miércoles, 29 de julio de 2020

Por la senda de Tumut


Me encanta recomendar libros que me han gustado, y así vengo haciendo. Pero he tenido mis dudas en este caso, ya que pudiera pensarse que no hago más que devolver un favor.

He conocido a Luis José Martín García-Sancho hace poco, a través de la asociación a la que ambos pertenecemos, La sombra del ciprés. Ya sabía de él por su blog Arevaceos, pero vivimos en ciudades diferentes —Arévalo y Ávila— y por ello no habíamos coincidido antes en actividades culturales o simplemente tomándonos un vino. Decidimos intercambiar nuestros libros y él se ha adelantado a realizar una reseña del mío en su blog. Como habla bien de mi novela, pudiera pensarse que yo ahora le devuelvo el favor, hablando bien de la suya y es algo que quisiera dejar claro desde el comienzo. 

No me cabe duda de que a Luis José le gustó Lo demás es cosa vana, ahí están sus palabras, pero a nadie debe caberle duda tampoco de que las mías que siguen son sinceras. Por la senda de Tumut es una excelente novela, que merece la pena ser leída y que disfrutará quien lo haga.

Está ambientada en el Paleolítico superior, hace unas decenas de miles de años, cuando coincidieron en el espacio y en el tiempo dos humanidades distintas, el Homo Sapiens Neanderthalensis y el Homo Sapiens Sapiens, o sea nosotros. Luis José da una visión, apoyada en los últimos estudios científicos, de cómo pudo ser esa convivencia, y pone en valor a la especie de los “hombres fuertes” —neandertales—. Además de demostrar un conocimiento preciso de la flora y la fauna de tierras mesetarias de la península Ibérica, que es la otra gran afición del autor, además de la literatura.

El argumento es la narración de la historia del Clan de los Lobos, realizado por la anciana Gara a los más jóvenes de la tribu en la noche de Jara. Este clan procedía de los antiguos cazadores de mamuts, animales casi extintos, que se asentaron en unas tierras con nombres míticos, pero que tienen una concordancia con las que existen al norte del sistema central, entre Ávila —grandes rocas de Ámila— y Arévalo —el pino Vaceal—. Se describe la vida de varias generaciones, que tienen que superar numerosos conflictos hasta el desenlace final. Pero este relato es el germen de la historia épica de los fundadores del clan, para que las nuevas generaciones puedan conocer quiénes fueron sus antepasados.

A pesar de la distancia cronológica de los hechos narrados, los vemos muy cercanos a nuestros días, pues trata de temas intemporales como la violencia, el egoísmo, el amor, la ecología, el racismo o incluso el feminismo, en los cuales podemos vernos reflejados los lectores de hoy. Es muy interesante el punto de vista del autor sobre todos estos temas, con el que coincido plenamente y que posibilita que el lector pueda planteárselos, si aún no lo ha hecho.

El género narrativo que utiliza Luis José es el del cuento, con sus características propias. Se relatan acontecimientos, sucesos y vidas, que tienen como objetivo el despertar una reacción emocional impactante en el lector. Esto lo lleva a cabo mediante la intervención de un relator, la anciana Gara, en cuyo discurso prevalece la narración sobre el monólogo, el diálogo o la descripción. La novela es por tanto un gran cuento, cuyo contenido se instaura como el material cultural aglutinante de un pueblo. Pero no un pueblo racial, de determinada sangre o creencias, sino heterogéneo, tal y como es la sociedad de hoy en día. Es una de las grandes vetas filosóficas de la novela, el respeto por los diferentes y la defensa de la libertad y la cooperación, como forma de progresar, sin importar el origen, las creencias o la “raza” de los individuos.

El libro es, además, una crónica de cómo debió ser el nacimiento de la literaria, la cual tiene un origen en la narración oral, creadora de mitos a través de relatos de personajes reales que acabaron convirtiéndose en legendarios, por las encadenadas versiones de los sucesivos narradores. La misma Biblia tiene su origen en este tipo de transmisión oral de leyendas antiguas, ya que sus libros se originan a partir de relatos existentes siglos antes de ser escrita.

Por la senda de Tumut es de lectura fluida, manteniendo el interés a lo largo de todas las páginas a pesar de la multitud de personajes y el largo período cronológico. Sin duda es un libro muy recomendable, lleno de sabiduría, de cuyo autor espero que pronto nos dé la alegría de una segunda parte.

Dejo un enlace a su blog, que recomiendo a los amantes de la narrativa, pero también a los de la naturaleza: http://arevaceos.blogspot.com/

martes, 14 de julio de 2020

Ávila amorosa

Desde hace ya seis años, todas las primaveras esperamos con ilusión la fecha de celebración de la feria del libro para presentar una novedad literaria, un nuevo libro colaborativo de La Sombra del Ciprés. El presente, ya teníamos reservado el 21 de abril y los paquetes con los libros los tuvimos puntuales, pero el confinamiento, debido a la pandemia que aún sufrimos, nos impidió llegar a nuestra cita. Aún así, una vez abiertas algunas ventanas a la esperanza, aquí estamos. El día 6 de este mes de julio hemos desvelado nuestro secreto mejor guardado: Ávila amorosa, que ya está en las librerías.

Como siempre, nuestro libro consiste en un ejercicio literario, en el que el grupo de trabajo voluntario realiza todos los procesos de publicación, desde la revisión y corrección de los textos a la búsqueda de una editorial y el control de la realización de la maqueta, cubiertas e incluso la distribución por librerías, pasando por la venta directa de ejemplares. Todo un reto y un aprendizaje para los miembros de una asociación de escritores.

Una vez elegido el tema por los socios mediante votación, en el grupo de trabajo meditamos sobre sus posibles aristas e hicimos recomendaciones, dando un plazo para enviar los textos. Recibimos 30, que fueron leídos, corregidos y comentados con los escritores en distinta medida, según sus necesidades formales, quedando muy satisfechos con el resultado final.

Como broche encargamos la imagen del libro a la ilustradora Gris Medina, que ya nos realizó las portadas de los tres libros anteriores y creo que ha sabido encajar con maestría una ilustración que no deja de reflejar ternura, sin exceso que derive en la cursilería. Con esta portada el libro brilla desde que lo tienes en la mano.

En cuanto al contenido, tenemos algún poema, incluso un romance, prosa poética y un microrrelato, siendo la mayoría cuentos de extensión media. Se trata la temática del amor adolescente, el amor en la vejez y en las capacidades diferentes, el desamor, el tedio, la añoranza, la ironía, los recuerdos personales casi autobiográficos —o sin casi—, e incluso la lágrima suelta, sin dejar de tantear otros géneros como la novela negra, el humor o el costumbrismo desde el punto de vista del amor. Pero hemos tratado de evitar, creo que con éxito, caer en lo grosero, en lo ñoño y en los tópicos.

Como solemos hacer, siempre hay una localización geográfica o alusión más o menos velada a la ciudad y provincia donde está establecida la asociación, Ávila, que va tomando entidad como una ciudad literaria.

Hemos buscado una prologuista experta en la temática tratada; esta vez la teníamos cerca, nuestra compañera Paula Velasco, autora de la trilogía de novelas románticas Ángeles guardianes. Con este magnífico comienzo el libro invita a sumergirse en una lectura amable, que seguro traerá remembranzas de la experiencia personal de cada cual, porque ¿quién no está o ha estado enamorado?

