en forma de álbum aportada por la BD francobelga, o las innovaciones narrativas del manga japonés. Como los procesos son similares en todos los lugares nos fijaremos en algunos de ellos a modo de ejemplo, obviando otros que ni siquiera mencionaremos para no sobrecargar un relato que ya de por sí es extenso. 

En fin, nuestro trabajo será criticar de forma comprensiva a algunos autores que se han expresado en el lenguaje narrativo gráfico, situados en un contexto determinado, para extraer conclusiones. Y para ello nos serviremos de los países más significativos, EE.UU., Francia y Japón principalmente, con alguna otra incursión que sirva de contrapunto a esos tres ejes geográficos.

Sirva esta entrada como introducción e invito a todo aquel que tenga curiosidad por el tema a repasar las anteriores que se presentan bajo la etiqueta de Narrativa Gráfica.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Yo solo soy el jardinero


¿Es usted el señor Equis, don Mengano?

Voy a darme el gusto de un desahogo, aprovechando que estamos en verano y que este es mi blog y nadie está obligado a leerlo. Aún así, espero contar con el beneplácito de algún despistado que caiga por aquí y quiera solidarizarse.

Cuando me suena el teléfono, ya sea el móvil o el fijo, y preguntan por mí, anteponiendo las fórmulas de cortesía ya en desuso de señor o don, me entra un cabreo que tiraría el aparato al suelo y lo destruiría a pisotones.

Estoy hasta la coronilla de la publicidad agresiva, que se toma  la libertad de invadir mi privacidad utilizando un medio de comunicación tan personal como el teléfono. Todo le vale al capitalismo belicoso, la cuestión es captar clientes al precio que sea, y no tienen escrúpulos en utilizar medias verdades o mentiras completas. Lo que ellos te ofrecen siempre es mejor que lo de la competencia, más barato, de más calidad y es impensable que no lo contrates, a no ser que te falte un tornillo.

Yo estoy convencido de que esas supuestas ventajas no lo son, en ningún caso. Lo que ahorras por un lado lo gastas por otro y no merece la pena cambiar la compañía de teléfonos, la de seguros, etc., para caer en algo similar. ¡Qué leches! Que cuando yo quiera cambiar algo con lo que no estoy satisfecho, ya me informaré.

En una de estas llamadas me dijo la agresora fónica: “¿Pero es que usted no quiere pagar menos?”. A lo que le respondí: “Pues no, porque lo que yo quiero siempre es pagar más, así que lo que me ofrece no me interesa”.

He pasado por toda las fases. Desde aguantar con paciencia todas las explicaciones, por no ser descortés, hasta colgar sin escuchar nada o no contestar. Así he aprendido que cuanto más les deje hablar es peor, porque si no contratas lo que ellos quieren, además se enfadan. En otra ocasión, después de aceptar una tarjeta de crédito que no necesitaba para nada, pero que era gratis y que “¿qué me cuesta?”, la interfecta me pidió datos personales como el DNI y la cuenta. Cuando le dije que eso no se lo daba por teléfono de ninguna manera, y después de insistirme un rato, me colgó con un cabreo por su parte monumental. ¡Anda a cascarla, carajo!

Me da pena, en ocasiones, pensar que al otro lado del teléfono hay una persona explotada, con un sueldo de miseria, que solo cobrará si hace algún cliente. Pero la culpa no es mía, sino de esas compañías déspotas y de este sistema esclavista, que abusa de las necesidades de la gente. Primero las empobrece y luego las subemplea.

Lo normal es que encima llamen en el momento menos oportuno, durante el trabajo, en la siesta, o cuando estás haciendo algo tan interesante para ti como es escribir, aunque sea algo como esto que ahora estás leyendo. —No, no me acaba de pasar. Pero sí hace un rato, en la siesta, la cual me han roto, y a eso se debe esta diatriba.

