lunes, 15 de marzo de 2021

El aire que mece la vida

Soy una mujer normal y esta historia que voy a contar parecerá fantástica, pero no lo es. Es algo que me sucedió sin haber nunca podido imaginar que me podría ocurrir algo así. La relataré tal y como la recuerdo, sin inventar nada y sin añadir todo lo que ahora sé. Algunas cosas se me confunden en la memoria, pero otras las tengo nítidas.

Pues resulta que un día me encontraba tendiendo unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y me levantó del suelo. Me estaba reponiendo del susto cuando otra ráfaga me elevó aún más. Tenía que haber soltado las sábanas, pero no lo hice. Pensaba que aterrizaría de manera suave. Al contrario, viendo cómo me elevaba cada vez más, lie los cabos de la tela en las muñecas para estar sujeta a algo, ya que temí que la caída podría romperme algún hueso, cuando menos. Entonces me vino a la mente el caso de la mujer de Macondo, que nos cuenta García Márquez en el libro ese inverosímil, aunque genial, que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en el que su padre lo llevó a conocer el hielo. Yo siempre me he preguntado si en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse que de su infancia y de algo tan insustancial como el momento de conocer qué era el hielo. Pero claro, que la ciudad de Macondo se encontraba en los trópicos y en esas latitudes el hielo no es algo demasiado común.

 El caso es que, según iba diciendo, a una mujer de Macondo, cuando estaba tendiendo unas sábanas, la arrebató un viento y ascendió a los cielos. A partir de entonces todos la consideraron santa. Pues a mí me ocurrió algo parecido. El viento me arrebató y me llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Y esto que estoy contando no es realismo mágico, como la historia del genial Gabo. Es algo que sucedió y podríamos definirlo como realismo real y no como mentira literaria. Como ese otro cuento que hay escrito en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Absurdo. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

Ilustración de Julio Veredas Batlle


El caso es que me asusté mucho en el vuelo y no solté las sábanas, como digo, sino que aseguré los picos con varias vueltas en las muñecas. No fuera a ser que lo único que me sostenía, aunque fuese en el aire, me desamparara, dejándome a merced de la ley de la gravedad. Que ¡menuda ley de las narices! Por el mismo precio se podría haber inventado la ley de la flotabilidad en el aire y así volaríamos libres como pájaros.

En principio pensé que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se me presentaban a la vista, pero, cuando los rebasé, advertí que ascendía más. Tanto remonté el cielo que los prados a mis pies se me antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas y vacas para mí eran como figuritas de un belén.

Me resigné a volar y quité de mi mente los pensamientos funestos. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y me estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores momentos de mi vida. «¡Que me quiten lo bailao!», pensé, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire me removía las faldas, enfriándome la tripa. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Crucé varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesé carreteras, ennegrecidas a la vista desde esas alturas; rebasé montañas de picos pardos y otras de cumbres borrascosas, pasé por serranías de romas lomas. Llegué a unos suburbios urbanos y escuché cómo unos niños me señalaban con el dedo: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde la distancia las palabras se confunden.

Sobrevolé luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y todos me saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y otro tipo raro, una especie de loco con sombrero. «¡Que le corten la cabeza!», repetía una reina chiflada, una y otra vez.

Me las vi muy difíciles ante una torre infiel que me cortaba el paso. Pero no fue más que un horror ortográfico, ya que en realidad la torre no era infiel sino Eiffel, por el nombre del que la construyó, parece ser. ¿Habré llegado a París? Pensé. Pero no lo pensé mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarme. La fatalidad me llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsara la sábana, ya fuese la providencia, el viento o la maldita mala suerte mía. Con desesperación giré el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logré desviar la trayectoria, evitando chafarme las narices con las vigas de la impresionante torre herrada. Hubiera sido un horror errar y dar contra los hierros.

