jueves, 9 de enero de 2014

Guerra de sexos

(Advierto, esta entrada va sin fotos, pues habla de letras, y de esas he puesto muchas)

Me voy a meter en un jardín del que no sé cómo saldré. Esta vez me voy a ganar unos pocos enemigos y enemigas más, que espero lo sean menos si reflexionan sobre mis razones. Y es que quiero hablar de trabajadores y trabajadoras, de padres y madres, de señoras y señores, en fin, de miembros y de miembras…

Desde siempre he tenido una admiración reverencial por la lengua castellana. Ésta, como cualquier otra, se ha sedimentado a través de los siglos y ha ido cambiando, adaptándose a sus oradores. Nuestro idioma, como otros cuantos más, nació del Latín y, poco a poco, derivó con el carácter de sus gentes, variando y, creo yo, mejorando y ganando en expresividad y precisión. Esto quiere decir que no hay nada inmutable, y menos un idioma, el cual evoluciona por leyes naturales de economía, precisión y belleza –gracias a escritores, poetas sobre todo–, pero también de forma forzada por intereses nobles o espurios. Me refiero a cuando se meten con calzador expresiones y palabras de otros idiomas, algunas de las cuales enriquecen, pero muchas no, y menos si son masivas como ocurre en nuestros días con el inglés (ver desahogos en artículos anteriores de este blog).

Ahora aterricemos en nuestra realidad social. La mujer está tomando el papel que le corresponde, después de haber sido marginada a través de los siglos por una sociedad desigual y machista, que la ha postergado a desempeñar su función únicamente en el ámbito privado. Gracias a su lucha, y a la de los hombres que compartimos el sentir de esa injusticia, está recuperando la libertar de integración y de protagonismo social que le correspondía y que nos beneficiará a todos cuando sea plena.

Pero para hacer visible esa igualdad social se está forzando el idioma castellano, y se está deformando de una forma antinatural que a mí, al menos, no me gusta. Y no me gusta porque no es práctica y lo empobrece. Y, además, todo ocurre por un error pueril, como es confundir el género gramatical con el sexo, cuando son dos conceptos totalmente diferentes. El género es masculino y femenino, al igual que el sexo, pero tienen una entidad divergente. No son lo mismo, en absoluto.

El idioma castellano perdió el género neutro latino. Y no pasa nada. Una palabra de género masculino puede hacer referencia al sexo femenino y otra de género femenino al sexo masculino (ruego no pensar obscenidades, que hay equivalentes científicos). Y no pasa nada. Yo, como hombre, soy una persona (femenino) y pienso que soy buena gente (femenino). Una jueza puede ser un miembro (masculino) del poder judicial. Y no pasa nada. Se entiende.

El rizo rizado viene cuando hablamos de hombres y mujeres y no queremos generalizar en masculino, para deshacer injusticias. Si yo hablo de los padres (masculino plural) de un niño, no estoy determinando nada, hablo en conjunto y todo el mundo entiende que me puedo referir a un hombre y una mujer, o a dos hombres. Generalmente será lo primero porque es lo más común, pero según el contexto puede ser la otra opción. Si pretendiera especificar hablaría del padre y de la madre. Si, por otro lado, menciono a los trabajadores (masculino), todo el mundo entiende que hablo de los trabajadores y las trabajadoras, porque el género masculino generaliza por tradición al conjunto de los sexos. Duplicar me sigue sonando ridículo, por más que lo oigo. Que se hable de trabajadores y trabajadoras cada vez que un político hace un discurso intentando ser políticamente correcto, no añade comprensión y sí palabras. Es preferible que mencione a la clase trabajadora (femenino) o simplemente a las trabajadoras, dando por entendido que se ha elidido la palabra “personas”.  Pronto nos acostumbraríamos y no pasa nada: “Nosotras –las personas aquí reunidas– estamos orgullosas de ser trabajadoras, todas nosotras –personas–“. ¿No es mejor que la alternativa: nosotros y nosotras, trabajadores y trabajadoras…? Si queremos hacer presente el sexo femenino en nuestra sociedad, no desvariemos con el lenguaje, seamos osados y generalicemos en femenino. Es más fácil de tragar, que duplicar palabras de forma reiterativa y absurda, ya que no es necesario, cuando es perfectamente comprensible y no posterga a nadie, creo yo.