Lo que suelo hacer es escuchar sus amables palabras, pervertidas de sentimientos falsos, y espetar que “lo siento, no quiero publicidad” y colgar sin dar ocasión a respuesta.

A todo esto, ¿dónde está la ley de protección de datos? Seguro que hay una forma racional de enfrentarse a estas agresiones, pero no sé si merece la pena el tiempo y el trabajo que requieren. Lo más fácil es actuar como hago a menudo, cuando me huelo el percal, simplemente cuelgo y a otra cosa, mariposa.

Otra forma es tomarlo a diversión y contestar de forma creativa. Algo parecido a lo que escuché a un compañero en una de estas intromisiones. Le dijo al que le llamaba al móvil: “Lo siento, yo solo soy el jardinero, el señor está de viaje y no regresará en un mes”.

martes, 14 de agosto de 2018

El parque


No solamente jugamos en los recreos del cole, es más ni siquiera en ellos pasamos el mayor tiempo de ocio. Es en el parque donde perdemos la sensación temporal hasta que nos llaman nuestras madres para comer, para merendar, para cenar, para hacer los deberes, para bañarnos o porque ha llegado nuestra tía y quiere restregarnos los morros por la cara.

Antes, el parque no era más que un descampado. Aparte de unos árboles tan solo había hierba raída, pedregales y mucha tierra suelta. Pero en mi barrio, que está en el norte de la ciudad, nos pusimos de acuerdo toda la chavalería y lo adecentamos. Tanto nos entretuvimos, que lo tomamos por un juego, empleando varios días.

Limpiamos de piedras la tierra, delimitamos la zona de hierba. Restauramos las papeleras rotas y en ellas pusimos toda la basura que encontramos. E incluso reparamos la valla, que en la zona inferior era de piedras y por encima tenía una alambrada deshecha.

Pero nos quedamos sin materiales con los que componer la valla e hicimos una exploración y, en el sur de la ciudad, encontramos otro parque similar al nuestro en un principio, cuando todo estaba manga por hombro. Allí había niños que jugaban, sin importarles que nada estuviera limpio y arreglado.

Nos hicimos con unas carretas para llevamos unas piedras, pero pesaban tanto que obligamos a algunos de los niños del parque del sur a ayudarnos a cargarlas. Luego les hicimos empujar las carretas. No querían, claro, pero nosotros éramos más brutos y teníamos palos. Después de zurrar a algunos de ellos, nos los llevamos, asustados y llorando. Les obligamos a ellos a hacer el trabajo pesado y a colocar las piedras en la valla. También tuvieron que limpiar el césped, adecentar las zonas de tierra, podar los árboles…

Tuvimos que ir a por más niños, ya que no veíamos la forma de acabar. Organizamos otras expediciones y los trajimos a la fuerza. Con su ayuda terminamos todos los trabajos. El nuestro tan solo era controlarlos.

Por fin conseguimos un parque impecable. Con sus canchas de fútbol y baloncesto. Los setos recortados que cerraban el césped, donde podíamos tumbarnos a descansar. Las fuentes con agua, la zona donde se podía jugar a la comba o a las canicas, e incluso los toboganes y columpios restaurados.

Pero algunos de los niños a los que forzamos a ayudarnos, cuando volvieron a su parque, quisieron hacer lo mismo y ya no podían. Les faltaban piedras para completar su valla, y no tenían alambres para cerrarlo. Los columpios estaban desbaratados, porque nos habíamos llevado las piezas para recomponer los nuestros. Ni siquiera tenían agua para regar su césped.

Parte de ellos se fueron entonces del parque del sur al del norte. Al principio ni nos dimos cuenta, pero luego comenzamos a ser conscientes de los intrusos y cerramos las puertas, dejando para vigilarlas a los más brutos del barrio y para que impidieran que siguieran viniendo invasores.

Pero continuaban llegando, cada vez en mayor número, e intentaban saltar la valla, a la que habíamos puesto pinchos, para dificultarles la tarea. Si alguno se colaba y era detectado, después de una paliza era devuelto en caliente. Pero el efecto llamada de los que habían logrado entrar a jugar en nuestro parque fue creciendo y no había manera de pararlo.