No cabe aquí reseñar cada uno de los textos, porque son muchos, pero sí que voy a hacer una lista de autores y títulos, estando convencido de que muchos de estos nombres incitarán a la lectura. Para que nadie se enfade los he colocado por orden alfabético.

Alberto Martín del Pozo TÓPICOS DE ENAMORADOS. Ángeles Jiménez Soria KUS-KUS, MARÍA Y JOSÉ. Antonio Luis Martín Fernández BÉCQUER IN LOVE. Ánzoni Martín 6 6 6. Begoña Jiménez Canales LA ESCAYOLA. Carlos Alameda ROSA DE PAPEL CON ARISTAS. Carlos del Solo ÚLTIMA CARTA. Claudia Andrea La Jara Niño de Guzmán MURMULLOS VESPERTINOS. Cristóbal Medina ESA DULCE SONRISA TUYA. Eliezer Bordallo Huidobro MI VERDADERO AMOR. Ester Calvo Dorado ÉBANO. Isabel Salom Siquier EL FARO DEL RASTRO. José Antonio García de la Concepción AMOR EN LA NOCHE. José Guillermo Buenadicha Sánchez TU RUINA. José Peñalver LA PAJARITA AZUL. Juan Pedro Fernández Blanco MÁS QUE UN CONTINENTE. Judit Bragado García SILENCIO. Julián Miranda LA MUJER QUE ESPERA. Julio Collado Nieto AMORES DE ALTOS VUELOS. Librado Casero Vaquero VETE DE MI CASA. Lorena Rodríguez Herrero REGALIZ. Manuel Manteca Jiménez TRES SON MULTITUD. María Eugenia Hernández Grande DE LA «A» A LA «Z». Maribel Cid Miranda PERDÓNAME, PADRE, PORQUE HE PECADO. Moisés González Muñoz AL CALOR DE LAS MURALLAS. Óscar de Blas Rodríguez LA ÚLTIMA HISTORIA DE AMOR. Ramón Lozano VORÁGINE. Sonsoles Pindado Casado LECTURAS DE AMOR. Tomás Sánchez Salinero PURGATORIO. Toño García ESE CAPRICHOSO DESTINO.

martes, 30 de junio de 2020

La polémica


La polémica se tornó agria. Había comenzado como una simple discusión sobre el tema de comer caracoles, donde unos mantenían que era algo asqueroso y otros que se trataba de degustar un auténtico manjar.

Después saltaron de la cuestión culinaria a la moral. En el bando partidario de comer caracoles, que era el menos numeroso, se argumentó que la Naturaleza se fundamentaba en la depredación pura y dura, y contra eso no se podía luchar. Los seres debían alimentarse unos de otros o se rompía la cadena trófica, con la destrucción del ecosistema que nos sustenta a todos. Así los carnívoros devoran a los herbívoros, estos pastan hierba, que no deja de ser un ser vivo, y todos son engullidos por los insectos, cuando mueren por vejez o violencia. Lo que no participa de la ética es hacer sufrir a nadie, sea quien sea en el mundo animal; pero, si no se le da una muerte cruel ni sádica, con el cuerpo de un muerto se puede hacer cualquier cosa, pues un cadáver no es más que un despojo, materia inerte. Es indiferente que se convierta en polvo, en ceniza o en alimento. Es más, si sirve para alimentar y así dar placer a un ser vivo, moralmente es más plausible que si desaparece degenerado en ceniza.

Sin embargo en el bando partidario de no comer caracoles, uno de los presentes levantó el cuerpo, elevando su concha, estiró los cuernos y afirmó que, por mucho que argumentaran, el canibalismo era inmoral. Y punto. El resto de caracoles hubieron de darle la razón y concluyó la polémica.

Ilustración de Julio Veredas Batlle

martes, 16 de junio de 2020

En busca de los senderos de la fama

Quería ser un escritor original. A lo largo del tiempo se habían escrito miles de historias, millones o más bien billones de historias. Sin embargo muy pocas eran originales, porque sus argumentos se repetían una y otra vez.

Se dio cuenta de ello cuando escribió una novela, que había surgido de lo más profundo de su introspección y después de auto publicarla, ya que ninguna editorial tradicional confió en él, alguien le dijo que estaba bien, pero que ya había leído algo parecido y que no dejaba de ser la misma historia contada con otros personales. Eso le horrorizó pues él había querido ser original, pensando que lo había logrado.

Pero no se dejó vencer, se apuntó a talleres de escritura creativa y allí insistieron en algo que ya era conocido por todo aspirante a escritor, que el número de argumentos posibles era muy limitado. Todas las novelas que se habían escrito eran variantes de unos argumentos básicos, por lo cual no era posible ser original.

¿Cómo era posible que no fuera posible?

Le contaron que solo existen en resumen diez tipos de historias. La más trillada es el romance amoroso, que inevitablemente termina en final feliz, después de pasar por algún escollo. Los autores que quieren ser originales, cambian ese final por uno desgraciado, dejando al lector/espectador de la ficción totalmente frustrado y jurando en arameo contra el autor.

De la misma forma analizó con detalle el resto de los argumentos potenciales: el de la virtud no reconocida, el del defecto fatal, la deuda que debe ser reparada, el de forzar a alguien a conseguir algo que se propone el protagonista, el del personaje que pierde un don o cualidad y tiene que conformarse con su nueva condición, el de la búsqueda que puede finalizar con el hallazgo o el fracaso, los ritos de iniciación o tránsito, el del personaje que llega a un lugar encarando un problema del que puede o no alcanzar la solución y, por último, el protagonista incontenible que acepta desafíos y obtiene el éxito.

Los géneros de novela negra, romántica, de aventuras, etcétera tan solo aplicaban una mirada diferente sobre esos mismos argumentos. Pero no es posible encarar uno diferente.

Repasando todos sus escritos, una sola novela, pero muchos cuentos, hubo de reconocer que todas sus obras encajarían sin duda en alguna de las historias básicas. Por tanto la originalidad no existía. Su amor propio y ego de escritor se derrumbó. Decidió que ahí acababa su recién iniciada carrera, que despediría con un último texto.

Entonces se decidió a escribir un relato corto, tal vez sin sentido, con el único propósito de ser original, aunque sabía que no lo lograría. Lo tituló “En busca de los senderos de la fama” y comenzaba así: “Quería ser un escritor original…” El texto lo terminó con este punto final.

jueves, 28 de mayo de 2020

El encierro

Primer día de la fase cero de desconfinamiento.

Hoy por primera vez, después de un montón de semanas, he podido salir de paseo y pisar la calle de forma relajada. Es primavera y me parece que estoy descubriendo un mundo virgen, tras abandonar el oscuro encierro al que nos obligó la maldita pandemia.

Jamás pensé que pudiera ocurrirnos algo así. Parece una película de ciencia ficción. Hemos estado encerrados en casa sin poder salir a la calle, sin trabajar, sin ver a nuestros familiares y amigos. Careciendo de libertad. Ocupados tan solo con aquello que teníamos a mano, como la tele y las redes sociales. Menos mal que también los libros. Y nada más.