Para ser conscientes de hasta dónde hemos llegado haciendo el ridículo, por no diferenciar sexo de género gramatical, pondré el ejemplo más llamativo que se me ocurre.

Durante siglos cuando se hablaba de los padres de un niño (o de una niña), ya lo he mencionado antes, no existía ningún idiota, por mucho que el oyente fuera simple de entendederas, que no supiera que esa palabra de género gramatical masculino abarcaba al sexo masculino y al femenino. Así, existía en todos los colegios desde hace décadas una asociación (palabra de género femenino aunque incluya hombres) de padres de alumnos, o sea, A.P.A. en siglas. Y no había necio alguno que pensara que las madres estaban excluidas de esta generalización. Pero el excesivo celo de dar visibilidad a las mujeres acarreó el pensamiento de que esto no estaba bien, que era una aberración. La solución: se cambiaron las siglas para dar cabida a las madres y, además, se las puso por delante de los padres, que para eso ellas son las que paren. Así, se transformó, por arte de birlí-birloque la A.P.A. en hampa… Perdón, no resistía las ganas de hacer el chiste: en A.M.P.A., quiero decir. Asociación de Madres y Padres de Alumnos.

Echad las campanas al vuelo, hemos solucionado la iniquidad de olvidarnos que los alumnos tienen también madres. Hemos alargado el título pero, ¿eso qué es comparado con el reparo de la injusta injusticia histórica. ¡Hala, pues! Ahora que nos hemos lanzado, ¿y si nos inventamos la palabra “miembras”? Pues hecho, señoras y señores miembros y miembras de nuestro país y nuestra paísa, lleno de gentes y gentas trabajadores y trabajadoras, empresarios y empresarias, sindicalistas y sindicalistos… Ya tenemos la absoluta igualdad… Idiotizada.

Para demostrar que los “amperos” –integrantes e integrantas de las A.M.P.A.s– pensaron a medias, les voy a descubrir que se olvidaron de las alumnas: sí generalizaron a los dos sexos con la palabra “alumnos” ¡Qué horror! ¡Qué olvido imperdonable! Sí, volvamos a cambiar las siglas (y los siglos, dijo yo), olvidémonos de la A.M.P.A. y hablemos de la A.M.P.A.A.: Asociación de Madres y Padres de Alumnos y Alumnas. ¿Oye, y ya que traducimos el sexo en el género gramatical, no deberíamos también hacer mención a los alumnos y alumnas gays y lesbianas? ¿Y a los padres transexuales?

A partir de ahora debemos hablar de la A.M.P.T.A.A.G.L. Va una caña para el que lea estas siglas –yo invito, pero luego me tiene que invitar a otra a mí.

¿Te das cuen del absurdo?

Abogo, como mal menor, por generalizar los sexos en el género gramatical femenino. No pasa nada, yo no me ofendo pues el género femenino me contiene, ya he dicho que soy una (femenino) buena (femenino) persona (femenino, ¿o debería decir femenina?). Y todos los que me leen son mejores personas (femenino plural) que yo, no me cabe la menor duda.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Recapitulando 2013

Se ha acabado el año, ya no hay marcha atrás, y uno de los tópicos de estas fechas es hacer recuento de lo que ha sucedido en los últimos trescientos sesenta y cinco días. Pero es un tópico, y una persona inteligente debe de huir de ellos. Tal vez yo no sea inteligente, porque me apetece meterme en harina. Esa es la razón y no otra.


En este último artículo del año quiero hacer un repaso, pero no del año 2013, ya que habría muchos asuntos que no son adecuados para tratarlos aquí. Soy un zoon politikon como decía Aristóteles, ¿y quién no? Incluso el que reniega de ello y presume de que pasa de la política está haciendo política, al dejar estos asuntos importantes en manos de quien sea; tal vez un generalote que nos ponga a todos firmes. Y no, por eso no paso, soy un político activo, y tengo mi opción, la cual no debo compartir aquí, ya que este blog va de otra cosa. Es el blog de un escritor.