Pero ahí no acabó todo. Cuando pude reconducir el vuelo, visité varias ciudades más, de las cuales me llegaron ecos sonoros. Una con una torre inclinada —felice di stare lassù—, otra con dos torres inclinadas —cuando llegues a Madrid, chulona mía voy a hacerte emperatriz de Lavapies—, otra más con una noria enorme al lado de un gran río —London Bridge is Falling Down—, otra llena de rascacielos —New York, New York I want to wake up in a city that never sleeps— y una más con edificios que no rascaban nada —¡Ay qué murallas tan altas…!—. En fin, observé todo aquello que el azar me puso delante de los ojos y lo disfruté.

E incluso mi ascensión llegó a la estratosfera donde descubrí un planeta chiquitito, habitado únicamente por un niño rubio y una planta. «¡Hola!». Lo saludé y él me devolvió el saludo enviándome un beso con una mano. «¡Adiós, guapo! Volveré pronto».

El caso es que, sin saber cómo, me encontré volando de nuevo por prados conocidos. Distinguí mi pueblo, mi casa, el arroyo donde había estado lavando y las cuerdas donde tendía la ropa. En ese momento el viento parecía más calmado y comencé a descender.

Aterricé suavemente, muy cerca de donde los vientos me habían arrebatado, justo en el lugar donde mi hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire, según me explicó más tarde.

—¿Dónde te has ido, mamá? —me dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondí con una sonrisa—. Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

Pero algo no cuadraba. Mi hijo tiene más de ocho años, muchos más, cuarenta cumplidos. A pesar de lo cual lo vi congruente y lo acepté como lógico. Era mi hijo adulto, que no había dejado de ser un niño. Para mí nunca será otra cosa. Siempre tuvo unos carrillos carnosos que gustosamente me habría comido más de una vez. Pero no llegué a hacerlo.

Fue entonces cuando sentí ese dolor tan profundo. Tenía la garganta en carne viva y me moría de sed. Intenté abrir los ojos y contra mí tenía una almohada húmeda de mi sudor, que olía muy mal. Estaba boca abajo. Intenté levantarme y no lo conseguí. Me costaba respirar. Me ahogaba. Noté, rozándome las caderas con el dorso de las manos, que estaba desnuda.

Menos mal que la sensación desapareció enseguida. Otra vez el bienestar se apoderó de mí. Pasé a encontrarme sentada plácidamente en un sillón de mi casa. Tan solo vestía una blusa y noté que mis piernas eran de nuevo jóvenes y tersas. «Tengo que depilarme, que llega el buen tiempo», pensé. Me miré los pies, con las uñas pintadas, que relucían por el ramal de sol que se colaba por la persiana del balcón y me llegaba a los muslos. Estaba entrando en calor. Nunca me había sentido tan bien.

Pero el calor iba en aumento. Al poco me vi resoplando. «¡Uf, qué calor!». No sabía en qué época del año me encontraba, aunque sí que recordaba el frío del invierno, que ya era agua pasada. ¿Quién iba a decir que después del largo invierno y la irregular primavera iba a venir este calor de repente? Ya parecía que estuviésemos en verano, pero no puedo asegurar que así fuese.

Y yo, además, sin aire acondicionado y sin un triste abanico que me refrescase, que ya tenía arrugadas todas las revistas y papeles de propaganda que había por casa, de sudarlas con las manos en un intento de abanicarme.

Pensé en tomarme un helado. Pero, ¡qué diantre!, lo saqué de la nevera y se me derritió al momento. Estaba tan licuado que cuando lo llevé a la boca me pareció un café con leche. ¡Diablos, cómo puse el suelo de chorretones! Tuve que irme de la cocina porque se me pegaban los pies desnudos en el suelo.

Volví al salón y no te digo cómo me quedé al ver un bolígrafo: se estaba deshaciendo el plástico y se pegaba a la mesa. Esto ya era inaguantable. Parecía que me encontrase dentro del famoso cuadro de Salvador Dalí, ese de los relojes blandos que se derraman flácidos por el borde de los objetos donde se apoyan. Hasta ahora nunca llegué a pensar que todo podría ser debido al efecto del calor. Esa debe ser otra de las leyes de la física, la química o lo que quiera que sea el que dicte las leyes, ya sea María Santísima o el sursum corda.