Recuerdo que cuando era niño y estaba abriendo mis entendederas al mundo, conocí que había habido guerras en todas las épocas históricas. Me asusté mucho y me he pasado la vida deseando que se me pasara la vida en paz. Sin guerras ni catástrofes. Casi lo consigo, pues acabo de jubilarme y mi existencia no se ha visto abocada a ninguna penuria, por mucho que algunas nos hayan rozado. Y ahora viene esto: el encierro y el miedo a la crisis económica.

A pesar de todo no puedo quejarme, pues mi salud es buena. Vivo solo y me levanto tarde. Realizo las tareas del hogar, tomo unas larguísimas siestas, leo, corro por el pasillo y veo televisión en exceso, además de estar pendiente de las redes sociales en el móvil. Mi lujo es bajar, de prisa y con miedo, a la tienda de la esquina a comprar el pan a diario. De vez en cuando traigo yogures, verduras, frutas, carne y algún capricho que otro, como palmeras de chocolate y cervezas.

Cuando llevo un rato cansado de no cansarme, me veo impelido a ponerme en pie y a deambular por la casa. Suelo acercarme a la terraza de la cocina, donde tengo un caracol en una caja cerrada con una malla y le saludo. Me siento como Robinson Crusoe cuando le hablaba a Viernes, un indígena que no le entendía. Le cuento a mi caracol, en voz alta, aquello que me preocupa y, con la confianza puesta en que me escucha, he llegado a contarle toda mi vida. Lo cual me ha permitido hacer una reflexión sobre mi pequeña historia particular. De vez en cuando me detengo en mi monólogo como dando lugar a una respuesta suya. Sé que no puede decirme nada, pero me imagino que me entiende y que, si pudiera hablar, me daría su opinión. Así, hemos estrechado mucho nuestra amistad.

Lo encontré, por casualidad, el último día de libertad antes del encierro, cuando cruzaba un jardín y me detuve para atarme un zapato. Lo vi cerca, casi lo piso. Un impulso me llevó a tomarlo por la concha y llevármelo a casa. Mi intención inmediata fue protegerlo de algún distraído que lo podría espachurrar sin siquiera darse cuenta. Lo metí en una caja de zapatos, pero por la mañana no estaba.

Fragmento de una ilustración de Julio Veredas Batlle

Lo busqué y ya lo daba por perdido, cuando, al seguir su rastro de babas, lo encontré subiendo por el cubo de la basura. Desde entonces me acostumbré a cerrar la caja con una malla de plástico. Trato de que no le falte de nada. Siempre tiene lechuga fresca y las distracciones que puedo darle. Pensé que era feliz, hasta que, después de que tuvimos una larga conversación, me preguntó que por qué lo tenía encerrado, que por qué no podía ser libre. Caí en la cuenta y mi ánimo se hundió.

Por eso, en esta primera salida de paseo permitida, mi intención es acercarme al jardín donde lo encontré para liberarlo y así dejar de llorar como un tonto.

viernes, 15 de mayo de 2020

La palabra más fea del idioma castellano

Esto no deja de ser algo subjetivo, ya que para cada persona será una diferente. No obstante lo corriente es preguntar cuál consideras la palabra más bella y no la peor de todas. En muchas ocasiones me he planteado qué palabra por su pronunciación o su significado, o más bien por la suma de ambas facetas, me resulta más hermosa. Siempre se me ocurren muchas. Pero nunca me han preguntado por la más fea. Llevo tiempo reflexionando sobre cuál sería y esta cavilación ha superado ya meses e incluso años. He llegado al fin a una conclusión que, aunque no sea compartida por el lector, espero que entienda mis razones para elegirla.

Para mí la palabra más fea del idioma castellano es fe.

Por un lado su fonética me recuerda al bufido de un gato: “¡fe!, ¡fe!, ¡fe!” Un sonido que no me resulta agradable, que al que lo profiere le hace poner un gesto deslucido, tocando los dientes superiores con el labio inferior, o, más ligeramente, soplando entre los labios, como cuando escupimos. Además es demasiado corta, una sola sílaba, y su grafía sinuosa tampoco es atractiva. Es tan fea que casi es igual que la palabra fea.

Aunque peor que todo ello es su significado. Fe es aquello que se cree porque quiere creerse, sin posibilidad de comprobar su veracidad, ya que si logramos una experiencia empírica de algo, no necesitamos la fe para creerlo. No es necesaria la fe para creer que la Tierra es redonda, porque hemos lanzado cohetes al espacio que la han fotografiado. No necesitamos la fe para saber que el corazón impulsa la sangre a través de arterias y venas, etc. Pero sí es necesaria la fe para afirmar que nuestro dios es el verdadero y el de los demás es falso. La fe llevada al extremo de la intransigencia es la excusa para los mayores crímenes que se han producido en la humanidad a lo largo de toda la Historia. Los atentados yijadistas, la guerra santa, la inquisición, la supremacía de una raza… Hay gente que ha tenido una fe infinita en esos conceptos y ha matado a troche y moche a quien le llevase la contraria. Y siempre habrá interesados que se aprovechen de la fe de los demás para controlarlos y dirigirlos.

Lo que yo creo es verdad porque quiero creerlo y a mí me da la gana que así sea. Luego ya justificaré con argumentos por qué es verdad, que siempre hay un alegato para la mayor atrocidad.

Yo no digo que mi razonamiento sea una verdad absoluta, no pido fe en él, tan solo lo expongo por si alguien quiere revisar sus creencias. Espero que se dé cuenta de que esas creencias en las que tiene fe son voluntarias, que si en lugar de donde nació, en medio de una cultura determinada, hubiese nacido, por ejemplo, en Japón, su fe con toda probabilidad sería sintoísta. Y si alguien apostata de la cultura dominante de su sociedad, debería preguntarse hasta qué punto no es un gesto de rebeldía, más que de evidencia de que su nueva fe es la verdadera. Incluso el ateísmo es una fe.

Ante la fe, lo más inteligente es la duda. Pero, para no ser pesimista, tras haber pretendido dinamitar el suelo de certezas donde cada uno se apoya, aconsejo cambiar el concepto tan horroroso de fe por uno de verdad hermoso, de cuatro sílabas y que suena mucho mejor: esperanza.

jueves, 30 de abril de 2020

La niña del Torreón 88


El día que cuelgo esta entrada en mi blog acaba el mes de abril. Un mes muy inusual que nos ha tocado vivir por sorpresa. En años anteriores la asociación La Sombra del Ciprés, a la que pertenezco, hubiéramos estado colmados de actividades culturales en torno al Día del Libro. La principal sería nuestra cita con un libro colaborativo de relatos. Teníamos ya fecha para su presentación. La edición completa la guardo en cajas en mi casa, pero no puedo decir tan siquiera su título o temática, aunque me muero de ganas. Para aliviarme un poco la pena voy a publicar mi relato del año pasado. El libro lo titulamos "Ávila Tenebrosa" y estaba dedicado al misterio y el miedo. Podéis comprar  el libro en las librerías abulenses o pidiéndolo al correo asociaciondenovelistas@gmail.com . Disfrutaréis pasando un poquito de miedo.