Podía, entonces, hacer un repaso literario al año que concluye, pero no me veo con erudición suficiente. He dicho que soy escritor, lo cual no significa ser un buen lector, ni un entendido en la materia. Tan sólo soy un pobre tipo que tiene cosas que decir y que las escribe y que intenta leer todo aquello que caiga en sus manos que pueda aportarle algo, no para aprender, sino para ser más humano, que es el objetivo de la Literatura. Identificarnos con otros y compartir rasgos de humanidad en nuestro paso por la finita vida en la materia, especulando sobre la transcendencia o no y sobre el sentido, o falta de él, que tiene el hecho de nacer y morir, porque, ya saben mis lectores: “sólo hay hacer y morir, lo demás es cosa vana”.

Cuando inicié este blog, allá por el verano, me propuse escribir regularmente para tratar los temas que me preocuparan como escritor. He emprendido una carrera literaria y por tanto me he hecho una persona pública, por lo cual decidí compartir mis reflexiones con quien quisiera acercarse a ellas. Sin imposiciones, pues tan sólo entrará por aquí aquel al que le dé la gana, y me abandonará en cuanto considere oportuno. Escribo para un potencial de millones de lectores, siendo consciente de que los lectores efectivos serán muy pocos, o incluso ninguno, pero eso no va a modificar la seriedad con que me planteo el proyecto. Esto quedará aquí, y estará disponible para quien quiera.

Es el blog de un escritor, pero no ha de ser un blog didáctico que enseñe literatura. Tan sólo es un espacio de reflexiones inconexas alrededor de los temas literarios que le preocupan a un escritor. Yo. Pero la literatura es tan amplia que abarca todo tipo de temas, desde culturales a políticos, e incluso sexuales. Basta con que me parezcan procedentes.


Así, lo que quería era repasar los temas que he tratado en este año, en que comienzo mi blog, y crear un precedente para continuar haciéndolo en años sucesivos, si mi vida y mi pasión literaria continúan. Para hacer balance, para ser consciente de lo tratado y para poder hacer propósitos para el año que comienza.

Empecé el 26 de agosto, presentándome al mundo, foto incluida, con un post titulado igual que mi novela, que ya estaba en talleres para salir a la luz. Planteé los temas que iba a tratar: hablar sobre literatura, publicar relatos cortos, dar noticia sobre mis éxitos y fracasos… Todo ello en una visión resignada sobre la vida, concluyendo con la frase lapidaria: Ayer nací, mañana moriré, y lo demás no importa mucho.

En el siguiente artículo presenté mi novela, hablando sobre su contenido y adelantando su portada. Continué con un análisis parcial de “La vida en otros tiempos”, donde pretendí romper el mito de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y hablé de la violencia.

A continuación traté un tema que me obsesiona, como es la imposición del idioma Inglés, al precio que sea, considerando ignorante a todo aquel que no lo hable correctamente. En nuestros días hasta las guarderías son bilingües, y el bilingüismo es algo pretendido para acabar con nuestro “paletismo” castellano. Y yo me rebelo contra ello. Estoy frontalmente en contra de toda globalización y homogeneización de la vida y la cultura. Me opongo fervientemente a los macdonals y las cocacolas. A las producciones agrícolas extensivas, que generan excedentes que hay que destruir para mantener precios… ¿Por qué cualquier turista nos muestra su arrogancia cuando no le entendemos en Inglés…? Pararé, porque me caliento y volvería a escribir un artículo monográfico. Allí quedó, y me temo que es un tema que volveré a abordar. I don't speak english… porque no me da la gana.


Volví a tratar, de forma más amplia, el tema de la violencia. Un tema que fue la idea que generó mi novela publicada este año y, a continuación, hablé sobre la profesión de novelista.

Ya en el mes de octubre, puse el vídeo publicitario de mi novela, sin más literatura añadida, y publiqué un artículo que contenía una leyenda abulense, redactado años atrás. Mes poco productivo este de octubre, ya que todos los anteriores artículos, menos el primero de agosto, los publiqué en el mes de septiembre.

El mes de noviembre escribí tres artículos, directamente relacionados con lo que para mí ha sido el acontecimiento de este año, la presentación de mi novela el día 7. Primero puse sencillamente unas fotos, luego narré mis sensaciones y, por último, colgué el vídeo con el acto de la presentación.