Entre nosotros se crearon grupos más extremistas que quería devolver a todos los intrusos a su mísero parque. No había derecho, decían, a la invasión. Pero otros pensábamos que era injusto que unos lo tuviéramos todo y otros nada, sobre todo cuando gran parte lo habíamos robado. La solución no radicaba en impedir el paso, ya que era imposible, sino en ayudar a los niños del parque del sur a tener un área de juegos tan bonita como la nuestra.

—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. Has vuelto a irte por las ramas y a no hacer la redacción como yo había pedido. El tema de hoy era la invasión migratoria.

domingo, 29 de julio de 2018

Los brutos


En el colegio hubo tiempos mejores. Los niños y las niñas jugaban en el patio de recreo a lo que les apetecía. En una esquina se organizaban partidos de fútbol y alrededor de una canasta había torneos de baloncesto. Algunos corrían sin sentido y otros saltaban a la goma o a la cuerda, sin importar que se mezclaran niños y niñas. También los había que simplemente paseaban y hablaban.

Pero llegaron los brutos. No eran muchos pero tenían muy mal carácter. Comenzaron por poner zancadillas a las niñas y por interrumpir las competiciones de baloncesto. Un día decidieron que solo se podría jugar al fútbol y aquellos que no estuvieran entre los elegidos para formar los equipos, deberían hacer de espectadores para vitorear y animar en los partidos. La mayor resistencia la opusieron los que jugaban al baloncesto.

Los maestros les dejaron hacer a los brutos, e incluso los apoyaron, ya que a ellos les gustaba más el fútbol. La situación se tensó tanto que, durante un torneo de baloncesto, se presentaron por sorpresa los brutos y hubo una pelea multitudinaria. La batalla campal se alargó. En principio los bandos estaban equilibrados, pero el resto de niños y niñas se vieron obligados a decantarse por unos u otros.

Los brutos se emplearon a fondo. Organizaron muy bien la estrategia de lucha, ya que estaban acostumbrados a acosar a los demás y terminaron por imponerse. Ganaron los brutos e impusieron su ley. Hubo muchos de ambos bandos que acabaron con hematomas e incluso heridas abiertas, sobre todo de los perdedores.

A partir de aquel momento ya no se podía jugar a otra cosa que no fuera fútbol. Cualquier porción del patio era un campo de fútbol y en todo momento que hubiera un partido el resto de los niños y niñas debían estar como espectadores. Cuando salía alguno que se resistía a participar, lo acosaban un par de brutos y de una paliza lo obligaban a ser espectador.

Aquello se convirtió en algo normal. Se aceptó la situación y, a la hora de salir al patio, durante mucho tiempo el fútbol fue la única actividad permitida.

Uno de los niños, que antes jugaba al baloncesto, se enfrentó valientemente a un grupo de brutos y les dijo que él era más pequeño que ellos y que, en cuanto se marcharan del colegio, todo volvería a ser igual. Cada uno jugaría a lo que quisiera.

Los brutos se juntaron para hablar, después de que unos puñetazos y puntapiés acallaran al que había protestado. Tomaron una decisión. Eligieron a un grupo de antiguos jugadores de baloncesto y les obligaron a trepar a una de las canastas, para que desatornillaran el aro y pintaran con rotuladores un cartel que decía: «En este patio se va a jugar siempre al fútbol».

Esa canasta con el cartel aguantó hasta que los brutos se hicieron mayores y se marcharon del colegio.

Poco a poco el patio volvió a ser un campo de juego multidisciplinar, como había predicho el niño rebelde, aunque nadie se atrevió a quitar el cartel de la canasta de baloncesto. Canasta que  se iba deteriorando paulatinamente y, en poco tiempo, si no se repintaba, acabaría por tener ilegible el cartel.