La niña del Torreón 88

Las murallas de Ávila tienen 87 torreones, aunque los abulenses solemos decir que son 88. Lo que voy a contar está ubicado en un torreón determinado, pero los hechos son tan espeluznantes que no quiero identificarlo, para que no caiga la maldición sobre quienes pasen cerca de él, como les ocurrió a los protagonistas de esta historia. Por eso, digamos que el lugar donde sucedió todo es el torreón número 88, sin determinar de cuál de los 87 se trata.

—Cuidado, David, no te hagas daño con las piedras —le dijo su madre.

David era un niño normal de siete años. Alegre, extrovertido y muy curioso. Salía de paseo los domingos por la tarde con sus pa­dres, Gema y Roberto, por las calles históricas de la ciudad donde vivían. Les gustaba pasear alrededor de la muralla, o más bien, de las murallas, tal y como solemos denominarlas los habitantes de Ávila. A veces, incluso daban una vuelta entera recorriendo los casi tres kilómetros de perímetro. Sobre todo con el buen tiempo, las vistas siempre son hermosas y evocadoras de épocas pasadas.

Esa tarde se pararon a conversar con una pareja de conocidos. Mientras, el niño se puso a jugar solo durante un buen rato al lado de uno de los torreones. Convengamos en que era el Torreón 88. Sentado en el suelo, su imaginación le llevaba a entretenerse con algún amigo imaginario, aunque los padres, distraídos, tan solo le echaban algún que otro vistazo, sin preocuparse demasiado.

—Bueno, pues a ver si volvemos a vernos, que se hace tarde —dijo Roberto a la pareja con la que ya llevaban más de cuarenta minutos detenidos.

—Vamos, David, levántate que nos marchamos —le pidió Gema al niño.

David se puso de pie y saludó con la mano, a modo de despe­dida, a su amigo imaginario.

—¿No te has aburrido jugando solo? —le preguntó su madre, dándole la mano.

—No estaba solo. Anabel ha jugado conmigo.

—¿Anabel? —preguntó Gema, agarrando del brazo a Roberto, pero sin soltar la mano de su hijo.

—Sí, la niña esa rara. Tenía la cara como rota por un lado, pero me dijo que no me asustara. Es muy simpática.

Ambos escucharon la explicación de su hijo, pero era tan extraña que no quisieron hacerle demasiado caso. Los niños siempre se inventan amigos imaginarios, aunque nunca habían escuchado algo parecido a una niña con la cara rota. No obstante, les quedó un punto de preocupación que, de momento, disiparon distrayén­dose en el resto del paseo.

Unos días después, Gema, mientras esperaba a David a la salida del colegio, se quedó absorta escuchando a dos madres que conversaban sobre algo muy extraño que les ocurrió a sus hijos en el mismo lugar donde David había estado jugando con esa amiga imaginaria tan rara. Hablaban también de una niña, con la cara desfigurada, a la que solo veían los niños.

Al llegar a casa, lo habló con Roberto.

—No es posible que todos los niños se inventen un amigo imaginario con las mismas características. Al menos cuando esos rasgos no son nada corrientes: una niña con la cara desfigurada.

—Un punto increíble sí que es —respondió él—. Pero, ¿qué otra cosa puede ser, más que un producto de la imaginación? Quién sabe, tal vez existen ideas que flotan en el ambiente y solo son captadas por las mentes más limpias de los niños.

—Pues a mí esto me asusta.

El siguiente domingo, en un paseo similar, cuando se acercaban al Torreón 88, a Gema se le puso el vello de punta. Apretó la mano de su hijo, dispuesta a pasar de largo lo antes posible.

—Espera, mami —dijo David—, que Anabel me está saludando.

—¿Quién es Anabel?

—Pues quién va a ser, la niña esa que le falta media cara.

—Ahí no hay nadie —dijo Roberto.

—Sí, está Anabel y me dice que me quede.

—Vamos —dijo Gema tirando de su hijo, que se resistía a andar.

—No —gimoteó el niño—, que se va a enfadar si nos vamos…

Roberto tomó a su hijo en brazos y caminaron lo más rápido posible. El niño lloraba.

—¡Que se enfada! Tiene su único ojo enfurecido, que da mie­do. Para, papi, para, ¡que se enfada!

Salieron huyendo de allí con el vello de la espalda erizado.

Luego, en casa, cuando estaban más tranquilos, conversaron sobre ello.

—Cuidado que somos idiotas —dijo Roberto—. No había nadie y nos hemos ido corriendo como si huyéramos del diablo.

—Calla, no lo menciones. No es algo irreal. A mí me recorrió el cuerpo una sensación de frío que aún me dura. No habrá nada visible, pero algo hay en ese sitio.

El caso es que alteraron su rutina y ya nunca volvieron a pasar por ese lugar. Cuando se acercaban en un paseo, con el niño o sin él, entraban por la puerta más próxima de la muralla antes de llegar al Torreón 88 y se perdían por el centro del casco antiguo.

Ya casi lo habían olvidado, cuando una noche, sobre las tres de la madrugada, Gema se despertó con un sudor frío y chilló.

—¡Noooo…!

Roberto se despertó asustado y tuvo la sensación de que una barra de hielo se le había metido en las entrañas.

—¡David! —gritó Gema.

Ambos se levantaron y corrieron al dormitorio de su hijo. No estaba. La cama permanecía deshecha y removieron las sábanas, descubriéndola entera.

—¡No está! —gritó de nuevo Gema—. ¡David, David!

Recorrieron ansiosos toda la casa. La puerta de la calle estaba abierta, pero, después de mirar en el descansillo y las escaleras, regresaron dentro para buscarle en todos los rincones y armarios.

—¡David, David!

—No grites. Vas a despertar a los vecinos.

—¿Y qué quieres? —preguntó Gema.

—Voy a llamar a la policía.

—Espera, va a ser una pérdida de tiempo. Si los llamas, tendremos que esperar a que vengan y darles todos los datos. Yo sé dónde está.

—¿Dónde? —inquirió Roberto, aunque sospechaba que él también sabía la respuesta.

—En el Torreón 88.

Corrieron a su dormitorio y se pusieron ropa de calle encima de los pijamas. Se calzaron y salieron disparados a la calle. No buscaron el coche, porque por la noche y tomando atajos tardarían menos andando. O más bien, a la carrera.

Llegaron al Torreón 88 sudando hielo frío, con el vello de punta y sin un solo hálito de aire en los pulmones. La noche era muy cerrada, pero la tenue iluminación de las farolas hacía visible el lugar. Divisaron un pequeño bulto. Podía ser el niño, sentado en el suelo, como la vez que lo vieron jugando con el que creían su amigo imaginario.

—¡David! —gritó Gema. Volvió la cara. Sí era él.

El sudor frío fue en aumento.

—David, hijo —dijo Gema, tomándolo en brazos y sintiendo por encima el abrazo de Roberto. Gema lloraba. Roberto temblaba. David sonreía, con una expresión rara. Estaba absorto mirando a algo en el suelo.

—Es Anabel —respondió el niño—. Os está diciendo hola.

—Vámonos de aquí —apremió Gema.

—No, que Anabel se enfada. Estaba muy triste y me dijo que viniera a verla.