Y este mes de diciembre, aparte de esta recapitulación, he hablado sobre la novela de un amigo, César Díez Serrano, y realicé un homenaje póstumo a mi admirado profesor del bachillerato, que despertó en mí el amor por la literatura.

Una vez revisado lo anterior, me doy cuenta de que debo enderezar el rumbo. En el 2014 también espero algún acontecimiento, al que daré su espacio, pero me propongo ser más regular, y escribir de forma más sistemática. Alternaré las reflexiones sobre los temas que me interesen, y que crea pueden interesar a los potenciales lectores, con noticias sobre mi carrera literaria y aquello que me propuse en mi primer post, realizar relatos cortos, que me sirvan de ejercicio creador, y que gratifiquen a quienes pinchen en el blog de un escritor. ¡Ostras, tal vez pueda recopilarlos luego en un libro…! Y venderlo… Y hacerme millonario… De euros, no de pesetas, claro.

Bueno, que en diciembre de 2014 daré cuenta de todo ello de nuevo. Espero que se me perdonen mis carencias de 2013, por la inexperiencia, y que el año que entra sea para todos propicio a cumplir vuestros deseos.

Y termino sin haber hablado de la crisis, pero dejo constancia en estas últimas líneas de que la sufrimos y, siendo políticamente incorrecto, acuso al neoliberalismo de su creación artificial para empobrecer a la masa trabajadora en beneficio del crecimiento de las grandes empresas: Las multinacionales, que manejan a los gobiernos y que en la publicidad nos seducen y en el día a día nos están arruinando.

(Esta foto es de La Alberca, del verano de 2012. D.E.P.)

lunes, 16 de diciembre de 2013

Homenaje póstumo a Jacinto Herrero

Hoy, que ya no escuchas, te digo aquello que nunca te dije. Porque yo era joven, porque era inexperto, pero sobre todo porque era tímido y quería pasar desapercibido, que nadie supiera de mi existencia, que nadie reparase en mí, para que nadie pudiera dañarme.

Tú me abriste los ojos y me hiciste saber que existen pensamientos elevados, que las palabras son instrumentos de gentes sabias que las combinan y pueden crear belleza con ellas, recrear historias que nos hablen de nosotros los lectores, dignificar un idioma, despertar corazones.

Te fuiste hace dos años, pero no te has ido, porque estás en el recuerdo.

Te conocí durante cuatro cursos, que pasé bolígrafo en mano tomando notas, como en la universidad, nos decías. “Debéis empezar a entrenaros, porque luego no tendréis libros de texto, tan sólo un profesor y su sabiduría”. Y tú de esta estabas sobrado.

En los primeros tiempos nos pediste que escribiéramos un poema: “¡Oh, Morfeo, que sueñas nuestras vidas…!” Leíste en alto, esto o algo parecido, haciendo hincapié en que no revelarías al autor, para no avergonzarle. Pero me avergoncé de que tú sí supieras que era yo. Entonces no comprendía, pensaba que eso era poesía, sólo palabras grandilocuentes y sonantes, que hablaran de mitología. Aún así alabaste la cultura del impúber osado que tal escribiera, sin saber que yo conocía al dios mitológico por los chascarrillos de los tebeos.

Metido en mi invisibilidad, escuché con los ojos y vi con los oídos a partir de entonces, pues quise aprender de quien tanto sabía y me enamoré de la literatura, un amor platónico que aún mantengo, aún sin saber durante mucho tiempo que quería ser escritor. No, yo quería ser dibujante o pintor. Los tumbos de la vida, y mis pocas facultades plásticas, me han hecho escritor. Sí, ya lo dije una vez, soy escritor porque escribo.

Te confieso una cosa que nunca supiste, yo me iba a la “Casa de la Cultura”, tomaba tu “Tierra de conejos” y la copiaba a bolígrafo en cuartillas, verso a verso, para poder llevarme tu libro a mi casa y tenerlo siempre. Esas letras impresas eran de un escritor al que yo escuchaba todos los días. Yo era un privilegiado.

Recuerdo cómo algunos días nos leías en voz alta, impostando la voz de los personajes, variados pasajes de lo mejor de la literatura castellana. Era un deleite y la mejor iniciación a la lectura que puede tener cualquier persona.