Recorrí desnuda toda la casa y no encontré una sola brisa que me refrescase. El aire estaba más calentorro que el vapor de una infusión recién hecha.

Increíble, se estaba deshaciendo también la botella de plástico que contenía el único agua que me quedaba envasada. ¡Si parecía que hirviese! Podría haber cocido garbanzos con ese agua sin ponerla al fuego.

¡La ducha! Se me ocurrió de repente, pero ni esa pude usar, ya que su alcachofa debía ser también de plástico y se estaba deshaciendo. No tenía intención de ponerme bajo el chorro que saliera por ese trasto. Me abrasaría.

¡Qué podía hacer! Me puse a gritar incongruencias: «¡Socorro! Esto es un infierno. ¿Estoy despierta o soñando? ¿Pero esto qué es? ¿El sueño de una noche de verano…? ¿Pesadilla antes de Navidad? ¿La vida es sueño?».

En todo caso no soportaba tanto calor, me daba la sensación de que yo también me disolvía. Pronto estaría en el sillón con el cuerpo colgando desleído en sus ángulos suaves.

De repente quedé desconcertada. ¡Era imposible! No podía creer lo que estaba viendo, el calendario de la cocina se derretía… Pero si era de papel. Lo lógico es que se incendiara y se estaba licuando. ¡Ahí iba el mes de julio, hecho crema sobre el suelo de la cocina! Y agosto también…

Septiembre se fundió más despacio, pero en un momento se me liquidó todo el verano. Me quedé sin verano. Aunque, para sorpresa mía, el mes de octubre aguantaba, se mantenía entero. «A ver si con suerte…», pensé.

¡Qué bien, octubre venía fresquito! ¡Qué gusto! Otra vez el bienestar me poseyó.

Pero no fue mucho tiempo, ya que de nuevo me vinieron los dolores. Ese malestar y esa falta de aire. Luchaba por respirar, pero sufría demasiado. No podía moverme. Confirmé que estaba boca abajo, con la cabeza de lado sobre la almohada y unos tubos me salían de la boca. Me dolía el pecho. Abrí los ojos y no podía ver nada más que luz. Había mucha luz. Quise cerrar los ojos de nuevo, quise volar, quise sentirme bien.

Entonces escuché voces incomprensibles. No entendía lo que me decían. Aunque entre ellas podía distinguir mi nombre, que repetían una y otra vez con dulzura, pero ¿quién? «Mi garganta, por Dios, mi garganta, ¡qué dolor!»

Me dieron la vuelta, pues efectivamente estaba boca abajo. «Hay que quitarla ya del decúbito prono», escuché. Me incorporaron un poco. Vi seres extraños, enfundados en trajes cerrados de color azul, con mascarillas, guantes y mucha parafernalia de hospital. Pero a través de esas viseras plásticas que usaban encontré unos ojos amables que me tranquilizaron. No dejaban de repetir mi nombre y me decían que ya había pasado todo.

Más tarde me enteré, cuando me llevaron a una habitación de planta, que había estado treinta y siete días en coma inducido. Que casi no lo supero. Que estaba sola y nadie pudo acompañarme en el padecimiento.

Ahora, que apenas puedo levantarme de esta silla de ruedas y que estoy aprendiendo de nuevo a andar, a comer, a hablar, se me escapan lágrimas por ser consciente de que la vida me da una nueva oportunidad.

Este fatídico año 2020 se me va a quedar grabado para siempre en la memoria.


(Este relato se publicó en el Diario de Ávila el 2 de agosto pasado, en una sección de relatos de verano que nos cedió el periódico a la Asociación la sombra del ciprés. Ahora que se cumple un año del inicio del confinamiento por la pandemia, quiero con él homenajear a todas aquellas personas que han vivido en primera persona esta desventura y a aquellos profesionales que han estado a su lado)

LIBRO RECOMENDADO:

-        El plan de Albano 3ª edición, de Julio Veredas (Juan Palomo Autoedicciones)



No hay comentarios:

Publicar un comentario