—¿Qué dices, idiota? —Roberto ya no controlaba sus palabras por el miedo que tenía y David echó a llorar.

Roberto cogió al niño y comenzaron a andar deprisa, huyendo del lugar. David extendía un brazo, como queriendo anclarse en el aire y no moverse.

—Anabel, Anabel —repetía.

—Ahí no hay nadie —le dijo Gema a David.

—Sí, estaba Anabel. Papi, ¿me vas a matar?

—Pero, ¿qué dices? —rugió destemplado el padre.

—Roberto, ten paciencia —suplicó Gema.

—Lo siento, perdona, cariño. Pero, ¿cómo me dices algo así, hijo?

—Es que el papá de Anabel la mató. En ese sitio. Le golpeó la cara con una piedra muchas veces. Por eso la tiene así de rota. Ella vivía con su madre y un día vino su padre a buscarla. Anabel no quería irse, pero se la llevó. Luego, en ese sitio, la mató.

—¿Quién te ha contado eso, cariño? —le dijo Gema, con las lágrimas en sus ojos.

—Anabel. Y luego su padre se marchó dejándola en el suelo. Ella dice que el primer golpe le dolió mucho, pero que luego ya no le dolió nada. Vio cómo su padre echó a correr y desapareció. Más tarde, se enteró de que llegó a un árbol y se colgó con una cuerda, muriéndose también. Se lo contó él mismo, su padre, porque después vino otra vez a buscarla. Pero ella tampoco se quiso ir con él y se quedó allí jugando.

Roberto, con el niño en brazos y agarrado a Gema, los llevaba a ambos casi en volandas. Corrían todo lo que podían, mientras escuchaban lo que les contaba su hijo. Ambos iban llorando, con los ojos inundados de lágrimas, sin apenas ver por dónde caminaban.

De pronto, Roberto se dio cuenta de que hacia ellos venía un hombre dando la mano a una niña pequeña. El hombre llevaba una soga al cuello y la niña… la niña… no podía ser otra que Anabel. Le faltaba media cara…

Los pelos de Roberto se volvieron blancos y se pasó las manos por los ojos para aclarar las lágrimas y ver mejor. El niño también se quitó las lágrimas de los ojos y vio lo mismo que su padre.

—Es Anabel. Mira, va con su papi —dijo David. Gema no se había dado cuenta aún, pero se apartó los pelos de la cara y también los vio.

Roberto, con su hijo en brazos y con Gema agarrada a ambos, detuvo su carrera sin atreverse a dar un paso más.

—¿Quién demonios eres tú? —le dijo Roberto al hombre.

Delante tenían a un tipo extraño; llevaba una soga apretando su cuello que no se veía dónde acababa y de la mano agarraba a una niña, similar a las descripciones que les había hecho David de Anabel. Esos seres insólitos les cerraban el paso. Habían surgido de la nada y el extraño individuo les miró con intensidad, sin soltar la mano a la niña. Tras un leve silencio, respondió:

—¿Pero es que no os habéis dado cuenta? —les dijo—. Os acaba de atropellar el camión de la basura: estáis tan muertos como nosotros.

martes, 14 de abril de 2020

Día de nieve


No me suelo prodigar en reseñas en mi blog y tan solo acudo a ellas cuando pasa por mis manos un libro que me gustaría recomendar. Además, suelo traer obras de autores noveles o desconocidos, que merecen tener en las librerías un espacio junto a esos libros, que se promocionan profusamente, de las grandes editoriales.

José Francisco Fabián es Arqueólogo Territorial de la Junta de Castilla y León en Ávila. Un reconocido profesional, pero en lo más profundo de su ser es un amante de la literatura y un destacado escritor, reconocido con varios premios. He leído muchos relatos suyos, pero esta es su primera novela y tiene una calidad sobresaliente.

Día de nieve es eso que promete, el relato del transcurso de una jornada en la que ha nevado. Esto podría hacernos pensar que no es más que una anodina narración costumbrista, pero no lo es en absoluto.

El argumento se resume en la nevada que sorprende una mañana a Alonso Hinojosa, jubilado que vive en la ciudad salmantina de Béjar, a la que ha vuelto una vez transcurrida su vida laboral. Está al lado de su nueva pareja, Teresa, y el reencuentro con las calles nevadas de su infancia le traerán unos recuerdos con los que repasará toda su vida. O, más bien, los acontecimientos destacados de una vida que no ha concluido y que aún tiene mucho que ofrecerle.

Según la promoción del propio autor, todo hombre lleva dentro una novela, solo tiene que buscar un escritor que la saque a la luz. Así, Alonso, ha encontrado a Fabián, que nos hace un retrato de la España de postguerra, con un protagonista que era niño durante la Guerra Civil y buscó acomodo en la sociedad burguesa posterior, en la que nunca se sintió muy integrado.

Los paisajes son los de Béjar, que el autor conoce muy bien, y del Madrid de los años cincuenta en adelante. Hay numerosos retratos humanos, desde las mujeres que amó hasta a los amigos. Y los evoca a partir de las experiencias conjuntas compartidas. Podríamos decir que hay varias novelas en una, ya que cada semblanza es desarrollada de forma independiente. Es de destacar su suegro, un peculiar personaje rancio, al que yo juraría que he llegado a conocer, aún sabiendo que es pura ficción. El fondo es una España en blanco y negro, del Nodo, que no es criticada de manera expresa, sino expuesta de forma cruda. Ambiente que el protagonista logra sobrellevar gracias a su inteligencia y adaptabilidad.

Fabián utiliza un lenguaje muy sencillo e intimista. El narrador habla en primera persona y es muy fácil identificarse con él, ya que detalla los acontecimientos con una delicadeza que es capaz de atraparnos. Hay música, hay poesía, hay mucha vida en las páginas de Día de nieve. Anécdotas, reflexiones y evocaciones de paisajes y recuerdos nos permiten adentrarnos en el dolor de la muerte y en la sensibilidad del fino erotismo que subyace durante todo el libro.

Alonso revisa su pequeña historia, la de un hombre corriente, destacando y valorando todo aquello que le ha formado la personalidad desde la niñez. Sobre todo las mujeres que le han marcado: su madre, su hermana, su primer amor y la mujer con la que se casó y compartió la cotidianidad de su existencia, dándole tres hijas, a una de las cuales se siente muy ligado.

Es destacable el relato del aprendizaje y el despertar sexual de un muchacho en una época pacata y de represión, que trata de estigmatizar algo que es del todo natural, como es la vida afectiva. La narración no esconde esos momentos íntimos que tanta importancia tienen en la biografía de cualquiera y que suelen ser soslayados. Pero sus descripciones, que son vívidas y evocadoras, aluden a la experiencia del lector para que resulten sugerentes y sensuales sin una sola palabra o imagen soez.