Cuatro años empapándome de tu sabiduría, en un BUP de letras puras y en un COU con Griego y Latín, me hicieron menos ignorante. ¿Pero tú te diste cuenta de que yo estaba en tus clases? Supongo que sí, según una segunda anécdota elegida de los tiempos postreros para compensar la otra de los inicios. Nos habías encomendado el día anterior un comentario de textos y pediste, alumno tras alumno y alumna tras alumna, en el Dioce ya había chicas en las clases de COU, que expusiéramos nuestro trabajo. Uno tras otro, demostraron su ignorancia, o el hecho evidente de que no habían trabajado en casa. “Venga, hazlo tú y acabemos. Lúcete ante estos patanes”. Fue un halago, ya sabías que yo existía y además confiabas en que era de los buenos. Me emocioné y me enorgullecí, pero yo tampoco lo había preparado, la verdad es que no me enteré de que teníamos que trabajar ese texto: ¡Qué narices estaría pensando! Así que improvisé, fiándome de mis conocimientos. Quedé tan mal como el resto y tú volviste a decepcionarte por unos pupilos tan ineptos. ¡Qué juventud! ¡Qué futuro le espera al país!

Pero luego las notas sí que me valoraban. Yo era de los buenos, a pesar de todo…


Hasta hace poco más de cinco años no se me había ocurrido convertirme en escritor. Siempre he sabido que se me daba bien la expresión escrita, pero no me había planteado que pudiera escribir algo que interesara a los demás.

                En mis estudios de bachillerato tuve un maestro excepcional que me despertó el interés por la literatura. Se trata de Jacinto Herrero Esteban que falleció justo hace dos años, el 19 de diciembre de 2011, y era un excelente poeta que aún no ha sido reconocido con el mérito que tiene. Su erudición y su amor a la literatura encandilaban, siendo sus explicaciones auténticas clases magistrales que bien podían haberse impartido en una facultad universitaria. No sólo hablaba de los autores más prestigiosos, a los que conocía en persona, como Dámaso Alonso, Jiménez Lozano o Ernesto Cardenal, sino que él mismo tenía libros publicados, lo cual deslumbraba a unos adolescentes de una pequeñísima capital de provincias.

                Hay que valorar y poner en su justa medida la importancia de un buen maestro, que es el que sabe motivar a los alumnos y les abre los ojos al mundo fascinante de la literatura. Recuerdo que él siempre prestigiaba la palabra “maestro” como la más hermosa, y superior a la de “profesor” que por entonces se imponía sobre la otra, al estar en plena implantación el plan nuevo educativo que trajo la E.G.B., el B.U.P. y el C.O.U.

                Además de su erudición literaria nos facilitó un arma poderosísima para entender la literatura como es el comentario de textos. Nos enseñó a manejarlo y con él a entender a los autores y a lo que querían decir. Sus análisis eran profundos y brillantes y nos hacían ver lo que  superficialmente no se veía. La técnica de comentarios de textos que nos enseñó me ha servido el resto de mi período de estudios y de lecturas.

               Con él leí lo más importante de la literatura clásica castellana, fundando la base para entender la literatura contemporánea. A partir de entonces mis lecturas han sido anárquicas, pero de vez en cuando he vuelto a los clásicos y a completar las lecturas que me faltaban y que me hacen comprender que nunca llegaré a tener el amplio conocimiento que él tuvo.

¿He dicho que era cura? Es igual, no importa, no se le notaba.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El misterio de Ana Bolena de César Díez Serrano


“César Díez Serrano es un ingeniero informático poco común”, así se presenta este autor a los lectores en su primera novela titulada “La edad de Acuario”. Y es poco común, no porque sea un ingeniero dedicado a la literatura, ya que no es infrecuente que médicos, arquitectos u otros intelectuales de la rama de “las ciencias” se dediquen a “las letras”. Las “ciencias” son una preparación técnica para desarrollar en todas sus facetas la complejidad del mundo actual, mientras las “letras” son propias del humanismo del que todos participamos, los científicos y los que no lo somos.