«Eso es injusto». Pensaron algunos que no había derecho a que fuese el tiempo el que acabara con el recuerdo de esos brutos o que vinieran otros para  repintarlo y así perpetuar su memoria. Así que se organizaron unos cuantos y, atando una cuerda, derribaron la canasta de baloncesto y astillaron el cartel. Los seguidores de los brutos, ahora en minoría, tuvieron que aguantarse.

—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. No has hecho lo que yo había pedido, la redacción tenía que tratar sobre el Valle de los Caídos.

viernes, 13 de julio de 2018

Dices tú de mili...

Hablando de mili, ¿os he contado que yo hice la mili en Ávila?

Me dirijo a vosotros, chicos, ya que las mujeres nunca me van a entender. Los más jóvenes tampoco saben lo que es la mili, pues la quitaron hace años, pero para muchas generaciones había un antes y un después: "Que te vas a hacer un hombre, que vas a conocer mundo...". Sí, yo hice la mili, así que supongo que ya soy un hombre, aunque ahora en el ejército haya mujeres; y recorrí mundo, si bien me tocó hacer la mili en Ávila, en casa... ¡Oye, que Ávila también está en el mundo!

Antes de ser hombre, yo era un joven de firmes ideales, que por aquellas fechas se asentaban en el inconformismo, en llevar la contraria, en el pacifismo… Y por tanto debía hacerme objetor de conciencia, así que cuando me llamaron a filas –a tallarse decían– pues...



Por mucho que no lo parezca, sí, soy yo.
Pero no nos vayamos del tema, que me pierdo. Yo hice la mili en Ávila, según os contaba, y la hice porque no objeté, es obvio. Que en mi época –por entonces aún se hacía la mili con lanzas– no existía la objeción de conciencia y al que no se presentaba lo declaraban desertor y lo enchironaban. Que si hay que objetar se objeta, pero un año y medio de calabozo… Así que me tallé y entré en el sorteo. Eso consistía en que sacaban un apellido y un destino y a partir de ahí se compaginaban la lista de apellidos de los quintos con otra de destinos –sigo sin comprender por qué nos llamaban quintos.
Cáceres. Reemplazo par. “¡Qué suerte tienes, macho de cabra! Después del campamento te tocará Ávila”. ¿Suerte? ¿Y para esto no objeto? ¿Me voy a hacer hombre yendo a dormir –y a comer– a casa? Ya sabéis, puro inconformismo, la juventud que siempre es contestataria.

Lo del campamento en Cáceres tiene poco que contar. El primer día ya estábamos ensayando para el último, pateando la pista de la jura de bandera. Pero hicimos más, como subir al monte cargados con el CETME –dícese del fusil antediluviano que utilizábamos–, teóricas de cómo ensartar con la bayoneta a los enemigos –que yo no sé por qué en lugar de eso, no me enseñaron a dispararlos a distancia–, tirar una granada detrás de unos montones de arena para levantar polvo, y esas otras cosas que hacen los soldados, como emborracharse en la cantina.
Total, que al mes a casita, a defender la patria con horario de oficina.

"¿Quién quiere hacer el curso de cabo?" Preguntaron. "Yo mismo". Respondí. Ya metidos en harina, y ya que iba a ser soldado, al menos que me licenciaran de sargento con mi paga de profesional. Un inciso, yo seguía siendo pacifista, pero como iba a llevar un arma en la mano, pensé que mejor mataría enemigos de sargento que de soldado. Entendedme, el homicidio es el mismo, pero los galones son los galones. De todas formas, no tenía a mi admirado Gila para preguntarle sobre esto de matar en la guerra.