Recomiendo sin ambages esta excelente novela, con la seguridad de que nadie se verá defraudado. Podéis localizarla buscando al autor en las redes sociales o en su página web:

viernes, 27 de marzo de 2020

La fauna del jardín

Soy un caracol de jardín. Mi vida es aburrida: subir tallos, bajarlos, buscar humedad, mordisquear, en fin lo corriente en alguien de mi insignificancia. Aunque esto me sirve también para pasar desapercibido y, como este jardín es urbano y está muy frecuentado, me dedico a estudiar a la fauna. De lo que más hay son perros, que traen a unos humanos grandotes arrastrados por una cuerda. Pero no me interesan los seres inteligentes, que ríen, disfrutan, corren y traban relaciones con otros similares. Esos no. A los que me gusta estudiar es a los otros, a los humanos. Seres taciturnos, que parece que vienen por aquí solo a cuidar y proteger a sus amos caninos. No se les ve rasgo de felicitad alguno, sino de resignación más bien.

Ilustración Julio Veredas Batlle

Estoy haciendo un catálogo de ellos, de sus diversas tipologías, aunque no haya demasiada variedad. Pero, afinando, sí que encuentro diferencias. Por ejemplo, los humanos de sexo femenino son algo más alegres. Suelen ser de tamaño ligeramente más pequeño, perfumados, huelen bien y hasta ríen alguna vez. Visten de forma muy variada y colorida. Tienen largas melenas y a veces van con trasquilones o con pelos pintados de forma artística. Sin embargo, los humanos de sexo masculino son todos… ¿cómo lo diría? Grises. Sí, aunque su aspecto no siempre sea de este color, su variedad en la vestimenta es tan pobre y tan descolorida, que parece que todos sufren alguna enfermedad. Su mayor tamaño no parece que les dé ninguna ventaja.

El ser humano es insustancial, aburrido, ya digo. Hilan unas palabras con otras y parece que se escuchan, pero ni se miran entre sí. Caminan y no saltan. Sujetan las carreras de sus amos, pero no corren. No se salen de los senderos marcados por setos y bordillos. Cuando se cruzan con un desconocido no lo saludan, ni le preguntan a dónde va. Se ignoran entre sí.

Ya podrían aprender un poco de sus amos perros, más desinhibidos, que no se andan con remilgos. Todavía no he visto a ningún humano acercarse a otro a olerle el culo.

viernes, 13 de marzo de 2020

Las flores


(Esto es un relato, pura ficción. Cualquier parecido con la circunstancias que nos rodean es simple coincidencia)

Aquella tarde lo vi por primera vez en el microscopio electrónico. Era bellísimo. Esférico y envuelto en un anillo de estructuras redondeadas que le daban forma de corona. Si alguien puede sentirse orgulloso de la criatura que ha creado, aunque sea algo monstruoso, es un científico. Y lo haría igual aún en caso de que no fuese tan bella, simplemente por haber finalizado un largo proceso de estudio, ensayo, prueba y error.

Enseguida me advertiste:

—Me he enterado de que los tipos que estaban ayer con los directivos pertenecen a los servicios secretos.

—¿Y? —fue mi réplica. Te respondí con una pregunta absurda, porque de sobra sabía lo que eso significaba.

—¿Que qué pintan en un laboratorio unos agentes de la Inteligencia?

—Eso no es cosa nuestra. Somos científicos, realizamos nuestro trabajo, que ellos hagan el suyo y los directivos el que les corresponda.

—Pero no pueden querer nada bueno. Lo que estamos desarrollando es potencialmente peligroso, podría utilizarse como arma biológica.

Me lo dijiste muy claro y no quise creerte. Más tarde añadieron al equipo un par de científicos, que venían de laboratorios militares y que nada pintaban con nosotros. Tu insistencia fue vana. Querías que hiciéramos fracasar el experimento para destruir la cepa, como si hubiese sido inviable. Me pusiste en un dilema, pretendías destruir varios años de trabajo y acabar con mi criatura, que entonces no tenía nombre. Pensé en denunciarte a los directivos. Sabía que, si no te denunciaba, tú mismo la destruirías, a espaldas mías. Sabía que si te denunciaba te harían desaparecer a ti, en un accidente. No eran más que bulos, pero todo el mundo decía que esas cosas ocurrían.

Y ahora sé que estas flores que te traigo hoy, cuatro años después, a tu tumba, no me eximen de culpa, pero ya es lo único que puedo hacer para mitigar mis lágrimas, que se derraman cada vez que pongo las noticias.

viernes, 28 de febrero de 2020

La narrativa gráfica en la Italia de postguerra


En Italia, una vez concluida la II Guerra Mundial, se quiso hacer borrón y cuenta nueva en muchos aspectos, pero en el mundo de la narrativa gráfica —los fumetti— nada cambiará hasta los años 60. Los fumetti de humor siguieron siendo esencialmente infantiles, los giornalini continuaron las mismas tendencias, intentando soslayar el pasado con una comicidad neutral. Los textos rimados en las revistas de humor se conservarán hasta finales de la década de los 50.

En las revistas de aventuras tampoco cambiará nada en la postguerra, repitiendo diseño y contenido, aunque regresarán los personajes norteamericanos, pero ya no levantarán el entusiasmo que suscitaron en algunos sectores durante el fascismo. La calidad del papel y de la impresión con frecuencia fue pésima.

L'Asso di Picche aparece a finales de 1945 en Venecia y, aunque cierra pronto a causa del escaso éxito, es importante, tanto por su repercusión, como por reunir una importante nómina de autores, Ongaro, Faustinelli o Hugo Pratt, que emigrarán a Argentina en los años 50 y trabajarán para toda Sudamérica. El personaje principal de la revista, que le da nombre, es una imitación de los superhéroes norteamericanos, un enmascarado que actuaba en una ciudad de San Francisco plagada de gansters.

Topolino, que existía antes de la guerra, reaparece en 1945, continuando las historias en el punto en el que habían quedado cuando se cerró la revista en el año 43. El editor, Mondadori titubea cambiando la periodicidad en la publicación ante la baja respuesta de los lectores, acabando por volver a salir semanalmente. Desde 1960 pasa a formato de bolsillo, deja de publicar aventuras realistas y utiliza personajes de estética disneyana, alcanzando el éxito inmediato, pudiendo ofrecer trabajo a numerosos autores autóctonos.

Los giornalini humorísticos sufrirán todos una crisis y tendrán que reconvertirse imitando a Topolino. Florecieron los álbumes de bolsillo, con una comicidad libre de toda ideología, que introdujo a veces el elemento aventurero. Ediciones Alpe se convertirá en la mayor productora de fumetti humorísticos italianos.

Había otras revistas como Il Vittorioso, semanario católico, moralizante y anticomunista que se vendía en las parroquias y que no llegaría a conocer la crisis como sus competidores. Pioniere, por su parte era un semanario comunista para niños, vendido en Casas del Pueblo, pero no tuvo nunca mucha fortuna, sobreviviendo hasta 1964. En 1955, llegó a editarse la versión italiana de Tintin, por la Editorial Vellardi, pero no llegó a cuajar.

Ante el fracaso de las revistas de aventuras, los editores lanzan cuadernos en diversos formatos, con un personaje fijo. El resultado es diverso, pero se logró que algunos triunfaran y fueran muy difundidos. De esta forma los editores no arriesgaban, ya que si no alcanzaban el éxito se cesaba su publicación y se proponía otro héroe a los jóvenes lectores. Entre los personajes que triunfaron destaca Gim Toro que comenzó en 1946, de los autores Andrea Lavezzolo (1905-1981) y Edgardo Dell'Aqua (1912-1986), que narraba las aventuras de un italo-americano de gran fortaleza física.