Yo, que tengo la suerte de conocerle, sé que César es poco común por su entusiasmo. Ha decidido dedicarse a escribir novelas de misterio y aventuras y lo hace poniendo toda la carne en el asador. Es inquieto y se mueve, habla con librerías, toma contacto con otros escritores, participa en todo aquel evento que le convoca, programas de radio, congresos de escritores, presentaciones de novelas suyas y de otros, ferias del libro… Y si hace falta ir a Londres a presentar su saga, toma un avión, que no es para él un placer, y se va. Lleva el nombre de Ávila por todas partes y reivindica la narrativa que se realiza en nuestra ciudad, pequeña capital llena de escritores, poetas, novelistas…

Es decir, creé en él y en lo que hace, y no quiere dejar pasar ocasión de hacer que la gente se entere de que existen sus novelas. Y tiene razones para creer en él, ya que escribe de una forma cercana y logra transmitir emociones en una saga que va ya por su segunda entrega.

Con “La edad de Acuario”, nos presentó a unos personajes que hablaban con su propia voz y que se dirigían en primera persona a un interlocutor con el que compartían los sucesos cotidianos y otros hechos no tan usuales que les acontecían. De forma fresca nos trasmitían ideas y sensaciones, mientras ocurrían unos acontecimientos que constituían una trama de policíaca y de intriga. Con ello conseguía que el lector formase parte de la novela, siendo interlocutor de los personajes. Cada uno de nosotros podíamos considerarnos el amigo confidente y ser partícipe de las andanzas de los protagonistas en los paisajes londinenses que tan bien demuestra conocer César. Pasamos así con ellos quehaceres cotidianos, sus pasiones, sus gozos y sus miedos.


“El misterio de Ana Bolena” es la continuación de la novela anterior. Nadie se puede llamar a engaño, pues así se promociona. Pero no es necesario haber leído la primera parte para disfrutar de una trama nueva y completa. Los enigmas de “La edad de Acuario” quedaron resueltos, pero el autor retoma a uno de los personajes y lo devuelve a los mismos escenarios un año después, con una componenda nueva que surge a partir de la anterior y un nuevo misterio que llevará al lector a volver a recorrer las calles de Londres y a visitar también las de París, dos ciudades muy distintas, pero con muchos puntos en común. De la nueva trama nada descubriré aquí, pues invito a los potenciales lectores a que la descubran por sí mismos. Intentaré hablar de la novela sin desvelar su argumento.



Tras una relación conflictiva y apasionada de los dos protagonistas de la primera parte de la saga, César opta por uno de ellos, Marcos Guillén, que será el que regrese al periódico londinense Gloucester Post, para prestar ayuda en la solución a los problemas que se abrieron con el comportamiento de su anterior directora, Keira Kingston, implicada en los sucesos de la trama de Acuario. En un arriesgado salto, César, prescinde de la pija Carla García, la cual, a pesar de sus defectos, contaba también con algunas simpatías, ya que sus personajes no se enmarcan en el espectro maniqueo, sino que tienen sus luces y sus sombras. Pero sigue utilizando dos voces narrativas y para dar un contrapunto a Marcos, que continúa narrando los hechos en primera persona, se introduce otro personaje femenino, Chelsea Hart, una reportera de televisión con un carácter difícil y que comienza chocando con la actitud ingenua de Marcos.

En esta segunda entrega, César, hace hincapié en la diferenciación de personalidad de los dos protagonistas que, alternando sus voces, nos llevarán de la mano como confidentes en la resolución de unos misteriosos crímenes que traen de cabeza a Scotland Yard, y al Gloucester Post, periódico que quiere limpiar la imagen que le dejó su anterior directora.


A partir de ahí, el lector se deja llevar con facilidad por unas situaciones bien narradas y unos paisajes que traerán recuerdos a los que los conozcan –yo he estado en París– y acercarán su comprensión a quienes no los hayan visitado ninguna vez –nunca he estado en Londres–, haciéndolos cercanos a unos y otros.