Así que me apunté al curso de cabo… Y acabé siendo corneta.
Esto necesita una breve explicación. Es que antes de acudir a mi primera clase de cabo, se presentó el sargento de la banda de música y pidió voluntarios. Nuestro fervor guerrero nos hizo disimular y no salió ningún voluntario. ¡Con lo bonita que es la música! Así que se hicieron las cosas como se hacían en la mili. Dijo el sargento: “A ver, tú, tú, tú –me comeré unos cuantos “tus” para no cansar–, y tú, sois voluntarios para la banda”. Con ello terminaron mis ambiciones de mando, porque yo fui uno de los “tus”. Pero ahí no acabó la cosa, seguidamente repartió instrumentos, tuteando de nuevo indiscriminadamente: “Tú tambor, tú corneta”, etcétera. O sea, algún tambor más y muchas cornetas, aparte de un bombo. Que eso del oboe y la viola parece que no se estilaba mucho en el ejército.

Sí, sí, también soy yo.
¡Toma ya, yo corneta! ¿Pero por qué yo, que tengo un oído enfrente del otro? Que a mí la música me gusta mucho, sí, pero a los demás no les gusta nada que yo la “toque”. Vamos, que he nacido para el dibujo.
Y además desterrado en el “Planeta de los simios”, que es como llamábamos coloquialmente al Pradillo, donde tan sólo estaban las cuadras y la banda, apartados del mundo civilizado. Allí ensayábamos perdidos por las esquinas y en cuanto hacíamos sonar ese instrumento maléfico nos llevaban a bajar bandera para practicar. Yo por entonces tan solo hacía sonar el cuerno metálico, no había comprendido que se me exigía, además, que emitiera sonidos armónicos. Y en eso vinieron unos familiares andaluces, que no venían mucho porque vivían en Andalucía en lugar de en La Colilla, por ejemplo, y mi padre llevó orgulloso a mi tío Pepe para que viera cómo yo tocaba una bajada de bandera. Sí, se me ocurrió decírselo, inconsciencias de la juventud. Desde entonces pasé a ser el hazmerreír de la familia. El color rojo de mi cara de aquel día fue más por causa de la vergüenza de ver a mi padre y a mi tío presumiendo de ser familiares del corneta antes de la actuación, que por mi esfuerzo posterior de soplar: “tuuu tutú tutú tutuuuuu…”

Pero poco a poco fui aprendiendo y el resto de la mili la pasé en la Academia de Intendencia de la calle Vallespín, tocando diana a los cadetes y a la tropa, tocando fajina –que no sé cómo la llaman así, ya que nadie usaba faja para comer–, tocando “a paseo” para mandar a todo el mundo a paseo, bajando bandera con público y todo, turistas generalmente, y, como culminación, desfilando por El Grande el día del Corpus… Eso sí, ya tocaba bien, era “wisa” –es que cada tres meses subíamos de escalafón: quintos, padrecillos, abuelos y “wisas”, que viene de  bisabuelos, no me preguntéis por qué, pero lo escribíamos así–. Lástima que no hubiera vuelto mi tío Pepe en esas fechas para presenciar mi progresión. Vamos, tampoco hay que exagerar, no había alcanzado yo la calidad de un Mozart, que seguro que si está presente mi tío y pregunta a los oyentes ¿qué tal la ejecución del muchacho?, nadie le respondería que sí, que me ejecutaran allí mismo, si no que bastaría con un par de “guantás” bien “das”.
Desde entonces creció mi amor por la música y, en la Semana Santa, hasta me emociono con la banda de cornetas, y eso que soy agnóstico. Pero, bueno, también fui soldado siendo pacifista.

Y eso es todo, amigos. Ya veis, no soy un héroe, pero al menos soy una persona de principios, pues hice la mili sin usar armas. Conseguí entrar en la banda de música, para practicar ese arte noble, y así me libré de matar personas ya que, entonces, si hubiera habido alguna guerra, yo les habría tocado el “tu-tutú” a los enemigos, en lugar de rajarlos la tripa con la bayoneta. Que, digo yo, ¿no sería más fácil dispararlos desde lejos?

Relato publicado en "El mundo según los abulenses vol.2". La Sombra del Ciprés, 2016, Ávila.