También destaca el western Tex Wiler, que se llegó a convertir en uno de los personajes más célebres de los fumetti. Pero hubo muchísimos otros héroes como: Amok, Misterix, Pantera Bionda, Kit Carson, Pecos Bill, Akim, Capitán Miki, Sciuscià y Zagar. Como se puede deducir de los nombres se observa un vuelco hacia temáticas de los cómics norteamericanos, ya que, por ejemplo, Akim es una especie de Tarzán y Misterix sigue las pautas de Mandrake. El gran enemigo de antes, Norteamérica, es ahora el país a imitar.

Entre los autores de humor hay que citar algunos nombres como Cimpellin (Carleto Sprint o Tribunzio con guiones de Carlo Triberti), Sebastiano Craveri (La famiglia Zoo, para El Vittorioso), Lino Landolfi  (Procopio, La famiglia Bertolini), Luciano Bottaro (Pepito, con un fantástico universo personal ambientado en aventuras de piratas), Antonio Terenghi (Pedrito el drito, una desmitificación del western) o Giovan Battista Carpi (Soldino e Nonna Abelarda, un inquieto niño y su abuela temperamental).

Un poco más de espacio necesita Benito Jacovitti (1923-1997) por su originalidad y trascendencia. Solía firmar como Jac o como Lisca Pesce (espina de pescado). Contó con una imaginación desbordante creando un universo propio donde eran normales elementos totalmente surrealistas, como deformaciones de la anatomía (por ejemplo pies que tomaban la forma del bordillo de la acera donde se apoyaban), objetos incongruentes que aparecían por doquier (sobre todo salchichones, pescados, lápices o lombrices), una violencia gratuita de gusto cruel y sádico que llega a resultar cómica por su irrealidad, etc. Su estilo gráfico se caracteriza por el horror vacui, tendiendo a llenar todos los espacios de la viñeta. Trabajó para Il Vittorioso o Il giorno dei ragazzi. Alguno de sus personajes son Pippo, Pertica y Palla, Battista e il fascista, Cocco Bill, Tom Ficanasso, Gionni Galassia o parodias de superhéroes como Mandrake o Tarzán.

BIBLIOGRAFÍA:
- Coma, Javier. HISTORIA DE LOS CÓMICS (4 tomos). Toutain Editor, Barcelona, 1982.
- Gaumer, Patrick y Moliterni, Claude. DICCIONARIO DEL CÓMIC, ILUSTRADO, Larousse Planeta, S.A. Barcelona, 1996.
- Guiral, Antoni. DEL TEBEO AL MANGA. UNA HISTORIA DE LOS CÓMICS (10 tomos), Panini Comics, Barcelona, 2007-1013.

viernes, 14 de febrero de 2020

Los humitos del fascismo

Uno de los focos más brillantes de la narrativa gráfica mundial ha sido y es Italia, aunque su establecimiento formal en el país como lenguaje atravesase a comienzos del siglo XX el escollo del fascismo. Voy a reseñar brevemente su historia*.

Humitos —fumetti— es el nombre que dieron los italianos a la narrativa gráfica, destacando la forma de disponer los diálogos entre los dibujos, que aparenta humo. El término fue acuñado en el periódico oficial del fascismo, Il Popolo d'Italia, y tuvo tanta aceptación que lo asentó para años venideros. Fijan su nacimiento el 27 de diciembre de 1908, con el primer número del semanario Corriere dei Piccoli. Los denominados giornalini estaban dirigidos a los niños y adolescentes. Las narraciones eran generalmente humorísticas, con el texto a pie de dibujo y en estrofas rimadas que perduraron hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Se llegó al extremo de castrar el material americano que se llegó a importar (Buster Brown, Happy Hooligan, etc.), eliminando los bocadillos —humitos— y encasillando las secuencias en viñetas del mismo tamaño, quitando algunas y añadiendo el texto rimado.

De esta primera época merece citarse algún autor como Antonio Rubino (1880-1964), que destaca por su frescura y la creación de un universo poético. Estaba dotado de una gran facilidad para la inventiva, con la que desarrolló multitud de personajes.

Attilio Massino (1878-1954), entre muchas creaciones sobresale por su Bilbolbul, que data de 1908 y presenta una singularidad reseñable. Se trata de un personaje nativo africano, que vive en un continente de animales fantásticos y sus aventuras constituyen un juego con el lenguaje de la narración gráfica, pues realiza acciones que del todo punto resultan imposibles en la vida real, como dividirse en trozos y luego pegarlos con cola, abrirse el torso como si en lugar de carne y huesos fuera una chaqueta de tela, soportar una lluvia de signos de interrogación, alargarse como si fuera de goma, colorearse de colores imposibles, etc. Llegó a un alarde imaginativo de tal calibre que su violencia gratuita no fue comprendida como metáfora creativa, por lo que llegó a prohibirse, puesto que escandalizaba las limpias mentes de los protectores de la infancia, gran parte de los cuales, por otro lado, apoyaron el cruento movimiento fascista cuando se asentó a partir de 1922.

Entre otros muchos autores destacaremos también a Carlo Bisi (1890-1982), que es el autor de un grotesco personaje protagonista de una historia bufa doméstica, Sor Pampurio (1929); y a Bruno Angoletta (1889-1973), el cual dibujó en 1928 a Marmitone, un torpe soldado, anti héroe cabezota que con su oposición a la esencia militar contestaba el clima marcial imperante.

En enero de 1925 se asentó la dictadura mussoliniana, con un amplio consenso en el país, apoyándose en la recuperación económica, ayudada por la situación internacional. La ideología fascista, que es anterior al nazismo alemán y que propugnaba la autarquía, no solo económica sino también cultural, tuvo la desde sus orígenes la pretensión de adoctrinar a las nuevas generaciones y así garantizar su continuidad histórica. Por ello nacieron semanarios nuevos como Il Giornale dei Balilla (1923) o La Piccola Italiana (1927), cuyos personajes eran los héroes que el régimen quería.

En 1934 aparecen los primeros cómics de aventuras norteamericanos en L'Aventuroso, anteriormente se había publicado alguno nacional o de importación inglesa. La empresa Abisina de 1935 enardece el fervor nacionalista y esto estimula la producción de aventuras. En 1936 se crea una oficina para el control de la prensa infantil que incentiva la producción nacional, que girará alrededor de algunos temas tales como la aviación, el apoyo al levantamiento de Franco en España, el antivolchevismo, la campaña racial, el colonialismo de Abisinia o, más adelante durante la guerra, el mantenimiento del frente interno. En 1938 se prohíbe importar todo el material extranjero, lo que afecta sobre todo a los cómics norteamericanos. Este escollo se salvó torpemente, pues a los editores se les ocurrió redibujar por autores italianos obras de gran aceptación como, por ejemplo, Flash Gordon.