Los españoles nos vemos  reflejados en ese Marcos, incomprendido en el extranjero y en las costumbres foráneas no bien entendidas por nosotros. Se nota que César ha pasado por muchos de los contextos por los que transitan sus personajes. Me refiero, claro está, a los sucesos más triviales, no a los policíacos que desarrollan la trama. El libro huele a fish and chips y a moules avec des frites. Escucharemos la lluvia de Londres y el ambiente de los cafés parisinos. Veremos a los bobbies londinenses y a los pintores del Sacré Coeur. Y todo ello sin ser conscientes, hasta que no acabemos la lectura, al igual que no lo sentimos mientras realizamos un viaje, sino más bien con el recuerdo de haberlo realizado.

César nos plantea puro entretenimiento y así debemos abordar su novela, sin más pretensiones, que ya son bastantes. Nos presenta a unos personajes con los que podemos identificarnos y a otros que hemos encontrado alguna vez en la calle.


Aconsejo que lean El misterio de Ana Bolena a aquellos que disfrutaron con la Edad de Acuario, y a los que no, que la lean también y, si les acaba gustando, después que busquen la Edad de Acuario. Se les hará corta. Recomiendo de igual forma, a aquellos que estén en Ávila, que vayan el próximo sábado, 14 de diciembre, a las ocho de la tarde al Episcopio, para escuchar a César y comprender que su obra surge de su sueño de escritor poco común... Poco común, no por ser ingeniero informático, sino por su inquietud intelectual, su ilusión creadora y su calidad humana.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Lo que el ojo vio y el oído oyó

Han pasado ya dos semanas y, para quién no haya tenido oportunidad de verlo, inserto aquí el vídeo de la presentación de mi novela. ¿Me miro mucho el ombligo? Creo que sí y me avergüenzo de ello, por lo que pido disculpas. Tal vez sea que esta semana no tenga nada de lo que hablar. Tal vez que lo ocurrido el 7 de noviembre sea muy importante para mí. Tal vez. Lo que es seguro es que, a pesar de todo, no me veo guapo, pero me gusta verme.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Mis sensaciones

Me sugiere un amigo –gracias Juan– que escriba sobre mis sensaciones en lo que ha sido la primera presentación en público que he realizado sobre una creación mía, de la cual he publicado algunas fotos en el anterior artículo. Y aquí estoy con esa intención, sin saber si luego me arrepentiré por “desnudarme” así en público. Pero, en fin, quiero ser escritor y la sinceridad es una de las premisas para ello.


Puse las fotos anteriores ­–de Fernando Román aquellas y estas– para que mis amigos, o simplemente aquellos que sigan mi blog, tuvieran un primer acercamiento a lo que fue el acto. Aquí viene al pelo esa frase tan manida de que más vale una imagen que mil palabras, pero bueno, tal vez para relatar sensaciones son mejor las palabras, así que, tras las imágenes aquí están las palabras y, con ellas, mis impresiones. Dentro de poco podré colgar el vídeo que mi amigo Bruno Coca gravó del evento, por lo cual, antes de verlo y cambiar mi opinión sobre lo ocurrido, me tiraré al charco.

Como nunca antes me había visto en nada semejante, no sabía lo que podía dar de mí. Desconocía si sería capaz de hablar en público, tartamudearía o me quedaría en blanco, deseando que la tierra me tragara. Así que sí, fui con mucho miedo escénico. Para conjurarlo traté de cubrirme las espaldas contando con el apoyo de dos excelentes personas que hablarían antes que yo y, al menos, agradarían a los asistentes si yo no lograba hacerlo. También he de decir que preparé todo lo que pude mi “discurso”.

Otro miedo a sumar al anterior era estimar si mi convocatoria sería atendida por mucha gente, o si me vería solo ante cuatro amigos que no habrían sabido excusarse de ninguna manera para no ir. Mucho sopesé el error de convocar a todos en un espacio tan grande como el Auditorio del Palacio de los Serrano, con ciento cuarenta cómodos asientos, que podrían parecer excesivos si llegan a venir cincuenta personas, las cuales habrían abarrotado un lugar más pequeño. Pero la ambición, o la inconsciencia, me llevaron a solicitar esa sala, tan hermosa y que tan generosamente fue puesta a mi disposición. Ya todo estaba hecho y había que afrontar las consecuencias.

¿Tanta gente acudiría a la presentación de la novela de un escritor novel? ¿No se echarían para atrás para no verse intimidados a comprarla? ¿Crearía en alguien el interés por leerla? ¿Vendrían personas que yo no conociera? ¿Acudirían los medios de comunicación?

El caso es que la antelación con la que yo llegué, y el hecho de cuidar los preparativos –disponer el ordenador para proyectar un vídeo, atender a los que iban llegando, elegir el lugar desde donde hablarían mis acompañantes, y yo mismo, colocar unos libros en la mesa que no nos taparan, etc.– me tuvieron distraído y, cuando un periodista me pidió una entrevista, vi que prácticamente era la hora de empezar el acto y aún no se había llenado media sala. Bueno, es suficiente, pensé y nos apartamos de los que iban entrando para dialogar con tranquilidad. Me concentré tanto en las respuestas que, cuando levanté la vista, me di cuenta de que el auditorio se había llenado casi por completo. Luego vería, desde la mesa, que el completo fue total y aún hubo personas que aguantaron todo el acto de pie.


Sorprendentemente estaba tranquilo. Tal vez porque no pude pensar más y esto me salvó. Me dirigí a la mesa, saludando a los amigos según pasaba, y de seguido nos sentamos, interviniendo en primer lugar Serafín de Tapia. Genial, como siempre que lo he escuchado hablar en público. Después habló de forma amena Jesús García Yuste. Yo casi me olvidé de dónde estaba, concentrándome en sus palabras y en lo que de mí y de mi obra decían ambos.


Llegó mi turno y, tal como tenía preparado, me dirigí al ordenador y puse el vídeo. Se trataba de un booktrailer de tan sólo dos minutos, que me hizo la empresa abulense 4soundandvid y que parecía una pequeña película de cine. ¿Aplaudieron? Creo recordar que sí, que aplaudieron la película y después comencé yo a exponer lo que me había preparado. Con la chuleta delante, pero tratando de no mirarla. Mi voz se templó poco a poco, encontrando la calma.

Hice una pequeña perorata sobre la gestación de la novela y, por arte de magia, de los hados, del Destino o quién sabe de qué –una amiga me apuntó que para los celtas los números 7 y 11 eran de buena suerte y estábamos a 7 del 11–, conecté con los asistentes y, sin darme cuenta, concluí. ¿Diez, quince, veinte minutos? Lo ignoro. Para mí, fue un instante. Luego abrimos un espacio para que nos hicieran preguntas, respondiéndolas desde la mesa.

Y fin.




¿Todo fue así, según lo recuerdo? Lo comprobaré en cuanto vea el vídeo. El caso es que no me podía creer que todo transcurriera tan plácidamente. No puedo olvidar que, en los primeros momentos en que comencé a hablar, vi cómo mi hija y mi mujer, que estaban en la primera fila, se daban la mano para conjurar el miedo por lo que yo iba a decir. Por que no pudiera decir nada, más bien. Luego he bromeado con ellas: “¿Estabais asustadas porque no confiabais en que pudiera hablar? ¡Je, je!”.

La firma de libros aceleró mi corazón. Se desató la tensión y, en esa media hora recibiendo a personas que hacían cola, que esperaban sólo para que yo les estropeara su ejemplar garabateándolo con un bolígrafo –dedicatoria lo llaman–, sufrí unas sensaciones contradictorias. Alegría, porque no podía creérmelo, y nervios, porque no podía creérmelo. Poco después, ya fuera de allí y tomando una caña con los amigos, estuve a punto de vomitar. Logré disimularlo, pero la tensión tardó en pasarse. Apenas dormí por la noche.

Ya ves, Juan, esto es lo que sentí. Pero si alguien te dice que actué como un orador consumado, no se lo desmientas, tal vez fue como él lo vio y no como yo lo recuerdo.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Presentación del 7 de noviembre

Cuando comencé este blog, me propuse escribir en él con regularidad, pero no me ha sido posible. El estrés de los últimos días, por la presentación de mi novela, me ha tenido ocupado y no me ha dejado tiempo para otras cosas. Intentaré, a partir de la próxima semana volver a escribir con regularidad. En esta tan sólo voy a poner unas cuantas fotos de la presentación, excelentes imágenes tomadas por Fernando Román. Me acompañaron en la mesa Serafín de Tapia y Jesús García Yuste.