En los años anteriores a la caída del fascismo existieron unos grupos editoriales claramente ideologizados. En Saboya, los potentados del norte apoyaron el fascismo en torno al Corriere dei Piccoli. La Società Anonima Editrice Vecchi (SAEV), de tradición antifascista, trató de eludir las directrices del régimen y publicó producciones inglesas y, desde 1935, americanas. Nerbini en Florencia, cuya más importante publicación era L'Aventuroso distribuyó producción norteamericana de la K.F.S., a la vez que dio trabajo a muchos autores italianos. El Grupo Editorial de Mondadori, de Milán, sostenía una ideología liberal y nacionalista, a la vez que laica, separada del régimen, y cuya principal revista era Topolino. Citaremos por último una editorial católica, A.V.E. de Roma, que propugnó un fascismo católico.

* BIBLIOGRAFÍA:
- Coma, Javier. HISTORIA DE LOS CÓMICS (4 tomos). Toutain Editor, Barcelona, 1982.
- Gaumer, Patrick y Moliterni, Claude. DICCIONARIO DEL CÓMIC, ILUSTRADO, Larousse Planeta, S.A. Barcelona, 1996.
- Guiral, Antoni. DEL TEBEO AL MANGA. UNA HISTORIA DE LOS CÓMICS (10 tomos), Panini Comics, Barcelona, 2007-1013.


viernes, 31 de enero de 2020

Viaje de un caracol a la ciudad

¡Qué vida más apacible la del que vive en el campo! Eso sí, aburrida como una ostra. Siempre tuve curiosidad por esos tipos urbanitas que nos visitan de vez en cuando, domingueando sobre todo, y que ponen tanto cuidado en no pisar la boñiga dejada al descuido por cualquiera. Suelen expoliar toda seta o níscalo que encuentran, arrasando incluso con los retoños de hongos que en veinticuatro horas podrían alcanzar un tamaño como para saciar al más exigente. Pero, si alguien pasa de largo el ejemplar más minúsculo, el pisaverde que vaya detrás arramplará con él.

Soy por naturaleza curioso. ¿Cómo serán esas ciudades de las que dicen venir los forasteros? ¿Allí no hay setas, bostas ni bichos? Desde hace tiempo que me apetece mucho conocer esos lugares lejanos y enigmáticos. Así que cuando uno de esos tipos embotados, hurgaba entre la hierba en la que yo trajinaba y me agarró de la concha, en el fondo me alegré. Supe que iba a viajar. Me introdujo en una cesta donde me encontré de sopetón con un montón de caracoles, como yo, algunos incluso conocidos. Eso sí, debido a que todos somos hermafroditas, tuve que cuidarme y pasar alternativamente de macho a hembra y viceversa, ya que no me faltaron proposiciones de colegas, que estaban en una proximidad obligada. “No me busques, chica, que yo también lo soy”. “Quita para allá, machote, no sea te lleves lo que quieres darme”. Jejé, los tuve mareados un rato, hasta que comprendí que no les hacía falta, debido a la cantidad de opciones que se les presentaban. Yo solo era uno más.

Después de traquetear durante mucho rato en su máquina corredora, donde nos colocaron a oscuras en el maletero, salimos a la luz en uno de sus hogares ciudadanos. Sí, objetivo alcanzado, estaba en la ciudad.

Pero pasé varios días sin ver nada, todo era rutina y encierro. Nos tenían confinados en una caja, taponada con una especie de malla irrompible para mis pobres dientes gasterópodos. Resumiré para no aburrir. Primero nos dieron mucho de comer, lechuga sobre todo. Por lo menos los anfitriones eran generosos. Luego nos hicieron pasar hambre, pues erradicaron la comida por completo de nuestra especie de cárcel. Creo que llegué a cagar hasta lo último que me había llevado al estómago, sin opción a reponerlo. Después nos remojaron en agua, frota que frota, sacándonos las roñas campestres. Aunque al final lo compensaron con el espá. Nos dieron un baño a todos juntos en una especie de bañera metálica. El agua en principio estaba fría, pero se fue templando poco a poco. ¡Qué gozada! Asomé la cabeza para disfrutar. Bueno y también para respirar un poco.

En eso, no se me dejaba de venir a la cabeza que mi ilusión era conocer cómo es una ciudad y que, por muchas atenciones que nos dieran, estaba perdiendo el tiempo allí. Así que me armé de agallas y trepé por las paredes que estaban aún más calientes. Al llegar al filo de la sauna, me impulsé, rodando fuera. Cuando me recompuse me sentí aliviado, ya que la temperatura del agua había alcanzado un nivel que me estaba resultando incómoda.

Dejé que mis compadres siguieran disfrutando del baño y yo me deslicé hacia abajo del mueble, luego patiné por el suelo y más tarde subí por la pared, hasta alcanzar una ventana por la que puede salir al aire libre. Descendí la fachada, me escurrí por lo que llaman acera y alcancé un espacio verde, auténticamente sabroso. Sé ahora que lo llaman jardín, pero tiene cierto parecido con el campo. Me repuse comiendo hierba fresca, pensando en lo bien que lo estarían pasando mis congéneres. Ahí, en la sauna, tan limpitos, abriendo sus instintos al placer y cambiando el sexo continuamente para que nadie quedara insatisfecho.

Pero no me arrepiento, me alegro de haberme marchado, ya que lo que yo quería desde el comienzo era esto, conocer la ciudad.

miércoles, 15 de enero de 2020

Maneras de viajar


Sobre el tema de los viajes hay mucho que decir, pues existen tantas maneras de embarcarse en una aventura como gustos. Y, ya se sabe, sobre gustos se ha escrito tanto que no puede uno perder el tiempo pretendiendo leerlo todo.

Para desplazarse, hay a quién le gustan los automóviles, esos cacharros con ruedas de goma, que alcanzan velocidades que despeinan. A no ser que estén techados. O no tengas pelo, esa es otra.

Pero también se puede volar. Muchos no se explican dónde está la magia que hace posible que con un “abra cadabra” se consiga que un trasto de muchas toneladas de peso flote en el aire. Pues no es magia, ni magio. Hazme caso, coge una piedra, aunque pese es igual. ¿Crees que vuela? ¿No? Entonces tírala con ímpetu y verás cómo planea mientras le dure la inercia de la fuerza aplicada. Pues a uno de esos aeroplanos, no hay más que aplicarle fuerza constante y, hala, magia potagia. Claro que también están los ingenieros, que saben de aerodinámica y esas zarandajas, posibilitando a los pilotos dirigir esos cacharros por la masa gaseosa.

Incluso por encima del agua se puede viajar en un pesado y metálico armatoste. En esto, me han dicho, tiene mucho que ver un tal Arquímedes. Que si todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado. Parece difícil de entender, pero con que lo entiendan los ingenieros hay suficiente. Flota.

¿Y qué decir de viajar por debajo del agua? Pues también. Y los hay incluso amarillos.

Lo que yo no entendí era el viaje ese en el receptáculo cerrado que vi antes. Sin una ventana para observar el paisaje y con capacidad para una sola persona, lo cual limita bastante la conversación. Tal vez, esa especie de cajón de madera tenga dentro algún dispositivo con altavoces para escuchar música, ¡porque si no…!

Cuando, después de meterlo en el agujero, le empezaron a echar encima paladas de tierra, supuse que ese tenía que ser su último viaje.

En fin, yo a lo mío, a seguir comiendo, que esta hierba está muy fresca.